Archivos Mensuales: mayo 2014

No_Vampiros

Diario, colega, hoy he ido al baño a echar una meada. Todo muy rutinario. Son las tantas, es sábado y tengo veintitantos (aún). Noto un sabor metálico en la boca. Me subo la cremallera. Escupo y veo que mi saliva está teñida de rojo. Vuelvo a escupir. Aún más rojo… Estaba escupiendo sangre, obviamente.
Eso dura unos seis o siete escupitajos. Luego vuelve la acostumbrada y saludable saliva. Abro la boca ante el espejo, saco la lengua. Todo normal. Pero ya estoy acojonado.

Es lunes y sigo teniendo veintitantos (disculpa la aleatoriedad con la que escribo)… Veintitantos Años, quiero decir. Cuando hablas con alguien que ronda los cincuenta, notas cómo te odian. Por fuera sonríen con aceptación y una saludable resignación; dicen cosas del tipo “si yo pillara esa edad..”; pero en el fondo sólo están resentidos contigo. En el fondo te tienen una envidia malsana (si es que existe la sana). Una envidia completamente comprensible.
Las conclusiones médicas, por cierto, fueron que no me pasa nada. Sólo era la garganta, algún tipo de anginas agresivas. Ahora no fumo en el curro cerca de ese detector de co de indsci. No me estoy muriendo (vítores, emoticonos sonrientes…).
Pienso en esas personas mayores justificadamente envidiosas, y creo que si volvieran a ser jóvenes harían lo mismo; quizá incluso peor. Creo que al principio serían muy enérgicos, intentarían hacer de todo, madrugarían con una sonrisa, serían optimistas de ese modo que eres optimista un viernes cuando tienes once años. Pero creo que eso no duraría mucho; tarde o temprano la vida les daría tres o cuatro bandazos, y volverían a la resignación mucho antes de volver a ser mayores. (Es más, probablemente, a las ya clásicas quejas de cualquiera, se uniría la de tener que soportar una vida mucho más larga de lo normal.)

Jueves. Sigo teniendo veintitantos años. Aunque ha pasado la tira de tiempo… El médico se había equivocado. Tenía cáncer. Negligencia (aunque creo que yo tuve parte de culpa). Me rapé la cabeza y sufrí todo el proceso de “limpieza”, la cura, o el intento de cura y demás. Obviamente no me ha ido mal, sigo aquí (por el Dios Pretecnotimes). Resumámoslo así, ha sido una experiencia “interesante”, pero no se lo deseo a nadie. Cuando veía a los niños de once años, pensaba: “si yo pillara esa edad…”. Mis padres me regañaban cuando bromeaba secamente sobre la muerte. Mi hermana lloró por mí…; puede parecer normal, pero para mí fue como ver a una monja follando (y no vale cualquier tía disfrazada de monja). Yo también lloré. Es absurdo intentar describir tal desesperación.
Hace poco vi una entrevista en Youtube (de la era pre-Pretecnotimes) a un supuesto ex enfermo de cáncer; era un actor o algo así, había escrito un libro sobre el tema. Decía que venció la enfermedad con sonrisas y todas esas idioteces, que sacó fuerzas de flaqueza…; sólo le faltó sacársela, medírsela con una regla ante las cámaras, y pedir que todas las mujeres en plató se pusiesen en fila para chupársela. Menudo gilipollas mentiroso.

Martes. Odio los putos martes…

Viernes. Hace dos semanas conocí a Sandra Plof. La llamo así en secreto. Cada vez que le pregunto cómo está me dice que anda un poco «plof». Sandra siempre dice que no quiere vivir más de noventa años. Cuando le digo que en Pretecnotimes están perfeccionando las pastillas para el aspecto exterior, ella me dice que no es ninguna belleza, que por más pastillas que se tome no será más guapa, que hay mujeres –como ella– que no son guapas de jóvenes (y las que menos –señala siempre– las que de viejas dicen que de jóvenes sí eran guapas).
Sandra es muy guapa. Y muy neurótica. En su otro discurso suele hablar de lo muy mona que se siente, de que no le gustaría ser de esas guapitas robóticas, esas tías tan moldeadas para encajar en un cliché que sólo deben poder conseguir conversaciones neutras, orgasmos neutros, todo normal, ni mucho ni poco, como su belleza normal exigida, correctamente guapas, guapas como la moda exige que han de ser guapas. Tías que necesitan encender un par de velas antes de follarse a alguien. Que sólo la chupan diez segundos bajo las mantas; y para las que ir al cine es quedarse plantadas ante la cartelera y elegir indefectiblemente la película que peores críticas tenga. Son esas chicas, dice siempre Sandra, que dicen cosas como: “para gustos los colores”, y luego sólo hacen que imitar a las demás demostrando que no tienen gustos propios.
(Y es cierto, casi puedes ver los hilos que las manejan…)

Domingo. Pretecnotimes y la industria farmacéutica (y la medicina en general) están en tela de juicio. Y lo están mucho más que antes. Las pastillas Iris-complex curan unas enfermedades y otras no. Yo no me quejo, a mí me curaron el cáncer en una fase crítica. Sandra a veces me dice que se siente como una necrófila.
Cada vez que alguna cabeza visible de la firma topa con un micrófono, dice que las pastillas se están perfeccionado para la regeneración completa de células (entre otras cosas). Supuestamente trabajan por la inmortalidad, y eso seguro no interesa a muchos (o al menos no que sea así para todos). La cura de enfermedades ha sido prácticamente una suerte de beneficios colaterales. Esto está haciendo que un enfermo terminal dude mucho más antes de tirar psicológicamente la toalla. La desesperación sube como la espuma para el enfermo y la esperanza es un arma de doble filo para los familiares.
Sandra ha dicho que hoy no se siente ni guapa ni fea. Lo ha dicho con un tono que me ha dado mal rollo…

Viernes. Hoy me siento un poco plof. Sandra me ha presentado a su prima: una treintañera sonriente que se toma una pastilla Iris cada vez que cree ver una arruga en el espejo. Ahora el síndrome de Peter Pan no tiene que ver tanto con problemas de madurez como con la idea de querer tener veinte años siempre. Este problema se da sobre todo entre mujeres que se han pasado desde los trece hasta los veintinueve años pensando que una mujer de treinta ya es vieja. Al parecer se pasan la dosis de pastillas recomendada (dos al mes) por el forro y, básicamente, cada vez que beben algo aprovechan para tragarse una Pretecnotimes. Los efectos secundarios se reducen a nauseas y vomitar una comida de vez en cuando (es el nuevo embarazo, es como si quisieran re-parirse a sí mismas). A todo esto, los ancianos que regeneran células siguen demacrándose superficialmente. Lo cual quiere decir que si tienes ese síndrome de Peter Pan 2.0, eres idiota.

Jueves. Ha pasado mucho tiempo. No encontraba el diario. Me he dicho que si no lo encontraba no seguiría escribiendo un diario. Lo cual me ha hecho pensar en si realmente quiero escribirlo.
Sandra ahora tiene una pistola (ni idea de dónde la ha sacado, no me lo quiere decir). Hace tres semanas la atracaron y no ha conseguido librarse del miedo. Tampoco le ha convencido mi idea del spray antivioladores.
La pastilla Iris ha hecho al final su evolución esperada. Tomada con la regularidad indicada en el prospecto, ya tampoco envejeces superficialmente. La noticia explotó en portadas hace un mes.
Ha entrado en vigor también ahora la nueva ley sobre los matrimonios hetero (¿casualidad?). Cada pareja podrá elegir qué contrato quiere firmar (el mínimo es de seis meses). Los matrimonios gays exigen los mismos derechos para ellos. Estoy pensando en decirle de pasada a Sandra si ella se casaría conmigo. En plan tradicional, “para toda la vida”.

