Un mensaje nuevo

Vuelves de la oscuridad y primero te sientes a ti mismo respirar pesadamente. Luego notas todo tu cuerpo, lo cual es una buena noticia. Pero después eres consciente del dolor. A través de las telarañas del parabrisas quebrado, puedes ver el atardecer. Una zona algo apartada de la ciudad, una carretera a medio camino de todo entre bosques breves de periferia. Una salpicadura de sangre propia parece arte abstracto en el salpicadero. Estás atrapado, y de todas formas sabes que casi seguro te has roto las piernas por completo. Te oyes a ti mismo gemir, aunque sin energía. Tu cara húmeda desde tu oreja derecha hasta el cuello, tu camiseta empapada como si te hubiera exprimido un gigante. Nadie iba contigo, lo cual te produce una sensación similar a la de sentir todo el cuerpo: una suerte de vitalidad fugaz. Tus brazos malheridos gozan de movilidad, aunque uno de ellos parece tener cristales clavados, fragmentos como minúsculas estalactitas. La sangre dificulta la lectura del escenario. Es la percepción atrofiada por la vida en crudo. Ves un fardo delante de ti empapado de rojo y supones que también líquido de motor; te das cuenta de que es el airbag, una suerte de condón descomunal reutilizado y repugnante. Cuando intentas hacer algún movimiento, se te va la cabeza debido a punzadas de dolor desconocidas para ti hasta ahora. Oyes un crujido que proviene de una de tus dos piernas, como una rama a medio romper. Sólo del terror te entran unas irrefrenables ganas de vomitar. Te da una arcada y te tragas lo poco que sale. No quieres padecer convulsiones para no moverte más de la cuenta. Tu cuello parece operativo, aunque algo rígido, no es que te vayas a librar del collarín. Por el rabillo del ojo izquierdo: una sombra veloz, un coche sano que ha pasado de largo. Tu cabeza bulle de pensamientos sueltos que llegan y se van igual que el vehículo que ha pasado. Sabes que tienes el móvil en el bolsillo. El cinturón de seguridad está arrancado. El sol y todo lo visible comienzan a fundirse con el horizonte, todo a través del cristal resquebrajado y las gotitas de sangre más nimias pero numerosas, esparcidas por doquier. La camiseta se te está empapando contra el pecho como si te hubieras restregado con ella por un matadero. Intentas gritar, sin saber muy bien por qué, y un relámpago de dolor va desde tu cabeza a tus piernas trituradas. Pruebas a mover sólo tu brazo derecho y palpar el bolsillo del pantalón. No es que lo veas muy bien, pero sabes que el coche está empotrado contra algún árbol lo suficientemente resistente. Te has salido de la carretera como todo un campeón, piensas; el morro de última tecnología ha hecho lo que ha podido, absorbiendo el golpe, y yace reducido como un acordeón cerrado. Tu móvil nuevo de trinca está intacto. Maldices, escupiendo de pura desesperación; no fluye la conexión a Internet, va y viene o no va, no recuerdas el puñetero número de urgencias. Piensas en llamar a la policía. Piensas en el momento en que decidiste conducir demasiado deprisa para olvidarte de ciertas cosas; y lo poco propio de ti que es hacer algo así, joder. Ves que la pantalla te informa de un mensaje pendiente por leer. Así, consultando el móvil, encuentras una postura parcialmente “indolora”, aunque tu cabeza esté en estado nebuloso y magullado. Se te ocurre que vas a pasar por un proceso terriblemente doloroso cuando vengan a sacarte del coche, mucho más doloroso que el accidente en sí. Ves venir muchos meses de hospital, puede que un año, puede que más, y prefieres no pensar en daños irreversibles. El mensaje dice:
“Hola… Qué es de ti…?”
