Archivos Mensuales: abril 2014

Sacrificada metralla orgánica

(Noticia extraída de la publicación diaria en papel: La Gaceta de Sonora)

PURÍSIMA METRALLA ORGÁNICA

Hace cinco días, el Día de las Viudas Vitalistas Euforia, Encarnación Martínez Galán, madre de un niño de 11 años, doctorada en gestión pública y de profesión Limpiadora municipal, se inmoló en un aula del colegio Nuestra Purísima Concepción de Sonora.
La mujer, al parecer indignada con los constantes suspensos de su hijo, de los que culpaba a su tutor (y también al resto del profesorado), tomó la medida más drástica posible, se hizo con cierto explosivo casero del que previamente se había informado en la muy transitada web Yahoo respuestas, y se tomó la justicia por su mano.
Según la carta que dejó localizable en su propia casa, la gota que colmó el vaso fue el último examen suspendido de Pablo Florián Galán. Un 4, 5 en geometría. Hemos tenido el privilegio de poder transcribir íntegra dicha carta informativa de inmolación.

No veo otra salida que dejar un mensaje alto y claro al profesorado y la dirección del colegio Nuestra Purísima Concepción, uno de los pocos centros que como madre viuda me puedo permitir. La economía de la casa siempre ha sido un problema pese a todos mis logros académicos, todo debido nada más a los tiempos que corren. He entrevisto una clara conspiración escolar contra mi niño, el cual verá su futuro cortado de cuajo si no se le permite alcanzar las notas medias para la ecuánime profesión que él, ya a su tierna edad, planea desempeñar en un futuro. Hay quien dice que el muchacho vive demasiado a la sombra de mis férreas decisiones, pero nada más lejos de la verdad. Un niño es un recipiente vacío que se ha de llenar, y al que se le ha de dar la oportunidad de tener un futuro digno: Horarios aceptables y periodos vacacionales aceptables en su porvenir como adulto. Un niño debe poder ser más adelante un integrante digno más de la sociedad, para así poder aportarle su granito de arena con sus impuestos y su profesionalidad sin mácula. Como madre, he soñado siempre con una jubilación económicamente acomodada para mi hijo. He soñado con un adulto que en ese camino hacia esa jubilación habrá basado su vida en el sacrificio y el esfuerzo que todo ciudadano tiene como deber, siempre sabiendo priorizar sobre aficiones y divertimentos, y atesorando su dignidad a cambio de todas sus horas bien empleadas y cumplimientos para con sus jefes, empresas y obligaciones. Siempre he querido inculcarle que lo más importante es que mantenga en pie su capacidad para aprobar y superar pruebas estandarizadas, algo que durante años ha estado echando por tierra su colegio, a pesar de la solvente y perfecta comunión que logra nuestro sistema educativo en general para con la formación de los estudiantes.
Su último examen de geometría, por ejemplo, no era merecedor de un 4,5 como su tutor decidió, sino de al menos un 6, tal y como me han salido las cuentas al revisar una y otra vez sus respuestas. Según el colegio Nuestra Purísima Concepción, y calculando la media en todas las asignaturas, mi niño es un 4. Cuando en realidad seguramente sería un 7, si no fuera por la incompetencia en la corrección de sus pruebas y examenes. Mi hijo es un 7, al menos, no un 4; con un 4 no eres ni tan siquiera una persona potencial, y no estoy dispuesta a seguir viviendo para ver a mi hijo en su edad de merecer trabajando en puestos de bajo perfil, manchando sus capacitadas manos y desaprovechando su privilegiada mente para el servicio a la sociedad.
Alguno dirá que podría apuntarle a otro colegio o tomar medidas legales, pero mi verdadero objetivo es que el centro tome medidas serias con su personal, y que lo que voy a hacer se quede ahí para siempre, como recordatorio de que lo más importante son los niños, y que puntuar su potencial ha de servir para colocarlos más adelante a cada uno en su lugar de la jerarquía social, y no en lugares equivocados. Mi niño no será un currante de tres al cuarto, será Alguien en este mundo, y su poder adquisitivo su mejor carta de presentación.
Sé que jamás me perdonarán las madres de los otros niños, y mucho menos las que se creen modernas dilapidando verbalmente los mecanismos del sistema educativo, criticándolo y asegurando que habría que renovarlo (siempre madres de niños habitualmente suspendidos de forma justa). No soy una madre resentida con el sistema, sino con un Centro del mismo en concreto: no soy una anarquista ni apruebo el anarquismo. Pero aun así he de hacer lo que he de hacer. Se tomará nota y se valorara con más justicia a partir de ahora la capacidad de estudio y esfuerzo de los niños. Esto es por un profesorado más sacrificado y preparado, esto es por la gente que sabe “sangrar” por su porvenir y el de sus hijos. Esto es por el porvenir de nuestro país y de la sociedad del bienestar.

