En el pasillo

Voy feliz en mi coche, voy,
voy feliz en mi coche, voy.
Voy en mi coche feliz,
voy en él
voy en él.
Voy en mi coche feliz, ahí voy,
voy en él, voy en él. Voy cantando que voy en él, y el sol nos arrulla con su poesía efectista, y todo lo que digo va con melodía, y la novia de un poeta va lamiendo todas las esquinas sin darse cuenta de que solo son esquinas, de que no son para tanto, de que la poesía es otra cosa. Miro hacia atrás en mi coche feliz y el cuerpo del poeta ha quedado como un fardo. Voy en mi coche feliz, canto,
voy en él, voy en él.
Voy feliz en mi coche, voy,
voy en él, voy feliz.
Paso junto a árboles y prados, y veo a dos ciclistas y no tomo precauciones, y voy en mi coche feliz, voy
voy en él, voy en él.
Miro atrás siempre los cuerpos, a veces oigo crujir los huesos bajo los neumáticos. A veces paro y observo, la última mirada, el último suspiro.
Porque voy en mi coche feliz, voy,
voy en él
voy en él.
¿Y qué me van a decir? “Señor, es usted un irresponsable”. ¡Pero ustedes me vendieron el coche solo porque tengo dinero! Y ahora voy en él y a veces me cruzo con mujeres y a veces con chicos y chicas y son tan jóvenes, y parecen felices y… ¿cómo demonios contenerse? ¿No sabe usted que voy en mi coche feliz? ¿Cree que la gente tenía prisa antes de poder ir deprisa? Y acelero, no lo puedo evitar, y otro motorista hace break dance mortal.
Y dicen “ay dios”, y seguro no ven ninguna luz, a veces solo a mí, y sonrío,
y vuelvo a mi coche feliz para ir en él,
y voy en él
voy en él.
Y sacudo mi ropa del polvo del camino,
y a veces miro al siento trasero y coño, vuelvo a recordar que tengo otra vez otra chica amordazada. Atrapada en mi coche feliz y en el mundo, y es joven y tiene un gran futuro por delante.
O tenía.
Porque va en mi coche feliz, va
va en él
va en él.
Y llora bajo la mordaza y le digo que es pura lotería. ¿Qué posibilidades había?, le digo que si nuestros caminos se han cruzado ha sido por algo, y que no debería resistirse. Ella gruñe bajo el calcetín usado, y aunque parece intentar decir algo, yo solo oigo:
Voy en tu coche feliz, voy,
voy en él
voy en él.
Y ¡claro que sí!, esa es la actitud, le digo, así tienes que afrontarlo, no te preocupes, carpe diem. Y saco algo de la guantera y ella lo ve y parece seguir cantando. Con el día tan soleado que hace, casi nos podríamos secar por dentro. Pero podríamos ir a la playa, podríamos comprar un bikini para ti, algo color blanco roto a juego con las cuerdas y el calcetín. Podríamos probar el ahogo. Piensa en todo lo que te vas a ahorrar. Ahogar, ahorrar, ¿no es tronchante? No pienses que soy un cínico, solo voy en mi coche feliz, y he pasado una semana muy dura en el curro. Tengo la sensación de que este es el principio de una gran amistad, le digo, y también el final.
