Lápiz labial genital

¿Nos hemos degradado hasta convertirnos en ese extraño del espejo?
–No sé a qué te refieres.
–¿Lo he dicho en voz alta?
–Ese tío del espejo no es más que tú mismo, es la elección que has hecho.
–No me quieres entender.
–Abunda si quieres en ese tema, aunque te advierto que no sé para cuántas caladas más nos queda…
–Ese tío del espejo no es más que la intención que opera en ti de dentro hacia fuera, ¿entiendes?, es un topicazo mortal y se alimenta de lo que los demás esperan. Este tío del espejo te convertirá en un monstruo, aunque sea un monstruo ya aceptado y asumido por todos. El hecho de que te acepten no es necesariamente bueno si los que lo hacen tienen el suficiente poso de amargura de serie. En serio, te venden eso en cada esquina, la gente hace cola para adquirir sus dosis. A veces incluso tienen un niño sin estar muy convencidos. Acaban tarados, y son legión. Hay mil maneras de hacerte desaparecer a ti mismo. De autoenterrarte. Eliminas la Persona que pudiste ser y que hubiese elegido de forma sincera y no dejándose llevar por el criterio de otros.
–Sí, abunda en ese tema… Amargura de serie, a ver, qué cojones es eso…
–Cómo te lo explico… ¿No está la anfitriona, por cierto? ¿Era una chica? No conozco a nadie aquí.
De verdad que no conozco a nadie, pero no les importa fumar de todo y como carreteros aquí dentro, así que hago lo propio y paso igual de la nube que se está formando en el techo. Cada cigarrillo enciende el siguiente, y así haces tiempo hasta que llega otra vez el porro. Nunca es suficiente; cada argumento, cada verbo o ejercicio de retórica, cada paseo gramatical pedante, a menudo dejado a medias, o hasta propio, hace que te entren unas ganas locas de colocarte aún más y pasar página. Cuanto más hablas de lo Malo, más se estanca y enraíza, y lo único que puedes hacer en realidad es afilar el ego, sacártela, ponerla a la vista de todos y mostrar cuán preocupado estás. Tú y tu respetable polla, ambos meditabundos. No conozco a nadie, pero aun así pasan el porro, y hay luces rojas indirectas y un par de pantallas de TV puestas sin volumen. En una de ellas hay porno, la otra es un canal de noticias. Dos chicas deciden comenzar a besarse en el sillón de tres plazas que tenemos enfrente. Esto no es habitual para mí. Puede que sí para esta gente, quizá incluso para mi colega si lleva una doble vida, pero mi idea de la droga y explayarme solo incluye mucho café, cigarrillos y el teclado. Ni siquiera vino ni bebidas alcohólicas. Mi experiencia con los porros constó de una fase corta a los 20 años. Luego dejamos de ver al tío que siempre tenía hierba.
–La amargura de serie es… la misma expresión lo dice, tío, la mayoría de gente aceptará encontrarse como una mierda si el resto están más o menos igual, mira a tu alrededor. Un amigo mío lo llamaba el Paradigma del Campo de Concentración. La libertad no va exactamente de muros ni de carencia de barrotes, es una idea, una forma de sentirse (sobre la que se puede mentir, por supuesto, y vaya si se miente…). A veces cogiendo un avión solo te estás desplazando dentro de tu enorme y elegantemente decorada cárcel personal, la que te has montado, porque, llámame cursi si quieres, pero la liberación está en ti, y no en fórmulas gilipollas ni a diez mil kilómetros ni en recetas para ser libre. La cuestión es que nunca eres del todo libre si no sabes de verdad quién eres ni lo que quieres. La realidad es que la mayoría de gente es nada más que Mano de Obra, y casi siempre muy barata. La idea que tienen del placer o sentirse vivos, es que les dejen en paz y en cama al menos un día a la semana. Cuando nadie les da órdenes, muchas veces hacen cosas no porque las quieran hacer, sino para matar el aburrimiento. Así de bajo está el listón. Habrás oído hablar del Placer de los Pequeños Detalles: es la Gilipollez entre gilipolleces, es la trampa más obvia, y a la vez aquella en la que más gente cae; vidas enteras edificadas sobre una Verdad sostenible durante… qué, ¿unos cinco minutos? Es estar constantemente a un paso de que te hagan pasar a las duchas colectivas, y aun así sonreír. Y ni eso te dan; matarnos ya no es un buen negocio; pierden efectivos. No te quieren cadáver, te quieren muerto, pero al nivel que a ellos les interesa. (Y no es que les importe mucho tampoco tu suicidio…) Si decides encajar de forma elegante en su rollo, te dan títulos y medallas, pero a la larga los preceptos de tu responsable destino acaban siendo los mismos. El chico de dieces acaba de adulto esperando hambriento los viernes igual que el chico de cuatros. (Y eso en el mejor de los casos.) Sumérgete en las redes sociales durante solo un par de minutos para comprobarlo… Ambos son ellos mismos sólo en su tiempo libre (aunque suelen estar demasiado agotados para tal cosa, y si es que saben quién narices son). La educación cuadriculada que han recibido es exactamente la misma, y la forma en que