Encarnación Martínez Galán

La mañana antes la inmolación, Encarnación Martínez llamó por teléfono al centro y aseguró que Pablo estaba enfermo y no podría acudir ese día a clase. A las diez y media, aproximadamente, la mujer se presentó con una gabardina que escondía el explosivo de fabricación casera. En medio de una clase de inglés, entró y provocó la matanza. 30 de los 45 alumnos de la clase han fallecido. Otros diez tienen heridas de gravedad. El resto han salido aceptablemente indemnes, solo con heridas leves. Según los forenses la mayoría de alumnos murieron sobre todo por culpa de la metralla orgánica, pedazos lanzados como proyectiles de la anatomía de la propia señora Encarnación que se incrustaron en cabezas y torsos por doquier. Todo provocando muertes instantáneas, incluida la de la profesora en funciones. La inmolada superaba los cien kilos y se activó el detonador después de colocarse en el justo centro de la clase. En su vivienda se ha encontrado el material para la fabricación de la bomba. Los familiares no han querido hacer declaraciones. Solo uno de los padres de los otros muchachos ha dicho unas palabras para la emisora local Sonora Noticias: «Nuestro hijo no había hecho daño a nadie. Ahora no podrá estudiar Administración y dirección de empresas…». Pablo Florián vive ahora con sus tíos en Periferia Microsoft.