Martes. Asco de día. Sandra me ha insinuado que le gusta el contrato de tres años. Tres años de matrimonio está bien, ha dicho. Que luego podemos renovarlo, que qué me parece.
Ahora por las mañanas desmonta su pistola y la limpia como quien hace una operación a corazón abierto. Me ha dicho que podemos jugar con ella en la cama (siempre disiento cuando saca el tema); descargada, por supuesto, ha añadido. Siento… no sé, cosas, rollos muy chungos por Sandra. Sentimientos contradictorios. No me gusta lo de los tres años (yo quiero el lote completo de autoengaño amoroso eterno).
Ayer soñé que ella me pegaba un tiro en la cabeza y yo iba al paraíso, y allí me recibían mujeres desnudas (todas conocidas). Y es como si Freud me estuviera preguntando algo, como si me preguntara por qué ahora soy monógamo. Justo cuando iba a besar a una de esas mujeres, me he despertado. Sandra roncaba por la mañana. Y nunca la he oído roncar.

Lunes. Al final cedí. Tres años de contrato. Llevamos dos semanas casados. Sandra quería celebrar la ceremonia en la galería de tiro que frecuenta. Yo cedí (a esas alturas estaba tan quemado después de preparativos y gilipolleces que ya no tenía fuerzas para discutir sobre nada). El espectáculo, pues, fue el de ver a una chica vestida de novia disparando su pistola sin parar. Nos casamos “por la iglesia”. Ahora ya todo es muy abstracto, todo está muy pillado por los pelos. Todo es de paso. Ahora morir ya no es ley de vida; sólo es el resultado de haber sido un gilipollas; haciendo cosas como conducir borracho, o como tener una pistola en casa (pero como he dicho, ya estoy cansado de discutir). Con todo, ella tendrá veintiséis años visuales para siempre. Yo, veintiocho. No queremos tener hijos aún. Lo más parecido es la pistola de Sandra.

Martes. Querido puto diario. Todo se descontrola. Los católicos cada vez confirman más lo que muchos sospechábamos (que son una secta.) Ahora muchos consideran la inmortalidad que se ha fabricado el hombre como el mayor pecado. Se reúnen en iglesias y se suicidan para ir al cielo cuando creen que Dios les llama (lo cual traducen en señales, o lo que ellos interpretan como señales…; la última noticia habla de un chico de veinticinco años que –según la carta de suicidio– se desangró en la bañera por haber visto un cartel publicitario; era de colonia, el lema era: Ha llegado tu hora. La marca ha retirado todos los carteles).
No se sabe cuándo el planeta se convertirá en una especie de piso ocupa a reventar de gente reclamando sus derechos. Parece que la ignorancia relacionada con la religión echará una mano. Los dilemas éticos se amontonan en la cabeza de quienes creen en la raza humana (no es mi caso…).
Sandra está comenzando a darme miedo. Ya lo ha conseguido, ahora le gusta follar con la pistola en la mano (y siempre con un dedo en el gatillo). Hace tres días, después, vi que estaba cargada. Aún no me he atrevido a decirle nada sobre el tema (uno de los motivos es que me encanta cómo folla arma en mano). Normalmente nunca la carga, pero temo que ahora comience a cargarla de vez en cuando para convertir el sexo en una especie de ruleta rusa.
Nos faltan dos años de contrato.

Jueves. Querido diario de mierda. La tercera edad se está comenzando a suicidar (ni tan siquiera se limitan a dejar de tomar las pastillas). Se ha disparado la venta de la Guía Tab. La gente joven adora la inmortalidad, las chicas la adoran; pero la gente muy mayor está pasando de ser eternamente viejos. Además se rumorea que en ciertos centros se administra Iris a los enfermos de alzheimer (el alzheimer sigue estancado). Hay manifestaciones por el derecho a la eutanasia vía muerte natural.
Y Sandra se ha comprado otra pistola (no se ha deshecho de la anterior).
Su prima, la adicta a Iris, ha entrado en un programa de desintoxicación de doce pasos. Dice que está encallada en el séptimo: “Sin miedo, hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos”. Paso que coincide con el cuarto de Alcohólicos Anónimos. Ahora quedo con ella los martes. Tomamos algo juntos siempre en la misma cafetería. Hay un hotel de dos estrellas justo en frente que yo a veces miro de reojo. Se llama Marisa (ella, no el hotel), tiene treinta y dos años visuales, y odia las armas.

Viernes. El buzón está siempre lleno de panfletos verdes. Ahora ya nadie quiere apuntarse al ejercito. (Aunque en Estados Unidos se ha disparado la venta de armas de fuego…) Los conflictos bélicos se han convertido en una colección absurda de videos en Youtube (soldados que se niegan a saltar de un helicóptero, coches blindados que dan la vuelta cuando ven algún otro vehículo de fondo, soldados llorando en oficinas militares porque quieren volver a casa, etcétera). En los periódicos ya nadie quiere ser corresponsal de guerra. La sociedad conservadora (cualquiera de ellas) sigue matándose a sí misma por Dios. El Islam… bueno, el Islam sigue a su rollo. Los budistas también. Y también Sandra…
Sandra ahora solo quiere follar estando ella encima. Se ha comprado un sombrero vaquero. Y ahora ya sé que siempre carga las pistolas… Querido diario de los cojones… No sé qué hacer. Marisa ha superado su séptimo paso. Y la verdad, tengo miedo de cómo pueda reaccionar Sandra si corto con ella.

Domingo de resurrección. Se dice que esta semana santa el índice de suicidios se ha disparado… Han encontrado al cristo de la Iglesia del centro con una Guía Tab, esa guía sobre el suicidio, pegada con cinta aislante al pecho.
He quedado para comer con Marisa. Dice que ya se ha desenganchado del Iris; no toma más que el estrictamente necesario. Sospecho que Sandra me la está pegando con un tío de la galería de tiro. No siento nada especial al respecto; sólo una punzada de alivio (con la acostumbrada sensación de haber estado perdiendo el tiempo en pareja). Nos quedan seis meses de contrato. Dudo mucho que los cumplamos. Hoy ha sido Marisa quien ha mirado de reojo el hotel de dos estrellas. Hemos pagado la cuenta y hemos pillado una habitación. Estaba asquerosa. Olía a algo entre cocido y vestuario masculino. El sexo ha estado bien. No ha sido la explosión parafílica que tenía ya siempre con Sandra; pero ha estado muy bien el no pasar miedo de morir de golpe durante el orgasmo femenino.
Marisa es, digamos, cariñosa. El tipo de mujer que antes los hombres querían como potencial para compartir toda la vida. Ella también le ha puesto los cuernos a su marido (su marido es católico, le ha descubierto una Guía Tab escondida en el piso que comparten; en un sombrerero). Supongo que tendré que arriesgarme a ver qué pasa si le digo a Sandra que sería una buena idea «rescindir» el contrato. Sé que ya existe un programa de doce pasos para adictos a las armas; es fácil reconocer a uno (si por ejemplo folla con una en la mano…). Pero Sandra está cada vez más imbuida en su mundo. Ya no es la chica que quería para una boda tradicional (o eso o es que ahora la estoy conociendo bien…).
Estamos entrando en un colapso espiritual mundial (eso se dice, aunque no sé bien a qué se refieren). Tendré que habituarme a la monogamia en serie (esta vez como único modo de vida sentimental posible, y no el clásico “ya me voy apañando” de toda la vida). Marisa me ha dicho que al menos no somos vampiros…
(Y ya no volveré a escribir nunca más en ti, Diario Personal, porque creo que uno de los motivos por los que Sandra se folla a sus compañeros de armas, es que te ha descubierto. Así que ADIÓS. Así que me voy directo a la cama de matrimonio, me voy a tener mi último trío con Sandra y Gaston Glock, y luego negociar nuestra rescisión de contrato. Deséame suerte.)

