La Casa Normal

Hace treinta años que ese asunto colea en el barrio. Por dios, esa casa ha oído más gritos que una montaña rusa. La lista de historias raras de cojones no tiene fin. Luego siempre pasa lo de toda la vida, nadie cree pero nadie quiere vivir ahí. Todos son realistas y pragmáticos, pero bien lejos, donde poder serlo a gusto. Todos se parten el culo y se ríen a mandíbula batiente de los fanáticos de lo paranormal, pero nadie quiere saber nada de acercarse a según qué lugares. Cuanto más rajan de esa gente que solo nos quiere “vender motos”, más acojonados están en el salón oscuro solitario adecuado. No se creen las historias pero siguen sin actuar en consecuencia. Libres pero mal encerrados en sí mismos. Gente normal. Esa palabra ya escalofriante a estas alturas de la Historia. Todos monísimos y sonrosaditos.
Una pareja joven no conocía nada de la Casa Asac. No conocía las leyendas. Pero sería mentir decir que no habían oído nada de nada antes de instalarse. Algún cuchicheo en el barrio. Habladurías en la panadería. Nada que pueda alterar a alguien adulto, maduro, normal y con planes de seguir siéndolo. La cuenta bancaria saneada, perspectiva de pintar algunas habitaciones para el futuro. Azul pastel si es niño, rosa ídem si es niña. Dinero y estabilidad emocional estilo años 2000. Todo sigue bien si no puedo escuchar las explosiones. (¡Demagogia!). Sistema educativo guiado, inteligencia adecuada. Papeles hermosos con firmas concretas. Ella se llama Clara, y él Fran. El plan no oficial, amparado por los silencios de lo Normal, es vivir juntos y premeditar cierto estatus de “modernidad” teniendo un crío antes de la –como sea– previsible boda. Pero tssss, todo elegido a voluntad y sin la más mínima influencia exterior. Ni siquiera tiene nada que ver que las dos hermanas mayores de Clara ya tengan ambas hijos, o que Fran haya sido poco menos que el hermano menor castrado de una familia de clase media cuya idea de la Personalidad se detiene en el mero hecho de conocer vagamente el significado de la propia palabra. Ella, sangre calculada en las sábanas a los 17, él dos carreras a cuál más práctica y empresarial; novios de práctica, novias de casualidad, aulas sagradas, un pene poco amenazante pero a menudo erecto, una seguridad sexual femenina fuera de toda duda (trabajada y contrastada, no tanto en libertad como en una premeditación vestida de la misma). Estantes de Ikea rellenos de ideas de academia. La fase de las compras se eterniza un pelín (¿verdad, Franciso?), pero Clara parece disfrutar, lo cual resulta algo extraño porque no parece contenta tanto por perspectiva de futuro alguna como por el modo en que las luces de los centros comerciales se reflejan en los productos que ella puede comprar. Clara siempre ha sido como uno imaginaría a una Señorita Rotenmeier con un pasado como animadora. O más bien, como si piensas en el carácter conservador del dibujo animado, dejas intacto lo artificial del asunto, y le das la vuelta. Dicho de otra forma, Clara parece estar también prefabricada, pero para ser alguien que en el fondo se haría amiga de Heidi solo para poder sacar mejores notas que ella y respirar aliviada sabiendo que hay al menos una persona sobre la que sentirse superior. ¿La Clara mala? Es algo muy sutil, ya que es una forma de vivir muy concurrida, ese tren va a rebosar cada mañana, es ese estilo vital de rabiosa actualidad y ya tan presente y asumido como la gravedad: todas esas jerarquías y microjerarquías hacen que Clara se moje como jamás lo conseguiría con la predisposición de libro y lánguida de Fran. Fran es un chaval crecido en una familia normal cuya idea de la prosperidad consiste en que el hijo haga exactamente todas las cosas que no hizo el padre en base a la oferta oficial más segura, y asumiendo siempre por defecto que ese plan es el ideal. Esto parece resumir bastante bien la filosofía predominante de la responsabilidad para con todo (incluso uno mismo) desde hace exactamente unos tropecientos años. Poco importa lo que el hijo quiera o no hacer, o si lo Forzado se puede hacer pasar por Natural. O si estamos poniendo Instituciones y Normas (normales) por encima de Personas y personalidades. Si yo no pude ir a la universidad o jugar al fútbol en un equipo o comer platos sobrecargados de lentejas, tú lo vas a hacer por mis cataplines, y todo esto no tiene nada que ver conmigo o mi pasado, es solo por tu bien, por tu bien, ¿entendido? Feliz 1995. El pensamiento lateral sigue arrinconado y acobardado por el Sentido Común Único, que abarca con su sombra tal extensión de tu persona que a ratos crees pernoctar en medio de una noche terrorífica cuya única salida es el liberador, aburrido y previsible suicidio gota a gota. Clara y Fran son subproductos de una forma muy concreta (y seguramente escalofriantemente limitada) de ver la vida; y lo más importante, no lo son por lo que hacen, sino por los “motivos” por los que hacen lo que hacen. Llegados al punto de la Personalidad Cero disfrazada de Formación y Carácter, cosas como por ejemplo un viaje al extranjero a buscar trabajo (cualquier trabajo) se convierten en una metáfora bestial y estremecedora de algo enorme, oscuro y con dientes afilados cuya gestación comenzó quizá a ser una realidad en la punta del “bolígrafo” rojo de algún listillo de a mediados del siglo XIX.