por Silvia Pi

bebe

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Puto niño

El Moreno, como cincelado por una fantasía femenina, abre su gabardina y salva el obstáculo de un coche saltando por el capó. Saca de la nada una recortada y camina duro y brioso hacia un establecimiento que parece una joyería. Carga su arma tamaño bate. Al entrar vuela la cabeza al dependiente y se comienzan a oír los gritos de mujeres acompañadas por sus novios. Buenos chicos y chicas prometidas se tornan patéticos y asustadizos antes de morir. El momento adecuado con el lugar adecuado. El dependiente se parecía a Steve Jobs, ese otro vendedor endiosado. Era definitivamente una joyería, y todo rezumaba ironía del siglo XXI. Luego otro chico, esta vez Rubio, camina a bastantes manzanas de distancia y agrede a la gente que va por la calle, en su mayor parte tías en bikini o chicos sedientos de descargarse que van en bañador y llevan gafas oscuras y a veces algún colgante indeterminado. Es particularmente cruel, el Rubio, cuando el tío o la tía con los que topa son obesos o negros o chinos, o cualquier otra cosa que no sea muy habitual en el Paraíso de su Dios.
En el Paraíso hoy hay huevos fritos para cenar, alguien grita en la tele, dos voces que no se alternan, sino que vociferan a la vez y todo es ruido y luces y aplausos. Al día siguiente se madruga como siempre y la chica de clase de pelo largo y actitud altiva sigue sin hacer caso. Las horas pasan desesperantemente lentas en el aula, los profesores se pasan el testigo mientras los alumnos esperan. Algunos abren la boca como buenos polluelos esperando lo que deberán regurgitar en los exámenes; otros yacen y se cargan de paciencia mientras les llaman tontos, inútiles e irresponsables con retórica y buenas palabras adultas.
Ella sigue por la noche con su melena larga y su actitud altiva en el lugar intracraneal de siempre, y el alumno salpica demasiado las sábanas otra vez. Luego vuelve a no hacer los deberes y se duerme no muy plácidamente, aunque en un lugar bastante privilegiado del planeta.
Por la mañana, un rato antes de ir a la escuela y afrontar broncas y cierta clase de desmotivación tan sólida como añeja, unas chicas en bikini juegan a voleibol, y tienen unas tetas desproporcionadas y exclaman con grititos en inglés. Cuando se tiran para alcanzar alguna pelota maliciosamente lanzada, al levantarse sus tetas están llenas de arena, y ellas sonríen y enseguida están de pie otra vez y contoneándose listas para inflar braguetas adolescentes. Es el mismo día en que luego el alumno se pelea a la antigua usanza a la hora del patio, y además de ser mal estudiante comienza a ganar fama de problemático y potencial futuro delincuente sin estudios. Esa misma tarde, en el gimnasio del colegio, la chica de melena larga y actitud altiva inicia una conversación con él; en el vestuario de chicas, cuando ya no hay nadie más, se besan en la boca durante cuarenta y dos minutos, hasta que un entrenador de predeporte les interrumpe.
Más tarde, un mago arrasa toda una aldea con cierta pócima. Después el alumno tiene una discusión recargada de palabrotas con su padre. El puto niño, esa boca sucia, niñato irresponsable, etcétera.
Al día siguiente solo es jueves, y un comando asalta cierta base a tiro limpio antes de la primera clase de la mañana. El desayuno entra como alambre de espino. Muchas horas aún para el viernes; aunque el propio viernes es para el alumno una putada en sí, porque se agolpan algunas de las clases y profesores que más odia. Cuarenta y ocho horas insufribles con las que se tiene que sentir agradecido, le dicen, como siempre y con todas las demás horas. A esto hay que sumarle que ahora la chica de melena larga y actitud altiva es algo así como su novia, algo que el alumno no sabe bien cómo gestionar, ni tan siquiera sabe cómo ha de reaccionar cuando tope otra vez con ella. Solo sabe que quiere follar. La cuestión es que a veces es peor conseguir lo que uno quiere que anhelarlo. El deseo suele superar al objetivo logrado. Puede que sea así porque es así, o puede que sea así porque nos han educado así. Porque un logro solo puede significar la implantación de un nuevo deseo. Porque estamos huecos, porque somos «responsables».
Un día el alumno se folla al fin a la alumna. Solo dos semanas después del día del gimnasio. Lo hacen unas cuantas veces en los subsiguientes días, y poco a poco el alumno va perdiendo interés. Hay más chicas igual que hay más asignaturas; la diferencia es que las chicas sí le importan, sí le motivan, son algo emocionante, difícil, dulce, placentero; un 3 en un examen ya no le hace sentir nada, pero el insulto de una chica puede ser una nueva puerta que se abre hacia nuevas y fascinantes posibilidades.
Hay algunas chicas más, pues, y también han ido aumentando las peleas en la hora del patio. Y no solo en la hora del patio. Está comenzando a ser el puto niño por excelencia, entierra en polvos y puñetazos todas las humillaciones y la amargura que llegan por la vía académica. Antes no aprobaba porque no estaba motivado, ahora ya le empieza a dar vergüenza aprobar: ante sus amigos, ante sus novias. Deja los videojuegos y el fútbol, deja de leer, aunque antes le gustaba, leer es algo demasiado apegado a estudiar, deja de ser una víctima y se convierte en alguien que se hace respetar, lo cual le funciona mucho mejor que intentar ser alguien digno de respeto. Deja de poner el culo, contesta, vacila, folla duro en los lavabos de la discoteca, todo estímulo que venga de la periferia de lo que le funciona, es una amenaza. La burla funciona, las chicas funcionan, beber funciona, fumar, escupir al reloj, evitar la mirada de los demás, no pueden atisbar dudas o derrotismo alguno; sí cierta clase de optimismo dejado. La idea a transmitir es que sí, ya lo han conseguido, han conseguido que crea que todo es culpa suya. Ahora lo que deberán entender es que Le Da Igual; no solo el que todo pueda ser culpa suya; le da igual si lo es de verdad o no, no se va a hacer más preguntas: las preguntas no lubrican más un coño ni te dan gasolina gratis ni un día más de fiesta.
Un puto niño más y más estadísticas. El futuro se convierte para el alumno en etiquetas y números, una escaleta de acciones pendientes que hay que quitarse de encima cuanto antes, una tensión constante por no destacar ni ser inferior, una presión brutal por ser solo uno más.
Sólo por las noches, un poco antes de dormir, se imagina después de haber muerto a los 80 años; se imagina a sí mismo teniendo una buena pelea a puñetazos con alguien de allí arriba; una de las buenas, de barrio, cuando la sangre oscura empieza a brotar por las narices, cuando la nariz se parte y te hace llegar esos relámpagos de terrible dolor. Y esa idea hace que se le dibuje una sonrisa antes de dormir; aunque no sepa por qué, y desde luego no tenga ninguna intención de preguntárselo.