pieza

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5,5

Lo que sea que se arrastrase del agua para iniciar aquello en lo que no creen los católicos, seguro que lo hizo por los pelos. Estás aquí haciendo y diciendo cosas por los pelos, de casualidad, no das para epatar a nadie en una entrevista de trabajo para currar en la Existencia. Qué pomposo; pero igual era cuando entrabas por la mañana a tu curro infantil, algo que hacías pagando y que probablemente consistía en apagar tu llama. Tu curro era dejar de hacer las preguntas que te decían eran equivocadas, y responder correctamente las que te decían eran correctas según ellos habían preparado la jornada. Lo importante era que entendieras cuál era la senda filosófica “práctica” para tu espíritu de sacrificio. La obra de teatro del hogar también era importante, era una ampliación de tu trabajo infantil, y trataba de un niño que se empeñaba (o no) en no decepcionar a nadie. Todo con la predisposición del aficionado a la coprofagia que en realidad solo está fingiendo, porque tiene la sospecha de que igual no le gusta tanto comer mierda, por más responsable que le hayan dicho que eso sea.
Pero solo es una sospecha, claro, el niño no sabe dónde se ha metido, o dónde le han metido; se limita a intentar disfrutar de su entorno; esto sucede cuando aún no le han convencido de que la vida es agridulce, luego un poquito peor, y de que además él se deberá encargar de parasitarla así. Todo eso es así por algo, esas exigencias, pero él no sabrá bien por qué; lo que le dicen es que es por su bien y por el de todos. No le dicen que esa actitud solo vaya a beneficiar de una forma real a solo unos pocos (y solo de una forma), unos cuantos que él no conoce, y entre los que solo tendrá muchas oportunidades de estar si su afinado carácter le convierte en lo que teóricamente se dice es un Psicópata. La mayoría de psicópatas no son tíos que coleccionen armas blancas ni salgan de noche a violar y matar, o que se unten de sus propias heces en casa para llamar a alguna puta de mal pasado numérico que les chupe hasta dejarles limpios. El psicópata más extendido suele tener un pasado brillante, y un presente que es una delicia de buena ropa, buen olor y tarjetas de crédito tan elegantes que emocionarían a cualquier padre un domingo en la comida familiar. El niño ha llegado lejos. El pez se muerde la cola, y el ser humano es el caníbal recto de sí mismo. El psicópata que abunda más y que más daño hace se parece más a tu novio que a Ted Bundy. Y los grupos terroristas que perjudican a todos a un nivel más masivo tienen más que ver con la familia tradicional que con la mafia italiana, ETA o el IRA. Los integrantes de los grupos organizados armados de toda la vida solo tienen una destilación más que tu vecino, el que madruga como nadie y barre sus frustraciones bajo la alfombra de mil papeles oficiales. Los cabrones con poder que te están jodiendo son compañeros filosóficos tuyos, habéis salido del mismo plan de acción, de las mismas buenas intenciones parentales; la única diferencia es que ellos han llegado más “lejos”, y el matiz que casi nadie parece querer reconocer, es que reciclamos sin parar una forma de hacer las cosas en la que prosperar más suele significar hacer más daño a los demás. Cuanto más presente estás mayor es tu radio de acción, mayor es la onda expansiva que deja a los otros muertos o deformes. Sin embargo al niño le vendieron lo contrario. Le vendieron que el esfuerzo solo podía traer cosas buenas, lo cual es como decir que un coche es maravilloso y te lleva lejos, que te hace un Triunfador por la muestra de poder adquisitivo, sin mencionar que es además una máquina que se suele cobrar miles de víctimas cada año.
El niño ha crecido y dice todo esto, pero claro, el niño no tiene muchos estudios, de modo que probablemente solo esté intentando justificarse. O a lo mejor solo quiere follar más. O puede que solo intente llamar la atención de cierta chica en concreto, ésa con la que preferiría sólo estar antes que follar con otras. Inputs y más inputs… el niño nunca sabe hacerse entender del todo, ¿verdad?, solo ha aprendido a sonar elevado o rebuscado. Nunca suenas sólido si no te han dado credibilidad justo aquellos a los que criticas, como si no pudieras decir que una bomba es mala sin tener alguna malformidad o haber pisado alguna mina. Pero el niño también estuvo en esa guerra, solo que le mandaron a casa pronto por, en teoría, no ser lo suficientemente valiente. Quedó descalificado en la carrera hacia la Inteligencia, porque en cierto momento su 5,5 no alcanzaba la nota media. Era no apto para tener Credibilidad, conservaba su DNI y gracias, y durante mucho mucho mucho tiempo creyó a pies juntillas que eso significaba que no podía hacer nada, o que al menos no podía hacer un montón de cosas, o al menos las cosas con chicha o divertidas o emocionantes. De modo que durante años fue de un lado aburrido a otro como un muerto viviente que se había echado a perder a sí mismo, cuya idea de la felicidad era olvidar su propio fracaso, y cuya filosofía era la misma que la de quien había logrado la Inteligencia y había sido condecorado en la guerra por la Credibilidad.
Puede que lo que no tuviera previsto ese sistema fuese que el niño comenzara a interesarse por cosas más allá de las tetas de Fulana, los viernes y pegar buenas cagadas, porque a pesar de que el niño no tenía interés o motivación alguna por todo aquello que sonase a académico, leía casi todos los días y tenía un extraño sentido de la curiosidad, le interesaba el mundo en el que vivía y, al principio en secreto, decidió que todo no era igual en la vida que una carrera de atletismo o una suma. Cualquier mínima capacidad de razonamiento tuya llevaba a los demás a pensar no que tú fueses alguien independiente (la independencia es solo física o económica) o algo parecido a inteligente (la inteligencia es solo algo curricular), sino solo un veterano de guerra desquiciado que ni siquiera quiso encajar el servicio militar. Un poco más crecido, no quisiste adulterar algo que comenzaste a considerar importante usándolo para otros propósitos que no fueran ser tú mismo de verdad. Quisiste profundizar en semejante anti-productiva idea. Al menos el niño comenzó a oír voces discordantes que atacaban frontalmente la lógica que le había escupido a la cuneta del único sentido común operante, y se emocionó por fin ante la posibilidad de que quizá, solo quizá, él pudiera ser Alguien aunque no le sangraran los codos ni se hubiese pasado noches y más noches digiriendo la comida oficial y haciendo muecas y soportando arcadas. Resultaba que a lo mejor no sangrar por el culo no era un síntoma de no tener dignidad intelectual. El niño escuchó y leyó las voces de algunos escritores, y tuvo que contener las lágrimas la primera vez que vio cojear a Ken Robinson. Comenzó a sentirse menos solo en su isla de irresponsabilidad oficial; puede que no solo estuviera intentando justificarse o follar más, puede que su línea de pensamiento tuviera algún sentido, quizá no fuera solo otro de río de palabras de los que llegan al mismo mar de agua corrupta al que llegan las de la sección de autoayuda o Coelho. Incluso puede que estuviera vislumbrando la separación inevitable que hay entre el camino hacia el amor y el camino hacia el dinero. El amor comprendido en su sentido más puro y genérico, y el dinero como lo único que es y ha sabido ser. El niño se vino arriba y seguramente acabe abajo y sin Julieta justo por eso, pero el niño sintió que pensaba por sí mismo y no como el vecino, y como entendió que la vida real no es tanto “fraguarse un porvenir” como un fenómeno de prestado, quizá fuese mejor estar con ella que follar con otras.