Ay las bases… Pero es cómodo, dicen, aunque ya no lo dicen tanto. Fran y Clarita amueblan la casa como si la casa fuera solo una casa y no otro misterio más que no encaja en sus, digamos, simulacros de vida pura y transparente. Las vidas orgánicas actuales de arriba de la cadena alimenticia parecen ser como las construcciones de imitación gótica. ¿Si un adulto de aspecto siglo XXI a menudo dejó de ser más o menos él mismo a los 13 años, en qué momento de la Historia la Humanidad dejó de ser… qué? ¿La cosa va de los muertos, o de que antes solo vivíamos treinta años o…? ¿Qué define la Evolución? ¿Ese omnipresente licenciado que no tiene ideas propias fue una pista para la Teoría de la Relatividad, Albert? La Casa Asac parece una especie de ironía inmobiliaria. Parece ser el punto de la I enorme por la que todos trepan sin tener en cuenta el resto de las relativamente irresponsables y nada prácticas letras del abecedario. Por si no tuvieras suficiente con ser un niño bueno o una niña aplicada, ahora encima las cosas comienzan a cobrar vida, algunas quizá incluso más que tú. Hasta los muertos. Es un insulto. Pero claro, si en algo destacamos los occidentales es en barrer cualquier tipo de mierda bajo la alfombra. Nos basta con comprarnos algo bonito y ya nos sentimos mejor.
La primera noche en la Asac hubo toda clase de ruidos. Normalmente en las parejas alguien suele, como se suele decir, llevar los pantalones, asumir de algún –más o menos inteligente– modo, el liderazgo. Es posible que lo que provocó la indiferencia de nuestros héroes (…) hacia la casa tanto tiempo, fuera que en este caso nadie llevaba los pantalones ni dejaba de llevarlos, ni siquiera había una repartición clara de labores. Fran, hablando claro, era demasiado mariquita para enfrentarse a nada más amenazante que un examen, y Clara no quería asumir ciertas responsabilidades para no castrar aún más a su chico, que ya bastante había tenido en su infancia con ciertas monsergas, y cuyas erecciones (reacción física natural que no encajaba NADA con Fran) no quería hacer peligrar. De modo que surgía un extraño equilibrio. Reconozcámoslo, la casa comenzó a estar desconcertadita perdida tras noches y más noches de ruidos y cuadros cayendo. Una silla flotó un día sobre la cama mientras ellos hablaban apaciblemente de visitar a los padres de ella los domingos y a los de él los sábados. Una cara horrible se comenzó a reflejar en la bañera; si uno de los dos gritaba, luego ponía cualquier excusa, que casi había resbalado, que el agua había salido fría de golpe… El tema de la casa era tabú. No había nada en ella, ni hablar de eso, no se aparecían esputos de sangre en las paredes o el suelo, nadie gritaba desde el desván, ningún bebé lloraba en otra habitación, ninguna figura se aparecía en el espejo del baño, no se oían canicas o pasos por las escaleras… Pero cada vez se hacía más complicado obviar la situación. Un día Fran llega a casa y encuentra a Clara en la cama ojeando una Biblia, la chica reacciona como si le hubieran dado corrientes y mete el libro bajo la cama. Fran no pregunta nada, se desviste y charlan sobre comprar mesitas nuevas mientras algo invisible golpea la pared. Un tiroteo se repite cada noche a las doce cero dos abajo en el salón. Lo oyen siempre cuando están intentando dormir o follar. Pero no siempre son fenómenos muy recurrentes. Un día Fran despierta y una novedosa cabeza flotante se empeña en recitar toda una serie de poemas que asegura son de su autoría, aunque a Fran le suenan algunos versos. Fran se hace el dormido, así, en general. Clara ignora de vez en cuando al fantasma de una mujer que tiene un cuchillo de cocina clavado en el pecho. La tía muerta suele hablar de ese modo en que las palabras suenan cuando son dichas del revés. O eso o bien fue extranjera. Clara suele pasar las tardes con ella hasta que Fran llega de trabajar. Ella (Clara) tiene el turno de mañana y Fran tiene turno partido. La casa curra en sí misma a turnos de 24 horas, y comienza a ser una integrante más de la familia, aunque por desgracia se vuelve cada vez más hostil e insoportable.