Adam Sidwell
Adam Sidwell

Meritocracia

Sábado. Día soleado, poca ropa en perspectiva. Hoy cuando anochezca será luna llena. Antes he quedado para comer en grupo. Creo que quieren encasquetarme a una chica que creo quiere ser encasquetada. Creo que no le importa demasiado con quién. Pero ya no tenemos veinte años. Alguien me ha dejado caer (no sé si con malicia) que la muchacha quiere sentar cabeza, le quieren vender la moto y ella no sabe que es de segunda mano y que fue propiedad de un cani de la periferia. Así que el plan es parecido a intentar vender fulares en Mordor… Y cuidado con Mordor, no es tan fantasioso como parece. Además, ella no es ella, pero supongo que mis amigos habrán pensado que esta al menos aún no me conoce, y además está libre… Llega un punto en que algunas personas son cada vez menos personas y más plazas de parking. Si yo accediera a ser la moto, sería cuestión de semanas que todo volviera a encajar en un esquema conocido de fracasos recurrentes, mil veces repetidos, ya con olor a cerrado. Esos ciclos de estupidez bienintencionada se repiten al menos hasta que uno se muere. Al menos.
Comemos en una especie de restaurante de montaña a una hora de coche del que no recordaré jamás el nombre aunque me apunten con una pistola en la cabeza. Es una suerte de antro familiar con olor constante a madera quemada y mesas pobladas por no menos de nueve o diez personas. Es un lugar al que ir –con más o menos ganas– con todas las personas que conoces directa o indirectamente, en esta clase de sitios es donde nos caemos muertos si no nos dan órdenes. Todos hijos de la Revolución, de la Industrial. A veces es como estar con un par de amigos y un montón de cuñados. Pero sobre todo hay parejas, y en ocasiones también bebés. Somos diecisiete. A la práctica, ninguno de los dieciséis me conoce de verdad. Esta certeza funciona a varios niveles; no me conocen de la misma forma que no conocen el planeta en el que viven (ni ganas), o igual que creen que la vida de uno no opera en su interior, sino comprando billetes de avión o superpoblando playas. Ellos son, digamos, inocentes en la misma medida que yo soy antisocial; son felices al mismo nivel que yo prefiero preguntarme todo el tiempo cómo es posible que lo sean siendo como son. Seguramente soy tan cuadriculado como ellos, la única diferencia es que ellos sí quieren estar aquí.
Sientan a la compradora de la moto a mi lado. Todo muy casual si solo oyes los comentarios. Casi la empujan en mi dirección. Quieren su propia serie de televisión en directo. Esto es lo que hacen algunas personas en lugar de descargarse Sexo en Nueva York. Es una lástima, porque la muchacha parece un buen partido, las conversaciones se cruzan y poco a poco voy enterándome de cosas (vaya, porque me las dicen aunque sea sin venir a cuento…). Ha salido de una relación muy larga (esta es una de esas frases que yo nunca puedo decir). No quiere nada serio (la chica que quiere sentar cabeza no quiere nada serio, solo follar en sitios raros, claro). Ha estudiado como desde los cero años hasta los veintiséis y podría ahogar a un caballo con su currículo (otra cosa que yo nanay…). Es muy guapa (es verdad, ella es muy guapa; y el subtexto es que yo debería perder veinte kilos). La conversación en estos casos siempre acaba derivando en la suerte que tengo, y que sería idiota si desaprovechase la ocasión de liarme con alguien claramente superior a mí en todos los aspectos.
Luego llega la fase difícil del asunto para todos, que es intentar subrayar mis cualidades para que ella pueda tener algún cabo al que agarrarse. (Aquí tener una buena polla no sirve de nada.) Esto se acaba reduciendo a repasar la lista de las cosas que me hacen insoportable para, a continuación, hacer el ejercicio de “desmentirlas”. En el fondo no es tan cabrón. Parece gilipollas, pero es sensible. Una vez hizo esto o aquello, dijo esto o lo de más allá, y vaya si nos reímos. Etcétera. El patrón se repite, es como un aviso más de que una tercera guerra mundial es inevitable. Solo es cuestión de tiempo y nuevos envoltorios. Se tropieza con la misma piedra otra vez porque la gente sigue siendo la misma ante ella. La mayoría de veces los sucesos históricos solo sirven para nutrir libros de historia y hacer que salpique más el onanismo de los historiadores.