A veces se me quitan las ganas de cantar, me da mucha rabia, pero no quiere decir que no sigan dentro, agazapadas. Luego meto la mano en el tajo del estómago, estamos en el arcén, finalmente sin haber llevado a cabo los planes de playa. Tiro de las tripas húmedas para ver si me vuelven a crecer las ganas de cantar, pero solo consigo montar un estropicio. La chica sigue viva y un coche que pasara podría vernos en cualquier momento. Cojo el cuchillo y lo meto en la guantera. Me limpio un poco las manos en la ropa de la muchacha, y ahí se queda. No quiero que ponga perdida la tapicería. Quizá alguien la vea ahí tirada y se preocupe, pero es muy posible que pasen por delante sin más: al fin y al cabo se trata de esa gente que se cree mejor que yo. ¿Se podría salvar?; me divierte pensar en ello, porque tiene casi todo lo de dentro fuera, ¿alguien podría meterlo todo y ponerse a coser o algo así? El horizonte anuncia cambios, unas nubes negras y eléctricas amenazan la estabilidad del día soleado. Pronto se ven relámpagos y se oyen truenos. Un viento enorme azota el coche feliz. A veces estas cosas pasan. Necesito algo más para el día, algún buen crujir de costillas, lloros, peticiones de clemencia. Me apetece oír a alguien llamando a su madre muerta. A veces no basta con un buen paseo. No me vuelven a crecer las ganas de cantar. No me gustan los días grises. Todo el mundo se va su casa, todos se cierran bajo llave, cabritos desconfiados, cabritas, ovejas. Y no puedo esquilar a nadie. Eso me deprime e irrita, primero me deprime y luego me irrita, y luego acabo haciendo algo terrible y sigo sin ganas de cantar.
Pero hay que seguir, ¿verdad? Hay que aprovechar el tiempo al máximo; siempre madrugo para matar; si matas más por la tarde que por la mañana te arriesgas a topar con gente que de todas formas no valora la vida. Dicen. La gracia de la perdida está en el valor de lo que se pierde. La crueldad ha de ser genuina. Nadie quiere que le tomen por un bicho raro. Asesinos, contribuyentes, y el término medio: gobernantes. Así está la cosa. No deja de llover y no me crece el canto y pongo la radio, pero no puedes hacer nada con los que hablan y es frustrante. Los limpiaparabrisas trabajan como siempre con espíritu madrugador, y los pocos coches con los que topas creen que vas a alguna parte.
Recuerdo que ese tío sigue en el maletero porque de repente da algunos golpes. Debe haber recuperado algo de cordura, o quizá se trata de una reacción física natural de supervivencia, algo así como: Décimo día en el maletero, los músculos reaccionan para desentumecerse.
Golpea y se le oye el mismo grito apagado de las primeras cinco horas que pasó ahí dentro. La estadística de muerte por inanición no siempre es la misma. Mi regalo al tío es la oportunidad de la esclavitud sin ser él mismo el que se la impone. Parecen gritos y sufrimiento sin más, pero es una metáfora, de verdad; se lo digo, aunque creo que nunca me oye. En realidad nunca ha sido tan libre como ahora; ahora no puede hacer nada, de modo que no puede estropear nada, incluido él mismo; y, lo más importante, no puede fingir que no lo está estropeando. No es exactamente como correr por el prado y hacer la croqueta entre los tulipanes, pero al fin y al cabo toda situación recibe su calificativo por contraste. Los primeros dos o tres días piensas que lo sacarás de ahí y te divertirás de alguna forma, pero luego recuerdas el olor que se concentra siempre en el maletero de días de haber servido de lavabo, y te da cada vez más pereza. Lo puedes notar un poco dentro del coche, y esa es una de las cosas por las que la lluvia no me gusta, no puedes ir tranquilamente con las ventanas bajadas.
La lluvia cesa un rato y pienso en el acantilado. A veces pienso intensamente en él. Me doy cuenta de que estoy conduciendo en esa dirección. Sé que si no frenara, el coche feliz se iría directo al mar. Eso me provoca algún tipo de bienestar relacionado con la idea de la muerte, con la idea de la elección libre. El suicidio es probablemente la única democracia real existente, tomas una decisión libre y te afecta de verdad, sin género de duda, directamente, muchas veces para mejor, y en el justo momento de llevarla a cabo. Es lo contrario a meter un voto en una urna, con la ambigüedad que eso conlleva. Decido que tengo que coger un rehén, o aplastarlo, o hacer creer a alguna mujer que me interesa violarla y luego limitarme a dejar su torso sin piernas ni brazos en alguna cuneta. Comienzo a pasar por algún pueblo costero, nunca recuerdo los nombres de los pueblos y las ciudades, he pasado decenas de veces por aquí y sigo sin recordar la placa del lugar. Paso por alto los letreros. Las señales de tráfico son una sugerencia, al menos cuando recuerdo qué significan.
