Archivos Mensuales: marzo 2014

T. era tan poliédrico

Eres tan… poliédrico, decía R. Su novio era T. Se acababan de instalar juntos en una casita; alguien de la familia de él había muerto y la había legado. Era un lujo en los tiempos que corrían, y la verdad es que siempre corrían más o menos los mismos putos tiempos. Nadie nunca ha dejado de decir eso en época alguna; siempre estamos con “los tiempos que corren”. Y ella le decía a él siempre lo poliédrico que era, en el buen sentido y sin ironía; el chico capaz para todo, o más bien sobre el papel, pero capaz para todo, oficialmente. Una de las paredes de la casita lo decía bien alto y claro con diplomas y títulos y trofeos y toda clase de elegantes resacas oficiales. Eres tan poliédrico, T. –le decía con la mirada–, que me cuesta mantener mis bragas (apenas licenciadas) secas cuando estás cerca. Tantas caras tenía T.
T. decía que quería separar el átomo algún día, contemplar el proceso. No solo, claro, pero sí ser uno de esos tíos con bata. T. quería ir al espacio. Ya había viajado tanto que la Tierra se le estaba quedando pequeña. El bonito y majestuoso planeta azul empequeñece si tienes dinero de verdad. T. tenía dinero, sus padres lo tenían, sus abuelos lo tenían, sus bisabuelos lo ganaron; nunca había sabido lo que era contar monedas cuidadosamente, nunca se fijaba cuando le daban el cambio. T. era tan poliédrico sobre el papel, tanto…, y una de sus caras estaba tan podrida de pasta… R. en cambio venía de una familia de clase media que sí contaba monedas y todos se fijaban cuando les devolvían el cambio. Una de esas familias cuya filosofía –consciente o no– era la de disfrutar a toda costa de los pequeños detalles, porque de todas formas nunca iba a haberlos grandes… Alguien dijo que los pobres tienen hijos para tener algo con lo que entretenerse. R. era la tercera, sus hermanas mayores eran gemelas. Una de las dos casi murió en el parto. R. aseguraba que a veces su padre hacía cuentas de cómo hubiese sido la economía familiar de tener solo dos hijas y el recuerdo de una gemela muerta. Los malos recuerdos son gratis, pero que tres chicas estudien y puedan salir y conocer gente es más de lo que pueden asumir muchas familias de clase media.
Los pobres tienen hijos para tener algo con lo que entretenerse, es probable, sí, y no es que los ricos no tengan hijos, pero, digamos que muchas mujeres ricas solo soportan el parto porque no hay modo de tener un hijo biológico clásico mediante una chacha ecuatoriana. T. fue criado por muchas personas; luego sus padres llegaban de viaje de negocios y jugaban con él como el adolescente que llega de clase y juega con la consola. Después el servicio tenía que recoger el estropicio, calmarle si lloraba, limpiarle si cagaba, y contestar si preguntaba. La educación emocional de T. vino de cuidadoras profesionales, y la académica de profesores; en su clase de colegio privado nunca había menos de 35 alumnos, las distancias con la educación pública se acortaban; como siempre, el trato personal era el eterno objetivo, tan poco probable en el sistema educativo latente como un alumno motivado por algo más que la intención de que le dejen todos en paz.

T. era tan poliédrico que uno de sus títulos decía que sabía hablar japonés. Ponía películas japonesas en casa para verlas con R., intentaba traducirselas, pero al cabo decía que o bien el audio estaba mal o bien hablaban demasiado rápido o bien tenían un acento extraño, y que solo entendía como mucho la mitad. A lo que R. le decía con la mirada:
–Da igual, sigues siendo tan poliédrico…
Y activaban los subtítulos.
T. era doce años mayor que R.
Los primeros meses fueron felices en la casita; ella era veinteañera informática, él trabajaba en una de las empresas de su padre. Lo que hacía era ir. Luego volvía al cabo de ocho horas. Nunca entraba en detalles. Pero R. una vez vio su despacho, era como la gran boca cuadrada y perfumada de un monstruo gigante y acomodado de madera, amueblado como un salón de lujo + una mesa de despacho. Las vistas daban al centro financiero de Periferia, un sembrado de rascacielos dignos de Neo Tokio. R. se humedeció cuando vio aquel panorama. R. adoraba la idea que tiene occidente de la felicidad. De ese modo estaba convencida de que podía comprarla.
Todo eso fue un poco antes de que el nidito hogareño cobrara vida.

T. era tan poliédrico que también estaba titulado en parapsicología. Cuando surgía el tema siempre decía que no le interesaba, que solo había hecho una apuesta. Lo que a T. se le daba bien de verdad era estudiar lo que fuera (en el sentido más cuadrado del término), memorizaba, mecanizaba, conocía todos los atajos hacia las notas altas, se hacía amigo de los profesores y, aunque a menudo caía mal a los compañeros, él sabía que lo primero de la lista era presentarse donde fuera con una buena hoja de méritos. Como hijo más de su propia época que de su padre, se había acostumbrado a cierto tipo de limitación existencial, un buen puñado de respetadas bajadas de pantalones frente a una cantidad ridícula de espíritu propio. T. era tan poliédrico como frágiles sus caras. Picaba de aquí y de allá simplemente porque se lo podía permitir, y sobre todo porque no tenía la más remota idea de quién era (y tampoco sabia que no lo sabía…). Sabía que le gustaba comer, vestir bien y follar; el legado ideal de la Revolución Industrial, académicamente rico y personalmente hueco. Un tipo de tío para el que el tiempo no existiría como tal si no pudiera verlo en relojes o dividirlo en tareas que no le apetecen.

Un sábado para el que la pareja tenía programado sexo después de una cena con amigos, al llegar a casa se encontraron la luz de la cocina encendida y todos los cajones abiertos. Nadie había forzado puertas ni ventanas ni había robado nada.
R. se asustó y T. hizo lo que se espera de cualquier T., fingió control y serenidad y llamó a la policía.
La poli no ayudó realmente en nada, porque no se llevó el miedo de nadie a comisaría. Rellenaron algún papel oficial, hubo firmas, hicieron algunas preguntas de perogrullo, se pavonearon con el uniforme, vocalizaron de tal modo que los podías imaginar en la academia aprendiendo toda esa jerga, y se fueron a seguir la ronda y quizá topar con asuntos con los que poder solucionar algo de verdad.
Lo que pasa con los fenómenos paranormales, es que no puedes simplemente remangarte y solucionar el problema, no hay directrices, lo único: llamar por teléfono y llenar tu casa de gente, hablarles con los ojos muy abiertos, asegurar y jurar que dices la verdad, y luego volver a quedarte solo con tu nuevo mundo. Lo que hicieron R. y T. fue racionalizar el asunto. Se agenciaron un sofisticado sistema de alarma, incluso instalaron un par de cámaras en la fachada de la casa. No fuese que el fallo de todas las casas de la historia contaminadas en abstracto hubiese sido la racanería de no gastarse la pasta…
De modo que T. respondió con todo su poder, y su poder era el del fondo de sus tarjetas de crédito, la piel de su cartera, su audacia y solvencia frente a cajeras y cuentas de restaurante.
La primera noche con sistema de alarma nuevo, pocos días después, comenzaron a flotar platos en la cocina, se lanzaban a sí mismos contra las paredes. La alarma se activó, y en determinado momento T. lloraba hecho un ovillo en el salón sin nadie con cara y ojos a quien ofrecer un billete de 50 para solventar la situación.
Pasados dos días, tras una aparición del tío muerto de T. en el espejo del baño, decidieron mudarse.

Se fueron lejos. Obviamente T. tenía capacidad de liderazgo, y decidió que cuanto más lejos, mejor. Se instalaron en una casita en la ciudad de Sonora. Otro barrio residencial que olía a montaña cercana y fajos de billetes de los que la mayoría de gente solo ve en las películas. Durante un tiempo todo marchó bien. El siguiente objetivo del organigrama era tener un hijo. R. aún era bastante joven, pero estaba convencida, no se imaginaba de ninguna otra forma que no fuera teniendo descendencia numerosa y contratando a una buena cuidadora o dos.
Durante meses los objetos de la casa permanecieron inanimados y cumpliendo su función solo cuando alguien alargaba el brazo para manipularlos, como los buenos currantes prestos y maleables de siempre, también llamados dignos.
La pareja se sentía a salvo porque estaban lejos de la anterior casa. R. y T. eran por supuesto de esa clase de personas que creen mucho más en las distancias que en los cambios dentro del propio torso o cerebro. De alguna forma creían que sus extremidades y órganos no eran ya los de la anterior vivienda, que se habían limpiado del pasado y que podían comprarse una percepción nueva cada vez que quisieran. También creían, aunque seguramente de un modo inconsciente, que el movimiento constante suma inteligencia, mata a las personas del pasado y deja abrillantado el presente. Toda esa filosofía parece tener algo de cierto, los nuevos aires y las nuevas esperanzas, los procesos de autosugestión productiva. Pero claro, nadie tiene nunca razón del todo, y a veces de hecho la opinión popular no solo puede estar equivocada, sino también ser el motivo por el que muchas cosas horribles siguen sucediendo en el mundo.

