Algunas cosas sobre el NO (5 de 5) – Rock & Roll

Ese sitio era como una máquina del tiempo averiada, nunca acertaban. Un día había un concierto acústico, un rollo noventero, pintas pseudohippies, eran una chica y un chico, dos guitarras acústicas, te hacían pensar en el típico grupo pop-rock que goza de un año de éxito (en el mejor de los casos) y luego muere, que solo es recordado como representación de lo mediocre, de una mala moda, víctimas de los peores tics de su época. Querían sonar a un unplugged grunge (…) y te recordaban más a Ella Baila Sola. El que además sus familias y amigos estuvieran jaleándoles lo hacía todo aún más igghhhh¡!… Lo que hay al otro extremo del buen Rock & Roll en directo suele ser la vergüenza ajena más palpable. La culpa de que la vida de algunas celebridades, de que las drogas y aventuras salvajes y el dinero malgastado y las habitaciones de hotel destrozadas gocen de cierto “glamour”, es de ese tipo de gente, en este caso los que en ese momento aplaudían (algo, por otro lado, inevitable) a esos dos muchachos: él con su voz contRoLadA, evocando no tanto Sentimiento como clases de canto, ella no llegando a los 20 años y dando pie a fantasías sexuales de modosita siendo enculada en su cama contra algún peluche gigante, sonriente y rosa…; en serio, era lo único intenso a lo que esa muchacha podía dar pie en tu cabeza si estabas entre el público y eras hombre. No es raro que conciertos y experiencias así despierten instintos creativos extremos en otros, instinto es la palabra clave, cuando alguien tiene talento aunque sea un capullo, y hacen que se irrite y cabree. Sabes que te está comenzando a ir bien cuando tu madre no está en primera fila. Cuando tienes algo que contar, ya no te importa parecer un tarado en el escenario, en el plató, al teclado del ordenador. Pero esos chicos estaban a años luz de cualquier destello de personalidad o magia, solo eran… lo que llaman Personas Normales, demasiado preocupados, solo cubrían el cupo de la anécdota de juventud, cuando tuvimos ese grupo justo antes de madurar, cuando aún estábamos estudiando la carrera “inteligentemente” elegida gracias a la cual proyectar cenas de amigos de sábado en las que con extraño sentido del humor comentar que antes tocábamos la guitarra y cantábamos: cosas de críos, ya ves tú, casi se nos va la olla y hacemos algo creativo, ¿te imaginas?, jaja…
Yo había ido con un amigo, queríamos tomar algo. Estábamos sentados en unas sillas que no daban fácil acceso para salir del bareto o llegar hasta la barra. Creo que éramos los únicos que no conocíamos de nada a los del escenario. Cantaban en español, las letras eran como echarle azúcar a un yogurt de macedonia y removerlo con mucha energía con la cuchara antes de que alguien en el psiquiátrico te diera la pastilla de ir a dormir hablándote como a un puto bebé. Eran tan vacuos que era delirante, te desquiciaba intentar notar algo aprovechable. O dicho de otro modo, todo era insustancial, plano, y no podíamos reírnos a gusto allí de las letras, lo cual lo hacía también tedioso. Cuando casi pensabas que la siguiente canción iba a ser distinta, lo volvían a hacer. Era como un accidente de tráfico múltiple, siempre quedaba un coche por llegar derrapando al tumulto. Mi amigo murmuraba entre canción y canción que cada vez le ponía más burro la chica. Con algo nos teníamos que entretener… Daban la sensación de ser pareja. La pareja compartiendo sus íntimas canciones con la familia y los amigos, viernes, un día seguramente importante para ellos, un gran y cariñoso aplauso después de cada tema, algunas bromas inocentes en voz alta desde el público, etc. Mi colega y yo éramos claramente extranjeros allí. En medio de toda aquella latente felicidad. Hay gente que cree que la felicidad ajena casi siempre suele ser molesta. No estoy de acuerdo, excepto en los casos en que la misma contribuye de un modo muy directo a mi estado de malestar o infelicidad. La primera mitad del concierto fue así, pero también estábamos bebiendo, y por suerte, una camarera, jugandose el tipo entre sillas y rodillas, nos acercaba las cervezas. Eso sin duda ayudó…, o lo estropeó todo, según como se mire…