Lo que faltaba. Lo dices en voz alta, suena como si no fueras tú, la garganta te sabe a sangre, dices: Lo que faltaba…
Durante dos segundos te sientes incluso ajeno a tu situación, debido a quién ha sido la que ha mandado el mensaje. Todo después de dos años de silencio, dos años o más. Dos años seguramente más provocados por ti que por ella. Más culpa tuya que de nadie a quien quieras culpar. Porque eres idiota, probablemente un idiota lisiado a partir de ahora. Vuelves a pensar en la policía, pero escribes:
“Hola”
Tras lo cual –después de pensarlo muy detenidamente– añades una carita sonriente. Te preguntas si el hecho de que el corazón se te esté acelerando aún más hará que sangres más rápido… Y lees:
“Hola, chico :)”
Te mueves sin querer y sueltas una auténtico alarido de dolor. Se te nubla la vista. Vuelve a crujir algo, estás bastante seguro de que es la pierna derecha. La izquierda parece definitivamente partida, pero está atrapada de tal forma que resulta inmóvil. Los ojos te lagrimean de pura desesperación. No puedes creer que Te Esté Pasando a Ti, y que Te Haya Hablado justo en ese momento. La policía, piensas, la policía… Miras el móvil y lees:
“Me ha pasado una cosa, me he acordado de ti…”
“Ah :)”, contestas. Tu pierna cruje y vuelves a gritar. Está comenzando a ser noche cerrada. Otro coche vuelve a pasar de largo por la carretera, ya con las luces puestas. Es imposible que no te vean, que no vean lo que ha pasado. Te das cuenta de que vuelves a tener conexión a Internet, obviamente; o de que ya la tenías y pensabas que no.
No es que pienses con claridad, pero de golpe casi todo tiene que ver con Ella. Piensas qué vas a decir, qué decirle, qué contarle, cómo excusarte o si viene a cuento hacerlo, o si sabe que ella te gusta desde hace ni sabes cuánto, o si deberías saber si le has gustado alguna vez a ella, o si debes hablar dando por sentado que tiene novio, o que no lo tiene, o que no es asunto tuyo…
Y te dice:
“¿Cómo estás?”
Decides no mostrarte muy efusivo, pero tampoco robótico, ni mucho menos depresivo o necesitado. Tampoco puedes parecer ausente o ajeno como si estuvieras haciendo dos cosas más a la vez. Hay cosas que ella misma intuirá y no sacará a colación. Toda conversación conlleva otra conversación soterrada: una especie de intra-conversación. Da igual lo sincero que creas que eres. Desde luego, de todas formas sabes que algo es auténtico cuando coloca en un aparte el hecho de que tienes las piernas rotas y muchas dudas sobre tu futura integridad física. Urgencias, piensas, la policía, urgencias, llamar, seguir con esto, afrontarlo, afrontar el dolor horrible y el proceso de conversión de montón de carne y huesos rotos a ser humano presentable otra vez. Venga, gilipollas. Di que ahora no puedes hablar, que te ha surgido un problema, algo que atender, puede que un familiar que te haya llamado, accidentado…, pero que querrás retomar la conversación, que no quieres quitártela de encima, que te ha surgido algo. Pero no se lo digas así. Sintetiza. Adelante, ahora. Esta vez se trata de tus puñeteras piernas, de tu cabeza. Piensa en sillas de ruedas, en rampas para siempre si no actúas, motívate, lo que haga falta, pero resuelve esto YA.