Pasa un año. La pareja había dejado hacía mucho los anticonceptivos; pero no había manera de que R. se quedara preñada. Ya ni tan siquiera hablaban del nombre potencial del crío. A R. le gustaba J. si era niña y W. si era niño; T. quería un niño, y quería llamarle O.
Compraron libros y más libros sobre cómo mejorar la calidad del semen, sobre posturas femeninas poscoito para echar un cable a los espermatozoides, etcétera. De repente tenían un problema que no sabían cómo academizar para obtener al menos la ilusión de resolución. Fue justo la mañana en que iban a ir al médico (T. empezó pero no acabó la carrera de medicina), cuando T. ya no despertó. Su cuerpo yacía dormido, latía, respiraba, pero parecía estar en coma.
R. no estaba acostumbrada a afrontar problemas ella sola, sonó histérica al llamar a un médico, y básicamente lloró durante horas.
Los profesionales, los más de diez reputados profesionales que fueron consultados, coincidían en que no sabían qué diantres le pasaba a T., y tras balbucear jerga médica y acalorarse ante el desconocimiento de la situación, tartamudeaban diciendo que de momento solo cabía esperar a que volviera en sí por sí mismo. Todo estaba correcto en él, a excepción de que reposaba como un vegetal que no reaccionaba ante nada. Tanto los padres de T. como los de R. acudieron a hacer compañía a R. Todos se turnaron haciendo guardias durante tres semanas ante el cuerpo de T., que pasó a ser alimentado por vía intravenosa.
Veintisiete días de postración después, durante una guardia de la madre de T., algunos objetos flotaron y el cuerpo de T. comenzó a levitar, mientras repetía con voz alta y clara algún tipo de mantra en una lengua extranjera. La progenitora era religiosa, pero una de esas mujeres de clase alta y bipolaridad moral. Comenzó a gritar, aterrorizada, mientras el cuerpo de su retoño bajaba nuevamente y se depositaba en la cama.
No había sido una pesadilla.
Es sabido que en nuestra cultura, cuando los médicos comienzan a no entender nada –debido a que la ciencia seguramente solo ofrece explicaciones para un porcentaje ínfimo de TODO lo que existe y sucede –lo que hacemos es llamar a outsiders de la vida que conocemos. Luego, creamos o no, recurrimos a curas.
T. comenzó a insultar a todos, se le ató a la cama, decía cosas terribles, se ofrecía sexualmente a su madre, amenazaba a todos, y obviamente no era él quien hablaba.
–Mami… ¿Mami? ¿No quieres hacerle una mamada a tu nene…?
Entonces ya todos estaban siempre en la habitación, esperando al siguiente parapsicólogo o estafador.
–Mami… ¿no quieres comerte la polla gorda de tu nene? Uh, bueno, no es tan gorda, pero es tan sentida, lo importante está en el interior, ¿no?…
A menudo hablaba también en otros idiomas, pero aquí el problema era que el propio T. sabía muchos idiomas, al menos chapurrearlos, y también algunas lenguas muertas. La primera personalidad relacionada con la Iglesia pidió tener todos los papeles y documentos que acreditasen los títulos y méritos académicos del muchacho.
–¿Arameo? –le dijo a R.
–Creo que sí… pero creo que a veces infla un poquito el currículo…
–Ya…
–Pero…
–Ya… Verá. Lo que pasa es que necesito un permiso, y también ayuda para practicar un exorcismo. Conlleva un riesgo no solo para el afectado, sino también para los de su alrededor…
El hombre, una personalidad religiosa de Sonora, explicó que todos esos sucesos extraños de la otra casa seguramente estaban relacionados con cierta clase de demonio cuya naturaleza tenía tendencia a la posesión, y al cual le llevaba un tiempo habitar el cuerpo que eligiese. La clave era el cuerpo, no su localización. Lo rondaba y estudiaba. También añadió que la naturaleza de tal ser era la de “ángel caído” (entrecomilló en voz alta), y que era muy probable que tantos títulos y méritos académicos no hubiesen ayudado a T. si estaban expuestos, y no, por ejemplo, guardados en un cajón. Se explayó tratando asuntos sobre demonología.
–Mami es una puta… Mami es una puta… Mami es una puta… –Era el nuevo mantra de “T.”. Luego se entretuvo en descripciones detalladas sobre el pene del muchacho.
–Bonita… –decía, dirigiéndose a R.–, ¿de verdad sentías algo con esta pollita? De todas formas sé que fingías la mayoría de veces. Mucho dinero en juego, ¿verdad, bonita?
La voz no era muy distinta, pero sí tenía un matiz ronco, algo que se fue acentuando, porque ese ser no dejaba de hablar y hablar.
–Una polla así no podría embarazar ni a una perrita. Ni diez centímetros. El tamaño no importa, ¿verdad?, pero quizá sí cuando casi ni hay tal cosa llamada tamaño… El centro financiero de Periferia, ¿eh?, grandes casas y oficinas, grandes coches y barrigas, grandes planes y ricas tarjetas de crédito…, y abundancia en pollas pequeñas.
–¡Calla! –gritaba la madre de T.
–Como una polla pero más pequeña… ¿Como la polla de papá? ¿Vais a pegar a vuestro hijito?
El religioso explicó que podías mudarte y convencerte de que dejabas atrás el pasado, pero las cosas no funcionaban exactamente así, o solo lo hacían bajo autosugestión. El tiempo y la distancia tal y como los concebimos, dijo, al final solo son una ilusión, ridículas conclusiones humanas. Si un demonio (u otro) existe y ha decidido relacionarse contigo, aunque te vayas a vivir a una estación espacial tendrás que afrontar el problema. Un problema que no se soluciona ni con dinero ni con cabezonería, dará igual lo mucho que madrugues o lo mucho que hayas atesorado, porque tendrás que pensar en conceptos como la existencia contemplando toda su complejidad, y sin la manía de obviar las cosas malas o que no entendemos.
Los días se estaban diluyendo, nadie dormía, solo echaban cabezadas. La persiana de la habitación de T. estaba cerrada porque ese ser reaccionaba con violencia cuando atisbaba luz del sol.
–¿No quieres que te folle el culo con esta pollita…? ¿No sabes que es la fantasía de tu T.?
Se cebaba con R. Hablaba y hablaba dirigiéndose a alguien en concreto hasta el borde de desquiciarle. Conocía toda clase de detalles íntimos; había vivido siempre con ellos, en Periferia y en Sonora. Habían compartido vivienda como tres estudiantes sin saberlo.
–Así, por el culo, bonita, así a lo mejor sentirías algo, ¿no crees?
¿Qué habían pasado?, ¿cuatro?, ¿seis días? T. no dormía ni estaba del todo despierto, sólo maldecía. El primer religioso trajo a otros dos, consiguieron el permiso de Roma, leían en voz alta textos seleccionados, fotocopiados. El religioso al cargo se llamaba Y.
El señor Y. acompañaba a la familia en el salón, se sentaba con ellos, intentaba contestar sus preguntas, estaba muy versado en teología, obviamente, pero también era un experto científico, no daba cosas por sentado ni veía una sola solución segura para nada. Decía que aquí el problema básico era que lidiaban con el secuestro de una mente y un alma íntimamente apegados a cierta forma de entender la vida. Cierta estrecha forma de entenderla. Lo cual era una ventaja, un caramelo para cualquier demonio, o “demonio”. El problema era que no estaban enfrentándose a nada conocido, ya fuese un proceso abstracto, espiritual o mental. El problema era que había una pequeña pero factible posibilidad de que el rival aquí fuese la eternidad, y todo lo que no sabemos de ESO que fluye, de lo que formamos parte lúcida por un tiempo, y luego por siempre en forma de materia, pero que aún no hemos descifrado. El ser humano se ha creído su papel de milagro de la naturaleza, pero se lo ha creído tanto que ha arrinconado misterios insondables en los que solo depara cuando se le meten en casa, o en el cuerpo. Esto viene de fuera o nace dentro de nosotros, pero, como sea, no lo entendemos, y como no podemos cifrarlo ni clasificarlo, lo que solemos hacer si no nos afecta es, sí, reírnos… Luego quizá un día se acaba la risa; y llega no solo la desgracia, sino también el potencial rechazo de todos aquellos que aún querrán creerse con la mente ya perfectamente amueblada.

El exorcismo, o la pantomima del mismo, duró 62 días. Era imposible controlar el cuerpo de T. Acabó muriendo de puro desgaste, como alguien que anduviese perdido en un bosque del que no sabe salir, solo que esta vez ese alguien estaba perdido en alguno de los recovecos de los desconocidos nichos de nuestra existencia; todo –irónicamente o no– después de haberle puesto parámetros a tantas cosas que no solo se le consideraba alguien válido, sino, académicamente, casi un genio. Un genio sobre el papel. Uno de los dos curas que leía y leía, estuvo a punto de morir tras un golpe terrible; acabó ingresado en el prestigioso Hospital Placa-Base de Periferia.
No fue tanta gente como se podría esperar al entierro. Muy pocos ex compañeros, y solo un profesor. Los demás, las familias de R. y el propio T. Era un día nublado. Las noches, la visión de las estrellas, nunca fueron iguales para ellos a partir de entonces. Ya no eran exactamente ateos, ni tampoco creyentes, comenzaron a no creer tampoco en ciertas instituciones al margen de lo religioso, y, lo peor de todo, advertían que habían descubierto algo muy importante sobre la existencia, algo que no sabían cómo explicar. El mero hecho de intentarlo solo traería mofa y escarnio. La posibilidad de que el ser humano de cifras, burocracia e industrias, fuese solo la larva de algo mejor, bueno, al menos era una bonita idea, algo con lo que no sentirse tan mierdecilla ante la eternidad.

gafas cámara.

Regurgitando (5 de 5) – Los siete nombres

Me has visto desde siempre, y no lo reconocerás casi nunca, pero me has amado tanto como el entrañable y aceptado currante pasivo que eres. Multitud de veces me viste ya en los ojos amorosos de tus padres: usé como vía la ignorancia disfrazada, bendita y popular ignorancia vestida, la exitosa coca-cola de las filosofías. Solo un poquito más tarde me viste en números y letras, poco después de tu alfabetización. Dejarte saber leer y contar era algo necesario, igual que detenerte en ese preciso instante. Te hablaron de mí como antagonista, y ahí estuve también cuando pensaron cómo deberían tenerte en cuenta (o no) como persona; vuelve a fijarte cuando unos preocupadísimos progenitores le pregunten a su niño de malas notas si es que no quiere «ser Alguien». Estoy en las obviedades y en las cosas que decía tu abuelo y que tan orgulloso subrayas para no tener que decir cosas propias. Estoy en la sabiduría precocinada, recalentada, en blanco y negro y amedrentada. Estoy en los días de exámenes y en las entrevistas laborales, macerando aún el que sigas pensando que pensar por ti mismo es una mala idea. Sigo en tus lunes y me disfrazo de Lolita guarra los viernes y sigues picando con escandalosas erecciones. Te reordeno las capitales prioridades y sigues creyendo cuando vuelves que están justo como las dejaste. Es tan fácil espolearte, entretenerte y desapasionarte. Media vida intentando «ser Alguien» sin saber que ya lo eras, y la otra media sospechando qué mierda ha estado pasando. Han corrido ríos de excremento y ni te has dado cuenta, y solo tuve que dejar ir un chorrito de perfume de entrepierna, o un poco de rico líquido de sábado, o simplemente ha bastado con lanzar la pelotita para que fueras otra vez a traérmela. Sabes que dicen que tengo siete nombres, pero no sabes que soy colega del protagonista al que antagonizo. Estoy por supuesto en todas las banderas y se me sigue dando de maravilla que la gente las siga amando por enteras. Estoy en todas las fronteras, literales e imaginarias, y aunque me mee cada día en las jerarquías tú seguirás respirando tranquilo si te va mejor que al vecino. Estoy en la culpabilidad que viene de serie con muchas actividades relacionadas con la libertad pura. Estoy en la burocracia, más que nada por que SOY la burocracia, y por esto tenía sentido que leyeras y contaras, para poder saber que siempre ibas a ser un número o una letra (y, cómo no, sentirte orgulloso de ello). Y qué bien te llega de todas formas la espuma del mar a los pies o el orgasmo vaginal a la columna vertebral. Pero estoy también en tu principal miedo, que es el de tener que dar un paso solo sin que nadie te pinche para que lo des. No por algo has estado hincando codos y siendo lo que llamas responsable. Eres la pieza de un puzzle inmenso que es la foto de mi horrible cara, mi venoso cuerpo y mi dolorosa polla de entre semana. Solo me basta con levantarte el sol otra vez o escondertelo a lo rojo para que enseguida creas que la poesía es sólo para el tiempo libre; que tú mismo, para ti, sólo eres para el tiempo de asueto; que así es como ayudas de verdad al mundo y a ti mismo. Me basta con poner distancias (no siempre muy largas) entre tú y la desolación para que la misma no te afecte en modo alguno. Me basta con unos pocos kilómetros y, aunque lo seas, no te sientes responsable de nada. ¿Y cómo podrías serlo tal y como te cae ese pedazo de abrigo, o esa corbata, o esas monísimas braguitas que solo le enseñas a tu modélico novio. ¿Cómo puede haber nada tóxico en ese polvo? La verdad es que me he aburrido durante siglos, porque ha sido tan fácil… tan inértico. Tan positivamente nazi. Como aquellos paseos arriba y abajo de los judíos cargados de yunkes; solo había que perfeccionar ese sistema, ampliar el campo de concentración; y procurar que el fatalismo sonara exagerado, pesimista, derrotista, afligido. Procurar que el no encajar fuese para todos cosas de cobardes, que entrar en el molde fuera cosa de responsables, y que la autopista al infierno fuese solo la cubierta de un LP heavy. Y ha sido, repito, tan fácil, ha sido tan sencillo quitarse el condón sin que Eva se diera cuenta, tan rápido parcelar el paraíso, convencer a todos de que hubo paraíso, acojonar a todos con la sempiterna barbacoa del infierno. Ha sido como repartir folletos sobre el arte justo para que todos piensen que no existe, para que piensen que son minúsculos y que la dignidad viene con notas o nóminas o contagiarle alguna mierda a la reina del baile. Te envío un saludo, quizá desde arriba o desde abajo, aquí estamos todos bien, gracias, la inexistencia es plácida, no nos acobardan las ideas que tenéis, siempre vamos varios pasos por delante. Ahí os habéis dejado algo de césped por cortar. No dejéis la labor y el sacrificio. No dejéis de estudiar lo práctico. No os dejéis cambiar.