el sistema dota de una fatua apariencia de “equilibrio” a esa descomunal farsa, es a través de la jerarquía (resaca académica) que se desprende de la misma. Administración de egos. Hay jerarquías dentro de jerarquías dentro de más jerarquías. El chico que acabe en una elegante oficina se sentirá complacido de que ha dado lo máximo, o al menos porque creerá que lo ha hecho bien, y el muchacho que acabe en un almacén será considerado currante de bajo perfil y una más de esas personas que ha desperdiciado su vida. Pero ambos verán los domingos por la tarde de la misma manera, no digamos ya los lunes, y joder, no digamos ya los viernes, o los sábados, o las vacaciones, o lo que sea. Lo cierto es que ambos se agitan como peces dentro de la misma red, dando bocanadas y ahogándose poco a poco en el mismo profundo desconocimiento sobre sí mismos, y en por qué el 90% del tiempo se lo pasan haciendo cosas que no les llenan ni importan lo más mínimo.
–Todo por el puto jornal que ya cobraban los pardillos que alimentaban las calderas del Titanic…
Es justo entonces cuando me vuelve a llegar el porro, y aspiro con fuerza. Creo que mi colega estaba en las nubes y no me ha escuchado mucho; o más bien miraba cómo la nube del techo toma formas, a veces quizá incluso descriptivas. Caras reconocibles o hasta frases enteras. A veces es la misma cara la que te habla.
–Lo que digo es que ahora la mayoría de gente cree que no harás nada si nadie te ordena que lo hagas; esa es la base de su saludable concepto del trabajo. Creen que, dinero aparte, es bueno que te hagan una lista de cosas que hacer, porque si no lo que hará casi todo el mundo es echarse y poner la puta tele y marchitarse. Lo escalofriante de todo esto, es que, a estas alturas, ya no les falta razón. Porque nos han educado para yacer o servir. Lo único para lo que suele estar mínimamente dotada con pasión la mayoría de la gente en términos de actividades que harían sin estar obligados, son los clásicos: comer, beber y -como mucho- follar. Si reduces a un ser humano a su mínima expresión, o dicho de otro modo, si amputas su curiosidad, su vida, su creatividad y su capacidad de explorar en la existencia, lo que te queda es -habiéndole vendido ya la moto de una noción muy concreta sobre la dignidad-: un productor cojonudo para tus sórdidos fines. Un hombre de las cavernas bajo contrato. El valiente y responsable idiota con conexión a Internet. El presente actual.
La pura verdad ahora, es que es sábado, y que de esa nube viscosa de humo del techo parece desprenderse un gas que alimenta la apatía. Además de eso, creo que me pone mucho más cachondo la tía que presenta el telediario de madrugada que las guarradas de toda la vida que desfilan por la otra pantalla. Un tipo fibrado y de facciones raras se corre sobre la cara de alguien, y yo solo puedo pensar en cómo serán las piernas de la chica del Informativo. Creo que si la adolescencia existe, algo así debería ser la señal más clara de que uno la ha superado. Repito, si es que algo como la adolescencia existe (y no es simplemente el estado natural del ser humano). Asumiendo que esos periodos vitales son reales más allá de las revistas y las tertulias baratas, ¿los padres de familia que consumen porno en qué fase están?
En mi campo de concentración las nubes negras serían restos de sexólogas mediáticas, maestros de rebote y gurús de lo académico.
Hay una gran ventana aquí; alguien, inteligentemente, ha decidido abrirla. A los lejos se ven estallar fuegos artificiales. Creo que porque hoy había fútbol. Una chica colocada y desconocida apoya su cabeza en mi hombro. Ni tan siquiera sé en qué momento se sentó a mi lado en el sillón. Mi colega está adormecido en una butaca aparte. Luego se me ocurre que es demasiado tarde hasta para el final de un partido de fútbol. Así que no sé a qué vienen los insistentes fuegos artificiales. Siendo sincero, los veo a menudo, y la mayoría de veces no lo sé. Lo inquietante es que cuando cuento al día siguiente que los vi, nadie me suele creer. O me achacan no recordar bien la hora o desinformación deportiva. Esto me lleva a recordar cuando, debido a mis malas notas, mi padre me amenazó de crío con no dejarme ver nunca el fútbol en la tele; recuerdo cómo repliqué en voz alta en casa asegurando que me suicidaría si me quitaban el único placer que reconocía en mi vida. Fue irónico que años más tarde mis progenitores se preocuparan por justo lo contrario, cuando el fútbol dejó de importarme hasta convertirse para mí en poco más que un inevitable y molesto ruido de fondo. Eso, sin duda, me había de llevar por un camino que me conduciría de un modo u otro hacia la autodestrucción. Si el fútbol no era el opio del pueblo, ¿qué había más allá?
Solo lo incognoscible, inabastable y aterrador.
Solo yo ante la nada y diciendo cosas raras frente a ventanas abiertas mientras veía fuegos artificiales que estallaban solo en mi cabeza.