Sé que esto solo quiere constar de un poco de folleteo potencial o diversión entre amigos, pero todos sabemos que un mechero abandonado a veces se convierte en una buena pista. Es como romper una botella de cristal en el bosque en agosto y luego sorprenderse al ver un incendio en la tele. ¡Oh, dios mío, hoy hemos estado ahí!
No es que todo esté necesariamente interrelacionado, pero todo está lo bastante interrelacionado…
No tengo nada en contra de la chica, lo que pasa es que ella me parece la principal víctima. Todo parece depender de en qué punto corte yo la historia. No parece tener el perfil de alguien que solo va a querer “pasarlo bien” este sábado. No encaja con cierto tipo de alegría femenina (aunque sea muy aceptable), con la actitud de esas tías que te bombardean con fotos de su gato en facebook, dicen cada dos por tres que es mejor que cualquier hombre, y sin embargo se follan a un tío distinto cada vez que pueden.
Como digo, parece un buen partido; pero conocer a alguien de esta manera y prestarse al juego es muchas veces casi como conocer a alguien en un reality guionizado y pretender que esa relación supere todas las barreras y se acabe asemejando a algo que no chirríe a kilómetros. Creo que la gente que monta estos shows celestinos, lo hace porque en su puta vida se han colado por nadie de verdad; en lo que respecta a ellos, el amor es solo otra cosa que decidieron tener. Les basta con diferenciarlo económicamente de la prostitución y ya creen que viven en un cuento de hadas. Los bebés llegan igual, y los bebés siempre parecen fruto del amor. Hay mil maneras de maquillar la existencia; y a veces se hace de tal forma que sólo parecía una mujer.
En definitiva, en términos de honestidad y poco temple, te arriesgas a que el amor de tu vida tenga rabo (o sea gay).
La comida se alarga como un pene de actor porno que llevara tatuada la palabra «califragilisticoespialidoso», y no pudieras leerla bien hasta que el miembro no esté completamente en erección. En base a esto, ahora solo estaría morcillona. La corrida significa volver a casa (¿no significa siempre eso?).
Los postres están al llegar. La chica y yo hablamos cordialmente, hay varias celestinas, yacen a modo de buitres emocionales cuyas relaciones seguramente ya consideran aburridas (aunque jamás lo dirán), y se echan miraditas de esas que creen muy disimuladas. El perfil de una celestina moderna consta de no pocos ingredientes: presencia, amargura disfrazada de madurez, felicidad interpretada en constante proyección, etc. Suelen diferenciarse de las amas de casa maltratadas en que a ellas no se les marcan las hostias de la vida, y se parecen a las amas de casa maltratadas en que en muchos casos tragarán y jamás se revelarán. Debe haber países enteros cuyas familias (siempre patriarcales) vienen definidas por estos rasgos. Los mecanismos de defensa para alimentar la credibilidad de estos extraños sistemas de valores llevados por la inercia y el reloj, pueden ser complejos, pero uno no ha de hurgar mucho para dar de bruces con ellos casi cada día. A veces los tienes en casa. Pero sin duda están muy a menudo en esta clase de reuniones de amigos cebadas de parejas.
Lo que se ha entendido por paso adelante es que ahora el tío también cocine. Lo cual está muy bien; pero en cuanto a mejorar ciertos sistemas de razonamiento, es un poco como meterla en una tarta y llamarlo «Relación».
Obviamente no le suelto toda esta sarta de teorías a la pobre muchacha, que bastante tiene con hacer su papel e intentar no decepcionar a nadie. Algo que es absurdo; el único modo de que una de esas celestinas se fuese a casa contenta, es que al salir del restaurante se te cayesen los pantalones, te atropellara un coche que intenta aparcar, la muchacha cayese encima tuyo, le metieses la polla sin querer, le pegases ladillas y quedara embarazada de trillizos. Por lo menos. Así quizá esas arpías podrían mojarse y follarse a su novio por la noche con las luces apagadas mientras recuerdan el épico día que han provocado.

