Regurgitando (2 de 5) – Nico sonríe

Hay gente que se esfuerza, gente que se parasita, gente que las ve venir, otros que las hacen venir. Hay gente que fastidia a caso hecho y son malos, otros que dañan dentro de los parámetros de lo aceptado, otros que dañan para ser aceptados (son legión), otros que se unen a la corriente, unos pocos que intentan salirse del río, otros que aceptan lo que les digan, otros que se empeñan en morir, muchos que trabajan duro para estar muertos en vida, otros que solo operan bajo firmas, millones que se creen centrados aun estando totalmente perdidos. Muchos que creen que todo aquello que ellos no den por sentado solo es literatura o filosofía, otros que creen que el amor es solo otra tarea personal, otros que sufren con motivo, otros que hacen sufrir gota a gota y madrugón tras madrugón, otros que explotan, masas que se dejan explotar, muchos que aceptan resignados cada vez la invitación a las duchas colectivas, la tira que ven poesía en el soporte y no en las palabras, continentes y no contenidos…
Nicolás sonríe.
Es una sonrisa que esconde algo entre líneas. Lleva siempre ese… rictus. Parece ser una sonrisa definitivamente arraigada en cierto tipo de optimismo moderno. Me refiero a alguien que sonríe en el metro por las mañanas camino a un empleo de oficina que no sabe muy bien nunca cómo describirte. Suena a burocracia.
Una vez conocí a una taquillera de cine que también solía sonreír “por norma”, pero era una sonrisa muy distinta, la sonrisa con la que siempre he comparado la de Nico. Porque aquella chica la proyectaba casi sin querer y tenía una buena intención de serie que te hacía creer en su actitud. La sonrisa de Nico parece definitoria de la actitud de la mayoría de gente, la de la taquillera, en cambio, es un cuento de hadas de la vida real, un Santo Grial que deberíamos proteger, y que debe proliferarse más o menos como los ovnis o la generosidad sin intereses. Una de las dos sonrisas parece tener como proyecto enseñar dientes aunque la hundan en la miseria; la otra significa Esperanza. Una es un libro de autoayuda; la otra es Shakespeare, Rousseau, Dostoievski…
Nico sonríe porque se lo han ordenado; su sonrisa tiene lo mismo de voluntario que una alienación de soldados reclutados en un barrio pobre con escandalosa tasa de desempleo. Pero por supuesto ya ha interiorizado esa actitud. En verdad, Nico es como un zurullo al que rociaras con desodorante, de todas formas al final siempre acaba oliendo a mierda.
Nico no es distinto a la mayoría, lo que pasa es que a él no le importa exteriorizar ese espíritu sintético; como alguien que te quisiera convencer de que es un fantasma echándose una sábana por encima. Pero no es distinto, porque aunque el resto de la gente suela ir con cara de suicidio en el metro, seguramente un alto porcentaje te dirá (si les preguntas) que no les va mal, o que les podría ir peor, o incluso que son optimistas porque eso es siempre lo más inteligente; y porque realmente creen que hay un bando sólo inteligente y otro sólo tonto y hay que elegir. Pero volvemos al desodorante y la mierda… Lo que hace Nico –o eso parece– es sonreír por todos ellos.