Es una noche, cuando Clara se levanta a por un vaso de agua y comienzan a tintinear solos todos los cacharros de la cocina (incluidos los cortantes), cuando ambos deciden que ya ha llegado el momento ideal de tener un hijo.

Tanto Fran como ella piensan en secreto qué va a pasar cuando no sepan si el bebé que está llorando es el de verdad o el… bueno, el otro… Han pasado dos años hasta que una vecina se ha atrevido a llamar a la puerta por cortesía. Algo que ha acabado avergonzando a Clara, ya que, justo al atender a la amable vecina, dos de las sillas del salón han comenzado a danzar por el aire dando vueltas. La mujer ha podido ver algo y a Clara no le ha dado tiempo a cerrar lo suficiente la puerta. Esto la ha irritado de verdad, porque no solo es algo de lo que han decidido no hablar en la Asac: ahora todo el barrio murmurará que no solo viven en la casa encantada, sino que además están cómodos con eso. Esto sucede cuando Clara ya lleva once semanas preñada, pero decide que no le va a contar a Fran que una de las vecinas ha huido despavorida del porche. Incluso Clara abronca a las sillas una vez han dejado de moverse solas. La casa parece bajar la mirada y decir algo como “jo…”.
Va a ser niña. Discuten cada noche por qué nombre ponerle. Incluso la cabeza flotante aparece (desde la vez de los poemas) e insiste en que Isabel es un nombre bonito a la par que estiloso y vagamente barroco. En ese momento la pareja cambia de tema. Ambos suelen tener siempre contusiones debidas a accidentes domésticos, de hecho ambos saben que cada uno ha ido al menos una vez a urgencias por su cuenta. Clara no preguntó durante el mes que Fran llevó el collarín; a cambio, Fran nunca interrogó a Clara sobre cierto brazo enyesado. Ahora ambos están deseosos de que llegue la cría. Eso traerá júbilo y nuevos horizontes. Comenzará a irles mejor. Ambos lo comentan entre ruido de tiroteos y lloros y gritos que quedan ahogados en agua o en la propia sangre del pasado en la Hipoteca presente.
Otro día los padres y también suegros, los padres de ella y de él (además de hermanos y sobrinos) visitan la casa. No se ha podido postergar más ese asunto, se han puesto de acuerdo y han decidido ir todos juntos, ante lo cual nuestros héroes contemporáneos no han podido hacer nada. Los padres de ella tienen un perro. La casa esa tarde no se porta mal, solo un par de cuadros al suelo, pero el perro se vuelve loco como nunca lo han visto. Comienza a ladrarle a un rincón hasta quedarse afónico. No quieras saber cómo suena un perro afónico… Luego desde el jardín, lo mismo, le ladra a la casa, aunque a ratos se calla y reacciona como si alguien le hubiese atizado con un palo de golf. Luego sigue ladrando. La visita familiar dura una hora. Nadie acaba sin dolor de cabeza. Por la noche Asac se vuelve loca, lo tira todo por el suelo, los cuchillos acaban clavados en las paredes de la cocina, el bebé fantasma llora toda la noche, hay un gentío invisible subiendo y bajando escaleras todo el tiempo, el tiroteo se convierte en un bucle constante, etc. Es como si la casa tuviera celos, como si no aceptase nada más que el trío Ella/Ella/Mariquita. Esto preocupa a Clara, aunque no lo dice, claro, pero se pregunta qué pasará cuando llegue la niña.

