Histérica vitae

Con todo lo escrito y firmado al menos ya no hará falta una potencial carta de suicidio. Que lean, que se lo curren. Que interpreten, aunque esta vez no sea para seguir hundiendo el mundo, que lo hagan todos esos Emisores de miradas significativas. La verdad es que por regla general aplaudo las obsesiones, porque la mayoría de gente es terriblemente previsible y aburrida (me da igual si suena emo), algunos porque creen que eso está más cerca de la bondad, otros simplemente porque quieren proyectar una imagen de bondad. Casi todo el mundo con el que tengo relación alguna tiene más preparación que yo: experiencia, conocimiento, idiomas, todos son mucho más fiables desde un punto de vista administrativo o económico. Todos han viajado más que yo y tienen muchas más cosas que yo. Todos son Algo de un modo oficial, Alguien. Lo que no saben bien es que quizá no hayan follado más que yo; porque también le han dado a la sin hueso mucho más que yo con ciertos temas… esto es algo que les parece vital. Figúrate que te libras de una explosión justo después de haber dado la vuelta a la esquina. Qué desfragmentado…; Pynchon se pregunta por qué las cosas siempre han de ser fáciles de entender. Da gracias a que no sigue una intentona de poesía, hay cosas que merecen más respeto que algunas personas.
Era por allá por la época en que Hitler no dejaba de madrugar y ponerse objetivos cuando los cohetes volaban sobre el tejado inglés bajo el que ciertos antepasados míos practicaban el coito. Es un milagro que la 2ª Guerra Mundial no impidiera mi existencia. Es tan aburrido como lo de los seis grados de separación, pero dejadme en paz, yo tuve antepasados nazis, y también otros en la resistencia. Una vez me dio por comenzar a hacer preguntas. Todo lo que no pregunté en el colegio o en general de crío, todo salió unos años más tarde. De niño era bastante suicida aun sin saberlo, no le tenía miedo a la muerte como la gente no le tiene miedo a llevar a sus críos al colegio…, ¿hay una moralina aquí? Vagaba de un lado a otro. No me quedó el pelo rubio ni simpatía por casi nada. Luego alguien tuvo la amabilidad de follarme y más tarde pasé de no tenerle miedo a la muerte a tenerle bastante simpatía: el que te murieras seguro, bueno, significaba que eras LIBRE, y sobre todo que los ganadores y los buenos chicos oficiales no iban a vivir más vidas que tú. Esto me volvió empático. Cuando alguna cosa me agobia pienso en el espacio exterior; hasta tal punto que luego me siento demasiado insignificante y prefiero volver a estar un poco agobiado. La verdad es que el vaso nunca está medio lleno ni medio vacío, porque no hay ningún puto vaso, insisto, ni abstracto ni sabio, solo optimistas de baratillo o pesimistas estéticos. Solo hay una clave, la barrera que separa a los curiosos (vivos) de los zombificados (quizá tu novio). El resto son solo etiquetas. Si te llaman rebuscado no hace falta que contestes; a no ser que seas profesor y les vayas a poner un examen con el que se jueguen alguna clase de reputación, no te van a escuchar. Esto que sigue fue la bomba, de verdad, en un bar del centro, estaba con una japonesa, el centro de Periferia, yo, una japonesa, la conocía de haber conocido a otra japonesa, es una larga historia, que viene a ser lo mismo que decir que no me apetece aún contar por qué conocía a esas japonesas, y menos a la japonesa con la que estaba en esa cafetería ese día que fue la bomba a varios niveles. ¿Cómo reaccionarías si hubieses dejado la muerte a la vuelta de la esquina? Ella decía todo el tiempo:
–No. No. NO.
Pero no sé si voy a decir a qué me respondía que no.
–¿Estás segura de que no?
–Sí. Sí. Sí…
Aunque no lo parezca aún, era una japonesa letrada, con más preparación e idiomas que yo. Más guapa que yo y más permisiva, astuta y en general una persona superior a mí sobre el papel. Tenía alguna licenciatura en algo, lo había visto colgado en su piso. Yo solo la superaba en hipocresía y maldad. No porque yo sea muy malo, sino porque ella carecía prácticamente de esos rasgos. Yo solo gozo del lote básico de Mentira Occidental; digo que no haría jamás esto o aquello o lo de más allá, pero luego si surgieran oportunidades seguramente sucumbiría la mitad de las veces. La monogamia, por ejemplo, suele consistir en ser físicamente feo o mediocre y vivir lejos de la mansión Playboy. No es una cuestión de moral o ética, eso son patrañas, lo son al menos casi todo el tiempo y en la mayoría de ocasiones. No llevas un Buda dentro de ti, llevas un Walter White, es lo más probable. Te importa poder gastar y tener la polla al menos un par de centímetros por encima de la media nacional.