amst

Fuga a la novia

Suena odioso y repetitivo, pero no se puede jugar al aguante cuando ya no tienes veinte años. O quizá puedes tú, pero tu cuerpo podría comenzar a llenar de correo no deseado tu cabeza y tu estómago. Han tenido que pasar treinta años para que vomite en el retrete de una discoteca. Si empiezas desde mediodía a juntar cañas y medianas y demás, y si a eso le sumas el que tú siempre has sido más de café, el resultado puede ser demasiado previsible y aburrido como para desarrollarlo. Abundemos en ello, pues.
Un poco antes de la tormenta, no vuelves a casa porque vas más tocado de lo que crees. ¿Tiene eso algún sentido? Sabes –en el fondo– que la paella en grupo de hace unas horas sigue intacta contigo. Ni siquiera habéis cenado. Sabes que no está operando el proceso de digestión. Al menos NO lo está haciendo a la manera agradecida. Tu estómago, desde hace bastante, es más un almacén que un estómago. Tu tracto intestinal está sopesando la posibilidad de cortar por lo sano.
Luego los soldados desembarcan, y comienza la escabechina…
Metes la cara en el retrete y e intentas hacerte un exorcismo a ti mismo. Vuelven todos los aromas del mediodía, pero con un matiz de pesadilla gástrica; te lloran los ojos y todo tu cuerpo se congestiona. Es imposible el sigilo, todos los tíos que entren al lavabo en ese momento oirán toda tu performance treintañera. Ha habido monólogos del club de la comedia mucho más cortos. Ni siquiera hay algún motivo por estéril que sea, solo salíamos a echar un vermú de sábado, puede que una comida tranquila. Y entonces oyes que un tío que estaba en el habitáculo de al lado se pone a vomitar en paralelo contigo. Un tío que estaba con su nº 2, y al que le has revuelto la vida. Lo sabes y él lo sabe; entráis en un bucle de daros asco mutuo. Creo que el otro solo consigue sacar bilis. Al acabar ambos con todo el ritual de danzas y homenajes sarcásticos a la malnutrición, os extraéis como podéis a vosotros mismos de vuestros receptáculos de sufrimiento. Evitáis cruzar miradas al salir del lavabo, como si os acabarais de penetrar desde la «heterosexualidad»…
Luego lo que hago es no volver a casa. Alguien me pone el gancho y balbucea algo cuyo mensaje entre líneas es que todo esto es la sublimación más pura de la amistad. Ahora es cuando tengo que sentirme vivo y agradecido.
Al cabo de un rato te encuentras mucho mejor, así que decides quedarte. Alguien te dice que la noche es joven, lo cual es la forma más clara posible de afirmar que tú y tus amigos ya no lo sois. Solo os habéis empeñado en meter un cuadrado dentro un círculo. A nadie con 19 años se le ocurriría decir que la noche es joven; cuando algo así es cierto no necesitas recordarlo, no tienes que convencer a nadie, y mucho menos a ti mismo. Es bastante posible que toda esa gente que está siempre masticando la palabra «optimismo» esté a dos pasos de mono del suicidio. Que le pregunten a Choi Yoon-Hee.
Todo el mundo en la discoteca tiene diez o doce años menos que tú y tus colegas. Las luces te atontan y la novia de alguien te recomienda qué beber para asentar el estómago. Es al cabo de media hora cuando llegan las tías de una despedida de soltera.

Es el paisaje habitual de diademas-polla y griterío, mujeres de todas las edades y chupitos a granel. La media de edad del local se equilibra. Sujeto un vaso de cubata con una bebida no alcohólica. Creo que tengo fiebre, me siento atontando y sigo recibiendo correo de mi estómago, aunque ya solo de naturaleza administrativa. Estoy en lo que en términos de salud estomacal se podría llamar: periodo de posguerra. Creo que no comeré paella en un tiempo, y que necesito que pasen cinco días de golpe y algunos chutes de algo de la farmacia. Uno de mis amigos –ahora ya figuras borrosas en la oscuridad– hace la misma ruta que yo hacia el lavabo y vuelve con la misma cara de culo. También le ponen el gancho. El resto siguen poniendo a prueba su bandeja de correo. Algunos tontean con chicas de la despedida, muy receptivas a toda clase de flirteos, comentarios y mentiras. Todos mis amigos o bien tienen pareja o bien tienen mujer o bien tienen hasta un crío en casa. Pero hoy era salida de tíos, no todo el mundo necesita una excusa para celebrar una despedida (y puede que lo nuestro sea una despedida de la juventud). De entre todos, yo soy el único que no tiene pareja como tal; solo hay una chica que, por no alargarme (ni describir noches de sufrimiento emocional), he de decir que me interesa. Cuando eso sucede, el resto de mujeres se convierten en una visión muy distinta a la habitual. Lo curioso es que a la vez te puedes volver menos tímido, porque tienes claro quién te gusta; hablar con las demás personas se convierte en ese cómodo ejercicio en el que una cagada potencial solo es esa idiotez que al menos no le dijiste a Ella. Un amigo mío –cuya idea de hacer deporte es pasarse periodos de no menos de 40 minutos buscando aparcamiento vaya donde vaya– de repente se convierte en un atleta nato mientras habla con una pelirroja y su didema-polla. Otro le dice a una chica negra y encantadora que es médico; cuando ella le pregunta la especialidad, mi colega le dice que «medico en general, para todas las razas». Otro colega, alguien que cree que la medicina alternativa es una farsa, se convierte en especialista en medicina holística; la rubia le comienza a hacer preguntas y él asiente como si fueran afirmaciones. Otro es director de cine. Otro desfila ocasionalmente. Y Rubén, mi amigo más complejo y rebuscado, le dice a una morena del tipo Biodramina que es gay. Rubén es el gay más activo en el mundo del sexo hetero de la ciudad. Su historia va sobre no atreverse a salir del armario. Así que, delante de la chica adecuada, se «sincera»; ella es la primera en saberlo, su primera confidente, años de mentiras por omisión que el pobre chico consigue obviar, y Ella (la que sea) es la mujer con quien se ha atrevido a abrirse. Todo vale con tal de no parecer previsible o sencillo o simple. No deben pensar que solo eres el mozo de almacén social que transporta su polla de un lado a otro. Lo bueno de las chicas de despedida es que a menudo se ponen a tu mismo nivel peripatético. Lo que se habla es solo una previa, a veces a nada, y otras veces, a estas alturas, a olvidar que te espera un bebé en casa, o una mujer con la que llevas años de sólida y responsable relación. Hay quien cree que sabe identificar a los tíos macarras que engañan a las mujeres, pero lo cierto es que el engaño es algo practicado por toda clase de tíos (y tías). No es exactamente una aberración, es posible que ocurra por lo mismo que hay terremotos. La ocasión la pintan calva, y aunque no sabría decir cuál cojones es el origen de esa expresión, todo esto está basado en hechos reales. No hace falta que nadie secuestre a tu hija para que alguien luego lo represente. A veces la mejor historia dramática puede surgir del simple, responsable y escalofriante hombre del montón.