La cría se dispone a ir naciendo un día a las cuatro de la mañana. Justo antes de notarlo, Clara ha soñado que paría. Pero paría al Anticristo, por supuesto, y Asac y Mariquita ya sabían de algún modo que iba a ser así, y deciden atender ellos mismos el parto. Nada de urgencias ni médicos potencialmente católicos, decían. La mirada de Fran había cambiado, es de las cosas que más miedo le dieron a Clara del sueño, la mirada de su novio insinuaba casi heterosexualidad latente, casi como si estuviera escondiendo en la bragueta más de 10 cm o albergara un folio menos de currículo. Era horrible… Pero los dolores pre-parto no fueron mejores.
Al salir por la puerta ambos, la casa se despide tirando al suelo algo de Ikea del salón. Suena como si un Arlequín o alguien de la Tuna cayera desde un segundo piso.
El parto va de maravilla. Aunque Fran no sabía que la cosa se alargaba toda una puta jornada laboral… Como sea, nadie tiene que fingir que la niña es guapa (aun siendo recién nacida), pesa tres kilos y pico, y el llanto es clavado al de la niña de Asac. Una mirada entre Fran y Clara ha bastado para comunicarse entre ellos tal elemento tabú y a la vez obvio. Clara tiene uno de esos bajones tan complicados posparto. Primero llora mucho, luego ríe, más tarde vuelve a llorar, casi en plan Nicholas Sparks, desconsoladamente. Luego dice que quiere un pastelito. Luego se duerme, y al despertar vuelve a ser ella, lo cual, llega a pensar Fran, no es necesariamente una gran noticia.
Los primeros días, según la normativa, el bebé ha de ser un recluso. La calle y el mundo exterior en general son un hervidero de virus y, al parecer, cosas antibebé en general. Luego la niña mira en todas direcciones en la casa. Al igual que el perro de los padres de Clara, parece tener un sexto sentido para ver aún más historias de las que ven nuestros héroes modernos. Cuando ve lo que sea que vea, a veces llora, pero otras veces ríe, y al parecer está haciendo buenas migas con el bebé fantasma por las noches, ya que ahora ya no se oyen muchos berreos, pero Fran tiene la teoría secreta de que la mitad de los ruidos no los hace su hija, y las risitas de un bebé –fantasma o no– no siempre son agradables de madrugada… En fin, no es que nunca haya lloros. Lo curioso es que parecen haber cedido los de Asac. La casa ya no llora. De hecho la casa parece calmarse con la llegada de la cría. De nombre María.

María es bonita y redonda y pura, y aún está a salvo de la adulteración del mundo, de las sectas cotidianas y los retoques de mil tipos. Ni siquiera le tiene miedo a la casa. No más al menos de lo que lo puede tener a las cosas que sus padres creen normales. Cierto es que pasan los meses y los sucesos en Asac se reducen casi a cero. Clara y Fran comienzan a ver el pasado reciente como una larga pesadilla de la que han conseguido librarse. La niña se planta en los dos años y medio en un suspiro. Clara tiene la –Fran cree acertada– idea de cortarle el pelo a la cría, de esa forma en que las chicas se querían hacer pasar por chicos en las películas antiguas, con unos pantalones de tirantes y una gorra de vendedor de periódicos, casi consiguiendo acentuar más lo femenino, y no enturbiando la credulidad colaborativa del espectador. El corte de pelo le queda encantador y la niña se siente cómoda y fresca con él. Todos quieren a María y la imagen general de la familia aumenta enteros. Ganan buena fama en el barrio y ya nadie se atreve a hacer mala publicidad de Casa Asac. Se produce un un gran efecto estético en diferentes aspectos. La niña no solo es simpática y sonriente, también tiene una belleza en la que se trasluce el futuro, lo que sumado a esa limpieza y claridad infantiles, la convierten en algo que no dejarías de abrazar. Grandes ojos oscuros de peculiar forma, algo curvados hacia abajo en el rabillo del ojo, boca de piñón, nariz respingona y con personalidad, hoyuelos. Lo que hay al otro extremo de la pinta amenazante que dan de lo infantil las películas de terror.
Por otro lado, Clara no es mejor persona, y Fran no ha ganado en confianza o virilidad, pero el complemento infantil les ha granjeado ese renovado y positivo interés de cara a la galería, ese con el que una chica mira a un tipo del montón después de que éste haya salido con una Tía Buena Oficial Que Podría Tener A Quien Quisiera. Eso ha conseguido María para sus padres. Se trata de una vida nueva, lo cual es harto importante…
… pero la niña suma y punto, no ha cambiado a nadie en el fondo. Algo de lo que la casa parece darse cuenta.