Y respondes:
“Bien :)”
Te vuelven las nauseas. Te preguntas si alguien habrá llamado a urgencias, a una ambulancia. No se oye ninguna ambulancia; estáis tú, el bosque, el árbol, tu cuerpo roto como el de un muñeco y vete a saber cuántos años por delante, y en qué estado. Te preguntas qué opciones hay con la eutanasia. ¿A quién le pedirías ayuda? ¿Quién te quiere lo suficiente?, ¿o te odia lo suficiente?, o lo que sea… Miras el móvil. Policía. ¡Urgencias! Y ella dice:
“Hay una cosa que puede interesarte, pero tendríamos que quedar para hablarlo…”
¿Una cosa que puede interesarte? ¿Algo de trabajo a tiempo parcial los fines de semana? ¿De qué se trata, a estas alturas? ¿Será…? Podría ser que tuviera una entrada que le sobra para ir a ver, qué sé yo, a U2, o a algún grupete indie malillo pero aburrido… Podrías ir con ella perfectamente. Podrías fingir que te gusta el grupo que sea. Lo que sea. Pero ¿quedar antes? Suena a algo más serio. O puede que lo que sea sea una excusa para quedar. Puede que ella ahora no tenga novio y se haya acordado de ti y se haya hecho preguntas, puede que una amiga le haya dicho “¡dile algo!, ¡qué más da!, no tienes nada que perder…”, o puede que no se trate de ti, puede que solo sea algo de curro o de vete a saber, ella sabe que siempre estás pelado… O, horror, podría ser cualquier cosa, podría recibirte con un chico que resulte ser su novio y todo se convierta en el día más incómodo y asqueroso de tu vida, y que te ofrezcan vete a saber qué mierda de puesto en la empresa en la que él trabaja y donde sería tu superior. Puede que te esté ofreciendo migajas sin darse cuenta de la humillación. Aunque puede que no tenga ni de idea de lo que sientes por ella (ni sienta nada por ti) y por eso le dé igual y no se pregunte qué vas a sentir… ¿Tendrá rampas las empresa? O podría tener muchas escaleras y tú salir con piernas de esta y empujar a ese mamón un día por ellas y decir que ha sido un accidente… Si es que existe tal mamón. Que seguro que es un mamón. Porque otra cosa no, pero esa chica nunca ha tenido olfato con los tíos (lo cual siempre te ha dado esperanza). Y lees:
“¿Sigues ahí?”
Venga:
“Me preguntaba qué es eso de lo que hablaremos :)”
Gritas otra vez y la pierna cruje. O al revés, la pierna cruje y sueltas un alarido ronco, te estás quedando sin voz. No se oyen sirenas de la policía.
“Mejor que lo hablemos cuando quedemos, si quieres quedar…”, dice ella.
Ambiguo, misterioso, raro…, no sabes cómo reaccionar, quizá sea un buen momento para decirle que ahora tienes algo entre manos y que quieres hablar con ella en otro momento, para quedar, para cerrar el asunto y poder veros cuando sea. Y quizá darle a entender de alguna forma retorcida y venenosamente inteligente (con la que no la engañarás) que quieres quedar, sí, pero a solas, sin ninguna carabina ni, por el amor de dios, ningún buen chico preparado de gran ciudad sobre el que te tengas que preguntar qué método favorito está usando últimamente para correrse. Enciendes la luz interior del coche y funciona; porque la vida en realidad no tiene sentido. Le dices que te alegra volver a hablar con ella (a Ella, no a la luz), y que te han “pegado un toque” y tienes que hacer una cosa. Le aseguras que en cuanto puedas le enviarás un mensaje, ya que de todas formas se ha roto el hielo (que más bien era ya como la madre del iceberg del Titanic) y ya no te sentirás extraño ni estúpido al hacerlo. Aunque no le dices todo eso así, claro. Y otro coche vivito y coleando pasa de largo con alguien de lo más altruista dentro…
Por un momento te entra el pánico. Ella no contesta a tu última explicación, y se te ocurre que, impulsiva como es, podría llamarte sin más para decirte lo que sea a viva voz. Te quedas mirando fijamente el móvil. Por fin, ella dice:
“Vale. Dime algo por aquí cuando quieras. Y ya quedaremos :)”
Sueltas aire, aliviado. Os liais un tanto para despediros, pero finalmente vuelves a quedarte solo con tus piernas rotas y el coche. Ahora sí, ambulancia, policía, bomberos, que vengan todos aquí, estás listo para la sangre, puede que tengas que ver tus propios huesos, puede que…, puede que haya buenas drogas para no sufrir, aunque seguro que nunca hay suficientes. Piensas qué le dirás cuando en la siguiente conversación le tengas que explicar que estás en el hospital con medio cuerpo lleno de yeso y hierros. Cómo hacer que no suene dramático y a la vez no restarle demasiada importancia. Siempre puedes decirle que te la pegaste justo después de hablar con ella, descartas que te pregunte dónde ibas (a ningún sitio). Pero no será fácil explicarle lo que ha pasado. En ningún caso piensas que puedas acabar en silla de ruedas; te aferras al dolor increíble, las ráfagas de fuego dentro de las piernas, la quemazón de todo el cuerpo; es lo único bueno de todo eso: gozas de sensibilidad, no te has quedado parpadeando por un solo ojo sin poder mover nada de todo lo demás.