El asunto de la novia nace de una conversación de naturaleza casi onírica. El local tiene unos apartados con sillones y mesitas a la altura de la tibia. Todo para la foto, y absurdamente incómodo si tu plan no es dormir o tirarte la bebida encima. Alguien me ha pedido un cóctel de algo rojo (y supuestamente saludable) vertido en un vaso con tacón de zapato de travesti venido a más. Estoy con mi colega Bruno, electricista de oficio, y hoy profesional del deporte y que casi fue atleta olímpico si le preguntas a cierta muchacha que ahora se contonea en la pista mientras otro tío le miente y hace su intento.
–La novia –dice en cierto momento. Apura un cubata de algo rematadamente alcohólico, me llega una ola de olor pútrido de borracho.
–La novia –digo yo. Repetimos conceptos durante unos minutos sin llegar a ningún lado.
–Ligar –dice él tras muchos rodeos.
–Ligar, sí.
–Alguien debería ligársela.
–A la novia. Estoy de acuerdo. Alguien debería ligársela.
–Salvarla del cretino con el que seguramente se va a casar.
–Un cretino. Seguro.
–Un capullo casadero. Ningún tío con planes de casarse puede ser fiable.
–Un mentiroso patológico.
–Seguro que el padre de ella es dueño de todas la bananas de Asia o algo así.
–De Asia. Seguro.
–Esa chica está perdida. No podemos dejar que eso pase.
–No podemos.
–Si la dejamos, seguro que tira al menos diez años de su vida a la basura.
–Lo típico.
–Echarán al mundo un par de gemelas y luego llegarán los gritos domésticos, puede que incluso el maltrato.
–No deja de pasar.
–Y nosotros podemos evitarlo.
–Todo es cuestión de…
–Podemos corregir el destino terrible de esa chica. Puedo olerlo.
–Lleva una diadema-polla muy estilosa.
–Se ve a la legua que es una chica con estilo. Demasiado joven para quedarse enredada en las redes de un cazafortunas.
–Las redes, tío, sí.
–Deberías ser tú el que lo hiciera.
–Claro que s… ¿Yo?
–Tú, tío, que la tía pase una buena noche con un buen tío, un no-cazarrecompensas.
–Un no-cazafortunas.
–Eso. Tú puedes ser muchas cosas, pero no eres un cazafortunas. Respetas a las mujeres.
–Especialmente a las hijas de los millonarios…
–Tienes que levantarte de aquí, dejar conmigo tu bebida travelo y darle conversación a esa criatura. Salvarla, tío.
–Creo que te está afectando la paella de hoy, creo que estaba corrupta, ¿no estás mareado?
–Lo que tenemos que hacer es cambiar el mundo, colega, salvar a las mujeres, ellas son el salvoconducto.
–¿En serio eres electricista?
–Mi bisabuelo era cartero, mi abuelo era cartero, mi padre es compañero del gremio eléctrico. Es una bonita profesión, tío. En mi familia hemos ayudado a la conducción de toda clase de electricidad. Y tú ahora debes ser el primer tío sensato en la historia de las discotecas de Periferia.
–El primer tío sensato, sí
–Inyecta una dosis de sentido común, colega, aquí y ahora: reconduce. Pasa a la Historia. Yo se lo contaré a mis nietos. Ese fue el tío que comenzó la revolución, les diré, y era colega mío, y estaba bebiendo algo rojo y ambiguo que le recomendó la novia de alguien con quien habíamos comido ese día.
–Tus nietos se aburrirán con todo ese rollo…
–Mis nietos fardarán de que te llegué conocer.
–¿Porque yo ya habré muerto para entonces?
–Eso es lo de menos, lo que importa es qué legado dejamos, ¡eh, qué haces!
Me levanto y voy hacia la novia. Hacia la mitad del trayecto comprendo que quizá era todo una coña muy elaborada de Bruno, pero si seguía un segundo más sentado ahí me iba a dar una aneurisma. La música del local invita a clavarse algo de tu cocina muy profundo en los oídos. Llevo conmigo mi bebida ambigua, quizá por un pasado de maltratos por parte de sus padres, ambos vinos añejos y conservadores. Pasa constantemente. Me llego hasta la barra. Lo que distingue a la novia de sus amigas es que lleva un pequeño velo saliente de la base de la polla de mentira; eso y que en su camiseta pone: “Yo soy la novia, sí, qué pasa”; algo que sospecho forma parte de alguna broma interna entre las muchachas. Están pidiendo otra ronda de chupitos. Al ver que intento meter baza, me quieren invitar. No hacen caso a mis comentarios sobre haber sacado casi las tripas antes en paralelo en el lavabo con otro tío. Acepto el chupito. La novia es sorprendenteme guapa de cerca, y también joven. Puede que al fin y al cabo sí sea víctima de una encerrona. Su piel y sus manos denotan que aún no debe haber pasado un mal día de verdad en toda su vida. Es como si jamás hubiese llorado o estado sentada en una sala de espera. Lo que es seguro es que no gestiona su propio huerto urbano ni ha manejado maquinaria pesada… Es una hija “pija” más de esta nuestra era de lo prefabricado, obrera servicial solo a un nivel mental: un buen trabajo es estar sentado, uno malo es estar de pie o usar las manos. Otra persona “compleja y preparada” cuyos razonamientos en realidad carecen de matices en lo relacionado con la vida de lunes a viernes.
El chupito me baja como si fuera un erizo pequeño empapado en alcohol. Las tías se ríen de mí. Qué novedad. Intento hablar con la novia. Podría ser que ella hubiese probado algo más que el bebercio hoy…
–¡Enhorabuena! –grito, por encima de la asquerosa y constante música.
–¿Por qué? –grita ella.
La pista de baile está justo a nuestro lado, lo cual hace que la mayoría de tus potenciales habilidades para relacionarte se anulen. Esto es lo que al gente llama «salir y conocer gente».
–¡Te casas! –aúllo–, ¿no?
–¡¡Sí!! ¡¡Me caso!!
Entonces la amigas comienzan a gritar eufóricas; pero creo que no saben qué decimos, solo han visto a la novia espolearlas a gritar con un enérgico movimiento de brazos.
–¡Estarás contenta!
–¡¡Estoy muy contenta!!
–¡¡¿Cómo va la noche?!!
–¡No te oigo bien!
(Inaudible.)
–¡Joder, qué fuerte vas!
(Inaudible.)
–¡No creo que a mi novio le hiciese gracia!
–¡La diadema tiene mucho estilo!
–¡Gracias!
–¡¿Quieres otro chupito?! ¡Te invito!
–¡Gracias!
En realidad no tengo ganas de otro chupito, y tampoco me queda mucha pasta para ir invitando a la gente, pero necesitaba una pausa, algo que me diese un respiro, un respiro a mi cabeza, a las cuerdas vocales, a la propia novia. Nunca entenderé la asociación de las discotecas con la idea de ligar; a no ser que tu idea de ligar sea follarte a la gente inconsciente… Eso tiene bastante sentido, el amor no-verbal; ¿a cuánto está el divorcio?, ¿50 por ciento de posibilidades?
–¡No lo sé! ¡Qué mal rollo!
¿Lo he dicho en voz alta? Naturalizo;
–¡¿Te lo has pensado mucho?!
–¡¡El qué!!
–¡¡Lo de casarte!!
–¡¡No lo sé!! ¡¡¿Sirve de algo?!!
Buena pregunta.
(Inaudible.)
–¡Qué cabrón eres!
(Inaudible.)
–¡No, solo un agujero!
(Inaudible.)
–¡Sí, espera!

Han tenido que pasar 30 años para que sea yo quien dé el primer paso con las mujeres. Vamos a uno de esos rincones con sillones con carácter; tanto carácter que no hay quien los aguante. Pero al cabo de diez minutos capto otra utilidad para los mismos. La de enrollarte con una chica que se ha prometido y tiene todos los preparativos listos para su boda. Entre morreo y morreo adolescente me cuenta la de meses y gilipolleces que ha tenido que aguantar para poder tener «una puta iglesia» y «un puto restaurante» en el que puedan ponerse a comer todos «como putos cerdos». No le gusto, solo me ve apto para su propósito, que es ponerle los cuernos no tanto a su novio como a su vida, o más bien a la vida tal y como los demás le han inculcado tiene que vivirla. Si esta chica está hecha para casarse yo estoy hecho para hacerme agente comercial… Es el principal problema en la vida de la tira de gente, creen existe eso llamado Normalidad, que solo existe de una forma; pero lo cierto es que debería ser el concepto de normalidad el que se adaptase a cada cual según sus intereses y carácter. Esta chica no debe tener ni 25 años, y creo que es bastante obvio que no necesita casarse, y que no solo no lo necesita, sino que además podría perjudicar al menos a un puñado de personas con ello. Con suerte, no a sus propios hijos… Puede que cuando llegue a los 50 años y si cree que va poder estarse quieta, puede que eso (comprometerse) para ella fuera lo normal. Y no necesariamente tiene que tener hijos. Hay para quien lo normal sería no casarse; otros creen que no solo se ha de tener un hijo, sino dos, para que el primogénito no se sienta solo. Otros creen que es buena idea correr una maratón de vez en cuando. Otros creen sublimarse y tener la teoría perfecta sobre el respeto, la naturaleza y la alimentación haciéndose veganos; otros no quieren comer nada que no haya tenido cara; otros practican la lluvia dorada; otros hacen puenting o se tiran de un avión… Una de las acepciones de «normal» es Todo Aquello Que Se Encuentra En Su Medio Natural. El medio natural de esta chica no es una iglesia, ni un restaurante a mediodía. Puede que en treinta años lo sea, pero no ahora. Algo más sobre el término Normal es que se refiere a todo aquello que se toma como norma o regla social, y aquí es donde todos se aferran como a un clavo ardiendo, la agenda que te lleva esa secretaria tuya llamada Dios.