Mi colega estaba pasando por un mal momento. El mal momento tenía nombre de chica, yo lo había visto y conocido… Esa tía era un campo de cultivo de calabazas en sí misma, aparte de una especie de Sirena con piernas pelirroja. No es que fuera frígida o ultra-católica ni nada por el estilo. Se folló un día a mi colega; y a partir de ese instante mi colega comenzó a dormir mal y dejar la mirada perdida, no te escuchaba, solo restregaba las manos sudorosas en su móvil. Ella no quiso volver a verlo. No era nada personal, tenía 21 años, tenía solo un par de intereses en presente, y uno de ellos no era tener novio. Cómo culparla, quería ver cosas, viajar, pasarlo de puta madre, follar, reírse, follar… Pero tenía algo, a saber qué, que la convertía en una auténtica trituradora de tripas masculinas. Mi colega no era el único que se había topado con el muro de la juventud, otros antes lo habían intentado con ella y se habían quedado –con suerte– en las mismas, con el sabor a coño en la boca y las ganas de algo más para los fines de semana. No había noviazgo, solo aventura. La Indiana Jones de las cajas torácicas. Nada de paseos. Ahora no eran zorras, eran mujeres libres. De golpe las tías ya llevaban en la sangre la libertad de acción de los tíos, ni siquiera se lo planteaban. Esto descolocó por completo a mi amigo, aun no siendo el tipo más tonto que haya conocido. Solo era otro tío como yo, ya en la treintena, sin comerlo ni beberlo ya había una generación de jóvenes que nos había relegado a ser casi-jóvenes, se habían hecho un hueco, y eran más listos, más cabrones, más preparados, sabían más idiomas, controlaban más la tecnología y follaban mucho más que nosotros a su edad… La verdad es que si uno lo pensaba era para pegarse un tiro, uno se preguntaba a qué coño viene toda esa gente que celebra sus cumpleaños como si eso fuera mejor que ignorarlos. Putos mentirosos soplavelas… odiáis esa mierda y lo sabéis, no podéis disimularlo cenando con amigos en un japonés…
En todo caso, la pareja del escenario no daba el perfil de dos universitarios que follaran como conejos, y creo que en parte era eso lo que hacía tan atractiva a esa chica en concreto. El alcohol nos comenzó a afectar. En mi caso eso se reduce a cierta exaltación de la amistad y menos filtro para hablar con cualquiera, sobre todo cualquier chica que me preste la más mínima atención (y a veces sin prestarla). Esto quizá se da para compensar mi pasividad sobria. Pero el caso de mi colega… Imagina una mecha en su cabeza, encendida, que se acerca cada vez más a la explosión con cada sorbo de cerveza. No me dijo nada, pero bastante antes de que acabara el concierto había decidido que iba a ir a por esa chica. La de la guitarra, el gesto dulce, los mofletes en rubor constante, el cuerpo redondo en esa edad que incluye la capacidad potencial de echar a perder la estabilidad emocional de cualquier tío hetero. Nabokov se hizo la carrera con eso. Él hablaba de adolescentes, pero el principio es el mismo, y es muy básico: Aquello Que Te La Pone Dura, y la fascinación residual. La juventud, aunque muchas revistas digan lo contrario, no acaba a los 15 años. Eso es algo que cualquier miembro masculino sabe muy bien. Y en ocasiones el morbo alcanza cotas de edad que matarían de un infarto a muchos diseñadores de moda. El abanico de posibilidades en cuanto a lo que le provoca erecciones y palpitaciones a un tío es tan extenso que si las mujeres lo supieran se preocuparían aproximadamente un 20% de lo que ahora se preocupan por su físico y aspecto. Cientos de revistas, editoriales y canales de televisión se irían al garete a muy corto plazo. Los genitales no mienten, es solo que sigue habiendo cierta dignidad sintética flotando en el ambiente que continúa generando Hogares en los que la mascotas seguramente no dejan de captar ciertas horribles vibraciones en el ambiente. Si tus vecinos son una pareja joven y su perro no deja de ladrar, no te extrañe que tarde o temprano comiencen las discusiones a gritos. Ni siquiera con la tía de la guitarra muchos hubieran reconocido que se la hubiesen follado sin problemas. Es muy posible que el único que tenga la culpa de que tu novia se pase una hora en el lavabo antes de salir, seas tú, tú y tu aún rabiosamente actual estilo a la hora de mentir sobre lo que te pone cachondo.