Has bajado la guardia un minuto y las ganas de vomitar te han vuelto. Esta vez te dejas llevar. De alguna forma piensas que no soportarás mucho bañado en tu propio vómito y por fin te atreverás a llamar a urgencias.
Efectivamente, haciendo menos esfuerzo del que esperabas, devuelves sobre tu pecho; el discurso amarillo te empapa desde el cuello hasta la entrepierna. Manipulas el móvil, haces búsquedas, llamas, recibes tono, te explicas demasiado tranquilo –piensas– para lo que te ha pasado. A veces hay que ponerse histérico para que la gente mueva el culo a la altura de las circunstancias. En cualquier caso, pones en marcha a una ambulancia, que tarda menos en oírse de lo que esperabas. Llega acompañada de un camión de bomberos. Extraños uniformados comienzan a mirarte desde todos los ángulos desde fuera del vehículo, a través de los cristales echados a perder y toda la sangre y el miedo y la incertidumbre, el vómito, la carrocería, la humillación potencial. Es aterrador y a la vez sabes que ya no tienes que hacer nada, solo dejarte hacer, solo dejarte manipular, llevar, soldar, solo gritar y padecer como cualquier otro accidentado cuyo siniestro haya sido lo suficientemente aparatoso. Da igual lo que te vaya a doler, porque ya les ha pasado a miles, a millones, no eres nadie, ningún pionero, no eres ninguna sorpresa. No eres original para nadie. De hecho probablemente piensen que has bebido; puede que no los que me mejor te conocen, pero sí muchos otros. Se la pegó con el coche, a saber dónde iba, tenía que acabar mal, algún día tenía que pasar algo. Etcétera. Porque todo el mundo es un oráculo si su vida es lo suficientemente absurda, tediosa y conocida.
Te empiezas a adormecer, aunque sabes que en todas la películas eso es mala señal, y aún no has llamado a tus padres, a nadie. Todo se va a negro justo cuando estás comenzando a ver una lluvia de chispas, alguien está comenzando a despedazar la carrocería. Queda toda una jornada de trabajo. Y ves un altar. Te ves a ti mismo esperando. Las banquetas de la iglesia están repletas de motores parlanchines de distintos tamaños. A tu lado hay un tubo de escape, toda la estructura de un tubo de escape puesto en pie, que se inclina sobre ti y dice: “ya viene”. Comienza a sonar un órgano y te sobresaltas, el órgano de la iglesia. El tubo de escape humea un poco a tu lado, lo que interpretas como una sonrisa. Los motores se agitan en las banquetas como dándose la vuelta para ver a la novia. Finalmente, Ella entra del brazo metálico de la estructura completa de otro tubo de escape, que se arrastra solo y puesto en pie a cada paso que ella da ceremoniosamente. Todo el techo y las cristaleras están llenos de placas electrónicas, algunas cuelgan de lo que parecen cables coaxiales. Cuando ella está cerca, observas que su vestido parece hecho con piel, pero no piel previsible alguna, ni muchos menos visón o de otro animal al uso. Esta se transparenta y es fácil intuir sus pezones, e incluso su vello púbico. Te da igual, todo te parece correcto y en su sitio. Al darte la vuelta, eso sí, para encarar con Ella al cura, estás a punto de sufrir un infarto. El hombre tiene varios trozos de cristal de buen tamaño