La anfitriona. Se llama Sandra, o Sandy, o Sonia; llega a eso de las siete de la mañana, estaba fuera, abajo, en una discoteca cercana. No le importa dejar okupado su picadero. Desde aquí hay una caída de seis pisos. Técnicamente esto es un ático. Los dos canales son temáticos, por cierto, en uno sigue habiendo informativos cachondos y en el otro se siguen desarrollando escenas que luego alguien tendrá que fregar, fregar pensando en el siguiente viernes que tocara de 1994 o 95 (nunca son pelis muy recientes).
Mi colega despierta como si de golpe tuviera algo muy importante que hacer. Le digo que es domingo. No tiene que ir al taller, así que a menos que sea católico, y siendo como es él, puede calmarse y decidir si quiere cambiar de postura o algo así. Me dice que no quiere hablar de política ahora.
Ambos nos ponemos en pie (o algo parecido), y caminamos con brío (o algo parecido) para salir del ático. Agradecemos la hospitalidad fantasma a la anfitriona, y luego gracias a dios y a todos los ángeles del cielo recordamos que el edificio tiene ascensor.
Ya en la calle intentamos recordar cómo llegamos a ese ático. Cada uno tiene una versión distinta. Le pregunto si él también vio los fuegos artificiales. Me dice que ayer había fútbol; le digo que fueron de madrugada, muy tarde; me insiste en que me confundo, que era por el fútbol.
Buscamos una cafetería de urgencia. Usamos las cafeterías casi como farmacias. No pedimos tanto tazas como dosis. No hemos dormido mal pese a todo. Una suave resaca. Creo que tengo los calzoncillos algo acartonados por culpa de haber pensado tanto en la tía del telediario.
–Esos canales que contratan a esas tías según las ganas que te den de meterles la mano bajo la falda, tío…
–Lo sé.
Evitamos los Starbucks de Sonora y entramos en una cafetería cuya máquina de café parece algún prototipo del siglo XIX. Si es que ya las había. Pero sobre todo parece bastante sucia, basta, sobreutilizada, como una máquina de café cuyo chulo la expusiera a cabrones de cien kilos de poca higiene y polla pequeña. Una puta mecánica cincuentona cuya mirada sigue haciendo que muchos se la quieran follar: lo que encuentras al otro extremo morboso de la chica finamente robótica del telediario.
El café entra como agua de un oasis real en medio de un desierto en el que hubiera enterrados miles de cadáveres muertos por sed e inanición. La hierba de la noche nos hace pedir también algo de comer.
La camarera es el excitante término medio sumamente follable entre la metafórica puta cincuentona y la muchacha periodista recién salida del horno universitario. Una tía de veintimuchos a la que le presupones al menos un crío, un marido soso y algún afortunado amante que mantiene en pie esa vida familiar follándosela cuando menos culpable se siente mamá. Bienvenidos al centro de Sonora: a pesar de todo, puede resultar entrañable.
A poco de que todo el mundo decida celebrar cada año hasta los cumpleaños de sus perros con tal de No Pensar, y de que el amor sea ya algo tan dulce, manejable y procesado como los donuts sin azúcar, se va llenando esta cafetería, y sospecho que la mitad no han dormido hoy. Para algunas personas una cafetería es como un after. Estamos en esta nuestra época, esto es la previa al siguiente capítulo gordo de los libros de historia. O eso dicen. Y cada vez es más fácil de creer. Aunque todos se aferran a los dos últimos siglos; no conciben el que hubiese habido otras formas de vivir o hacer las cosas; o en todo caso siempre les parecen mucho menos