Ambos grupos, tías y tíos en modo despedida, salimos juntos de ese garito. Han pasado qué se yo cuántas horas. La paz te invade cuando sales de una discoteca, es casi como una sobredosis de calma, te sientes medio sordo; con el aire nocturno es como si inflaras los pulmones en medio de un camino de montaña y Gandalf estuviera a punto de pasarse con su carroza y fumando de su pipa.
Varios de mis colegas han sacado botellas de cristal de la discoteca, cervezas que se han escondido como han podido bajo la ropa. La novia ha decidido no separarse de mí aún, porque la otra opción es la de seguir pensando en que si no hace ciertas cosas va a decepcionar a todos. Me lo dijo estando aún en uno de esos sillones. Hay familias, especialmente padres y abuelos que, por aburridas y asquerosas que hayan sido sus vidas (y en muchas ocasiones lo han sido), quieren verte repitiendo el patrón: tienes que emparejarte en serio a cierta edad, casarte a cierta edad, tener un crío para hacer a la gente abuelos o bisabuelos; luego el crío tiene que bautizarse, luego tiene que hacer la comunión para que todos le puedan ver disfrazado de marinero o princesita, etc. La clave, efectivamente, está en un cúmulo de pequeños detalles, pero en todos, y así es como a menudo nuestros mayores, con toda su «experiencia y sabiduría», se encargan de parametrizar y esterilizar gran parte de la vida de las nuevas generaciones. A cierto nivel, a partir de una temprana edad, ya te han cortado los testículos o hecho la ablación del clítoris. Y no hablo de genitales, ni siquiera necesariamente de sexo. Es un clásico bastante silenciado (o poco debatido así), la castración de los padres a los hijos. Ojea unos cuantos libros de Historia y verás que muchos de aquellos que hicieron algo grande (o hasta determinante), lo pudieron hacer porque la primera norma era no hacer ni puto caso a nadie, a NADIE. Eran los raros. Se repite la misma historia hasta el infinito. Ahora cuando la gente te dice que tienes que confiar en ti mismo, lo que parecen gritarte en el fondo es que no se te ocurra confiar en ti mismo, sino en ellos: has de esforzarte en la misma dirección que ellos. Porque si yendo a tu bola acabas siendo feliz no solo de boquilla, ¿en qué lugar les deja a ellos ese escenario?
Obviamente, si no quieres hacer caso, todos se encargarán de pincharte desde el otro ángulo (y el más fácil), porque: has tirado tu vida por la borda, y jamás conseguirás lo que quieres. Esto es una jodienda a varios niveles, porque no solo significa qué cosas deberías hacer y no has hecho, sino cuándo deberías hacerlas o haberlas hecho. Si alguien se casa a los 50, muchos dirán: «ya era hora»; raramente pensarán: «bueno, él ha elegido y era su momento… ». Lo que asumirán es que esa persona no quería hacer eso, pero que por fin se ha dado cuenta de que eso es lo mejor, y de que todos tenían la razón menos él. Ese gamberrete vago por fin ha sentado cabeza. El sentido común ha vuelto a vencer. Otro perdido de la existencia ha salido a flote. Mejor tarde que nunca. A caballo regalado no le mires el diente. Quien a buen árbol se arrima… Y así pueden pasarse cuarenta años adultos convirtiendo a nuevos chicos y chicas en clones cabizbajos de ellos mismos. La novia es un ejemplo de los de toda la vida. Supongamos, en base a la esperanza de vida (que es mayor en las mujeres), que la chica llegue a los 80 años. Ahora qué tiene, ¿23?, ¿24? ¿Boda? ¿No se ve venir demasiado papeleo, confusión, aburrimiento atroz? El primer padre, la primera madre, los primeros padres que sepan callarse la boca en los momentos adecuados, nos harán avanzar 70 años a nivel occidental. Estos pequeños detalles que parecen estúpidos o hasta de rutina amable, pues bien, estos son los anticuerpos, así se expande la gangrena, así los hijos se convierten en sus padres y no en ellos mismos.
Las cervezas no tardan en romperse. Más concretamente, las rompen, y no de un modo silencioso o demasiado responsable. Algo terrible empieza a suceder, y es que comienza a amanecer. Creo que no recuerdo un buen amanecer en mi vida. Todos han tenido que ver o con amputaciones brutales del sueño para ir a sitios horribles, o con noches de este tipo, alargadas hasta lo insoportable, y que te dejan tan hecho mierda en la cama que luego no te sacudes el malestar hasta pasados dos o tres días. Esto es lo que se supone que han de hacer los jóvenes, la vida del sábado y el domingo, y luego ya dedicarse a otros para (con suerte) convertirse poco a poco en ellos. Estas son las historias que siempre se dibujan como míticas y entrañables, pasados de leyenda y vidas cuya capacidad de decisión acabó a los 25 años. Esta es la versión que la gente sigue comprando de la responsabilidad. El desahogo puntual merecido, alcohol legal y doble moral, pensamiento unidireccional, y cosas varias para un rap nunca escrito. Siempre el dinero y nunca el concepto, siempre el profesional y solo un poquito de la persona. Por todo esto y por más la novia me acaba vomitando encima, toda la pernera derecha pringada de su noche. Y por cierto que su móvil lleva como dos horas sonando sin que ella lo coja. El preocupado novio. Vamos todos a cierta zona a las afueras. Corre un riachuelo de algo así como excrementos. Salen de algún tipo de agujero o cloaca. Al fondo podemos ver en el horizonte las luces de Sonora. No hay diferencia a no ser quedándote a medio camino. No hay movimiento real si no es en ti mismo. La ropa me huele a rayos. Llevo bóxers, así que decido quitarme los pantalones. El móvil no deja de chillar. Le ruego a la muchacha que descuelgue, que dé muestras de vida o no dejará de sonar. Junto a nosotros en los hierbajos está Bruno, deportista por una noche. Alarga el brazo y le dice a la novia que le pase el móvil. Ella, con los ojos entrecerrados y la cabeza apoyada en mi hombro, se lo da sin discutir. El atleta legendario pone el manos libres y pide silencio con el gesto internacional de pedir silencio;
–¿Sí?
–¿Niña…?
–¿Cómo?
–¿Niña?
–¿Perdón?
–¿Tú quién coño eres?
–¿Y tú?
–¡Que quién coño eres!
–Qué amable…
–¡Me oyes o no!
–¿Puedes gritar un poco más, por favor?
–…
–Es que aún no te oigo…
–¡Está ahí la niña o no…!
–Claro que sí, está aquí, no te preocupes, está con mi amigo.
La voz ronca al otro lado del teléfono larga toda una serie de improperios aburridos y previsibles, con el tono aburrido y previsible de quien cree que la vida va sólo de marcar paquete y tumbar chapas con una escopeta de feria.
–Oye, tío –dice Bruno.
Más improperios.
–No te pongas así, hombre…
La novia está adormecida.
–Mira –dice Bruno–, te diré lo que vamos a hacer… Esta chica… bueno, el caso es que no se quiere casar. Bueno, yo pensaba que no se quería casar, pero ahora supongo que la honorable institución del matrimonio no es exactamente el problema…
A todo esto y de fondo, siguen los improperios, ahora ya incluyen amenazas. Primero tienen que ver con matar a Bruno, luego a su novia, y luego a todas las mujeres, sobre las cuales añade que todas practican el que llaman el oficio más antiguo del mundo. Parece estar muy convencido de esto último.
–… y lo que vamos a hacer es cerrar este trato. Nosotros la llevamos sana y salva y tú te metes la cabeza en el culo y la sacas cuando te hayas calmado. Seguramente llevas varios años de rabia encima, y te entiendo, no creas que no, así que yo de ti tardaría en sacar la cabeza. Luego puedes sopesar las distintas posibilidades. Una de ellas es el suicidio, infravalorado en mi opinión y muy útil si lo piensas.
Por lo que sea, el chico echa a llorar, se oyen sollozos por el teléfono; parece que de alguna forma ha creído que su novia está secuestrada, algo por el estilo. Esto aburre a Bruno, que cuelga sin añadir nada más. Alguien dice que ya es hora de irse, algo que pensé yo hará unas diez horas. Cargo con la novia como puedo. El sol nos da en la nuca sin ningún tipo de educación. De entrada me molesta, pero luego me parece brillante por su parte.