Cuando la cría ya tiene tres años el ambiente en Asac vuelve irremediablemente a lo que era antes. Una tibieza sentimental que rellena las habitaciones tal que si se llenaran de agua. Lo dos cuidan a la niña, pero nunca se quisieron entre ellos, simplemente se complementaban a nivel práctico, daban una bonita imagen pública (al menos antes de Asac), y eso era todo: no eran más que una más del seguramente amplio porcentaje de parejas cuyos nexos de unión más importantes se basaron en el repudiar la soledad, el sexo estable y la convicción de que el otro no era nada parecido a una persona que maltrataría fácilmente a otra.
¿Qué vas a hacer?, ¿esperar? Tú decides tu destino, cuándo, cómo, con quién. Porque eres un tío de puta madre. Porque eres una tía resuelta y moderna. Claro que sí. Y lo controláis todo; y no solo eso, además lo hacéis desde la humildad, o eso parece. Enhorabuena.
Y entonces, ¡bum!, Asac despierta y las noches se vuelven movidas otra vez. La casa reacciona y comienza conformar su propia secuela, “Asac 2: preparaos, gilipollas”, porque esta vieja rockera se ablandó, pero ahora ha vuelto con más fuerza que nunca, no hay cuadro que no vaya a quedar agrietado, cristal a salvo, mesa sin roces o silla sin golpes, mientras fuera en la calle hay un clima calmo y agradable, prepárate para la tormenta que se va a montar dentro de esta furcia, con su propio microclima; sí, esta zorra inmueble va a hacer que necesitéis a vuestro propio hombre del tiempo-barra-parapsicólogo-barra-alguien definitivamente distinto a Fran Pichafloja y Clarita Ikea. A veces nada queda sobre el suelo más allá de las doce, todo flota y se mueve y choca contra las paredes. María ha conocido definitivamente la vertiente llorosa del bebé fantasma; la cabeza flotante, en su tercera aparición estelar, grita rimas asonantes y consonantes con ímpetu de épica, la mujer del cuchillo de cocina clavado en el pecho corre por todos lados y toda una tropa sube y baja escaleras toda la noche. Hay escándalo de truenos y lluvia fantasmas y varias voces gritan desde varios puntos indeterminados de la casa. Etcétera.
En un momento de tregua, después de casi todo un mes de guerra, llevan a la niña a casa de sus abuelos maternos. Esta vez el collarín es para Clara y el yeso del brazo para Fran.
Ni que decir tiene que la decisión de apartar a la niña de ellos hace que la casa se calme. Cada día menos movimiento, más normalidad, o quizá menos normalidad, según cómo se mire. Por las noches pueden dormir tranquilos y por el día, eso sí, no pueden dejar de pensar en la niña y qué van a hacer con… todo, con todo este asunto de hacer planes, o de haberlos hecho. O de creerse algo que uno no era.
Con todo, el Tabú sigue en pie, no hay comentarios sobre fenómenos paranormales. Tanto es así que la niña aún no sabe bien que no es común ver cabezas flotantes, oír ruidos por la noche, oír a otro bebé sin verlo, etc.
Habiendo pasado casi otro mes, todo él sin la niña en casa, habiendo hecho oídos sordos a consejos de familiares y hasta alguna advertencia de los vecinos, Fran decide plantear el asunto de mudarse. La versión oficial es que los problemas solo los tienen entre ellos dos, y que necesitan un tiempo solos, hablar, plantear soluciones, follar más, leer más revistas y literatura basura de autoayuda, etc. Lo irónico es que en cierta manera eso no es mentira. A veces incluso parece que la casa solo esté buscando los “compañeros de piso” ideales, alguna pareja que no haya construido la relación sobre prácticos cimientos planeados desde el miedo más actual y a la vez clásico, o casi extemporáneo. La casa no quería a la niña en ese ambiente. Eso ha llegado a pensar Fran, el cual no solo siente que ha perdido a su hija absurdamente, además no ha tenido una sola erección desde un poco después de la marcha de la pequeña. Clara siente que había visto venir todo lo acontecido, aunque no le sorprende tanto que a su novio (esta palabra la hace sentir bien últimamente) ya no se le levante; de hecho casi lo estaba esperando, solo parecía una cuestión de tiempo, ahora es como si la casa hubiera absorbido ya del todo la poca virilidad que había en él.