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Regurgitando (4 de 5) – Al pie de la escalera

Mi colega Oriol cae rodando por las escaleras. Es una caída aparatosa. Bajábamos no pocas personas del primer piso en el que está el bareto llamado Goliat. El Goliat tiene ese concepto de edificio viejo reconvertido en nido indie. Techos altos y música bastante respetable; aunque una acústica con la que resulta muy difícil siempre saber qué canción está sonando. Todo es ruido, el murmullo de la gente se mezcla con la música se mezcla con el alcohol, etcétera. Si buscas tranquilidad y cierta comodidad, aquí tampoco encontrarás nada de eso. Puede que un bonito dolor de cabeza si insistes mucho en creerte lo que te intentan vender. Lo único es que hay muchas tías, y tíos, gente joven, la vaga posibilidad de sexo, o rollo, o líos. O peleas. Pero nunca hay buenas peleas, el veneno solo es verbal. Por otro lado, si ya hay una chica en la que piensas todo el tiempo, el resto se acaban convirtiendo en bonitos y simpáticos conos de autopista. Me pasa a mí, y también a mi colega, aunque por suerte no con la misma chica. La cosa está en que la de mi colega iba por su cuenta unos escalones detrás de nosotros con sus amigas cuando Oriol se ha pegado la hostia de su vida. Creo que ha sonado el restallido de algún hueso quebrándose. Ha quedado tendido al pie de las escaleras, boca arriba. Yo estoy acuclillado a su lado. Las muchachas se han quedado paralizadas más atrás. Más gente se ha unido a ver qué ha pasado. Todos esos teóricos modernos pacifistas siempre en busca de sangre… Alguien dice que uno de los empleados del Goliat ha ido a llamar a una ambulancia.
–Tío, ¿cómo te encuentras? –le digo en voz baja.
–¿E… ella lo ha visto?
–¿Qué?…
Ella se llama Mabel, conoce a Oriol desde los cuatro años. Ahora tiene 25. Hace años que no tienen trato directo alguno. Hubo alguna tentativa de salir juntos en la adolescencia, pero ella siempre tiene algún novio o semi-novio desde que a los catorce años comenzara a atisbarse en su cuerpo algo parecido a una mujer. Tuvo ya pecho cuando aún había críos de su edad que llegaban con la cara manchada a casa.
–Eso da igual –le digo–, creo que no se ha fijado, iba hablando con sus…
–Tío…
–¿Que vas a hacer, te vas a echar a llorar…?, han llamado a la ambulancia, preocúpate por eso ahora…
Hablamos a media voz, llega bastante ruido de guitarras de arriba. Estamos en la especie de vestíbulo del lugar, cerca de los portones abiertos de madera que dan a la calle.
–¿No me dirás que te has tirado queriendo para que te viera…?
–Oye, es que…
–Eres gilipollas, en serio…
Echo miradas poco amables a hipsters que se acercan para hacerse los preocupados y así quizá demostrar sensibilidad ante las chicas circundantes. Intento quedarme yo solo con él en la medida de lo posible.
–No podías hablar con ella… Tenías que llamar la atención como si tuvieras cinco años, ¿no?
–…
–En parvulitos esto solo era un chichón, pero aquí te has podido hacer daño…
–Me duele el hueso del culo…
–Dime al menos que sientes todo el cuerpo…
–Hace años que sólo siento…
–Déjate de mierdas.
–Claro que siento todo el cuerpo, joder, más que nunca…
Los segundos pasan a cámara lenta. Se oye una sirena y por un momento nos pensamos que es la ambulancia, pero es demasiado pronto, son los bomberos, pasan a toda leche por delante del edificio y se detienen enseguida. Por los portones abiertos se ve a gente caminar por la calle con la cara iluminada. Alguien dice que muy cerca ha echado a arder un edificio.
–Mierda… –dice mi colega al enterarse.
–Mierda qué.
–Nada…
–Mierda qué, tío…
–Aquí cerca vive ese capullo…
Se refiere a Rafa. Rafa es otro pretendiente histérico y añejo de la muchacha.
–No sé qué quieres decir con eso…
–¿Antes estaba aquí, no?
–…
–Me ha visto a mí, y la ha visto a ella…
–Tío, ese… ese capullo tiene novia, pero aún no sé de qué mierda hablas…
–Su novia es un cono de autopista, y no estaba hoy, y él tiene ese puto piso de alquiler, y se iba a mudar, …
–Tío… Si no te conociera pensaría que me estás diciendo que ha quemado su piso para llamar la atención…
–…
La rivalidad entre mi colega y ese capullo es legendaria entre los que les conocemos. Absurda y legendaria.
–No creo que nadie quiera quemar su piso de alquiler por una tía.
–No es «una tía»…
–Ya, ya…
–Tú también…
–Ya, ya…
–Es que…
–Pero no dejan de ser tías…
–Hace años que ni me mira, tío…
–Tú tampoco haces mucho por que te mire…
–Vete a la mierda…
–Es la verdad.
–Es por el nombre, estoy seguro.
–¿Qué?
–Mi puto nombre. Oriol, joder… Oriol es nombre de crío, tío, nadie debería estar obligado a seguir llamándose Oriol después de los siete años…
–Los golpes te han jodido la cabeza…
–Esos son los detalles que cuentan, tío, esos detalles condicionan lo que la gente hace y no hace… Por eso nunca se ha decidido. Porque tengo nombre de crío. Oriol Casademunt… tiene gracia si tienes tres años, pero no con veintiséis…
–Espera aquí un momento…
Un chico con bigote y sombrero de unos veintipico años se acerca llegando desde un grupo de chicas con las que (seguro) no ha mojado. Le señalo amenazante.
–¡Fuera…! –le grito.
Voy y me asomo para ver qué pasa en la calle, y vuelvo a acuclillarme junto a mi colega.
–El edificio que arde no es el que tú crees, ¿ya estás contento?…
–… Ha podido quemar otro, hay viviendas abandonadas aquí al lado…
–Estás paranoico, a ver si llega ya la puta ambulancia…
–Rafa está loco, tío, tú no le conoces. Está a un tris de hacer alguna idiotez.
–Está a un tris… Igual no es el nombre lo que falla, tío…
–Sabe que haciendo algo así puede dinamitar cualquier situación potencial que pueda darse en toda la calle. Porque todo el mundo va a estar pendiente de…
–Pues Mabel sigue ahí al lado con sus amigas… creo que duda, no sabe si venir a verte de cerca.
–Con tu manía de ahuyentar modernos no me extraña que…
–Me ponen a parir, es que… pero no me meto con las tías, lo sabes…
–Dios, me duele cada vez más el culo…
–No ha sonado bien cuando rodabas…
Llega un ruido atronador desde fuera, y todo el Goliat tiembla… enseguida sabemos que parte del edificio en llamas se ha venido abajo. Llegan gritos de los bomberos. Algunas de las amigas de Mabel bajan las escaleras y pasan junto a nosotros para ver el follón de fuera.
–¡Aaah! … joder, duele…
–¿Te duele de verdad o estás…?
–¡Me duele, joder!
–Vale, vale… Solo podemos esperar a la ambulancia, ya lo sabes…
Hay gente que pasa junto al Goliat y ven a mi colega en el suelo. Creo que lo asocian al incendio. La mayoría de gente no está acostumbrada a que pase nada realmente emocionante en sus vidas, y cuando topan con una noche así la imaginación se les activa y les traiciona; no es un músculo muy activo en casi nadie.
A Oriol le entra llorera;
–Tío, qué hace ella…
–Creo que sigue dudando…
–No quiero llorar, tío. No quiero llorar y llamarme Oriol y que ella lo vea…
–Quieres que…
–No, joder, no le digas nada…
–Creo que está preocupada por ti…
–¿En serio…?
–Creo que no sabe si acercarse porque no sabe si quieres que se acerque…
–Joder…, yo tampoco lo sé… Déjame un kleenex, ¿tienes un kleenex?
Oriol se limpia la cara y los ojos. Intenta arreglarse un poco el pelo con los dedos. Yo estoy tapando todo el tiempo de forma que ella no puede verle bien la cara a mi colega.
–Tío –le susurro–, si quieres le digo algo…
–Espera, aún no…
Entonces sucede algo inesperado. La chica que a mí me gusta llega con su novio y entra en el vestíbulo. Solo hablamos de vez en cuando, es también conocida desde hace años, aunque no desde la infancia. Ella es más digital que real en mi vida. Pierdo toda perspectiva de lo que está pasando. Con ella y su novio llegan dos tipos muy hipsters, tanto que no deben escuchar a ningún grupo que yo conozca ni vaya a conocer. Llevan sombrero y bigotes y algún tatuaje, chaquetas de tweed, y al ver chicas por todos lados enseguida se acercan a mi colega en modo moribundo y se acuclillan interesados. Yo ya no puedo ser yo, sólo actúo en relación a lo que a Ella le pueda parecer bien respecto a mi atención por ella. No puedo hacer nada que se pueda considerar ni de lejos acorde a dar a entender que ella solo me parece una amiga. Me pongo de pie y paso por completo de mi colega.
–Tío… –me dice, pero ya ni le oigo de verdad, y le dejo en manos de los modernos. Uno de los dos dice que es enfermero o algo por el estilo (aunque enseguida añade que está acabando no sé qué carrera). Yo tengo todos los sentidos en mi diálogo con Ella. Fuera sigue vivo el incendio y la ambulancia aún no ha llegado. El novio de mi chica es igual de hipster que cualquiera aquí, y tiene como diez años menos que yo. Le lanzo una pequeña mirada de asco “involuntaria”. Ella se ha puesto roja. Mabel se ha decidido y ha bajado las escaleras para socorrer a Oriol, ha decidido librarle de sí mismo.