clavados en la cara; la sotana y lo demás está desgarrado y manchado de sangre y jirones negros, y apesta a gasolina. Al abrir la boca, con cada supuesta palabra o frase, parece regurgitar pequeñas llamas; a veces salen chispas por sus orejas: chisporrotea. No captas nada de lo que dice. Dos hombres tiran de la estructura del salpicadero, tardas varios segundos en reconocer de verdad la realidad. Tu pierna izquierda es un amasijo de negrura, podredumbre, esquirlas de hueso y carne quemada, pero tiene forma de pierna, y al menos estás de una pieza. Entras en pánico otra vez y le intentas decir a alguien que hay que llamar, llamar, a tus padres, que no has llamado a nadie. Una voz te dice que no te preocupes. Una mujer habla contigo mientras los demás intentan separarte de tu coche como si fuera tu apéndice o te estuvieran extirpando un riñón. La “hora de oro”, supiste después, es cuando todo sucede, la primera hora desde que te diste el trompazo, puede que las dos primeras horas, que es cuando el protocolo de actuación ha de ser óptimo para que no la casques. Tú pasaste la hora de oro hablando con alguien que probablemente piensa que eres un chico con problemas con quien jamás se liaría, ni mucho menos en serio. Alguien que una vez fue divertido. La hora de oro ya pasó. La mujer te dice que mantengas la calma. Le dices que eso no es un problema para ti, si te garantiza que te van a devolver las piernas. No se lo dices así. En la hora de oro se producen el 75% de todas las muertes en accidentes así, pero no se habla de rampas ni ojos solitarios parpadeando en habitaciones vacías. Si no palmas, los profesionales ya se van con la sensación del trabajo bien hecho. Lo cual es bastante comprensible. “Eh, le salvé la vida a ese tío, ahora está por ahí, viviendo su plena juventud, alimentándose con una pajita y ejercitándose como un mueble.” Le preguntas a la mujer si sería muy raro que te pusieses a trastear con el móvil. Más que nada porque la ceremonia se ha quedado a medias. No te ha entendido, y te suelta alguna nueva frase tranquilizadora de protocolo. Le insistes y te dice: “¿Qué ceremonia?” Y entiendes que estás cruzando conceptos y sentimientos. Al mirar a la mujer la imaginas desnuda; te lo tomas como un síntoma de salud, y no de estar tan increíblemente salido que hasta masticado por tu propio coche puedes pensar en las bragas de quien esté más cerca. Básicamente están convirtiendo el coche en algo elástico y blando que poder manejar. Cortan por un lado, estiran por otro, ahuecan algo, rellenan alguna otra cosa. No es la hora de oro, pero sigues vivo, así que tienen que actuar como si lo fuera. La mujer te dice que ya casi está. Te habla como si estuvierais en el despacho que seguramente tiene, porque es evidente –por cómo viste– que no forma parte del cuerpo de bomberos ni es policía ni una mujer que pasaba por allí. Es alguien que ha leído cómo hay que hablarle a alguien que está desencajado por varios sitios y probablemente desquiciado; lo cual parece traducirse en: poco y con frases cortas. Es decir, de entrada no se ha de dar por sentado que fueses un suicida, de modo que se dirige a ti como si la vida te pareciese una buena idea.