La comida no acaba exactamente cuando acaba la hora de comer. Del restaurante no vamos a casa; y como suele suceder, se hace más fácil ceder que decir que te quieres largar por tu cuenta. Volvemos a la ciudad en sí, Sonora, nos sentamos en una terraza céntrica. Un pensamiento terrible me invade: quieren empalmar con la cena. He comido unas cuatro veces más de lo que suelo comer, he bebido demasiada cerveza, y básicamente tengo el cuerpo trabajando a pleno rendimiento y mi cabeza se llena de mi típica resaca impaciente. Me empieza a doler todo y solo quiero irme a casa. Siento que la calavera me pesa, siento la propia calavera, cómo palpita, y como si se estuviera resquebrajando. Necesito una caja de gelocatil y una cama fresca. No soy joven, o lo soy, aún, pero esta clase paciencia se me acabó más o menos a los 25 años. Cuando la paciencia se te ha acabado y sigues tragando, lo que sientes es que sufres, estás a la fuerza, y la sola idea de emprender el camino a casa, tan deseado, también te comienza a resultar agotadora. Llegas al punto de no querer irte y no querer quedarte.
Suena peor de lo que es, pero sigue siendo una mierda. La chica sigue sentada a mi lado en la terraza. Tiene los mofletes rojos y parece haber bebido más de lo que ha comido. La idea de intentar tener una erección en mi estado de pesadez hace que me entre la risa floja. Es sólo un sábado más en la Tierra, pero hace mucho que sé que esto no es lo mío. Lo que se entiende aquí por pasarlo en grande es comer mucho y beber más, maltratar el cuerpo a cierto nivel, y cada cuerpo reacciona a su manera. Hay quien casi no tiene resaca y aguanta echándose al coleto todo tipo de comida y bebida durante horas, sabiendo que todo se solucionará con una aparatosa pero eficaz cagada. Pero otros nos congestionamos y todo se vuelve del revés, la maquinaria sufre, y el estómago y los órganos colindantes comienzan a plantearse cuándo y cómo va a operar la descontaminación. A tu cuerpo le da igual, es problema tuyo. A tu estómago poco le importa si hacerte vomitar durante horas o ponerte enfermo de colitis aguda. Su misión es solucionar el problema que has causado. Tu cuerpo reacciona con la misma frialdad y crudeza con que lo hace un huracán o un tsunami. La conciencia o el dolor son solo problemas tuyos. La naturaleza se dedica a seguir su curso.

