Algunas cosas sobre el NO (1 de 5) – La virilidad moderna

La mujer llevó a su hija pequeña a la terraza del tejado para que lo viera todo. El edificio en llamas estaba lo suficientemente lejos, era uno de los rascacielos. Una antorcha grotesca de cristal, como el pene venoso de esos gigantes modernos y siempre tumbados, hechos de aceras, exabruptos, cloacas y modernidad, todo televisado. Helicópteros invadían la ciudad, sus cámaras, el traqueteo aéreo atronador. Los camiones rojos. Cantos de Sirenas, sus ruedas y luces, los semáforos estériles, el poder del héroe real. Una de las ambulancias provocó un accidente en un cruce lejano al fuego. La madre le decía a su hija dónde tenía que mirar a cada momento, dónde iba a tener que mirar siempre. El cielo se estaba tapando en serio, cabía la posibilidad de que la lluvia echara una mano. Los recuerdos comenzaban a fabricarse en el background de todos los que lo vivían. La mamá señalaba con el dedo aquí y allá; la actividad casi parecía componer patrones de acción de los que la niña aprendería más que con meses de clase. Todos, asomados por sus ventanas y balcones, contemplaban un día emocionante, comentaban lo trágico que era después de haber hecho las llamadas pertinentes si hacían falta, mientras pensaban (sin decirlo) que por fin topaban con un día distinto. Chicos y chicas trabajaban en esa una de las Pollas de Occidente, las que joden de verdad; pero todos ellos eran hijos de alguien. Así se lo dijo a la niña Mamá. Aunque sabía que ella aún no podía entenderla bien, tenía claro que sabía que mamá solo soltaba tacos cuando intentaba decir algo realmente importante. Sabía que la cría no entendía en ese momento, pero pronto lo haría, todo quedaría archivado. Los chicos y chicas formaban parte de cierto engranaje. Buenos chicos en el mal buen camino mejor visto. Ahora intentaban sobrevivir al humo, algunos con medio cuerpo fuera por ventanas de grueso considerable, el fantasma del 11-S por doquier, porque el mundo seguía con su ritmo de reggaeton responsable. Las grandes Pollas jodiendo las Vaginas adecuadas, de las que seguía chorreando la desigualdad. Aunque esta vez no se trataba de un conflicto internacional. Solo había sido un padre de familia, despedido, desahuciado por el banco. Después de provocar el incendio en la planta en la que operaba su empresa, optó por las nuevas tendencias y se lanzó desde un undécimo piso. No del edificio en llamas, pero hubo preguntas y respuestas fiables, y todo encajaba. Últimamente todo cuajaba demasiado bien, todo se entendía enseguida, no era una buena señal. La seguridad estaba tan de moda como la elección de la muerte. La misma mamá conocía a muchas amigas que habían tenido crisis de ansiedad, chicos que acudían a profesionales, personas que creían que el problema era de ellos, porque así les habían enseñado a pensar: a creer que pensaban por sí mismos. A creer que las personas eran sólo conmutables y que ellos estaban en la posición de encendido adecuada. A creer que hablar de grises era suficiente. A creer, por supuesto, que se respetaban a sí mismos aun respetando más ciertos emblemas. Muchos de esos chavales perdidos (aunque lúcidos, inteligentes y con carácter en la versión oficial), iban a morir en el incendio, o al arrojarse desde una de las suntuosas ventanas reflectoras hasta convertirse en lo que desde los helicópteros de prensa parecían esputos de sangre abajo en el suelo. El gigante sin embargo no se preocupaba, porque sabía que otra Polla le crecería saneada, y que entre todos continuaríamos con la mamada. Eramos buenos chicos, buenas chicas; joder, al fin y al cabo nos habíamos pasado unos cuantos años practicando con plátanos y todo tipo de objetos fálicos, no digamos ya si acababas tu licenciatura o hasta tu máster: entonces eras el chupón perfecto, la putita más cuidadosa, no te ibas a dejar los huevos, no ibas a poner caras cuando la punta salpicara. Éramos la generación más preparada, todos lo dicen, y eso le dijo la mamá a su hija. Mamábamos y sabíamos idiomas, y hasta éramos capaces de cambiar de gigante y continuar con la felación en países extranjeros. No había quien nos parara, y coño, también éramos los mejores a la hora de poner el culo. Esto sí que son gigantes de verdad y no los molinos de Don Quijote, cariño, le dijo la mamá a su retoño. Estos no los vences ya con espadas o la alianza de algún buen escudero, ya saben hacer que tú mismo te quites de en medio sin más. La Era del Sacrificio. Tu alma es un cuento infantil sin moraleja aprovechable, tu carácter para el tiempo libre, tu gente para que los espejos no sean lo único en lo que te reflejas. Desde donde están la mamá y la niña se pueden ver los cuerpos cayendo, aunque no hasta abajo. Hay que estar muy atento para captarlo, la cría no ha visto nada, la mamá decide no señalar eso. El accidente de ambulancia ha dejado un reguero de sangre en la avenida, un motorista, ex motorista, ex todo… Alguien del personal de la ambulancia llora desconsoladamente en la acera. Todo eso se llama Caos Controlado, le dice la mamá a su hija. Luego le habla de la Manipulación Informativa, luego de cómo casi todos hablamos y discutimos sobre temas que creemos que son importantes, pero que solo son cebos gracias a los cuales no nos preocupa lo realmente importante. Y no me refiero al fútbol ni a tu padre, cariño, no te confundas. Es algo más complejo que eso. Hablo de eso, de gigantes, no muchos, unos pocos, que se nutren de nuestra calculada y trabajada y demostrable dignidad; la versión más extendida de la dignidad al menos. Dignidad que requiere de rodilleras y buenas tragaderas. Y prescindir de uno mismo. Una de esas cosas de las que no hablamos por estar demasiado entretenidos en ocupar unos avatares obreros más feos aún que esos pitufos azules estilizados. Una extraña dignidad. Quiero que veas todo esto, dice la mamá. Porque quiero que algún día sepas que puedes desplegar las alas. O mejor dicho, para que sepas tienes alas. Te querrán convencer de lo contrario y lo llamarán madurez, usarán argumentos con forma de cenas caras, viajes constantes, cultura equívoca, educación castrada a golpe de números con decimales. Te aseguro que serán muy convincentes. Sonreirán y te dirán lo que les decían sus abuelos, pero deberás estar preparada para entender que eso solo es porque ellos no saben decir nada. Tendrás que ser algo desconfiada, y a la vez amorosa. No será fácil, pero aun con todo tendrás que buscar tus alas. Son gratis, no llegan con el permiso de nadie, lo más importante ya lo llevas de serie, solo tienes que procurar que no te lo quiten, vigilarlo como vigilamos los trastos desde el agua cuando vamos a la playa. Te dirán que es narcisismo quizá, o puede que se cabreen, ten en cuenta que no les sienta bien que elijas tu propia roca para ver el paisaje. Serán persuasivos, pero a veces tendrás que asentir y cruzar los dedos por detrás, jugar a su juego, con tu padre, en el colegio, puede que hasta conmigo.
Comienza a llover. Alguna gente resopla desde sus ventanas. La Polla se comienza a humedecer. No todos esperan que eso vuelva a servir para que el dolor mengüe. La ciudad se dilata. No muy lejos, una sucursal bancaria explota.

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