Te das cuenta de que, a medida que pasa el tiempo, tu estado de ánimo se va pareciendo cada vez más al habitual, lo cual te horroriza. La mujer (que te ha dicho su nombre pero no lo recuerdas), te dice, como si acabara de caer en algo, que si quieres puedes usar tu móvil. Lo cual hace que te invada una sensación de pereza ante la idea de cómo vas a decirle a quien se ponga (tu madre, tu padre…) que estás como estás, sin poder decir que estás bien sin estar mintiendo, porque ni tú mismo sabes cómo estás o si vas a volver a estar bien realmente. Dices que te sientes débil, prefieres quedarte así. Tras lo cual resoplas y coges el móvil. El dolor vuelve con fuerza, esta vez a las dos piernas, liberadas de la carrocería. Te cagas en algo en voz alta y luego vuelves a pensar que no es malo que te duela todo, que si te duele todo es porque todo es recuperable. Te quedas mirando la pantalla y la mujer te dice que no hace falta que llames a nadie, que ella no lo decía por eso. De hecho, te dice, ahora no es buen momento para llamar a nadie, mejor cuando estés en el hospital. Una buena dosis de alivio te invade. Pasados apenas unos segundos, Ella te vuelve a la mente con fuerza, de esa forma en que, no es que vuelva (porque no se ha ido) sino que se hace presente en todo tu ser y necesitas hacer algo al respecto. Es un poco tarde, pero crees que aún no estará dormida. Cuando vas a teclear, te das cuenta de verdad del collarín que llevas puesto hace rato. Miras la conversación anterior. Decides que no hiciste un mal papel, aunque tampoco dé la impresión de que estuvieses emocionado. Bien en la despedida, bien en las expresiones elegidas. No. No vas a escribir más por hoy. No tiene ningún sentido. Además el dispositivo de rescate está listo para levantarte y meterte en la ambulancia. De tanto pensar en ello, al final no te parece para tanto. Aunque es posible que te hayan inyectado algún calmante potente, o puede que hayas tragado algo. No estás seguro. Te entablillan las piernas y te hacen moverte paso a paso. Nada de un traslado a camilla de sopetón. La actuación es de hora de oro, todo ha de estar acompañado por la idea de que algún “cable” podría estar a punto de romperse.
En la ambulancia, ves caras sobre ti. Un enfermero te habla y te resulta un tanto seco, como si estuviese teniendo una mala noche. Te sientes aplastado, entumecido, acribillado. Pero te asombra no estar gritando de pura desesperación; algo que has de agradecer obviamente a las drogas. Supones que al final el accidente ha de haber sido más aparatoso que grave. De hecho, enseguida sabes que tu pierna derecha ni tan siquiera está rota del todo, y la izquierda podría estar mucho peor, ya que estás seguro de haber oído que la tibia se ha salvado.
Mientras te manipulan en el hospital, se desata el drama, y es que han de recolocarte huesos y proceder con operaciones mecánicas en las que el sufrimiento forma parte de la solución. Durante dos años, los dos años de silencio total entre Ella y tú, algunas veces tenías una fantasía triste y recurrente. Una fantasía en la que se te diagnosticaba una enfermedad mortal, y puede que te quedaran uno o dos meses de vida. Entonces te imaginabas escribiéndole una carta, y mientras escribías tenías la deprimente y agradable sensación a la vez de que ya no tenías nada que perder. Podías decir todo lo que quisieras, porque ya no había nada en juego. Tenías que ser claro y no equivocarte, pero podías ser directo, hasta romántico, extremado, o casi como te diera la gana; porque tenías cheque en blanco, te ibas a morir; nada de lo que escribieras iba a sonar ridículo. Triste y deprimente, o hasta un poco tonto. Puede. Pero nunca ridículo o estúpido.
Aunque te asombra semejante cosa, eres capaz de dormir un poco cuando han acabado de recolocarte, enyesarte y vendarte donde tocaba; básicamente las dos piernas y la cabeza.
Cuando despiertas, el brillo de la estancia te ciega por momentos.
Luego ves que Ella está sentada en una silla junto a la cama.
Tenéis un diálogo casi en silencio, en susurros. Todo resulta muy agradable junto a la luz del sol matinal, ya casi de mediodía, que entra por la ventana con cerrojo se seguridad anti-caídas buscadas… Os encontráis en esa habitación, que es casi un eufemismo en sí misma. Y sabes que casi seguro no es real. Pero procuras no moverte con brusquedad, el yeso está ahí, los picores, ella también. Está bien. Tsssss. Sin levantar la voz. Ahora eres cristal y caucho y metal con carne, dices, aunque ella no se ríe apenas, porque no es que nunca le hayas hecho mucha gracia. No se trataba de eso. Casi puedes notar las drogas recorriendo tus venas. Le dices que te puede preguntar lo que quiera, porque estás bastante seguro de que algo de lo que te hayan metido te obligará a decir la verdad. Solo haces tu intento, plantas la semilla. Como siempre, no engañas ni manipulas a nadie; pero por lo menos aún no sabes bien si sigues dormido o ya has despertado.

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