Hacia las 8 de la tarde me quito a todos de encima. También a la chica. El peaje ha sido intercambiar teléfonos (las celestinas han disfrutado ese momento forzado).
Hoy cuando anochezca será luna llena, sí. Y me refiero al día, no a mí, aunque viene a ser lo mismo. Lo que hago siempre en estos casos es forzarme a no cagarla. Llego a casa y me fuerzo a ducharme (esto solo es ritual). Luego como algo aunque no tenga hambre (el cuerpo sí lo necesita al final). Bebo mucha agua (siempre facilita las cosas). Me preparo dos mudas de ropa (dos, por si acaso). Luego cojo el coche. Odio tener que conducir, pero a veces no queda más remedio. No me gusta conducir, ni sacar la mano mientras y ondearla al viento; mi anuncio sería: “¿te da por culo conducir?, a mí también”. Te pasas el tiempo lidiando o bien con los otros conductores o bien con el coche, si no te sientes puteado por otro coche, te sientes puteado porque no encuentras aparcamiento para el tuyo. Así lo siento. El coche sirve a necesidades muy concretas para mí. Todo aquello que tenga a media hora a pie o bien conectado con transporte público, para mí es un alivio.
Así que, con mi horrible resaca, me obligo a coger el coche y conducir hacia cierta zona boscosa de las afueras. Es sí o sí, no hay otro remedio. Es el misterio insondable de la vida, quizá uno más del universo. Algo que las celestinas no podrían sospechar ni por asomo. Es un inevitable secreto y no tiene nada que ver ni con comer ni con beber ni con follar. Lo cual lo hace incomprensible para la mayoría de gente que conozco. Es también literatura y mitos, o puede que una enfermedad que aún no me ha matado. A veces creo que es karma, o falta de motivación para la meritocracia. Creo que esto último sería la conclusión a la que llegarían muchos. He salido con chicas que creían que les ponía los cuernos por culpa de esto. No me las podía traer y explicárselo. Hay cosas que sencillamente te tienes que guardar. Tienes que protegerte. Hay historias más fuertes que un idiota poniéndole los cuernos a su apaño para las fotos boda.
Aparco más o menos siempre por la misma zona. Es como mi periodo masculino, sucede una vez al mes y es molesto, no sangro exactamente, pero tampoco es agradable. Lo mío al menos dura unas horas, y no días. Aún no me ha visto nadie nunca, no más allá de alguna foto borrosa o algún susto puntual. Y tampoco he conocido nunca a nadie a quien le pase lo mismo. No es la clase de conversación que surge en un ascensor, y tampoco creo que sea de buena educación hablar sobre ello en la mesa. No creo que sea de buena educación, de hecho, hablar de ello en este mundo de dioses, burocracias y celestinas…
Lo que hago es elegir un claro en el bosque, la clase de sitio inhabitado al que la gente de ciudad no va (con suerte) ni entre semana ni en fin de semana. Suelen ser lugares de poca altura, nutridos de torres eléctricas, colinas que rodean la ciudad. La idea es no despertar luego en medio del salón de unos extraños con restos de tripas de una niña en las uñas mientras sus padres te miran horrorizados y llorosos. Pero de todos modos creo que no hago ese tipo de cosas.
Ya en el claro, y con visión directa a la luna llena, me desnudo para no desgarrar la ropa. Aprendes a prever el momento. Luego extiendo sobre el suelo oscuro una manta que siempre traigo conmigo. Me estiro en ella. No es del todo doloroso, pero notas ciertos fuertes calambres, y pierdes la conciencia. Lo que sea que te maneja luego no eres tú. No sé si tu carácter le influye, pero diría que no. No tienes control. No puedes hacerte un selfie a medio transformarte, ni después. Como tantas otras veces, solo te queda esperar. Me echo, y espero.