Hay mucha gente que no sabe que a veces es más divertido (y hasta profundo y relevante) autoflagelarse que intentar dibujar hermosos versos calculadamente humildes… La mala poesía solo les está permitida a las chicas jóvenes, guapas, de ciudad y con contactos. Pero lo que de verdad piensan casi todos es que Leer es lo que hay al otro extremo de tener un orgasmo. Ese es el hueco por el que te puedes colar… Por ahí es por donde muchos han sabido follárselos incluso analmente a todos.
–No, no y NO.
–Bueno… ¿Quieres café?
–No.
–No has tomado nada…
¿Dónde estarían esos tíos en ese momento? ¿Justo al lado? Nuestro bar/cafetería hacía esquina. Creo que fue ese día cuando me comencé a familiarizar con el concepto Metralla Orgánica. Pensé: Coño, ¿dónde hay un buen poeta para esto?
Estaba consciente mientras me sacaban los proyectiles de alguna señorita Pepis o chico Coca-cola. El tipo que me intervenía era un gracioso. Sobre todo era hueso, viajaba a toda velocidad y se te alojaba bajo la carne. Balas hechas con pedacitos de algún buen chico que viviera a dos manzanas. Un buen chico que comía manzanas y las corría y estaba en forma y sonreía. El tipo que me cura me dice que he tenido suerte en sobrevivir, que ha sido toda una experiencia vital. No me imagino algo así en un anuncio de Estrella Damm. Me siento algo aturdido, pero esto es casi siempre. Estás tomando café con Lucy Lee y cuando te quieres dar cuenta te están hurgando con unas pinzas quirúrgicas y preguntándote cómo te llamas. Había algo turbio en el local de justo al lado del bar/cafetería. Cuando recuperas el conocimiento estás seguro de haber perdido el oído, luego oyes un pitido apagado y gente que se queja, pero esta vez no es sencillamente por estar vivos ni por su puto equipo de fútbol. Mueves los brazos y los pies y descartas el asunto vegetal. El local de al lado, dos hombres de cierta nacionalidad e ideales, piso franco, un fallo de cálculo en la fabricación, una probatura fatal. Quizá luego tenía algunos fragmentos de columna del señor Mohamed en mi estómago. Heridas leves, me dice el tipo, bueno, añade, para lo que has pasado… Le digo que mi pseudo-novia japonesa no quiere sexo anal. Me dice que normalmente las mujeres no lo quieren, prueba a meterte un dedo por el culo, murmura, pruébalo. Le digo que lo entiendo, pero que ella es más cachonda que la mayoría, incluso que yo, es casi agotadora, es capaz de hacer que dejes de pensar en sexo durante todo un día después de ciertas noches. La polla dolorida, le digo. Pero no quiere sexo anal. Prueba a meterte un dedo por el culo, en serio. Por algún motivo, mientras me libran de mi metralla orgánica me siento libre para hablar, he vuelto a nacer; nadie cercano, familiar, árabe o japonés se ha librado de mí. Occidente sigue en pie. Para bien o para mal. Quizá haga peregrinación a la mansión Playboy. Después de sacarme los trocitos de cadáveres me empiezan a vendar. Lo hace una enfermera maternal de ojos muy grandes y claros. Reconstruyo la escena y me da por llorar de un modo silencioso y patético. La mujer dice «pobrecillo» y me comunica que hay un equipo de psicólogos a la espera, que si he perdido a alguien querido siempre suele ser de ayuda. Pero lloraba solo por mí. No le dije nada concreto a esta mujer tan (m)amable, así continuaría pensando que mi novia universitaria acababa de perecer en un atentando por una causa que no tenía nada que ver con ella, o casi nada al menos. Pobre, tan joven, tan aplicada, con un futuro tan brillante. Y la he perdido, a mi novia fantasma. Lloraba por mí y porque tenía que seguir vivo y solucionar algunas cosas, y ahora me sentía obligado. Lucy Lee me vino a ver luego. Solo se había dañado un brazo y parte del culo, puede que algunos milímetros de hueso islámico. Le digo que la noche pasada soñé con que regentaba una biblioteca, y que me daba por amontonar los libros en pilas en lugar de colocarlos en cómodas estanterías, y que la gente acudía a mi biblioteca y no a otras porque eso les parecía original o divertido. Lucy me dice que no sabe dónde quiero llegar, pero que la respuesta es No.