Por más que lo conozca, Nico solo es conocido mío. Es amigo de amigo, o conocido de amigo, algo por el estilo. Algo de esa basura espacial que de vez en cuando se puede colar en tu órbita.
El día que una amiga mía de la infancia le pegó un puñetazo, el chaval no entendía nada. Por circunstancias tediosas de describir, estábamos en un lugar donde hacían cócteles, un lugar en el que te servían más Obras de Arte Moderno que bebidas, y sólo por una consumición un billete de diez en tu cartera comenzaba a despedirse de los otros, la calderilla y tus tarjetas. Bebí algo de color naranja que venía en un cono chato invertido sostenido por una especie de tacón de aguja. Nueve euros. Adivinad de quién fue idea ir a ese local en concreto. Y no os penséis que era algo puntual, el tío dijo que él iba cada sábado ahí. Yo con diez euros he llegado a emborracharme con cerveza y chupitos, con diez euros llegué a apostarme con un colega a que me atrevía a intentar ligar con la chica que acababa de llegar a la discoteca para su despedida de soltera con sus amigas. Hablé con ella y la hice reír, creo, y algún que otro tipo me miró mal: yo ya me había hecho la noche. Casi consigo hasta una buena pelea solo con diez euros, uno de esos días que no olvidas.
Aunque, para ser consecuente, tampoco se me olvidará nunca la noche de sábado en que Nicolás recibió ese puñetazo sin saber por qué. A día de hoy, pasados ya algunos años, seguro que aún no lo sabe.
Incluso a nosotros nos costó un poco entenderlo, hasta que supimos que esta amiga mía ya había conocido un poco a fondo a Nico. Nico no decía tacos, era formal, echaba una mano si se lo pedían, no llegaba tarde nunca, no llegaba pronto, su religión eran la hora y la edad, su Dios, quien fuera que en ese momento tuviera en sus manos su nómina o su nota. Su reino eran los documentos oficiales. Y su porno, su propio currículo.
Nico se creía de todas todas un buen chico porque eso le habían dicho que era. Era algo oficial. Nico no sabía que se podía ser maleducado sin decir tacos, o estúpido con títulos académicos. No sabía que se podía ser cruel por omisión. O dañino haciendo lo que hace la mayoría. Nico no se hacía preguntas que no tuviesen una sola respuesta.
Nico sigue siendo así.
Mi amiga explotó durante una conversación sobre el director de cine Michael Haneke. Pero bien podría haber sido sobre pipas peladas. Nico decía odiar las pelis de Haneke; y creo que era porque se olía que en el fondo algunas de ellas le definían muy bien, y lo hacían con una claridad casi dolorosa.
La conversación fue por esos derroteros; mi amiga le echó en cara la obscena subjetividad condicionada de sus críticas al director, y él comenzó a decir que él no había personalizado ni la estaba atacando a ella, y que sólo tenía sus propios gustos. Toda la gente que es como Nico tiene siempre un modo de acción basado en ciertos parámetros sobre lo que hay encima de la mesa, pero nada más; para ellos no cuenta lo que flota en el ambiente aunque se pueda cortar con un cuchillo. Ven la realidad igual que la vería un abogado en un proceso. No hay crueldad si no se manifiesta física o verbalmente, no hay mala intención si no se materializa con gramática. No hay malas palabras si no hay palabras malsonantes. Mi amiga sabía que Nico tenía un concepto bajo cero sobre ella, y que ese mirarla por encima del hombro era una constante (aunque siempre fuera algo codificado). Nico es lo suficientemente capullo para hablar sobre lenguaje gestual o minimizar el valor de las palabras, y después creer que no podemos leer nada en su mirada o su modo de entonar. Cree que hay personas que te pueden calar solo observando tus gestos o leyendo tu firma, pero que nadie puede leer nada en su persona. Cree que se puede hacer ciencia de todo, pero que él está por encima de esa ciencia, y también de lo ambiguo y lo abstracto. Y la mayor parte de todo eso opera en él de forma inconsciente. Nico es, en pocas palabras, un gilipollas que no sabe que lo es. Uno entre hordas.
Mi amiga se levantó para ir al baño en determinado momento. En ese mismo instante ella hacía eso precisamente para no perder el control. Pero entonces, Nicolás, con una sonrisa de suficiencia de la que seguro no fue consciente, la agarró por el brazo y dijo algo sobre que se tranquilizara y se sentara. Fue entonces cuando ella lanzó su puño anillado con todas sus fuerzas. Acertó justo en el centro de la cara de Nico, en su nariz no poco aguileña, la cual se rompió en varias de sus partes. El chaval comenzó a sangrar, parecía una matanza… Sus ojos lagrimeaban y enunciaba toda clase de preguntas y arengas a mi amiga para que ella le diera una explicación de por qué le había pegado así. Ni en ese momento soltó taco alguno. Miraba a un lado y a otro, buscando apoyo moral, era la víctima, el buen chico que acababa de ser agredido por una loca con la que había tenido la mala suerte de cruzarse.
Se levantó de su silla y pareció marearse. Dos camareras fueron a atenderle. El suelo estaba sembrado de gotas rojas y espesas. Se arrodilló en el suelo y echó la cabeza hacia atrás. Mi amiga me dijo al día siguiente que, al verlo así, sangrando y hasta balbuceando de dolor, fue la primera vez que le había parecido atisbar en él la persona concreta y potencial que alguna vez debió ser.