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Inválidos

Mientras figuro como inválido a casi cualquier nivel sobre el papel, me arrastro sonriendo como un gilipollas oficial, lo hago bajo mil veinteañeras de gran ciudad con cientos de poemarios publicados; más guapas, más válidas, muy salpicables y a menudo inalcanzables. Me arrastro sin poesía hacia vete a saber qué dirección que me ha parecido albergaba una buena idea, la idea diferente que, eso sí, aleja a Julieta por incierta, todo mientras ella se hace presente en el mundo a la misma velocidad que yo me hago ausente. Se balanceaba siempre en el columpio digital, y cuando alzaba las piernas nunca podía evitar intentar verle las bragas. Ya casi siempre está el columpio vacío, me ronda la idea de escribir poesía actual y así quizá desprender un olor más a medios y tecnología, urbano y con un filtro moderno y chabacano. Estanco en el suelo, raramente consigo oler a tierra mojada, a veces me parece notar alguna hormiga en el escroto, entonces me arrastro hasta la ducha y me acurruco bajo el chorro; imagino una poco probable lluvia dorada de la chica indicada, imagino que me ofrece hacer cosas aberrantes a las que accedo por ser Ella. Pienso en volver al pueblo, yo sí tuve pueblo; pasa treinta años en ciudad y vuelve al pueblo -me digo-, para saber lo que es bueno. Allí había algún ligue adolescente que ya vivirá en la ciudad, la que sea, las chicas que casi tenían que tirarme del pelo para desengancharme del balón de fútbol, la infancia muerta como base de la dura tierra actual, la felicidad adulta interpretada como un Nunca Llegar. El futuro es el mito que no me sé fabricar, y mil rimas más de rap barato. Ya no recuerdo cómo se sentía en los dedos el tacto de la cola cortada de una lagartija, ya no trago polvo, no fabrico cabañas de cartón con amigos en colinas urbanas apestadas de porno de páginas pegadas y restos de jeringuillas; ya paso casi siempre de cortar por lo sano si alguien intenta decir que esto solo es nostalgia: coño, yo soy inválido, pero tú a lo mejor eres imbécil. Tu poesía hace que el sol parezca estúpido y pegajoso, por muy buena que estés; tu café de starbucks dice muchas más cosas que tú, pero sobre todo larga por los codos sobre ti. Seguramente mucho más que mi única raya de coca a los 19 años, cuando opositaba para ser mi propio villano; ese sabor a aspirina que me quemó bajando, poco después de haber follado por primera vez días atrás. No cuentes jamás a cualquiera cualquier cosa; no hables jamás a todo el mundo de tus visitas al paraíso; encríptalo; no conviertas en anécdotas de mierda esos momentos en los que tocaste el cielo; no conviertas a las mujeres en aquello que hiciste una vez en un lavabo o en un hotel; no seas tan previsible, valora tu vida con una dignidad que opere más allá de tus medallas. Follador o chica romántica, si supieras lo poco que le importa a todo el mundo todo aquello que haces rodar por tu lengua, te lo guardarías, y quizá un día con eso escribirías una buena poesía, aunque entonces, eso sí, quizá nadie te la publicaría… La periferia de la conducta reconocible… me recuerda a ese viejo del pueblo que un poco antes de salir a beber cerveza, chupaba un caramelo bien dulce, para potenciar el amargor de lo que venía. Todo como quien quiere un cachete de dedos marcados justo antes de correrse. Me han dado por culo siempre los 140 caracteres de moda, es un anal sangriento sin espacio para la textura del pensamiento. Pero sigo llorando si es necesario cuando puedo atisbar de verdad el parpadeo de las mariposas; al principio hago un esfuerzo terrible que no sirve para casi nada, y es justo cuando he tirado la toalla (cuando el tren del que hablan sin parar se me ha escapado), es justo entonces cuando la Belleza aparece, cuando la pureza se hace patente, cuando la vida coge sentido. Es entonces cuando se elevan las notas musicales sin pentagramas, cuando el orgasmo que casi desconoces llega. Algo mágico se pone en pie y te pregunta sobre la terrible sofisticación de tus miedos, unos miedos que nada tienen que ver con los más populares. Ese ente arruga el ceño con la forma del amor de tu vida, y se fascina aterrado ante tu falta de habilidad para soltarte. No soy yo -le dices-, o sí, soy yo, pero quiero decir que no soy representativo… Oh -te contesta esa luz-, creo que me voy a largar de aquí con las mariposas… Nunca dura mucho lo bueno. La última vez que tuve un sueño agradable tiene una fecha aún más lejana que la última vez que follé con alguien que me importara. Obvia los detalles, se trata de mí, pero esto te afecta más de lo que crees, esto es onmibiográfico de la misma forma que todo muere, o, como decía Wallace, todo es agua.

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