La chica era lánguida y delgada, pero seguía teniendo forma de chica y sus redondeces en las facciones de la cara, unos ojos claros y apagados, parecía alguien a quien ese chico se hubiera follado unas diez veces siendo el primero para ella, y que ahora ella pensara que el sexo no era para tanto. Mi colega ya se palpaba la polla vía bolsillo. El grupo se llamaba Renoir, un intento desesperado de reminiscencia indie folk que se diluía a los treinta segundos de la primera canción. Al acabar el concierto mi amigo se puso en pie y no dejaba de seguir con la mirada a la decadente música. La chica tenía que saludar a un montón de gente, agradecerles su presencia, bajada del escenario parecía más expresiva y sonriente. También parecía tener más curvas y haber tenido más de tres orgasmos en toda su vida. Todo eso no achantó a mi colega. Yo me fui a la barra, todo el mundo se había puesto de pie y ya era factible, pedí otras dos cervezas. La camarera parecía la otra cara de la moneda, toda culo y tetas, toda sonrisas, tejanos y blusa ajustados, una guitarra española con torneadas piernas; aun llevando ya muchas horas en ese antro parecía fresca y viva como alguien a quien le fueran indiferentes los lunes. La camarera parecía ser feliz a un nivel al que jamás podría llegar la música. Intenté darle algo de conversación pero me ahuyentó amablemente con la justificada excusa de que estaba trabajando. En ese momento yo ya iba lo suficientemente pedo como para no haber pensado en eso. Mi colega y yo nos bebimos las cervezas, y cuando la muchacha sin su guitarra ya parecía haber cumplido con el protocolo de agradecimientos, fuimos a saludarla. Habló mi colega, soltó una sarta de mentiras, mirándola a los ojos y casi sin parpadear. La versión oficial es que nos había encantado el concierto, hasta salieron nombres como Soundgarden o Pearl Jam (la chica no conocía a Soundgarden), teníamos que madrugar (mentira) pero nos habíamos quedado hasta el final de lo que nos estaba gustando, qué bien tocaban, y tan jóvenes. Mi colega no pensó que igual iba a tener que hablar también con el tío, cosa que pasó de inmediato, y con él las mentiras no sonaron tan convincentes. La buena noticia es que él sí tenía que madrugar de verdad al día siguiente, cosa que le dijo a su chica (sí, eran pareja) delante de nosotros, aunque la espoleó a quedarse a tomar algo, daba igual que él se fuera (capullo); ni cuando mi amigo le dijo al tipo que nosotros cuidaríamos de su novia levantó ceja alguna. Había cierta clase de modernidad impostada; parece relativamente fácil detectar cuándo una pareja se basa en la confianza de verdad y cuándo es todo pura pose sin convencimiento. Tanto mi amigo como yo sabemos de parejas con las que la parte masculina podría haber dejado perfectamente sola a la femenina (o viceversa) sin que hubiese riesgo de morreos furtivos o polvos oportunidad. Pero esta pareja no daba esa sensación. Había tanta química como en el escenario. La canción no entraba, ni de coña. Para más inri, el tipo no tenía obligación alguna al día siguiente, el muy mamón se iba de excursión con otros tipos a la puta montaña. Todo pasión. El tipo prefería eso a follarse a su reciente novia la noche del viernes y luego dormir hasta tarde para volver a follarse a su novia por la mañana… Podría haber sido algo puntual o bien justificado o… lo que sea, pero había una energía extraña entre ellos. O él le ponía los cuernos a ella, o él era gay, o él era gilipollas o… había muchas posibilidades, y todo parecía incluir la culpabilidad de ese tipo.