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Regurgitando (3 de 5) – La película

La película encaja con el cliché de la comedia romántica americana de los últimos diez o quince años, en la que una chica busca su primer trabajo (“serio”) después de haber estudiado cada día de su vida desde los dos años (o algo por el estilo). Varios idiomas, carrera, puede que máster, un bagaje sentimental de estar no tanto en la veintena como en los 55, y la búsqueda del “hombre definitivo”, normalmente diez años mayor y con físico de haber ido al gimnasio cinco veces por semana desde los 18. El prototipo de mujer moderna y triunfadora, se supone; aunque luego avanza la trama y la vas conociendo, y te das cuenta de que seguramente las amas de casa de los años 50 no eran lo mejor que le ha pasado a la mujer, pero sin duda esa chica de los dos mil tampoco lo es; sobre todo porque básicamente actúa como ese ser que ya es un viejo conocido, que suele ser narcisista, hipócrita, sobrado y estúpido, y que solemos llamar: hombre.
La ocupación que busca la chica, muy consciente ella de que no quiere acabar en un trabajo de bajo perfil de los que ha desempeñado algunos veranos (a sabiendas de que hay una Jerarquía y ella quiere estar Arriba, donde el aire es, dicen, más puro), suele estar relacionado con intentar escribir o diseñar. Escribir sobre ropa o diseñar ropa. La mujer moderna que se nos presenta es como una maruja moderna. A lo que ya tenía de por sí encima la mujer, se le añaden otras tareas. Fíjate en el ambiente cuando llega ese Día de la Mujer…; cuando aún dedican un día a los que son de tu condición, quiere decir que por el momento te van a seguir jodiendo el resto del año. La película disfraza los avances muy relativos del papel de la mujer. De Cuento de hadas. Aunque ahora irónicamente autoconsciente. Esto suele suceder en Nueva York o similares; una mujer moderna siempre vive en una metrópoli, no en una pequeña ciudad, y obviamente un pueblo es impracticable para los tacones o tener variedad sexual. La mujer de la película es también la nueva pija, una versión de la pija que se acepta a sí misma por la vía de llamarse pija y reírse con ello, de la misma forma que algunas se ríen mientras dicen que son unas cotillas sin remedio. No tiene importancia alguna para ellas, y en la película mucho menos. La amiga de la protagonista siempre será aparentemente menos guapa, ya sea por no ser rubia o ser un poco más gordita o… lo que sea. Lo cual es una gran pista para saber que la peli va dirigida a las mujeres, ya que muy probablemente la mayoría de tíos se masturbarían antes viendo las tetas de la amiga… La misoginia y el mal ejemplo subyacente en todo el asunto (teniendo en cuenta que la peli está diseñada para captar al público femenino) es solo otro ingrediente más; y lo es por el mismo motivo que no verás una princesa gordita o una chica en la tele que no parezca una revista en sí misma. Antes todo esto se hacía, sobre todo en ficción, para intentar venderte la moto con “naturalidad”, ahora se hace desde la ironía y cierto reconocimiento de que la película es lo que es, y a la mayoría del público no solo no le gusta el buen cine, ni tan siquiera saben realmente qué es el cine o qué potencial tiene; y lo más importante de todo: no les importa. Y no es que no les importe porque tengan otras pasiones, no les importa del mismo modo que no les importa nada más que no sea comer, follar o dormir. Aunque es probable que no hicieran tampoco un par de esas cosas si no fuera porque básicamente su cuerpo las necesita para seguir vivos y vitalmente desentendidos de casi todo.
Nos dejamos un detalle capital. La chica de la peli no solo quiere proyectar esa imagen de poderío de quien se lo folla y trabaja todo en términos de alto perfil. Además por supuesto también querrá tener hijos. De todos modos no debería resultar muy raro, porque si ni llegada a los 25 ya parece imposible que haya hecho tantas cosas como cuenta a sus amigas con la cara llena de algún potingue y una toalla en la cabeza, uno no debería extrañarse de que pueda lidiar con otra pelota más en el aire. Porque es obvio, joder, que le encantan los niños. No es una desalmada, por más que a veces se comporte así y además lo reconozca y se ría y luego se avergüence y luego se ría de estar colorada y aunque todo sea un puto cachondeo que en el fondo no tiene puta gracia por “inofensivo” que sea…
Así que es vital encontrar a alguien válido y buenorro con quien procrear al menos dos o tres años antes de los treinta. La chica no solo quiere ser madre, no fastidiemos, obviamente también quiere ser una buena futura MILF. Antes de conocer al apuesto animal de gimnasio con “sentido del humor” y dos carreras y bonitos ojos, ya está imaginando la chulada de fotos en blanco y negro que se hará de la bonita panza embarazada. Solo querrá que llegue sano, no le importará que sea niño o niña, y no dudará en decírselo a sus amigas una y otra vez con el potingue en la cara, la toalla en la cabeza y el cepillo de dientes en la boca.
Se acerca la última media hora de peli y la muchacha se ha tirado como a tres o cuatro tíos durante la trama, pero obviamente se ha fijado más en uno de ellos que en los otros. Curiosamente, a la hora de presentarte a los personajes masculinos, funciona a menudo al revés; y es que para dejarte claro lo muy sensible y sentimental que es la chica (aunque tú a esas alturas ya sepas que es una gilipollas falsa e impostada), siempre habrá un tipo ridículamente guapo junto a otro en apariencia (solo en apariencia y por contraste) más normalito, y puede que un poco descarado o un poco tímido. Así como la amiga normalita de la prota suele quedarse para vestir santos, al final el chico normalito se lleva a la Barbie al catre después de haberle ganado la partida al hortera de Ken (que tú sabes que pegaba mucho más con ella, el muy capullo).
Como en toda “buena” comedia romántica, llega también el conflicto (justo antes del final, que siempre está reservado para la bonita reconciliación). Esto puede pasar por algún detalle que en una pareja mínimamente sólida y basada en la confianza seguramente se solucionaría fácilmente o se pasaría por alto. Pero no estamos ante eso, sino ante el “chico normalito” y la Barbie moderna. Puede que aparezca de repente una ex del tipo o algo así; está en una fiesta y ella se le acerca a él mientras iba al lavabo, le roba un beso mientras nuestra prota lo ve, y drama… La pobre chica prota sale despavorida y llorando de la fiesta. Al llegar a la calle se quita los tacones para transmitir toda su rabia de mujer moderna; de golpe todo su plan con tío bueno, pareja estable y fotos de embarazo en blanco y negro se va al traste.
Luego de eso solemos tener una escena de transición con potingues en la cara, toallas en el pelo y cepillos de dientes, en la que la prota de 24 años cuenta a sus amigas que se hace vieja y que se va a quedar sola y que va a ser una desgraciada anciana de las que viven con doscientos gatos en una mansión, etc., etc., etc.
El resto ya lo sabemos. Al final resulta que aquella chica era prima del tipo, o algo por el estilo, ¡ay, un malentendido!, y finalmente la Barbie puede respirar tranquila y seguir llevando a cabo su plan monógamo al estilo Disney + mamadas bajo las sábanas.
Luego salen los títulos de crédito, a menudo retorcidos y barrocos como los posts del blog de una quinceañera. Nunca antes (o después) un coche atropella un martes gris a la Barbie y la deja en silla de ruedas. Ni resulta que el tipo normalito esconde porno infantil en su ordenador, algo que ella descubre a los diez años de casados… Nunca hay abortos involuntarios o muertes súbitas de bebés. O partos que se complican hasta desangrar a la Barbie. Nunca resulta que el tipo normalito era un cabronazo que un mes después de la boda decide freír cada día a hostias a la Barbie luego de emborracharse. Nunca la Barbie comienza a sentirse desgraciada ni entra en una espiral de depresión que la lleva al suicidio. Y tampoco nunca ese noviazgo se traduce en un par de críos y años de aburrimiento atroz ante la tele viendo comedias románticas de mierda sin pasión real alguna por nada. Y, la verdad, en el fondo es un alivio que nada de eso pase, antes o después de los créditos de la película. De esta película.

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Regurgitando (2 de 5) – Nico sonríe

Hay gente que se esfuerza, gente que se parasita, gente que las ve venir, otros que las hacen venir. Hay gente que fastidia a caso hecho y son malos, otros que dañan dentro de los parámetros de lo aceptado, otros que dañan para ser aceptados (son legión), otros que se unen a la corriente, unos pocos que intentan salirse del río, otros que aceptan lo que les digan, otros que se empeñan en morir, muchos que trabajan duro para estar muertos en vida, otros que solo operan bajo firmas, millones que se creen centrados aun estando totalmente perdidos. Muchos que creen que todo aquello que ellos no den por sentado solo es literatura o filosofía, otros que creen que el amor es solo otra tarea personal, otros que sufren con motivo, otros que hacen sufrir gota a gota y madrugón tras madrugón, otros que explotan, masas que se dejan explotar, muchos que aceptan resignados cada vez la invitación a las duchas colectivas, la tira que ven poesía en el soporte y no en las palabras, continentes y no contenidos…
Nicolás sonríe.
Es una sonrisa que esconde algo entre líneas. Lleva siempre ese… rictus. Parece ser una sonrisa definitivamente arraigada en cierto tipo de optimismo moderno. Me refiero a alguien que sonríe en el metro por las mañanas camino a un empleo de oficina que no sabe muy bien nunca cómo describirte. Suena a burocracia.
Una vez conocí a una taquillera de cine que también solía sonreír “por norma”, pero era una sonrisa muy distinta, la sonrisa con la que siempre he comparado la de Nico. Porque aquella chica la proyectaba casi sin querer y tenía una buena intención de serie que te hacía creer en su actitud. La sonrisa de Nico parece definitoria de la actitud de la mayoría de gente, la de la taquillera, en cambio, es un cuento de hadas de la vida real, un Santo Grial que deberíamos proteger, y que debe proliferarse más o menos como los ovnis o la generosidad sin intereses. Una de las dos sonrisas parece tener como proyecto enseñar dientes aunque la hundan en la miseria; la otra significa Esperanza. Una es un libro de autoayuda; la otra es Shakespeare, Rousseau, Dostoievski…
Nico sonríe porque se lo han ordenado; su sonrisa tiene lo mismo de voluntario que una alienación de soldados reclutados en un barrio pobre con escandalosa tasa de desempleo. Pero por supuesto ya ha interiorizado esa actitud. En verdad, Nico es como un zurullo al que rociaras con desodorante, de todas formas al final siempre acaba oliendo a mierda.
Nico no es distinto a la mayoría, lo que pasa es que a él no le importa exteriorizar ese espíritu sintético; como alguien que te quisiera convencer de que es un fantasma echándose una sábana por encima. Pero no es distinto, porque aunque el resto de la gente suela ir con cara de suicidio en el metro, seguramente un alto porcentaje te dirá (si les preguntas) que no les va mal, o que les podría ir peor, o incluso que son optimistas porque eso es siempre lo más inteligente; y porque realmente creen que hay un bando sólo inteligente y otro sólo tonto y hay que elegir. Pero volvemos al desodorante y la mierda… Lo que hace Nico –o eso parece– es sonreír por todos ellos.