Esa noche del día de la bomba preferí estar solo. Antes estar solo era casi siempre algo coyuntural, esa vez fue mi opción. La gente no suele entender que elijas la soledad, hay gente que ni se atreve a salir y tomar un café solos. Dicen que es por aburrimiento, pero yo creo que les aterra la idea de pensar, la potencial carencia de ruido, el vacío sin gilipolleces verbalizadas. Ahora algunos amigos saben que ando con una japonesa, alguno me vio o creyó verme con ella en una tienda de ropa. Visito para mi armario tiendas de ropa una o ninguna vez al año, y las de tías nunca (aunque he pensado en ello…). Lucy Lee (no es su verdadero nombre) quería renovar sus cajones de ropa interior, esos aromáticos cajones que rezuman olor a rosas y que hasta incluyen unas bragas agujereadas del día de la metralla. No quiso deshacerse de la ropa de ese día, dijo que formaba parte de ella más que la demás ropa o la ropa nueva. Luego se comió un cucurucho y me dijo que No.
Tardamos un poco en volver a hacer vida pública en términos de meternos en una cafetería. Es un poco como cuando te atracan un día y luego te pasas dos semanas mirando hacia atrás y corriendo por los parkings para llegar cuanto antes a la salida. Es eso multiplicado por 100. Y luego está la cuestión del ridículo, no habría nada más ridículo que sobrevivir a un atentado y luego morir en el siguiente que acontezca (o al menos a mí me lo parecía). Me quedó una cicatriz curiosa en la cara, la marca de cuando me sacaron un pedacito de algún potencial estudiante sin ilusión y con ambición; parece casi como una sarcástica mancha pequeña de petróleo, pero también es atractiva en cierta forma. Si hubiésemos estado sentados en el otro extremo del local, nosotros hubiésemos sido la metralla orgánica. Era un fino antro de estudiantes, Lucy y yo, nacidos a principios de los 80, éramos los mayores, cerca había cierta facultad que se pasaba la tarde escupiendo chavales y Lolitas, junto a una biblioteca que los masticaba y regurgitaba en época de exámenes. Algunos en el local nos miraban con cierta altivez, conscientes de estar al menos a 50 años de la muerte; pero era solo sobre el papel.

Conozco a una chica japonesa, tienes que conocer a esa chica japonesa, es como una chica salida de una pantalla o una revista pegada en un descampado, es como un catálogo en sí misma. Su pelo es como neumáticos derretidos; cuando sonríe, al menos un millón de personas en el mundo se sienten repentinamente felices durante al menos un minuto sin saber por qué. Hace que la mayoría de poetas parezcan Ted Bundy delante de la casa de una niña de 14 años. No te la mereces, ese es su mayor atractivo, es japonesa y tiene veintimuchos y puede conseguir algo mucho mejor que tú, más preparado que tú y con más idiomas y más astuto y en general, eso, mucho mejor que tú. No se trata del habitual piso de estudiantes en el que sueles meter la polla, esto sería un hotel de lujo para tu polla, un viaje de ensueño para tu polla, con esclavas nórdicas explotadas que abanicarían a todas horas con plumas tus sudorosos huevos veraniegos. Esto no es una ducha solitaria, es un masaje con final feliz y epílogo misterioso al estilo Marvel.
Así que me convencieron, alguien me dio su teléfono porque decían que la muchacha había puesto sus ojos entrecerrados en mí, y así fue como la decepcioné en persona y conocí de rebote a su amiga, aka Lucy Lee. Tampoco eran tan distintas a simple vista.
La tarde de marras el plan era ir al cine; cuando casi morimos, lo que estábamos haciendo era hacer tiempo. Notábamos en nuestras nucas de vez en cuando esas miradas lozanas y fibradas y voluptuosas de todo tipo de chicos y chicas supurando planes de sexo y erasmus ídem por todos los poros, enterrando intenciones reales en excusas nobles. La generación más preparada otra vez. Yo ya estaba echado a perder, de ahí mi rabia hacia esa juventud exultante, y Lucy se mimetizaba sin problema en el ambiente. Las paredes estaban adornadas con citas entrecomilladas en inglés, español y hasta francés, había algunos símbolos matemáticos representativos, y también esa imagen de Einstein sacando la lengua. Solo en esas paredes ya había más cultura práctica que en mí. Un pulpo en un garaje era apropiado en comparación con lo mío en aquel sitio de colores pastel y camareras empíricamente morbosas. Lo único a mi favor es que yo al menos estaba con la japonesa buenorra, solo por eso ya éramos una pareja misteriosa, a su lado yo debía parecer algún tipo de profesor sustituto o filólogo desaliñado que había venido a la ciudad para algún tipo de congreso, alguien con planes elevados y mucho más sofisticados que querer meter su miembro en el culo del momento. Ellos estaban con esas universitarias suculentas, vagamente feministas, dignísimas y seguro mucho más dispuestas a follar duro de lo aparente, pero yo estaba en el video porno interracial con el que se pajearían esa noche. Era un punto a favor… Sucio, penoso, puede, pero un punto que seguía subiendo al marcador. En contadas ocasiones las apariencias pueden actuar en tu beneficio. Lo que no lo hace son las paredes que parecen sólidas pero son como de cartón, sobre todo si una célula terrorista actúa pared con pared de donde tú estás, mientras estás intentando convencer a alguien de que es una buena idea convertir un orificio de salida en uno de entrada.
Luego nos contaron qué clase de explosivo maléfico había causado el desastre, el número de muertos y el milagro de que no hubiera más muertos, y nos preguntaron cómo era posible que estuviéramos casi indemnes, solo con unos cuantos agujeros en la ropa y adn de cuatro o cinco personas en el cuerpo. Nadie tenía nada contagioso, por cierto, nada de SIDA ni similares. Tampoco ladillas (no les hizo gracia que preguntara esto). Éramos un milagro de la artillería orgánica. Todos los estudiantes que estaban sentados junto a la pared se convirtieron en munición.
Luego no fuimos al cine.