Hace muy poco me lo crucé por la calle. Iba con una chica. Llevaba (él) esa sonrisa, igual que el calzado o la ropa. Iba vestido de sí mismo. O más bien, de casi cualquiera. La chica parecía joven, supongo que lo suficiente para ser aún muy impresionable. Y Nico, a su manera de Modelo de Conducta cuasi perfecto según las exigencias occidentales, es alguien impresionante. Marcha seguro viento en popa a toda vela. Iba impoluto y parecía irle de maravilla a cierto nivel. Ni tan siquiera me vio, o puede que disimulara. Es posible que con el tiempo se haya perfeccionado en lo suyo.
Luego me dio por pensar en esa persona que mencionó mi amiga al día siguiente de los cócteles y Haneke. Me pregunté dónde estaría esa persona. Dónde quedó. O si aún habría algo de ella en ese muchacho. Me imaginé a un Nico de 17 años. Confuso, aterrorizado con la idea del futuro. Me lo imaginé quedando consigo mismo en algún lugar, en alguna cafetería. Puede que después de haber follado por primera vez o haber tenido algún primer contacto importante con la idea del dinero. Me lo imaginé igual que te imaginas a una pareja adolescente que queda para verse las caras, para cortar alguna relación de meses que para ellos ha sido relevante. Pero en el caso de Nico no era así, había sido una relación de años. Años consigo mismo, con ilusiones, esperanzas, quizá alguna idea loca sobre ser algún día vete a saber qué. Sobre ser cierta clase determinada de adulto. Sobre alcanzar alguna meta poco transitada. O puede que solo fuera un chaval perdido, aún verde, aún indeciso, con ideas como mucho vagas. Pero un chaval que, como todos, ya tenía que decidir algo concreto, porque le estaban haciendo importantes preguntas (para las que le exigían Respuestas Realistas). ¿Qué quería ser? ¿Qué senda académica iba a escoger? ¿Aún no lo sabía? ¿No sabía que pronto iba a ser demasiado tarde? ¿Que EN ESE MISMO INSTANTE se lo jugaba todo? ¿Es que no sabía que YA tenía que decidirse por algo para ser algún día ALGUIEN en la vida?
Lo paradójico, es que da la sensación de que justo ese día, cuando en cierta manera debió decidir romper consigo mismo para ser ALGUIEN, parece que fue justo el momento en que dejó de serlo.

cabin

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3 comentarios en “Regurgitando (2 de 5) – Nico sonríe

  1. Uff cuantos se han perdido en ese preciso momento, cuantos han adoptado a ese ser casi repugnante en el instante de dejar libre quienes podrían ser y que nunca llegarán a ser

    Interesante, muy interesante

    Un beso

  2. Cualquiera puede conocer a un Nico de todos los que andan sueltos por ahí…No creo que cualquiera pueda hacer una descripción de esa personalidad y de ese carácter, tan meticulosa y fascinante como la que has hecho en esta entrada Jordi…Es un buen texto y Nico es miserable y complejo como todos los de su especie.

    Saludos

  3. Comparto con Sofya que hay muchos Nico a nuestro alrededor pero aún peor, quien de nosotros no representa alguna vez el papel de NICO? Por casualidad -te lo aseguro- he llegado a un lugar de trabajo donde la apariencia, la fachada y el fingimiento es todo el papel que hay que interpretar o al menos el 90% y, realmente a día de hoy, me cuesta seguir lo que esperan de mi…

    un abrazo

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