Por más que lo conozca, Nico solo es conocido mío. Es amigo de amigo, o conocido de amigo, algo por el estilo. Algo de esa basura espacial que de vez en cuando se puede colar en tu órbita.
El día que una amiga mía de la infancia le pegó un puñetazo, el chaval no entendía nada. Por circunstancias tediosas de describir, estábamos en un lugar donde hacían cócteles, un lugar en el que te servían más Obras de Arte Moderno que bebidas, y sólo por una consumición un billete de diez en tu cartera comenzaba a despedirse de los otros, la calderilla y tus tarjetas. Bebí algo de color naranja que venía en un cono chato invertido sostenido por una especie de tacón de aguja. Nueve euros. Adivinad de quién fue idea ir a ese local en concreto. Y no os penséis que era algo puntual, el tío dijo que él iba cada sábado ahí. Yo con diez euros he llegado a emborracharme con cerveza y chupitos, con diez euros llegué a apostarme con un colega a que me atrevía a intentar ligar con la chica que acababa de llegar a la discoteca para su despedida de soltera con sus amigas. Hablé con ella y la hice reír, creo, y algún que otro tipo me miró mal: yo ya me había hecho la noche. Casi consigo hasta una buena pelea solo con diez euros, uno de esos días que no olvidas.
Aunque, para ser consecuente, tampoco se me olvidará nunca la noche de sábado en que Nicolás recibió ese puñetazo sin saber por qué. A día de hoy, pasados ya algunos años, seguro que aún no lo sabe.
Incluso a nosotros nos costó un poco entenderlo, hasta que supimos que esta amiga mía ya había conocido un poco a fondo a Nico. Nico no decía tacos, era formal, echaba una mano si se lo pedían, no llegaba tarde nunca, no llegaba pronto, su religión eran la hora y la edad, su Dios, quien fuera que en ese momento tuviera en sus manos su nómina o su nota. Su reino eran los documentos oficiales. Y su porno, su propio currículo.
Nico se creía de todas todas un buen chico porque eso le habían dicho que era. Era algo oficial. Nico no sabía que se podía ser maleducado sin decir tacos, o estúpido con títulos académicos. No sabía que se podía ser cruel por omisión. O dañino haciendo lo que hace la mayoría. Nico no se hacía preguntas que no tuviesen una sola respuesta.
Nico sigue siendo así.
Mi amiga explotó durante una conversación sobre el director de cine Michael Haneke. Pero bien podría haber sido sobre pipas peladas. Nico decía odiar las pelis de Haneke; y creo que era porque se olía que en el fondo algunas de ellas le definían muy bien, y lo hacían con una claridad casi dolorosa.
La conversación fue por esos derroteros; mi amiga le echó en cara la obscena subjetividad condicionada de sus críticas al director, y él comenzó a decir que él no había personalizado ni la estaba atacando a ella, y que sólo tenía sus propios gustos. Toda la gente que es como Nico tiene siempre un modo de acción basado en ciertos parámetros sobre lo que hay encima de la mesa, pero nada más; para ellos no cuenta lo que flota en el ambiente aunque se pueda cortar con un cuchillo. Ven la realidad igual que la vería un abogado en un proceso. No hay crueldad si no se manifiesta física o verbalmente, no hay mala intención si no se materializa con gramática. No hay malas palabras si no hay palabras malsonantes. Mi amiga sabía que Nico tenía un concepto bajo cero sobre ella, y que ese mirarla por encima del hombro era una constante (aunque siempre fuera algo codificado). Nico es lo suficientemente capullo para hablar sobre lenguaje gestual o minimizar el valor de las palabras, y después creer que no podemos leer nada en su mirada o su modo de entonar. Cree que hay personas que te pueden calar solo observando tus gestos o leyendo tu firma, pero que nadie puede leer nada en su persona. Cree que se puede hacer ciencia de todo, pero que él está por encima de esa ciencia, y también de lo ambiguo y lo abstracto. Y la mayor parte de todo eso opera en él de forma inconsciente. Nico es, en pocas palabras, un gilipollas que no sabe que lo es. Uno entre hordas.
Mi amiga se levantó para ir al baño en determinado momento. En ese mismo instante ella hacía eso precisamente para no perder el control. Pero entonces, Nicolás, con una sonrisa de suficiencia de la que seguro no fue consciente, la agarró por el brazo y dijo algo sobre que se tranquilizara y se sentara. Fue entonces cuando ella lanzó su puño anillado con todas sus fuerzas. Acertó justo en el centro de la cara de Nico, en su nariz no poco aguileña, la cual se rompió en varias de sus partes. El chaval comenzó a sangrar, parecía una matanza… Sus ojos lagrimeaban y enunciaba toda clase de preguntas y arengas a mi amiga para que ella le diera una explicación de por qué le había pegado así. Ni en ese momento soltó taco alguno. Miraba a un lado y a otro, buscando apoyo moral, era la víctima, el buen chico que acababa de ser agredido por una loca con la que había tenido la mala suerte de cruzarse.
Se levantó de su silla y pareció marearse. Dos camareras fueron a atenderle. El suelo estaba sembrado de gotas rojas y espesas. Se arrodilló en el suelo y echó la cabeza hacia atrás. Mi amiga me dijo al día siguiente que, al verlo así, sangrando y hasta balbuceando de dolor, fue la primera vez que le había parecido atisbar en él la persona concreta y potencial que alguna vez debió ser.

Hace muy poco me lo crucé por la calle. Iba con una chica. Llevaba (él) esa sonrisa, igual que el calzado o la ropa. Iba vestido de sí mismo. O más bien, de casi cualquiera. La chica parecía joven, supongo que lo suficiente para ser aún muy impresionable. Y Nico, a su manera de Modelo de Conducta cuasi perfecto según las exigencias occidentales, es alguien impresionante. Marcha seguro viento en popa a toda vela. Iba impoluto y parecía irle de maravilla a cierto nivel. Ni tan siquiera me vio, o puede que disimulara. Es posible que con el tiempo se haya perfeccionado en lo suyo.
Luego me dio por pensar en esa persona que mencionó mi amiga al día siguiente de los cócteles y Haneke. Me pregunté dónde estaría esa persona. Dónde quedó. O si aún habría algo de ella en ese muchacho. Me imaginé a un Nico de 17 años. Confuso, aterrorizado con la idea del futuro. Me lo imaginé quedando consigo mismo en algún lugar, en alguna cafetería. Puede que después de haber follado por primera vez o haber tenido algún primer contacto importante con la idea del dinero. Me lo imaginé igual que te imaginas a una pareja adolescente que queda para verse las caras, para cortar alguna relación de meses que para ellos ha sido relevante. Pero en el caso de Nico no era así, había sido una relación de años. Años consigo mismo, con ilusiones, esperanzas, quizá alguna idea loca sobre ser algún día vete a saber qué. Sobre ser cierta clase determinada de adulto. Sobre alcanzar alguna meta poco transitada. O puede que solo fuera un chaval perdido, aún verde, aún indeciso, con ideas como mucho vagas. Pero un chaval que, como todos, ya tenía que decidir algo concreto, porque le estaban haciendo importantes preguntas (para las que le exigían Respuestas Realistas). ¿Qué quería ser? ¿Qué senda académica iba a escoger? ¿Aún no lo sabía? ¿No sabía que pronto iba a ser demasiado tarde? ¿Que EN ESE MISMO INSTANTE se lo jugaba todo? ¿Es que no sabía que YA tenía que decidirse por algo para ser algún día ALGUIEN en la vida?
Lo paradójico, es que da la sensación de que justo ese día, cuando en cierta manera debió decidir romper consigo mismo para ser ALGUIEN, parece que fue justo el momento en que dejó de serlo.

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Regurgitando (1 de 5) – Sangre infantil

Era lo que llamábamos La Plazoleta, había un banco a cada extremo y jardines y grandes árboles tras ellos. Eran ese tipo de bancos en los que se solían sentar las señoras del barrio (y ahí siguen) a comer pipas y ver pasar sus vidas por delante mientras rajaban en susurros las de los demás. Pero en esa plazoleta en concreto no se atrevían demasiado, sí en las anexas. Porque esa plazoleta era para el fútbol, para los niños del barrio. Niños, parece, bastante distintos y mucho más duros que los de ahora, niños “de periferia” (y hay ciudades que son todo periferia), de cara manchada, mirada al suelo y notable libertad de movimientos.
Se requería de no poca técnica, los goles se marcaban por debajo del banco, y los bancos daban apenas para tres culos come-pipas.
El suelo era grava, piedras que salpicaban no pocas veces. Un niño se clavó una en una rodilla una vez; al sacársela le pudimos ver el blanco del hueso. Yo mismo di un testarazo contra el suelo un verano y perdí el conocimiento durante unos segundos. El juego era duro y normalmente nos lo tomábamos en serio. Tanto que había no pocas peleas. Era todo por lances del partido, calentones y competitividad. Todos sudábamos y levantábamos el polvo de debajo de las piedras disputando el balón; el polvo se nos adhería a la cara y se nos veían marcadas las gotas de sudor chorreándonos hasta el cuello. Los partidos podían llegar a durar tres y cuatro horas. Cuando llovía, todos nos llenábamos de barro.
Nos los pasábamos bien, pero sí, también nos encabritábamos. Hasta los quince años me debí pelear como unas treinta veces, y eso yo, que era alguien tranquilo y tímido… Cuando dos chicos se picaban el resto nos limitábamos a dejarles hacer; raramente nos inmiscuíamos o les separábamos. El lanzamiento de grava era habitual, pero sobre todo lo eran las patadas y los puñetazos, siempre lanzados sin mucha maña, casi más pensados para descargar la propia rabia que para hacer daño. Todo parecía formar parte de nuestros derechos infantiles de fin de semana después de la semana entera de pupitres y aulas y reclusión. (Y mucha incomprensión.) Los padres parecían entenderlo en el fondo, aunque obviamente hicieran su papel si alguien sangraba o perdía un diente.
Lanzabas una patada a la espinilla, o un puñetazo al hombro, o al pecho, con todas tus fuerzas; la sensación de pelearse era lo más intenso de tu vida. Algunos lloriqueábamos de rabia durante la pelea, luego ya más en la adolescencia enrojecíamos y nos insultábamos a voces mientras algún adulto corría a empujarnos. Todas las madres eran «putas» casi todo el tiempo. Cabrón, gilipollas, mamón… no éramos muy creativos, pero sí muy sinceros en el momento. Y también luego al hacer las paces. Era nuestro propio club de la lucha con fútbol, con adultos a los que sacar el dedo si se asomaban por la ventana, con niñas cerca para las que vacilar como si no estuvieran ahí.
Intentabas meter un dedo en el ojo de tu colega, le metías un rodillazo, te agarraba, acababais en el suelo, revolcándoos. Y así la mayoría nos sentíamos mucho menos estúpidos o perdidos o maltratados o tramposos que cuando volvíamos al colegio (cada cual al suyo) el lunes.
Cada sábado y domingo nos sacudíamos cierta mierda que no entendíamos llenándonos de otra clase de mierda más tangible.
Ahora en esa plazoleta ya no hay grava, tampoco hay jardines. Es todo liso y minimalista; los nuevos bancos están impecables. No hay muchos niños que jueguen al fútbol de verdad. Hay una especie de árboles bebé creciendo tímidamente de cuadrados marrones; los de antes los talaron. Hay las mismas señoras veinte años más viejas; a algunas de ellas se les han sumado las hijas, que se han convertido en las nuevas señoras; han aportado sus bebés y más pipas. Algunos críos toquetean consolas portátiles u otros aparejos más caros. Si a dos niños se les ocurre pelearse, no los ves en varios días en la calle. Todo es más estático, blanco, mohíno. Contenido. Pero los lunes no han cambiado para nadie.

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Una autoridad de la felicidad

En el sueño, esta vez está operada. No le pega nada hacer algo así, así es como son los sueños. Coincido con ella en un cine, suelo tener muchos sueños que se “localizan” en salas de cine, cines que no existen, salas extrañas. A veces son enormes, siempre con alguna incomodidad insalvable. Es la clase de sueños (cine de por medio o no) que no dejan mal cuerpo pero tampoco bueno, supongo que la clase de sueños suculentos para esa gente que cree que éstos no son solo basura del inconsciente …
Resulta que ahí está, en esa sala de cine enorme, con butacas dispuestas de modo arbitrario. La mía esta vez no mira hacia la pantalla, sino hacia una pared (¿quiere decir esto que evito la realidad o que la afronto, listillos?). Ahí está; le han operado la nariz, esa nariz que me encantaba, y también parecen haberle rajado y cosido las tetas y la cintura. Va con un chico de su edad, o no, incluso más joven, tiene esa cara (el chico), esa mirada extrañamente neutra y vacía, esa suavidad a la vista, esa falta de carácter en las facciones propia de la juventud, y que tan popular es. Tanto él como ella tienen de eso, aunque ella ya parece más una mujer que una adolescente; tiene veintipocos. Una edad adulta muy reciente, aún tierna, pero nada que le pueda interesar ya a pederasta alguno.
El chaval es su nuevo novio, imagino. Ya me duelen menos que antes estas cosas. (La última frase es mentira incluso más allá de la cuarta pared…) No sé cómo, tenemos un encuentro, saludos. Yo, aunque no mirando hacia la pantalla, estoy sentado más cerca de ésta, y desde donde estoy puedo ver a la pareja, situada unas filas más arriba. En un cambio brusco, ella está sentada a mi lado y nos hablamos cordialmente. Inmediatamente después, ella vuelve a estar con ese chico en la otra butaca. Conmocionado, me levanto de mi sitio antes de los trailers, me largo. Al pasar junto a ellos le digo a la muchacha que me llame si necesita algo. No hay detalles en esta última parte, ella ya no tiene cara ni reacciona, solo está presente mi previsible dolor.