Tenía quince años más que yo y un crío de 14. El padre del crío murió el 11 de septiembre de 2001 en la torre sur. Burláos si queréis de mis seis grados de separación, pero eso me coloca a dos pasos de los tíos que casi me matan bebiendo café, a dos también de bin Laden, y de cualquier telediario nacional o internacional. Era la enfermera maternal que me vendó después de que el tipo gracioso me extrajera metralla superficial de todas partes y me desinfectara. Sacó mi nombre de algún informe médico (creo yo) y me empezó a enviar sondas elegantemente calenturientas por facebook. Algo que aprendes de ser errático sexualmente (que no necesariamente, digamos, prolífico), es que no es nada raro que una mujer madura te haga disfrutar mucho más y con muchas menos manías que una chica joven. Además, tuvimos nuestras conversaciones sobre la muerte improvisada y la metralla orgánica, también muy presente al parecer en ciertos informes del 11-s. No era nada serio o dramático, hablábamos de forma relajada, y todo sucedía cuando el crío estaba en el colegio o en casa de sus abuelos. Lucy Lee no sabía nada; yo tenía la esperanza de que no creyera aún a esas alturas que éramos lo que llaman una Pareja. Tenía la esperanza de pillarla un día en algún lugar en la calle pegándose el lote con algún japonés de ésos con pinta de tener quince años a los treinta, ni un solo pelo en el cuerpo y un pene al estilo David de Miguel Ángel. La verdad es que en Periferia se ven más chinos que japoneses; de todas formas no creo que una mujer así tenga problemas para necesitar poco más que dos miradas para conseguir que 9 de cada 10 tíos del tipo que sea se la tiren (puede que 10 de cada 10 en el caso de ser casados).
Poco a poco comencé a distanciarme de Lucy Lee. Entre otras cosas, era muy complicado hablar con ella sin pronunciar jamás su… Lo que pasaba es que cuando la conocí, ella me dijo su nombre varias veces, pero yo no entendía nada, y seguro que no concuerda con su nick por las redes sociales (Pikkkachu, o algo así). De modo que a la cuarta o quinta pronunciación le dije que ya la había entendido, y luego, para cuando habíamos tenido sexo, ya me parecía demasiado tarde para volver a preguntarle por eso; ni siquiera podía incluir el tema empastado en una broma o algo así, porque no es que la chica tenga mucha predisposición a reír o aceptar o tolerar preguntas camufladas como chistes, etc. Teniendo en cuenta cómo es, me parece muy raro interesarle a alguien así a algún nivel. Me he convencido a mí mismo de que follo tan bien que en los lapsos sin sexo ella simplemente me toleraba por el bien de su entrepierna.
La enfermera maternal era distinta, para empezar no me atreví jamás a proponerle sexo anal. Durante un tiempo estuve quedando tanto con ella como con Lucy Lee, toda una prueba física que jamás antes había tenido que afrontar. Aunque conlleve sus contras, resulta mucho más fácil la abstinencia (algo en lo que soy más experto de lo que querría). Semejante actividad sexual a dos bandos no te deja fuerzas ni ganas para dedicar algo de energías a la masturbación. Me tenía abandonado a mí mismo. Nunca había inventado tantas gilipolleces, tantas historias, todo para mantener todas esas pelotas en el aire, ya había más mentiras en mi vida que en mi blog personal. Meta-mentía. Desde hacía ya meses la vida se me estaba convirtiendo en algo que no estaba dispuesto a sostener por mucho más tiempo. La enfermera maternal, que por supuesto era también más inteligente y tenía más preparación e idiomas y títulos y dinero y experiencias y viajes que yo, se olía algo raro. Pero sobre todo cada vez toleraba menos mis bromas “desengrasantes” sobre el día de la bomba; supongo que porque indirectamente le parecían bromas sobre su marido muerto, y aún más indirectamente sobre su hijo sin padre, etc. Esto es más o menos lo que hay cuando dejas la muerte atrás por tan solo haber doblado una esquina.