Todo comenzó a encajar cuando la chica comenzó a beber. Se vislumbraron sospechas de cuernos en la pareja feliz, en concreto en la bonita cabeza femenina. Mi amigo, cuando hay alcohol de por medio y la chica –la que sea– acepta más de dos preguntas, es capaz de sacarle jugo a la tía cual si fuera una naranja y él un exprimidor. El resto de la gente se comenzaba a ir, no había horario de discoteca, era un bareto, la máquina del tiempo de la mala música, eructos de los setenta, los ochenta y los noventa. Qué decir, el muy cabronazo la embaucó. Al cabo de 15 minutos, y aun habiendo gente que conocía a la chica, se estaban morreando en la barra. Morreando con lenguas a la vista y furia femenina, una furia que parecía haberse contenido durante mucho tiempo. Yo pedí otra cerveza. Me uní en una gran interpretación a los demás, como si a mí la escena también me afectara, como si yo conociera al capullo del excursionista desde los seis años. Era un escándalo, esa tía era una zorra, con lo buen chaval que es él…, tan bueno que ni le mete la polla en viernes, y va esta zarrapastrosa y se lía con el primer desconocido que se pone a tiro, ¿verdad?… Creo que algunos notaban en mis palabras cierta ironía malsana, y me comenzaban a ver como parte del equipo que había venido a fastidiar la comunión familiar. Mi colega le metía la mano en las bragas a la inocente, la inocente… Algunas amigas intentaron mediar, pero no había forma de separarla de ese tipo enfermizo, ese rompe-parejas universitarias, con lo sólidas que son, sinvergüenza… El que se presentó como padre del excursionista, se puso al lado del obsceno acto e intentó pedir explicaciones a la muchacha. Se separaron un momento, el hombre miró desafiante a mi colega.
–A ver, tú, ¿cómo te llamas?
–¿Yo?… Me llaman Erasmus.
Hubo un pequeño “oooooh” como respuesta en el garito, no se sabía muy bien si de indignación o de malsana diversión. El morreo continuó y continuó. Los padres de ella ya se habían ido. Había pasado casi una hora; todos pensábamos que el excursionista ya estaría durmiendo la mona, reponiendo energías para la excursión hetero de salchichas del día siguiente, pero espera. El beso guarro se prolongó tanto que la gente que quedaba comenzó a perder interés. Los padres del montañista en absoluto gay se acabaron yendo también, aunque no sin escatimar algunos insultos en crudo tanto para la chica como para mi amigo.
No sé cuándo ni cómo, pero en cierto momento me volví de pagarle a la camarera otra ronda, y me quedé con las dos cervezas para mí. Mi colega y la versión en coma de Janis Joplin habían desaparecido. Pero no se habían ido. Me encaminé hacia los lavabos. Algunas chicas habían ido a fisgar. Eran servicios unisex. Estaban en un habitáculo. Los gemidos de ella eran claros como un puñetazo en la nariz. Se oía chocar la ingle de mi colega con el culo de chica. Luego todo pasó muy rápido. El excursionista no se había ido a dormir. Porque el excursionista hetero y moderno estaba buscando su móvil, había perdido su móvil, quizá se lo había dejado en el bareto. El miembro masculino de Renoir entró en el baño, puede que solo porque todos estábamos ahí, unas quince personas, las que quedábamos en el local. Los gritos de la chica no solo se oían en todo el lavabo, además el bar cortó la música y ya se oyeron por todos lados. Iban a cerrar el chiringuito. Algunas chicas ponían la mano en el hombro al muchacho de forma compasiva, él las miraba extrañado. Al final sí había habido Rock & Roll. Entonces el chico, tras al menos un minuto de escuchar berridos sexuales, se rió y nos susurró:
–¿Pero quién está follando ahí dentro?

drug

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3 comentarios en “Algunas cosas sobre el NO (5 de 5) – Rock & Roll

  1. “ya había una generación de jóvenes que nos había relegado a ser casi-jóvenes, se habían hecho un hueco, y eran más listos, más cabrones, más preparados, sabían más idiomas, controlaban más la tecnología y follaban mucho más que nosotros a su edad… La verdad es que si uno lo pensaba era para pegarse un tiro, uno se preguntaba a qué coño viene toda esa gente que celebra sus cumpleaños como si eso fuera mejor que ignorarlos. Putos mentirosos soplavelas… odiáis esa mierda y lo sabéis, no podéis disimularlo cenando con amigos en un japonés…”

    Sí.

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