Friega de vez en cuando platos a las cuatro de la madrugada. Deja que se acumulen durante dos o tres días. Cuando la gente dice que limpiar relaja, lo que quieren decir a veces es que si no estuvieran limpiando quizá estarían planeando apuñalar a alguien. En mi caso, de no estar limpiando estaría durmiendo. Ojalá. Cuando pasas muchas horas “trasnochando”, te sientes al margen, a veces agradablemente al margen, y a veces extrañamente marginado. De modo que es importante que te dejes cosas por hacer. No cosas que exijan de un gran esfuerzo intelectual (dios sabe que no estás dormido, pero tampoco lo que se dice despierto…), más bien cosas como el piso por barrer, los muebles por limpiar, puede que salpicaduras de semen (u otros fluidos) rebeldes, o platos por fregar, u otras tareas que solo exigen de ti el tener pulso y una mínima voluntad para no dar otro uso a esa cucada de cuchillas que hace poco te regalaron. Mira, también puedes afeitarte o depilarte… Hay montones de tareas rutinarias y aburridas que hacer que se vuelven un respiro y emocionantes ante la perspectiva de dar vueltas de mierda en la cama. Pones la radio no muy alta para no despertar a los vecinos, caminas tambaleándote hasta el cuarto de la lavadora, hay un bonito montón de ropa limpia por planchar, y otro montón sucio en cola. Hay multitud de productos para eliminar eficazmente las manchas de insomne tedio. ¿Cuánto hace que no friegas de verdad el suelo?, piénsalo… Pero no se te ocurra comenzar a fregarlo dos veces por semana por sistema o algo así; no querrás volver a soñar con quien sabes para despertar otra vez completamente desvelado a las tres y toparte con suelos brillantes, ropa limpia y doblada en su lugar, la cocina reluciente y los muebles impecables y sonrientes…
No se te ocurra hacer la gilipollez de volverte metódico, hay un montón de horas nocturnas que amenazan con matarte de puro existencialismo, a las que hay que dar de comer y limpiarles la mierda. Oh, o cómprate un pájaro o un gato, eso ayuda, también hay que apañarles el estropicio; echa un vistazo a la red, mucha gente lo sabe. O échate una novia seria e insomne de la que te puedas encariñar y a la que ocultar el secreto de que jamás podrá competir con Ella…
Lo que hace la mayoría de gente es buscarse un buen lío, o dos o tres, de distintos tipos.
Hay una vecina de 19 años. Vive con su madre, nunca le has preguntado por su padre, el cual sospechas está o bien divorciado o muerto (luego te enteras de que está parado a los 55 años, lo cual es, curiosamente, como estar divorciado y muerto a la vez…). La chica a veces se queda sola, su madre suele estar fuera por viajes de negocios; es una de esas madres jóvenes cuyo feminismo ha consistido en imitar los peores rasgos del hombre. No es que la hija tenga insomnio, pero está en una edad en la que no suelen existir tales cosas como el insomnio, sencillamente duerme cuando quiere y permanece despierta cuando le da la gana. Donde tú ves sólo problemas ella ve una elección sencilla. Cuando quiere folla y si no, puede permitirse el lujo de elegir no follar, cuando quiere a alguien cerca simplemente mueve un dedo, cuando quiere a mamá, mamá acude a ella con la rectitud de un hombre fornido de los 90, cuando quiere a papá, papá llega cualquier día con un regalo que no se puede permitir y una maleta llena de putas sonrisas entrañables. Es una chica de 19 años en el primer mundo. Un poco mayor ya para los diseñadores de moda, pero una niña para la vida. No es que no tenga sus problemas y miedos, pero que te incluya en su órbita de follamigos no es de las peores cosas que te pueden pasar.
No es exigente, solo quiere tener sexo o hablar, sentirse inteligente, atractiva, con cierto poder… Aún no ha tenido la necesidad de convertirse en Terminator como su madre. Solo quiere irse de erasmus, follar en otros usos horarios, practicar su inglés… No es que no tenga sentimientos o no puedan surgirle, pero no está por la labor. Tiene un plan, porque aún cree que se puede tener un plan con todo eso.
En eso seguro que sí se parece ya a su madre.
Todo está evolucionando aún más hacia lo masculino, y no suena como algo inofensivo precisamente. El que ahora se compartan las tareas del hogar en los matrimonios jóvenes parece poco más que una cortina de humo. También se puede ser gilipollas y sangrarle al mundo teniendo tetas.
La chica te pregunta cosas sobre Ella, incluso por los sueños. Te sinceras porque la muchacha no está en tu círculo, y al no verte tampoco ella en el suyo, le parece divertido guardar algunos secretos. Follarte y guardar secretos. La clase de chica que de no tener tú diez años más quizá ni te miraría. La clase de chica de la que prefieres no hablar a tus amigos ya emparejados e hipotecados.
Mientras todos aceleran la llegada del Apocalipsis por la vía de Valorar las Pequeñas Cosas, tú prefieres no mojarte si no es tratándose de Ella. La de diecinueve ahora ve esa actitud como algo áspero, picante e interesante, pero en poco tiempo se buscará a alguien que esté al otro extremo de ti. Mientras tanto, te estás convirtiendo en una ama de casa nocturna cojonuda, ya nadie plancha las camisas como tú, el piso está radiante (cuando quieres), los baños, para comer sopa en ellos, la higiene personal, obsesiva, las motas de polvo te tienen pánico y las encías te sangran de tanto cepillarte. A la chica le encanta oírte contar cómo sufres. Cómo te regodeas en ello, lo realmente inmaduro que es y que te da igual que lo sea, porque has comenzado a sospechar que la madurez es un invento para que compres posa-vasos o papel higiénico con aroma a vainilla. Crecer se ha convertido simplemente en mutar en cierta clase de consumidor cuadrado y hueco. Escribe, frota con fuerza, culea con fuerza cuando te dejen, reserva cinco euros para el siguiente paquete de tabaco. Amigos y compañeros y conocidos no se van a quejar mucho de que estés cerca, porque por poca pasta que ganen u horas que duerman siempre se sentirán por encima de ti.

Escribe y frota y culea, sí. Una de esas tres cosas es la que tú más haces, y también es la que menos dinero da en este mundo normalmente. No es que limpiando te puedas hacer rico, pero tienes entendido que follando no es demasiado raro. Escribiendo denotas vocación, y escribir goza de más respeto que lo de vaciar containers o pincharse de vez en cuando algún dilatante para las arterias en el pene. Escribir sin más, sí, pero solo si eres Ken Follet. Tú no eres Ken Follet, es algo que tienen que saber de ti. Además eso te da un aura constante de bicho raro. La mayoría de gente no entiende para qué ha de escribir uno tanto. O leer. Son cosas que uno hace cuando no le queda más remedio, ¿no?
La palabra Cadáver proviene del latín Cadavere. Al parecer antaño los romanos escribían en sus losas las palabras: Caro data vermibus; lo cual quiere decir algo así como Carne entregada a los gusanos. Las losas se borraban con el tiempo, y solo solían quedar de ese mensaje las sílabas Ca-da-ver. Esto te lo enseñó tu abuelo en algún momento durante la infancia; fue una de esas cosas que recuerdas ya para siempre. A lo largo de la vida comenzaste a ver cadáveres por todos lados, aunque al principio no fueras consciente de ello, y su carne no fuera entregada a los gusanos, sino a otro sistema de alimentación ajeno no menos asqueroso, y al que le basta con tu carne aún viva y operativa. Tú no querías ser unos de esos Cadáveres. Morir con las botas puestas es otra buena frase que encaja en muchos contextos. Pero nadie se vuelve a cortar el pelo y las uñas para eso, prefieren la larga medianoche de hospitales y drogas, atontamientos y hasta fiestas, putas fiestas de despedida que en realidad duran décadas. Adiós, abuelo, saluda a los gusanos de nuestra parte, y no te preocupes, ahora tenemos mejor Tecnología, no se borrará el mensaje de tu losa. Somos mucho más Morales, más Éticos. Hasta le hemos puesto nombre a cosas que ni te imaginas. Cómo te queremos, abuelo. Pero la vida sigue.
Tu abuelo te dejó ojear el libro en el que se contaba de qué venía eso de cadáver. Ahí, en esos pocos minutos, en ese pueblo extremeño en el que veraneabas cuando aún apenas sabías leer, se decidieron (decidiste) más cosas para ti que en el resto de años de colegio e instituto.
De hecho casi nadie creía en el fondo en ese proceso oficial de escolarización, ahora lo sabes, no eran tus años de Descubrimiento, sino de Obligaciones a secas, te preparaban para que de mayor ya estuvieras acostumbrado a acatar órdenes. “Un buen chico”. “Un mal chico”. No hay termino medio sin comillas para nadie, y es precisamente ahí donde estás tú.
Lo más complicado de todo es elegirte a ti mismo, y eso si tienes la “suerte” de haberte conocido…

«Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco.». Proverbio antiguo.
Te ha estado rebotando un concepto en la cabeza, sueles tener espacio para eso en tu poco inventariado cerebro. La Hibris. También se admite la ‘y’ griega en la segunda sílaba. Hibris viene a querer decir Desmesura. Y según este concepto, alude a un exceso de confianza en uno mismo. Es algo que viene del griego antiguo. El dato interesante es que ese exceso de orgullo personal no es una opción propia en este mito, sino un castigo de los dioses. Primero te vuelven loco, y del resto ya te encargas tú. Esto quiere decir, obviamente, que si algún tipo de dios existe, hace mucho que tomó esa decisión para con la mayoría aquí abajo, y ahora se están cociendo a fuego lento las consecuencias. Certeza o cuento, encaja perfectamente. Sería de ilusos creer que el planeta se acabará con el ser humano. Ya sea un dios o la naturaleza, tarde o temprano el ser humano saldrá extinguido de la partida, apartado como pulgas o ladillas. Tarde o temprano el divertido y mal polvo que echó la Tierra requerirá de una visita al médico de la quinta dimensión.
Hace un tiempo todo esto te sonaba a nihilismo, ahora parece de lo más natural. Ahora se trata de vecinos y amigos, que conducen su naturalidad libre de culpa hacia una muerte que quedará aún lejos del huerto de frutos horripilantes que ahora ayudan a cultivar. Un día soleado basta para no comerse el tarro, y no digamos ya cuando uno tiene el estómago lleno. Es palabrería, ¿verdad? Y aunque no lo sea, qué más da, el esfuerzo da la dignidad. No hay caminos, solo un objetivo propio, ya sea más o menos un error. A veces una gran cagada. Tu gran cagada personal. O tu gran acierto… también personal.
Otro día el cine es normal en cuanto a la disposición de butacas. En la pantalla aparece Ella, y también está sentada a tu lado, muy callada y seria. Cuando alguien te gusta de verdad, da la sensación de que cualquier parte de esa persona que puedas ver de cerca o tocar, ya sea con o sin ropa, es una zona íntima. El olor, el suyo, está por encima de cualquier colonia; su colonia, si la lleva, por sí sola, te va a perseguir toda la vida, y sus zonas íntimas de verdad trascienden cualquier clase de poesía o verborrea con la que hayas topado. La saliva, el flujo vaginal, la lengua, los pezones, basta con enumerarlos y saber que son suyos, por más que quieras describirlos solo te vas a entender tú. Es un sentimiento cerrado. Algo de lo que mucha gente suele burlarse sutil o directamente, algo de hecho ya muy denostado desde mil direcciones, industrias e instituciones. Tu dolor o felicidad son mero entretenimiento, la vida Ya Es otra cosa. Esa clase de alma no ha lugar. El espíritu está pasado de moda. El amor sigue siendo uno de los temas capitales, pero ya es una palabra más que cualquier otra cosa, el tablero para el mismo ya es como un gallinero, lleno de gente cuya sola mirada hace que te piten los oídos. Porque para ellos no es una cuestión de coyuntura u oportunidad o suerte, sino de edad y planificación. No hay casi lugar para admitir la magia, porque esa magia no es productiva.
No quedan claras o concretas la imágenes de Ella en la pantalla, a veces parece desnuda, otras veces el plano es tan corto que parece porno, otras parece que haya demasiada luz. Casi nunca se le ve la cara pero sabes que es Ella.
Miras a tu alrededor en la sala. Te sobresaltas; hay alguien más con vosotros. En la primera fila hay una persona. No es un noviete de ella ni un rollo de erasmus, ni siquiera un Ejemplo de Conducta de veintitantos. Es un hombre ya mayor. Aun en la oscuridad puedes verle bastante bien. Tiene el pelo blanco y una barba al estilo del capitán del Titanic (lleva incluso la gorra…). Un foco se enciende sobre él; al parecer en este cine suceden esa clase de cosas. Una cortina roja se cierra poco a poco tapando la pantalla, ya no desfilan imágenes por ella. Ese tío raro comienza aplaudir lenta pero animadamente, dando escandalosas palmadas. Cuando te vuelves para mirarla a Ella interrogativamente, ya ha desaparecido de tu lado. No te resulta extraño. Te enfocas hacia el tipo. Deja de aplaudir. Vuelve su cabeza con seguridad hacia ti, estás siete u ocho filas más atrás. Levanta su mano derecha para enseñártela y tiene un plato en ella. Hace lo mismo con su izquierda, y en ella sujeta una esponja chorreante de agua y jabón. Agita tanto el plato como la esponja, y te sonríe forzadamente, eléctrico, como alguien a quien no le importas, y que solo necesita fingir para quedarse en paz.

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Matar a alguien

Fredo quiere matar a alguien. Lo dejó caer hace unos días. Estrés, alegó. Quiere acudir a esa empresa, EME (El Mono Elige). Se está poniendo muy de moda. Es una experiencia bastante nueva, autorrealización; tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro, matar a alguien… Completas el proceso. Estábamos cenando en cierto restaurante cuando lo confesó como de pasada. Teníamos cerca una mesa abarrotada de chicos y chicas, alguna especie de reunión de desvirtualización en busca de amistad como eufemismo de sexo. Por eso salió el asunto. Uno de los integrantes llevaba una pequeña mancha roja en el cuello de la camisa. Hablaba excitado, a voces; los demás se reían de él; no había podido pasar por casa, alegaba el chico. Algunos no decían nada. No es un tema que ya esté totalmente exento de polémica, aun bajo su manto de Ritual de Aceptación: una filosofía cuya meta es el arrinconamiento definitivo de la hipocresía por la vía de aceptarse hipócrita. Y también es un negocio. El Mono Elige tiene el monopolio de la oferta. Con todo, la pena de muerte sigue siendo ilegal aquí. Algunos dicen que, así, con más razón uno ha de probarlo al menos una vez en la vida. Aceptar la condición de Doble Moral personal para con todo el planeta. Desequilibrio brutal; siempre ha existido, y la gente siempre ha obviado el tema, han seguido renovando el móvil y comiendo hasta convertir la vida en gula, mientras muchos otros…
Son esos Asesinatos en masa por Omisión en masa. Capitalismo viento en popa e imparable. Discursos interesados sobre demagogia. Decisiones que había que tomar.
¿Redistribución de la riqueza?
¿Rechazar parte de nuestros bienes materiales para que otros puedan tener agua en su poblado a mil o cinco mil kilómetros?
Demasiado complicado. Mucha pereza histórica, social, religiosa, política.
Había otra vía, que era la de “aceptarse” Villano. Aunque solo fuese porque uno solo no podía hacer nada De Verdad en otra dirección, y a la vez no estaba dispuesto a convertirse en conejillo de indias generacional para ayudar a crear un mundo más justo y que lo vivieran otros. Nada de mártires, eso es de individuos poco inteligentes, autodestructivos.
Nadie madruga para eso.
Antes a mucha de la gente que pensaba en todo esto y se deprimía, se la diagnosticaba de algún tipo de desequilibrio personal. Ahora las actitudes están cambiando. Acepta la inmoralidad; es la nueva moralidad. No te resistas más. Acepta el mundo Tal y Como Es. Carpe Diem, tío. Prueba nuevas experiencias. Coño, congratúlate de haber tenido la suerte de nacer en el Primer Mundo. No seas Aguafiestas, no seas desagradecido. De todas formas ya eras consumidor de combustible fósil. Mediador complaciente entre el problema y los bombardeos para “solucionarlo”. Ya aceptabas la sociedad de la competición a todos los niveles, llevabas a tus hijos al tipo de colegio aún imperante para que aprendieran –ya antes de saber leer– a competir. ¿Por qué te resistes? Solo pasas de una mentira a otra. ¿Por qué no encajar ya en lo que hay? ¿No se trata de encajar?, ¿de adaptarse?, ¿de ser querido y saber querer a la humanidad tal y como es?

Fredo dijo que le habían recomendado la experiencia. Liberadora, le dijeron. Brutal y salvaje, y también muy dura, pero liberadora como ninguna otra. Parecido a cuando antes los chicos, los estudiantes y los modernos salían del cine de ver un drama terrible de autor, extasiados. Ahora es la tez de la muerte. Conocer la muerte, acurrucarse en su regazo. Y, por qué no, regodearse en ella, desahogarse. Liberarse a uno mismo, aceptando Por Fin que casi todo lo que tiene es producto de todo lo que no tienen otros. Uno, al final, es Malo, alguien nocivo que engendra a otros seres nocivos. Se trata de dejar de fingir, de ver las cosas como son. Una experiencia elevada, espiritual y situada más allá de las anticuadas convenciones, todas aquellas capas de negación estética y socialmente horrendas.
Ahora lo sabemos. En teoría…
Es también la aceptación de los nuevos modos de descompresión para la sociedad, olvídate de las manifestaciones. Los países cuyas leyes permiten la pena de muerte comercian con los condenados. Lógicamente muchos de ellos son tercermundistas. Lo cual da pie a una deliciosa alineación de astros. Ahora tenemos la oportunidad de “salvar” nuestras almas haciendo con nuestras propias manos lo que antes hacíamos echando gasolina al coche, celebrando la navidad por todo lo alto, atiborrándonos: Creyendo que no estábamos participando en favor de Sistema terrible alguno. Ahora, si queremos, podemos tener a ese negrito delante, o a ese morito, a ese ser humano al que antes robábamos y matábamos a distancia.
Encargarnos de eso en persona, tener esa oportunidad… ¿no es Belleza de la Aceptación pura y dura? ¿No es el mayor y más efectivo ejercicio para conocerse a uno mismo –y a su especie y sistemas de administración de la misma– que haya experimentado el ciudadano caprichoso y consumista? ¿No es mucho más efectivo –y sincero– para conocerse a uno mismo que ir a la montaña y hablar sobre aire puro?
Hay muchas personas que han acudido a El Mono Elige para eso, para matar a alguien condenado a muerte en otro país, y luego siempre dicen sin titubear que ellos están en contra de la pena de muerte; que la ejecución de esa pena por la vía del EME ya es algo muy distinto, una purga del propio espíritu, un precio que han querido pagar por seguir vivos. Un derecho. Porque es legal. Pagas también por un servicio. Generas impuestos. Sigues siendo un ciudadano en la rueda.

(Oh, y Fredo está estresado y deprimido, sí, pero no por motivos exactamente existenciales. Incluso nos mandó a unos cuantos un correo al respecto. Suele hacer cosas así.)

Hola a todos.

Me ha pasado algo poco agradable, y prefiero escribirlo para poder explicarme bien. Prefiero esto a titubear delante de la gente improvisando excusas o justificaciones, ya lo sabéis.
Laura me ha dejado. Ayer. Estábamos cenando en un italiano. Se empeñó en ir ahí. No quiso ir al cine como solemos hacer los sábados. Quería ir a cenar directamente.
Aun así, esperó a los cafés. No sacó el tema enseguida.
No me dijo por qué me dejaba, no me dio razones concretas. Yo tampoco sé si las hay. Simplemente ya no le intereso. Ya no siente nada. Me dijo que cuando comenzamos a salir hace un año sí sentía algo por mí, pero que ahora ya no siente nada. Lo dijo así: “Ya no siento nada por ti”. Me halagó y me dijo lo buen chico que soy y que me merezco a alguien que sí sienta algo por mí. Fue la pesadilla que imagináis. Vergonzosa. De no saber cómo reaccionar, de reaccionar como un idiota. No creo que nadie reaccione con dignidad ante semejante panorama.
De modo que ya lo sabéis. Solo os pido una cosa. Evitad sacar el tema en la medida de lo posible. Rajad por vuestra cuenta todo lo que queráis, eso no lo puedo evitar. Pero no introduzcáis ninguna conversación sobre ello cuando yo esté delante. No digo que disimuléis de forma patética y habléis de fútbol o lo que se os ocurra cuando yo llegue, pero no os extendáis ni intentéis consolarme, eso solo cebaría el tópico asqueroso del rechazo y me hundiría aún más. No quiero ánimos ni nada por el estilo, quiero llevarlo a mi manera. No quiero discursos que solapen lo de “Hay muchos peces en el mar”; ahora me importan un carajo el resto de peces, por mí se pueden verter un millón petroleros y que se vayan a tomar por culo el resto de peces. Para mí ahora solo hay un gran monstruo marino, y sólo a muy largo plazo me podré olvidar de él. Quizá. Espero que se entienda bien lo que quiero decir.

No contestéis el correo, por favor.

Os veo pronto.