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Lápiz labial genital

¿Nos hemos degradado hasta convertirnos en ese extraño del espejo?
–No sé a qué te refieres.
–¿Lo he dicho en voz alta?
–Ese tío del espejo no es más que tú mismo, es la elección que has hecho.
–No me quieres entender.
–Abunda si quieres en ese tema, aunque te advierto que no sé para cuántas caladas más nos queda…
–Ese tío del espejo no es más que la intención que opera en ti de dentro hacia fuera, ¿entiendes?, es un topicazo mortal y se alimenta de lo que los demás esperan. Este tío del espejo te convertirá en un monstruo, aunque sea un monstruo ya aceptado y asumido por todos. El hecho de que te acepten no es necesariamente bueno si los que lo hacen tienen el suficiente poso de amargura de serie. En serio, te venden eso en cada esquina, la gente hace cola para adquirir sus dosis. A veces incluso tienen un niño sin estar muy convencidos. Acaban tarados, y son legión. Hay mil maneras de hacerte desaparecer a ti mismo. De autoenterrarte. Eliminas la Persona que pudiste ser y que hubiese elegido de forma sincera y no dejándose llevar por el criterio de otros.
–Sí, abunda en ese tema… Amargura de serie, a ver, qué cojones es eso…
–Cómo te lo explico… ¿No está la anfitriona, por cierto? ¿Era una chica? No conozco a nadie aquí.
De verdad que no conozco a nadie, pero no les importa fumar de todo y como carreteros aquí dentro, así que hago lo propio y paso igual de la nube que se está formando en el techo. Cada cigarrillo enciende el siguiente, y así haces tiempo hasta que llega otra vez el porro. Nunca es suficiente; cada argumento, cada verbo o ejercicio de retórica, cada paseo gramatical pedante, a menudo dejado a medias, o hasta propio, hace que te entren unas ganas locas de colocarte aún más y pasar página. Cuanto más hablas de lo Malo, más se estanca y enraíza, y lo único que puedes hacer en realidad es afilar el ego, sacártela, ponerla a la vista de todos y mostrar cuán preocupado estás. Tú y tu respetable polla, ambos meditabundos. No conozco a nadie, pero aun así pasan el porro, y hay luces rojas indirectas y un par de pantallas de TV puestas sin volumen. En una de ellas hay porno, la otra es un canal de noticias. Dos chicas deciden comenzar a besarse en el sillón de tres plazas que tenemos enfrente. Esto no es habitual para mí. Puede que sí para esta gente, quizá incluso para mi colega si lleva una doble vida, pero mi idea de la droga y explayarme solo incluye mucho café, cigarrillos y el teclado. Ni siquiera vino ni bebidas alcohólicas. Mi experiencia con los porros constó de una fase corta a los 20 años. Luego dejamos de ver al tío que siempre tenía hierba.
–La amargura de serie es… la misma expresión lo dice, tío, la mayoría de gente aceptará encontrarse como una mierda si el resto están más o menos igual, mira a tu alrededor. Un amigo mío lo llamaba el Paradigma del Campo de Concentración. La libertad no va exactamente de muros ni de carencia de barrotes, es una idea, una forma de sentirse (sobre la que se puede mentir, por supuesto, y vaya si se miente…). A veces cogiendo un avión solo te estás desplazando dentro de tu enorme y elegantemente decorada cárcel personal, la que te has montado, porque, llámame cursi si quieres, pero la liberación está en ti, y no en fórmulas gilipollas ni a diez mil kilómetros ni en recetas para ser libre. La cuestión es que nunca eres del todo libre si no sabes de verdad quién eres ni lo que quieres. La realidad es que la mayoría de gente es nada más que Mano de Obra, y casi siempre muy barata. La idea que tienen del placer o sentirse vivos, es que les dejen en paz y en cama al menos un día a la semana. Cuando nadie les da órdenes, muchas veces hacen cosas no porque las quieran hacer, sino para matar el aburrimiento. Así de bajo está el listón. Habrás oído hablar del Placer de los Pequeños Detalles: es la Gilipollez entre gilipolleces, es la trampa más obvia, y a la vez aquella en la que más gente cae; vidas enteras edificadas sobre una Verdad sostenible durante… qué, ¿unos cinco minutos? Es estar constantemente a un paso de que te hagan pasar a las duchas colectivas, y aun así sonreír. Y ni eso te dan; matarnos ya no es un buen negocio; pierden efectivos. No te quieren cadáver, te quieren muerto, pero al nivel que a ellos les interesa. (Y no es que les importe mucho tampoco tu suicidio…) Si decides encajar de forma elegante en su rollo, te dan títulos y medallas, pero a la larga los preceptos de tu responsable destino acaban siendo los mismos. El chico de dieces acaba de adulto esperando hambriento los viernes igual que el chico de cuatros. (Y eso en el mejor de los casos.) Sumérgete en las redes sociales durante solo un par de minutos para comprobarlo… Ambos son ellos mismos sólo en su tiempo libre (aunque suelen estar demasiado agotados para tal cosa, y si es que saben quién narices son). La educación cuadriculada que han recibido es exactamente la misma, y la forma en que el sistema dota de una fatua apariencia de “equilibrio” a esa descomunal farsa, es a través de la jerarquía (resaca académica) que se desprende de la misma. Administración de egos. Hay jerarquías dentro de jerarquías dentro de más jerarquías. El chico que acabe en una elegante oficina se sentirá complacido de que ha dado lo máximo, o al menos porque creerá que lo ha hecho bien, y el muchacho que acabe en un almacén será considerado currante de bajo perfil y una más de esas personas que ha desperdiciado su vida. Pero ambos verán los domingos por la tarde de la misma manera, no digamos ya los lunes, y joder, no digamos ya los viernes, o los sábados, o las vacaciones, o lo que sea. Lo cierto es que ambos se agitan como peces dentro de la misma red, dando bocanadas y ahogándose poco a poco en el mismo profundo desconocimiento sobre sí mismos, y en por qué el 90% del tiempo se lo pasan haciendo cosas que no les llenan ni importan lo más mínimo.
–Todo por el puto jornal que ya cobraban los pardillos que alimentaban las calderas del Titanic…
Es justo entonces cuando me vuelve a llegar el porro, y aspiro con fuerza. Creo que mi colega estaba en las nubes y no me ha escuchado mucho; o más bien miraba cómo la nube del techo toma formas, a veces quizá incluso descriptivas. Caras reconocibles o hasta frases enteras. A veces es la misma cara la que te habla.
–Lo que digo es que ahora la mayoría de gente cree que no harás nada si nadie te ordena que lo hagas; esa es la base de su saludable concepto del trabajo. Creen que, dinero aparte, es bueno que te hagan una lista de cosas que hacer, porque si no lo que hará casi todo el mundo es echarse y poner la puta tele y marchitarse. Lo escalofriante de todo esto, es que, a estas alturas, ya no les falta razón. Porque nos han educado para yacer o servir. Lo único para lo que suele estar mínimamente dotada con pasión la mayoría de la gente en términos de actividades que harían sin estar obligados, son los clásicos: comer, beber y -como mucho- follar. Si reduces a un ser humano a su mínima expresión, o dicho de otro modo, si amputas su curiosidad, su vida, su creatividad y su capacidad de explorar en la existencia, lo que te queda es -habiéndole vendido ya la moto de una noción muy concreta sobre la dignidad-: un productor cojonudo para tus sórdidos fines. Un hombre de las cavernas bajo contrato. El valiente y responsable idiota con conexión a Internet. El presente actual.
La pura verdad ahora, es que es sábado, y que de esa nube viscosa de humo del techo parece desprenderse un gas que alimenta la apatía. Además de eso, creo que me pone mucho más cachondo la tía que presenta el telediario de madrugada que las guarradas de toda la vida que desfilan por la otra pantalla. Un tipo fibrado y de facciones raras se corre sobre la cara de alguien, y yo solo puedo pensar en cómo serán las piernas de la chica del Informativo. Creo que si la adolescencia existe, algo así debería ser la señal más clara de que uno la ha superado. Repito, si es que algo como la adolescencia existe (y no es simplemente el estado natural del ser humano). Asumiendo que esos periodos vitales son reales más allá de las revistas y las tertulias baratas, ¿los padres de familia que consumen porno en qué fase están?
En mi campo de concentración las nubes negras serían restos de sexólogas mediáticas, maestros de rebote y gurús de lo académico.
Hay una gran ventana aquí; alguien, inteligentemente, ha decidido abrirla. A los lejos se ven estallar fuegos artificiales. Creo que porque hoy había fútbol. Una chica colocada y desconocida apoya su cabeza en mi hombro. Ni tan siquiera sé en qué momento se sentó a mi lado en el sillón. Mi colega está adormecido en una butaca aparte. Luego se me ocurre que es demasiado tarde hasta para el final de un partido de fútbol. Así que no sé a qué vienen los insistentes fuegos artificiales. Siendo sincero, los veo a menudo, y la mayoría de veces no lo sé. Lo inquietante es que cuando cuento al día siguiente que los vi, nadie me suele creer. O me achacan no recordar bien la hora o desinformación deportiva. Esto me lleva a recordar cuando, debido a mis malas notas, mi padre me amenazó de crío con no dejarme ver nunca el fútbol en la tele; recuerdo cómo repliqué en voz alta en casa asegurando que me suicidaría si me quitaban el único placer que reconocía en mi vida. Fue irónico que años más tarde mis progenitores se preocuparan por justo lo contrario, cuando el fútbol dejó de importarme hasta convertirse para mí en poco más que un inevitable y molesto ruido de fondo. Eso, sin duda, me había de llevar por un camino que me conduciría de un modo u otro hacia la autodestrucción. Si el fútbol no era el opio del pueblo, ¿qué había más allá?
Solo lo incognoscible, inabastable y aterrador.
Solo yo ante la nada y diciendo cosas raras frente a ventanas abiertas mientras veía fuegos artificiales que estallaban solo en mi cabeza.