–Deberíamos plantearnos lo de irnos de aquí, buscar otro sitio mejor…
–…
–…
–No.
–Q…
–No. Aquí estamos bien.
–Sabes de sobras que no estamos bien, cariño.
–Estamos bien, es una casa completamente normal.
–…
–Solo tenemos que… llevarnos mejor.
–Sabes que eso es un cuento, Clara. Un cuento.
–Estaremos mejor y traeremos a la niña.
–…
–Nadie nos verá tirar la toalla saliendo por la puerta con cajas y cargando un camión de mudanzas.
–…
–Lo que pasa es que no sabes sacrificarte. No sabes esforzarte. No te enfrentas a nada. Y por eso ahora no se te pone dura. Hasta tu polla se ha dado cuenta y ha dicho basta.

Para cuando se decide que María ha de volver a casa, Asac está en calma como cualquier otra construcción que no tenga potenciales exigencias extraordinarias para sus inquilinos. La niña ha pasado dos meses y medio fuera. No se ha quejado ni ha cambiado su comportamiento, desde que nació ha vivido entre lo bizarro, y entre lo bizarro sigue. El Tabú sigue siéndolo hasta cierto punto, no se pronuncian ciertas palabras ni se habla abiertamente del tema, aunque en más de una ocasión Fran deja claro que si lo que pasa es que la casa no quiere malas vibraciones, ellos no tienen nada que hacer, ya que las malas vibraciones forman parte del motivo de su unión como pareja. A veces las parejas se juntan por mera rabia, despecho hacia la vida, por mera alianza, es más un frente de guerra con el que afrontar la existencia que una relación que haga juego con los colores de una habitación infantil. Fran lo sabe, Clara en cambio sigue uniformada, lista y con los mismos planes para ser no tanto una persona como una profesional de todo aquello que se le ponga a tiro. Entra en juego la Paranoia. La casa le da la bienvenida. ¿Por qué pasa lo que pasa? ¿Por qué somos así? Como si las respuestas importantes fueran algo más real o demostrable que un fantasma… Fran no puede dejar de pensar que la casa tiene Personalidad, una sola e intransferible. No ha conseguido encontrar información de sucesos terribles en el pasado de la misma, no más allá de los paranormales. No puede dejar de alimentar la idea de que la casa no aceptará extraños que a cierto nivel también lo sean entre ellos. La casa no aceptará mentiras, no mentiras del tipo “quedé con mis amigos y le dije a mi novia que estaba haciendo horas extra”, lo que la casa no aceptara será la gran mentira de base: cierto tipo de conformismo la edifica, cierta prisa la hace realidad, y cierta clase de “plácido” aburrimiento la parasita. La casa Asac, está comenzando a sospechar Fran, podría ser una romántica, una con muy mala leche, y la primera edificación conocida que también es activista en pro de las emociones auténticas. Cómete esa. O eso o bien solo se trata de caos. Querido caos… Fran y Clara se han pasado la vida evitando eso, puede que precisamente llevar al extremo ese concepto haya sido la raíz de todos los problemas. Y no solo en lo relacionado con ellos.
Al paso de los días, no parece que Asac se haya enfadado por la vuelta de María. Lo más probable es que Asac quiera a María tanto como sus padres, o al menos como cualquiera de los vecinos. Pero cierto es que la casa la ha visto crecer, la ha visto echando a perder pañales, la ha visto vomitar y reír y llorar, y también la ha visto poner esa cara rara de cuando su padre la coge en brazos. Un hecho irrefutable es que la casa no le ha tocado un pelo a la niña. No es que eso la coloque en un lugar mejor que el de un padre que llegara borracho al hogar cada día, pero qué demonios, no está mal para una casa.