Fredo

Han pasado unas tres semanas desde esa carta. Fredo el taciturno ya solía tener siempre un humor sombrío, el cual ahora es mucho más sombrío, y al que ha añadido un carácter callado y un escudo de varias capas de antipatía si a alguna chica se le ocurre dirigirle la palabra más allá de cuestiones prácticas. La verdad sea dicha, la revelación de la intención de acudir al EME nos ha sorprendido. Que se sepa, ninguno en el grupo de amigos hemos ido. Yo al menos seguro que no. Sé que mucha gente va. Algunos incluso una vez por semana; se dice que los ejecutivos, los hombres de negocios o las personas que soportan mucho estrés en general, son asiduas a recurrir al asesinato legal. Supongo que los que no lo hemos hecho nos debemos sentir como antaño la gente que aún no había hecho puenting, o aún no había bajado por un río haciendo rafting, o aún no había follado, o aún no se había emborrachado…
Qué sé yo.
Sé que no me sentiría cómodo matando a alguien. Ni aunque así me aceptase a mí mismo como consumidor u occidental o lo que sea. Creo que no necesito ver el rojo húmedo en mis manos para saber que en cierto modo las tengo manchadas de sangre.
No le veo catarsis posible a la situación.
Hay quien dice que es terapéutico, que es como hablarle a alguien de tus problemas. Hay incluso estudios que dicen que El Mono ha sustituido la terapia verbal. Porque ya no hace falta creerse una buena persona. La Evolución ha consistido en que ahora basta con soportarse a uno mismo, con seguir llegando a fin de mes y no engrosar las escalofriantes estadísticas de suicidio. Han sido muchos años de ridícula transición. Un proceso de Aceptación de la propia naturaleza, en cuanto a la explotación de recursos y el uso de las monedas en curso y demás. La Nueva Era sigue siendo la Era del Sacrificio, pero ahora esa expresión es de lo más polisémica. Es una segunda parte de la Era anterior. Bisnietos del Capitalismo. Fascismo, no; Comunismo, no; Democracia, ¿sí?… Aferrémonos a ese SÍ con interrogación… ¿No parece al fin y al cabo un término medio? La cosa estaba en adaptar una “ideología” a lo que somos, y no intentar ser lo que al cabo de los siglos hemos demostrado que no sabemos ser como especie. La cosa había llegado a un punto de estancamiento. Los inventos ya nunca eran un paso adelante, sino como mucho hacia un lado, e incluso hacia atrás. En las elecciones de la mayoría de países vota un porcentaje ridículo de gente. Esto no ha traído nada bueno, pero lo que muchos nos preguntamos es si, al no ir a votar no habremos conseguido frenar incluso un declive aún mayor y más veloz. Se llevaban a cabo políticas insostenibles, y se siguen llevando, se aprueban leyes absurdas y el político medio sigue siendo el producto típico del sistema educativo aún predominante: Éxito significa ser mejor que el de al lado, pero sin saber quién coño eres tú.
Por supuesto, la gente es mucho más ilegal que antes, de hecho hay cifras que aseguran que un 60% de la sociedad ha dado la espalda a multitud de trámites legales. No se vota mucho, pero tampoco se hace mucho caso, de modo que hay alguna clase de equilibrio tambaleante que tiene como base la desobediencia civil.
La gente no es mejor, pero sí es más descreída. Ya no existe apenas esa confianza ingenua en la democracia de principios de los años dos mil. Hace mucho que el sistema predominante es solo una etiqueta. Otra forma de llamar a algo. Tampoco se han cumplido esos designios de algunos que auguraban que al ningunear la “democracia” lo más probable era que naciese otra dictadura. Al final no ha sido ni una cosa ni otra ni la de más allá. Es, seguro, el comienzo del Epílogo de todas las cosas. Un Apocalipsis moderno cayendo gota a gota en la frente de la Humanidad hasta que primero delire, luego pierda todo juicio, y luego comience a morir mediante una larga, tortuosa y horripilante tortura en slow motion.

La gente se está aficionando a Abraxas. Abraxas es un dios egipcio; uno que une lo divino con lo infernal, el bien con el mal. Un dios que une la vida con la muerte. Un dios que representa la apología de la ambigüedad de la existencia. Un dios en el que creía Charles Manson. Ese dios que no parece querer sentar cátedra, o juzgarte, o negarte seas como seas. Abraxas es quizá la nota a pie de página de nuestra cultura, pero es la nota más relevante, y, sobre todo, más desconcertantemente representativa. Casi como un dios católico sin la hipocresía del publicitado por la Iglesia. Han aparecido muchos símbolos relacionados con él por todos lados, y sobre todo en las cárceles, o lo que, también Manson, llamaba: “Los pasillos de siempre”.
Un día en un bar descubrimos un papel sobresaliendo de la cartera de Fredo, él está en el lavabo, siempre deja sus cosas en la mesa. En el papel hay unos símbolos. De ahí llegamos a Abraxas. No nos hace falta investigar. Dicho dios es tan popular ahora como cualquier sandez de antaño en Internet. Es masivo. Pero sobre todo, es MUY permisivo. Un dios a la carta, algo más que el Diablo, un dios sin enemigos. Algo ideal en lo que creer si uno quiere comenzar a frecuentar El Mono Elige. Abraxas no permite que se te mire por encima del hombro por algo tan nimio dentro de la Existencia como dañar el estúpido físico de alguien que también es espíritu, y alma, y reencarnación, y mil oportunidades y nuevos comienzos, todo en un mundo multicapas que, nosotros, ignorantes, creíamos conocer. La vida, la muerte, todos siempre tan categóricos, el principio, el final, la carne, las moscas, los gusanos, nuestras lápidas, nuestro tonto orgullo cortando en porciones el tiempo y contando dimensiones. Todos creyendo conocer todas las cosas solo por haberles puesto nombres, confiando en nuestra limitada percepción, reduciéndolo todo a explicaciones que quepan en estáticos programas educativos y así dando esa Imagen de enterados, de evolucionados, de Interesantes para con la Existencia, esa chica mona e intelectual que así jamás se bajará las bragas para nadie…

Un exceso de carácter mal encauzado nos ha llevado al carácter cero. Ahora todos los negocios, tiendas, peluquerías, inmobiliarias, bares, cafeterías, todo parece lo mismo desde fuera, la decoración hace que no sepas si entras a que te hagan las uñas o a tomar un café. La idea de consumismo ha alcanzando cotas de un histerismo fanático incontrolable, antes la utilidad de los productos ya perdía terreno respecto al ejercicio de comprarlos: ahora mucha gente ya no acepta regalos. El orgullo del dinero ya lo es Todo, se lo ha tragado todo, también toda clase de ética o moral con sentido, y por supuesto todo atisbo de personalidad propia. Ahora la vida es Protocolo, las conversaciones vienen con el decorado y la situación, y la sección de autoayuda y libros sobre cómo ser feliz (por el método de convertirse en imbécil) copan el 80% de las librerías. Esto es la línea de meta. Para esto es para lo que tanto hemos luchado.
Nosotros estamos ahora en una de las salas de espera de El Mono Elige. Un negocio más. Hay quien dice que el nombre de la empresa es alguna clase de ironía Darwiniana, pero no hay una versión oficial. Desde luego se han escrito miles de artículos de tono universitario y jocoso, de esos que al leerlos parece que solo puedan hacer gracia a la novia cegada del estudiante de turno. Se dice que el mono ahora elige donde antes solo era un eslabón hacia la humanidad. El ser humano ha llegado a su último estadio de evolución dentro de un contexto familiar de sociedad. Éste es: tener el control sobre la vida y la muerte de otras personas. Todo sin necesidad de ser soldado, delincuente, político o empresario. Ahora, en calidad de Don Nadie, ya puedes degollar, rajar, tirotear, torturar, y seguir siendo un ciudadano respetable en cuanto a términos legales… Puedes añadir picante a tus tardes de sábado, o quedarte a gusto los domingos antes del temido lunes. Los siete días de la semana tendrás a los empleados del EME a tu servicio. Solo tienes que pagar un módico precio para obtener a cambio una experiencia que atesorarás para toda la vida. Porque te lo mereces, todo tu esfuerzo y trabajo han servido para algo.
Fredo ahora cree en todo eso. Estamos él, yo y también Lola, una amiga de la infancia. Lola lleva días intentando convencer a Fredo de que esto es un error. De que no sabe bien por qué, pero presiente que, aunque todo esto esté regulado y sea legal y esté permitido, aun así es un error. Incluso siendo una empresa de lo más profesional y solo comerciando con los condenados a muerte más temibles, hay algo que no le cuadra a Lola. Hasta ha llegado a hablar de Conflicto Moral. Yo he optado por callar. Fredo lo ha conseguido todo en su vida; esa novia suya que le ha dejado, para él es su primer fracaso. Fredo ha sido buen estudiante, de los mejores, y ahora tiene un buen trabajo que odiar y temer perder, al mas puro estilo del siglo XX; siempre ha aprovechado todas las oportunidades en su vida, no ha perdido tren alguno, no ha llegado tarde nunca a nada, no se conoce que haya estado jamás enfermo, y ha sido, en resumen, una especie de yerno ideal. Con todo, siempre ha arrastrado consigo cierto temperamento errático, alguna clase de frustración que nunca hemos sabido bien a qué se debe. Hasta hemos sospechado que pueda tener el pene mucho más pequeño de lo normal o algo así… Aunque, lo que yo siempre he pensado (y jamás he dicho), es que su problema ha sido, ni más ni menos, que el de ser siempre “el primero en todo”. Más que nada porque, aun siéndolo, nunca ha sabido de verdad Quién era él, Qué quería, Qué le gustaba, Qué podía apasionarle, o si había algo más allá de los números a todos los niveles. El principal problema de Fredo, ha sido el de ser un Ejemplo de Conducta para con una sociedad y sistema harto discutibles. Vamos, no hay que ser un genio para verlo. Para ver qué clase de personas suelen llegar una y otra vez a tener cargos de poder o puestos de capital responsabilidad. Se supone que esos tíos son Los Mejores; pero lo único que pasa es que son la representación del modo patético que hemos tenido de llevar las cosas a nivel educacional y laboral. Fredo es la clase de tío que llega a presidente, y que acabaría fácilmente absorbido por la codicia y el poder, porque para él, en el fondo, No Hay Nada Más. En realidad es el cliente potencial ideal para el EME, y hay muchísimos así. La clase de personas que se convierten en súbditos de fuerzas que desconocen, que trabajan duro aunque no sepan qué sale al final de la cadena de montaje, y que se reproducen en pos de nuevas generaciones para la amargura.
Por eso, callo. A estas alturas ya no hay nada que decir. No hablo con Fredo por lo mismo que no converso con mi perro o intento hacer razonar a mi ordenador si se cuelga. Porque esa cosecha ya nació perdida. Fredo es tanto una Persona independiente y con carácter como lo pueda ser un destornillador o un rollo de fleje. No es tanto un ser orgánico como una pieza útil sólo para cierto contexto. Es una involución en sí mismo: desde el Potencial en Potencia hasta la mera Producción en el sentido más genérico. Desde fuera podemos oír los gritos de alguien dentro de la habitación. Lola llora. Intento consolarla. Nunca he querido investigar cómo lo hacen, supongo que los atan a una silla. Los gritos son terribles. Fredo debe estar torturándole, supongo que cortándole, quizá ya incluso amputando. Puede que haya cambiado de idea. Me dijo que quería ahogarle con agua, creo que tienen algún método con mangueras que ya usaban los nazis. Pero ahora se pueden oír golpes. Hay una tercera persona en la habitación, impreca a Fredo por algo; eso somos, hay alguien matando a alguien, pero incluso así hay normas. La víctima suena árabe. Supongo que Fredo está obteniendo su propia purga del espíritu. Lola respinga en su silla después de un fuerte golpe. Luego el silencio se adueña de todo. Un charco de sangre comienza a crecer bajo la puerta, lo podemos ver. Ahogarlo, me dijo, porque la Vida comenzó en el agua, y terminándola ahí, cerrabas el círculo. Me sonó poético cuando me lo contó.

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