Cinco intentos de terror (3 de 5) – Isaías 57:11

Déjeme que le cuente. Esto es algo así como la versión oficial final, por estrambótico que parezca. No sé si todo empezó así, pero la reacción de R. fue vomitar la cena. Es lo primero que recuerdo. T., su compañero, dijo:
–Pero tío…
El agente revuelto no se tomó la molestia de apartarse demasiado de la escena del crimen, que de todas maneras consistía en una chica joven y rubia natural con la cabeza (la frente) empotrada en la esquina de una mesa baja, una especie de cristal macizo. No te apetecía comerte un burrito. Tenía los ojos abiertos, el cerebro casi empalado, la esquina debía llegar justo al centro del interior de su cráneo. El charco de sangre empapaba esa pata de la mesa. La muchacha tenía 25 años.
La vomitona “inspiró” a otros para hacer lo mismo. Un forense, que no debería haber tenido tantos motivos para sentir nauseas, al parecer no podía soportar ver a nadie vomitar; por ahí no pasaba. Este tuvo la suficiente destreza estomacal, por decirlo así, para salir a la calle. Era una planta baja. Pero la zona era concurrida, sábado, malas fechas, compras, familias, niños. El forense comenzó a convulsionar de forma violenta, mucho más de lo normal. Supongo que era un perfil habitual de vomitona adulta con extras, el cuerpo no se lo puso fácil, y tengo entendido que sufría de cierto estreñimiento desde hacía unos días. Además, este tipo, al parecer, empezó a padecer de algo llamado vómitos fecaloideos; una obstrucción del intestino que hace que las heces que deberían dirigirse al ano, se regurgiten al estómago. De modo que ahí teníamos a un compañero que había visto cosas horribles y casi ni se había inmutado, vomitando literalmente mierda en la calle solo por haber visto los jugos gástricos comunes de otro.
Todo delante de todas las familias y los críos, y también justo en los zapatos de Papá Noel, que básicamente pasaba por allí haciendo sonar una campana, ajeno al tipo arrodillado al que se estaba acercando.
Este amigo de los niños comenzó a soltar tacos e incluso pateó repetidamente al forense hasta que algún padre de familia le agarró y le llevó lejos de allí, aun con los zapatos aparentemente bañados en chocolate. Aun siendo un exterior, el hedor erra terrible, sobrenatural, la imagen era repugnante, y el forense tenía mucho que sacar de su organismo. La gente se arremolinaba con sus bolsas haciendo corrillo alrededor de él. Cuando parecía que había acabado, el hombre debía notar y ser consciente del sabor y ver lo que había sacado de sí mismo, y las arcadas tardaron mucho más en extinguirse de lo normal. Una mujer que vivía en el primer piso, justo encima del escenario del crimen, estaba asomada viendo todo el espectáculo, y, por increíble que parezca, volvió a suceder, se contagió; empezó a revolverse por dentro. Pero aun así no dejaba de mirar, como quien mira al vacío y le aterroriza, y ese mismo vacío hace que no pueda dejar de sentirse atraído. Hablamos de una mujer obesa (muy obesa), conocida en el vecindario por salir poco de casa, enfermar habitualmente y quejarse casi todos los días (ahora parece que con razón) de las fiestas ridículamente ruidosas que se celebraban en la planta baja.
Todos lo han visto ya en YouTube, pero la, literalmente, lluvia de vómitos de la mujer, manchó a tanta gente que se me pasan por la cabeza palabras como Volcán o Tsunami. No eran chorros más o menos compactos, eran como poner el dedo en la salida de agua de una manguera funcionando a no poca presión. Gran parte de todo ese alimento a medio digerir, además, fue a parar sobre el forense, lo cual alargó más aún su propio Infierno (palabra importante ahora, supongo).
El atasco de tráfico, según sabemos, comenzó porque alguien aminoró la marcha en mal momento, imaginamos que lo que estaba pasando podía distraer fácilmente. Si quiere que vaya al detalle iré al detalle, es lo que intento hacer. No era fácil que hubiera un accidente de tráfico tan aparatoso en ese lugar, donde los coches suelen ir en procesión, más de la mitad buscando aparcamiento; pero es que además luego pudimos comprobar que al menos cinco conductores implicados en el accidente múltiple se habían vomitado encima. Uno puede llegar a creerse cosas que de normal no se creería si las oyera, pero aquello comenzaba a salirse de madre, la casualidad o los hechos en cadena también tienen un límite. Incluso las fichas de dominó se acaban. Lo que pasó es que, sí, los coches no iban muy rápido, pero uno de ellos, con cinco jóvenes dentro dispuestos a llegar muy tarde ese día a sus casas, sí iba muy acelerado. Según sé, se topó con esa clásica lección de autoescuela, cuando te enseñan qué distancias son recomendables entre los coches en relación con la reacción de frenado y en qué punto llega a frenar el coche de verdad, etc. Volcaron y colapsaron la calle, y ahí quedaron decenas de conductores viendo cómo un tío vomitaba heces mientras una mujer obesa se descomponía cual plaga bíblica (si se me permite la analogía teniendo en cuenta las circunstancias).