El enfoque de Clara no tiene mucho que ver. Clara es una de esas personas…, una de esas artistas de la negación. No los tipos de negación conocidos relacionados con miedos básicos o incapacidad de riesgo o autoanálisis, etc., sino la clase de negación quizá más extendida, y por eso precisamente más complicada de desentrañar, como esos chistes tan malos con los que uno cree durante un rato no haber entendido la gracia, hasta que se da cuenta de que en realidad lo que pasaba es que no tenían puta gracia y punto. Clara es hija de su época al mismo nivel que la Tierra depende del Sol. Y es una hija fiel, ciegamente. Su capacidad de fidelidad soportaría cualquier prueba, y el objeto de esa fidelidad se centra en lo que Clara Proyecta. Clara proyecta, no interioriza; en esos términos, su hija no es tanto una persona como una prueba de Eficacia y Valentía. Y Fran no es tanto su amante o su amor como un Dato interesante a tener en cuenta. Para los demás, por supuesto. Fran tiene tantos títulos y tanta formación, y su aspecto es tan lánguido y tiene tan poca fuerza y chispa y es tan poco dado a nada especial, está tan lejano del prototipo físico de ensueño, etc., que Clara sabe que nadie en su sano juicio creería que está con él por algo que no sea su interior, y en resumen, unos sentimientos que a ella se le presumirán a primer golpe de vista cuando cualquiera les vea juntos. Es posible que este modo de actuar ponga demasiada confianza en las primeras impresiones o prejuicios, pero Clara sabe perfectamente que esas cosas suelen gobernar tiránicamente la vida de la tira de gente.

A estas alturas, si algo está claro, es que Asac maquina. Asac fluye, tiene planes, intenciones, no actúa de forma arbitraría.
Y no hay explosión final, solo una espesa niebla. La violencia cede el turno casi del todo a lo cerebral. María tiene casi cinco años. Una tarde Clara oye a través de la puerta de su habitación (extrañamente cerrada) que la cría está hablando sola. Cuando la abre e intenta dialogar con ella, la muchacha está con un libro en el regazo, sentada en el suelo, y mira hacia un rincón en el que no hay nada. Los perros y los niños…
–¿Estabas hablando con alguien, cariño?
–Sí, bueno, ahora no está, pero me están dando clases.
–¿Q… Quién te da clases, mi vida?
–Es… un señor. Pero me gusta cómo…
La niña señala hacia la pared. Clara recuerda los comentarios de su tutora. Según los profesionales, María es una niña dispersa, poco atenta, difícil, a veces parlanchina, a veces aislada, poco sociable. Según el personal del colegio, la niña es básicamente un problema para sí misma y sus compañeros, a los que retrasa. La niña se levanta del pupitre, no se está quieta, mira por la ventana, se pone a dibujar cuando no toca, se niega cuando toca, etc.
–Pero ahí no hay nadie, cariño.
–…
–…
–Es que tú no le gustas…
–…
–Papi tampoco.
Ya, piensa Clara, Papi no es lo que se dice Jennifer Lawrence.
–Tienes que bajar a cenar, ahora, ¿vale?
–Cuando acabe la clase.
–No, ahora, venga.
–Cuando acabe la clase.
–María, no te lo quiero volver a decir…
–¡Cuando acabe la clase!
Clara das tres pasos y coge por el brazo a la niña. El libro se eleva solo y sacude la cara de la madre cual bofetada.
–¡No! –le grita María a la pared.
El libro cae al suelo.
–Ya está bien –murmura Clara para sí–, nos mudamos de aquí.
–¡No! –vuelve a gritar María, esta vez mirando a su madre.
–Baja a cenar, venga.
–Si nos mudamos no bajo.
–Bajas ahora porque yo te lo digo.
–…
–Bajas ahora porque yo te lo digo.
–No eres la más fuerte aquí… y tú y Papi…
–Baja…
–… pero yo le caigo bien.
–¿Cómo has dicho?
–…
–Si tuvieras un padre de verdad ahora mismo le iba a llamar para que te diera una buena zurra… Baja. Venga.
–No.
La puerta de la habitación se cierra de un violento golpe. La madera se quiebra.
La niña mira hacia la pared, luego a su madre;
–Dice que estáis perdidos.
–Yo no he oído nada. Baja abajo a cenar, por favor.
–Dice que vosotros ya estáis…
–Por Dios…
–… pero que yo aún no.
–…
–…
–…
–Ayer me invitó a entrar en el armario –dice María–, había un prado, era muy grande, Mami, había muchas flores, había animales. Había mucha agua. Luego, también había una ardilla, Mami, como la del libro, corrí detrás de ella. Y había… había… Y la ardilla tenía una nuez. Había un… había muchas nueces. Me subí a un árbol, yo sola. El señor me dijo que podía ir ahí cuando quisiera, pero que tenía que querer. Me dijo que estáis perdidos. Luego me acosté. Y… Bueno… Pero no quiero verdura.

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