Y eso que, recuerdo, la cafetería de aquel día hacía esquina.
Recuerdo que doblamos dicha esquina, Lucy y yo, ya rodeando el local, y ante mi enésima indirecta sobre sexo anal, esta vez en lugar de contestarme de forma parca y negativa, la señorita Lee entró sin consultarme al sitio y por suerte eligió una de las mesas alejadas de los futuros proyectiles humanos y arquitectónicos. Algo importante respecto a la japonesita bollycao casi treintañera, era que no le gustaba mucho que la vieran conmigo, y creo que topó con alguien en ese local, un chico, alguien rematadamente más preparado que yo a quien apenas saludó: alguien idiomático, curricular y más viajado que yo (aun con unos diez años menos), al que probablemente mi pseudo-novia ya había más o menos… conocido, y que la alteraba claramente. La razón por la que ella solo quería salir conmigo sin que viéramos o nos reuniéramos con nadie más, es que se avergonzaba de mis limitaciones oficiales; yo, bueno, quizá fuera magnético, mono, entrañable, la mar de simpático y poseedor de una polla que manejaba tan bien como un adolescente sus personajes con la play …, pero era curricularmente inaceptable. Había un desequilibrio claro entre oriente y occidente. Yo era la excepción de la generación más preparada, o de la primera generación más preparada, o lo que sea. Yo no iba de trabajo en trabajo y de paro en paro por la crisis, o sí, pero también era porque era una vergüenza en lenguaje de meritocracia para mi generación. Yo era un bicho verde raro apartado de un hormiguero de sanas hormigas rojas universitarias, multiidiomáticas, europeas y de tetas firmes y capullos sobrealimentados y morados, todos expertos de tanta actividad sexual desde los 16 años.
Se lo conté todo a la enfermera maternal, mi relación con Lucy y mi sentimiento de inferioridad; ya ni siquiera me ponía imaginarme como el mozo de carga que se folla a la hija del burgués. Todo eso pasa después de haber burlado la muerte al doblar la esquina, me respondió sonriente la casi cincuentona. Aunque no me dijo eso. Pero fue lo que yo escuché. Dando tiempo al tiempo dejé de tener miedo de verdad a que otra bomba explotara en mi cara. Lucy Lee lo había perdido antes que yo, creo que sobre todo al retomar sus relaciones con ese chico paralelamente a la mía con la mamá del 11-s. Ésta se aburrió de mí a las pocas semanas. Ahora me pongo nostálgico cada vez que vuelvo a ver el derrumbe de las torres gemelas, y una vez, solo una, me hice una paja mirándome al espejo, observando mis cicatrices. Me ayudé volviendo a pensar en M*, como siempre me pasa, porque esa es la historia de verdad, el contexto, el objetivo, el motivo de los últimos años, la tarea antes de morir, lo autobiográfico, y lo que aún sigue salvando al aún –en el fondo– niño suicida.

daria

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4 comentarios en “Histérica vitae

  1. El misterioso amor de (hacia) las japonesas, tan fuerte como una explosión, tan liviano como una aventura. Cualquiera Lucy Lee Random sirve para lo mismo: creer en nuestra incombustible capacidad de engordar nuestro ego más viril y alejarnos del miedo a la muerte.

    Un abrazo.

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