En cuanto recojo al autoestopista, sé que no es la elección adecuada, es demasiado robusto. El tío del maletero calla porque una vez le dije que si gritaba cuando oyera a alguien mataría a la persona que fuese. Como si la persona que fuese tuviese alguna opción al no hablar él. Es lo bueno de la mayoría de las personas: creen que si haces lo que les dicen todo va a ir mejor, ese es el poso educacional. Si haces lo que quieras te va a ir fatal, a ti y a los tuyos, pero si haces lo que yo te diga, oh, querido, insiste con ello, no pares, porque la vida te recompensará. No es que seas idiota perdido.
El autoestopista no me mira con confianza. Me entra un calor en el pecho que me dice que esto no es una equivocación, sino más bien una oportunidad. Activo el cierre de las puertas del coche. Le doy conversación al tipo. Se queja de algo, no sé de qué, no le escucho, hace lo que todos, se queja de algo mientras bromea sobre ese mismo algo. Agradece ese algo a la vez que lo maldice. Dice Qué se le va a hacer. El sol comienza a colarse entre nubes. Qué menos; es bonito cómo sucede casi a mediodía, cuando su brillo casi no tiene carácter, cuando solo es luz cegadora, cuando no te provoca la sensación de nacimiento del amanecer ni la melancolía de gradual apagado del atardecer. Solo brilla y te quema si te expones a él. Quizá hasta te provoque cáncer de piel. El tío me comienza a preguntar que si sé dónde quiere ir él, si le oí bien cuando me lo dijo. Le digo que sí sé dónde quiere ir, pero que él aún no lo sabe aunque crea que sí, y que le voy a ayudar. Haremos esto juntos, le digo. Es mejor hacerlo acompañado.
Es agradable.
Es una caída de unos cinco segundos de duración. Una vez cronometré a un tío que saltó; es un lugar habitual para el suicida corriente de toda la vida; el que cree ser una mierda porque los demás le han dado a entender eso y no porque necesariamente lo sea. Solo tuve que hacer guardia treinta y cinco horas hasta que alguien fue a matarse. Me imagino que el coche tardará menos de cinco segundos en llegar al agua.
Me interesa ese lapso de tiempo. El hombre forcejea e intenta desviar el coche, y algo debe intuir el del maletero, ya que comienza a gritar aun rompiendo mis normas. Noto los brazos del tío a mi lado, claramente machacados en el gimnasio. Me da por reír. De todas formas ya es demasiado tarde. El coche cae a plomo y va a chocar contra el agua de morro. Un choque frontal. Algo así como mil excursiones a la montaña concentradas en un solo segundo: tu encuentro más crudo con la naturaleza, y claro, normalmente gana ella. Al impactar contra el agua veo un chorro de heces que se va contra el parabrisas y pasa entre el cachitas y yo. Luego todo revienta y comienzo a tragar agua salada con cristales.
No quedo inconsciente y puedo sentir cada segundo hasta el momento del ahogo; el agua alrededor es marronosa, amarillenta, es agua y sal y mierda y pis. El dolor de pecho aumenta a medida que no respiro, veo al tío sano a mi lado, ya muerto, un pez se detiene y empuja con el morro su globo ocular derecho. Estoy bastante seguro, el asunto de la luz blanca es una sensación física. Ella aparece en algún momento de los últimos tres segundos. No pienso en absoluto en cantar. La veo caminar por un pasillo. No se vuelve a mirarme. Entra por una puerta, no la cierra, creo oír un murmullo que viene de esa habitación, aula, despacho o lo que sea. Es lo último que siento: me siento como el alumno castigado en el pasillo.

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