prácticas. Pero sobre todo no quieren saber nada del futuro, o al menos de un futuro que se pueda desarrollar en unos términos que no sean exactamente los que aún son capaces de mantenerles ocupados, anestesiados y estériles para consigo mismos. La idea de sentirte vivo de verdad choca con la idea del placer de los pequeños detalles. El súmmum de la sofisticación es una mamada de alguien con quien no hayas follado más de cuatro o cinco veces. La ironía llevada al extremo más obsceno es una chica de veintipocos años que se emociona en medio de su gran fiesta de aniversario mientras recibe los regalos. Las grandes palabras, a la práctica, van acercándose poco a poco a tener la profundidad de un charco en el asfalto. Sentimientos. Amor. Tristeza. Tristeza. Mira a la camarera, va de un lado a otro. Seguramente folle con A los días típicos, viernes, sábados, alguna vez entre semana, puede; y es probable que tenga algún día fijo para follar con B, quizá los miércoles o los jueves, mientras queda de modo ficticio con alguna amiga, alguien con quien ha acordado que si A la llama ella dirá que sí, que no, que no está pasando ESO otra vez en la historia de la relaciones. Aunque seguramente a veces haya momentos de bajón para la camarera, puede que cuando se quede mirando a algún potencial bebé que haya podido parir, o cuando recuerde a A y lo gracioso que estaba con su traje de novio. Hay gente que lo tiene asumidísimo, a largo plazo quienes mantienen el frágil equilibrio de muchas parejas y matrimonios, son los amantes y las putas. Otras veces hay amor de verdad. Pero el caso más masivo parece el de hacer rayajos en agendas físicas o mentales.
Mi colega y yo vagamos luego por la calle, entre familias y turistas. Sonora es la nueva Roma, solo que esta vez las ruinas son industriales. Aquí se amontonan fotógrafos modernos para probar sus cámaras nuevas con chimeneas casi centenarias y tejados comidos por el óxido. El sol cae a plomo sobre el plomo, y atraviesa ventanales saturados de polvo y telarañas. La maquinaria industrial yace abandonada dentro de la periferia de la periferia. Aquí no hay centro de la ciudad como tal, no si no es a un nivel puramente geométrico. Todo soluciones bastas para problemas muchas veces inexistentes, o problemas fabricados para vender discutibles soluciones. Topamos con dos chicas tan rubias que no deben saber que debajo del hielo hay agua, y mi colega pone en práctica su mierda de inglés de niño que creció en los 80. Todo a mi alrededor me hace pensar en ese chiste o leyenda urbana o quizá hecho real, cuando un tío recibió una carta médica en la que se le aclaraba que había habido suerte, la mancha de su pene solo era lápiz labial. Lo que la posdata remataba con un: Lamentamos la amputación.

espej

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5 comentarios en “Lápiz labial genital

  1. Uff!!!! vaya análisis de las relaciones entre ficción y conocimiento. El texto verifica, refuta, o te deja indecisa a la hora de racionalizar la lectura. En fin, buena teoría de la naturaleza humana.
    Saludos afectuosos

  2. Donde compras esa hierba hermano..??jajja.. bien¡¡ Se me ocurren dos cosas una mala y otra buena.. primero.. le dan tanto importancia los tíos a las pollas, intento encontrar una equidad en las mujeres y sólo se me ocurre la neura de la edad, que no es poca.. y la otra otra cosa es, como siempre genial tus cotidianas y existenciales reflexiones de tardes de domingo .. un beso..

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