La anfitriona. Se llama Sandra, o Sandy, o Sonia; llega a eso de las siete de la mañana, estaba fuera, abajo, en una discoteca cercana. No le importa dejar okupado su picadero. Desde aquí hay una caída de seis pisos. Técnicamente esto es un ático. Los dos canales son temáticos, por cierto, en uno sigue habiendo informativos cachondos y en el otro se siguen desarrollando escenas que luego alguien tendrá que fregar, fregar pensando en el siguiente viernes que tocara de 1994 o 95 (nunca son pelis muy recientes).
Mi colega despierta como si de golpe tuviera algo muy importante que hacer. Le digo que es domingo. No tiene que ir al taller, así que a menos que sea católico, y siendo como es él, puede calmarse y decidir si quiere cambiar de postura o algo así. Me dice que no quiere hablar de política ahora.
Ambos nos ponemos en pie (o algo parecido), y caminamos con brío (o algo parecido) para salir del ático. Agradecemos la hospitalidad fantasma a la anfitriona, y luego gracias a dios y a todos los ángeles del cielo recordamos que el edificio tiene ascensor.
Ya en la calle intentamos recordar cómo llegamos a ese ático. Cada uno tiene una versión distinta. Le pregunto si él también vio los fuegos artificiales. Me dice que ayer había fútbol; le digo que fueron de madrugada, muy tarde; me insiste en que me confundo, que era por el fútbol.
Buscamos una cafetería de urgencia. Usamos las cafeterías casi como farmacias. No pedimos tanto tazas como dosis. No hemos dormido mal pese a todo. Una suave resaca. Creo que tengo los calzoncillos algo acartonados por culpa de haber pensado tanto en la tía del telediario.
–Esos canales que contratan a esas tías según las ganas que te den de meterles la mano bajo la falda, tío…
–Lo sé.
Evitamos los Starbucks de Sonora y entramos en una cafetería cuya máquina de café parece algún prototipo del siglo XIX. Si es que ya las había. Pero sobre todo parece bastante sucia, basta, sobreutilizada, como una máquina de café cuyo chulo la expusiera a cabrones de cien kilos de poca higiene y polla pequeña. Una puta mecánica cincuentona cuya mirada sigue haciendo que muchos se la quieran follar: lo que encuentras al otro extremo morboso de la chica finamente robótica del telediario.
El café entra como agua de un oasis real en medio de un desierto en el que hubiera enterrados miles de cadáveres muertos por sed e inanición. La hierba de la noche nos hace pedir también algo de comer.
La camarera es el excitante término medio sumamente follable entre la metafórica puta cincuentona y la muchacha periodista recién salida del horno universitario. Una tía de veintimuchos a la que le presupones al menos un crío, un marido soso y algún afortunado amante que mantiene en pie esa vida familiar follándosela cuando menos culpable se siente mamá. Bienvenidos al centro de Sonora: a pesar de todo, puede resultar entrañable.
A poco de que todo el mundo decida celebrar cada año hasta los cumpleaños de sus perros con tal de No Pensar, y de que el amor sea ya algo tan dulce, manejable y procesado como los donuts sin azúcar, se va llenando esta cafetería, y sospecho que la mitad no han dormido hoy. Para algunas personas una cafetería es como un after. Estamos en esta nuestra época, esto es la previa al siguiente capítulo gordo de los libros de historia. O eso dicen. Y cada vez es más fácil de creer. Aunque todos se aferran a los dos últimos siglos; no conciben el que hubiese habido otras formas de vivir o hacer las cosas; o en todo caso siempre les parecen mucho menos prácticas. Pero sobre todo no quieren saber nada del futuro, o al menos de un futuro que se pueda desarrollar en unos términos que no sean exactamente los que aún son capaces de mantenerles ocupados, anestesiados y estériles para consigo mismos. La idea de sentirte vivo de verdad choca con la idea del placer de los pequeños detalles. El súmmum de la sofisticación es una mamada de alguien con quien no hayas follado más de cuatro o cinco veces. La ironía llevada al extremo más obsceno es una chica de veintipocos años que se emociona en medio de su gran fiesta de aniversario mientras recibe los regalos. Las grandes palabras, a la práctica, van acercándose poco a poco a tener la profundidad de un charco en el asfalto. Sentimientos. Amor. Tristeza. Tristeza. Mira a la camarera, va de un lado a otro. Seguramente folle con A los días típicos, viernes, sábados, alguna vez entre semana, puede; y es probable que tenga algún día fijo para follar con B, quizá los miércoles o los jueves, mientras queda de modo ficticio con alguna amiga, alguien con quien ha acordado que si A la llama ella dirá que sí, que no, que no está pasando ESO otra vez en la historia de la relaciones. Aunque seguramente a veces haya momentos de bajón para la camarera, puede que cuando se quede mirando a algún potencial bebé que haya podido parir, o cuando recuerde a A y lo gracioso que estaba con su traje de novio. Hay gente que lo tiene asumidísimo, a largo plazo quienes mantienen el frágil equilibrio de muchas parejas y matrimonios, son los amantes y las putas. Otras veces hay amor de verdad. Pero el caso más masivo parece el de hacer rayajos en agendas físicas o mentales.
Mi colega y yo vagamos luego por la calle, entre familias y turistas. Sonora es la nueva Roma, solo que esta vez las ruinas son industriales. Aquí se amontonan fotógrafos modernos para probar sus cámaras nuevas con chimeneas casi centenarias y tejados comidos por el óxido. El sol cae a plomo sobre el plomo, y atraviesa ventanales saturados de polvo y telarañas. La maquinaria industrial yace abandonada dentro de la periferia de la periferia. Aquí no hay centro de la ciudad como tal, no si no es a un nivel puramente geométrico. Todo soluciones bastas para problemas muchas veces inexistentes, o problemas fabricados para vender discutibles soluciones. Topamos con dos chicas tan rubias que no deben saber que debajo del hielo hay agua, y mi colega pone en práctica su mierda de inglés de niño que creció en los 80. Todo a mi alrededor me hace pensar en ese chiste o leyenda urbana o quizá hecho real, cuando un tío recibió una carta médica en la que se le aclaraba que había habido suerte, la mancha de su pene solo era lápiz labial. Lo que la posdata remataba con un: Lamentamos la amputación.

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