Creo que me estoy enrollando demasiado, o liando más de la cuenta la historia. El caso es que yo no sé si TODO comenzó ahí, pero sé que la investigación es rigurosa, y también sé lo que vi. Para cuando yo salí del edificio, la mujer seguía vomitando, y sí, su cara estaba completamente blanca, y parecían resaltar venas azules en su cuello. Los que no vomitábamos, estábamos perplejos, no es que fuese dantesco, es que sabíamos que aquello trascendía lo que nosotros podíamos entender o creer. El forense se desmayó, alguien lo arrastró para que al menos no estuviera tan en la línea de fuego de la mujer. Justo en ese momento, ella hizo una pausa en su vomitar; nos miró a todos. Si estabas lo suficientemente cerca, podías ver que toda la cuenca visible de sus ojos estaba negra, y que murmuraba. Pero no murmuraba nada al azar, y tampoco lo hacía en su idioma. Sé que mucha gente ha visto vídeos y creen que es un montaje, y les entiendo perfectamente, créame que me encantaría ser uno de ellos. Allí estaba también el famoso taxi, que además era el coche más cercano a la ventana. Había una chica en el asiento de atrás. Iba una comadrona con ella. La mujer joven estaba a punto de dar a luz. No creo que fuera casual el que la comadrona, de aspecto serio y sombrío, la ayudara a salir y la sentara sobre el capó. (Y tampoco creo que fuera casual que estuvieran en ese mismo lugar céntrico de la ciudad, pero prefiero reservarme ciertas teorías para mí, a no ser que les interesen…) No era una posición más cómoda, solo era más visible. No dejábamos de oír el recitar constante en extranjero de la mujer obesa. La parturienta gritaba, lloraba hacia el cielo. Era una noche tapada, sin luna. Comenzaron a sonar unos truenos brutales, ensordecedores, a la par que la mujer de la ventana empezaba a reír. Carcajadas. No se oían sirenas de la policía, y de todas formas no tenían acceso, a no ser a pie, lo cual pedía tiempo. El tiempo, por cierto, no parecía avanzar de la misma manera, por no decir que parecía haberse detenido (o deformado). La nubes se abrieron a una velocidad anormal en el cielo justo encima de nosotros, conformando un hueco circular; pero por él no veías las estrellas, solo una luz rojiza, apagada, lo que la gente que lo vio todo en vídeo cree que son efectos especiales. Yo estaba allí, señor, se lo aseguro, aquello estaba pasando. Cuando la comadrona ya tenía al bebé en brazos, pudimos ver su aspecto indescriptible; le cortó el cordón umbilical; lloraba como un niño normal, pero su piel era de un marrón rojizo, y no gozaba de esa suavidad propia de los bebés.
A medida que los llantos del niño aumentaban, la comadrona se subía al techo del taxi. Luego, ceremoniosamente, enseñó el bebé, lo mostró, era casi como si lo presentara; primero a toda la gente que la circundaba, y finalmente a la mujer obesa, que reía y tenía la barbilla y el cuello empapados de vómito. No sé quién empezó primero, pero los coches comenzaron a dar marcha atrás y a chocar unos con otros. La comadrona se bajó sinuosamente del techo del taxi, y colocó al niño entre unas mantas en el asiento trasero. La parturienta estaba derrengada sobre el capó, porque estaba muerta, y cuando me volví a fijar en la mujer obesa, la ventana estaba vacía, y su cuerpo estampado en la acera, un charco de sangre creciendo de su cabeza. No pude ver quién conducía el taxi. El cielo tardó en volver a su estado habitual nocturno, y el tiempo gradualmente comenzó a dejarse sentir otra vez. El taxi maniobró y se fue por donde había venido (cadáver en el capó incluido). El forense despertó de su inconsciencia y el pobre debió creer que todo el desastre había sido culpa suya (no sé cómo le cuadraba lo de las ancianas rezando arrodilladas o hechas un ovillo).
Como digo, no sé si las desgracias en cadena comenzaron aquí, pero sé lo que vi. Y no soy creyente. Es mi versión sobre por qué llevamos casi un mes viviendo en penumbra natural aunque sea físicamente imposible. Como me pidieron.

isaias

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