Lo contrario al turismo

Normalmente, a la gente a la que no quiero parecerme le va aparentemente de fábula. No es que no se quejen o sepan valorar lo que tienen (y con esto no me refiero necesariamente a cosas), pero encajan, son estupendos en lo que se les exige. Y presumen de esa “estupendez”, lo hacen de las formas más extrañas e involuntariamente rebuscadas. Algunos tragan lo indecible, algunos cagan cosas que ni te imaginarías, otros expelen historias casi letales, y los hay que incluso tienen hijos durante ese proceso: solo para demostrarte que pueden. A mí me ponen de buen humor los videoclips coñones de Katy Perry…, estoy bastante seguro de que algunos escotes han evitado mi suicidio a largo plazo, algunas caras, algunos vídeos porno. Ni tan siquiera hay que hablar de cine o canciones o polvos o libros, o grandes días y estupendas compañías. Algunas sonrisas femeninas en HD, con eso basta, algunos culos, algunos despistes en la playa, algún trago de agua salada, alguna picadura de abeja piscinera en la frente, y desde luego todos los pasos de cebra. No es que vaya muy atento, estoy vivo lo que se dice de milagro. Mi semen, en términos de reproducción potencial para el siglo XXI, es un peligro, una bala perdida, una orden cumplida a bordo del Enola Gay. En el contexto adecuado, todos somos un Paul Tibbets en potencia. Ser bueno es relativamente fácil sin estar al mando de nada; ya se sabe; lo único parecido a estar al mando para la mayoría es la paternidad, y actualmente es una cuestión meramente económica. Ser padre es un reto personal, ser profesor es una nómina. Un sueño recurrente va de un caza, lo sé pilotar (en los sueños soy la caña, casi tanto como Paul Tibbets); bautizo al avión como Lunes. Piloto mi Lunes bien cargado de bombas para soltar. Todos me conocen, y están aterrorizados ahí abajo; pero lo que hago para pillarles por sorpresa es sobrevolar la ciudad un viernes. Siempre pican, siempre perecen, nunca se lo esperan, siempre gano. Viernes por la tarde, están adocenados. Luego lanzo una sonrisa en cabina, la Historia sigue, voy de cabeza a los libros de texto. Soy como ellos, pero en el lugar adecuado en el momento preciso, quizá con alguna medalla al mérito en la solapa y alguna puta de confianza esperando en la ciudad vecina. Pasta en mi cuenta, gloria asegurada; era eso o cualquier otra cosa; ¿más daños materiales y vidas segadas?, puede, pero no la mía, no mi casa. Siempre es el mismo principio. Luego la almohada tiene la huella húmeda de mi cabeza y la gloria se esfuma. Es lo más parecido que tengo a un sueño erótico. No mojo los calzoncillos, pero tampoco me traspasa un rayo de alivio. Solo parpadeo y pienso en Paul Tibbets, últimamente pienso mucho en Paul Tibbets, en su cabina, en su momentazo, en su respiración segundos antes. Pienso en él como si él hubiese sido el único destructor a gran escala, como si eso no fuese cosa del día a día. Son secuelas de jugar poco a la negación, a cierto tipo de negación que triunfa como los juguetes adultos (¿os acordáis de cuando los juguetes eran de los niños?). Voy a la calle, paseo, hace un calor de muerte, se mete en los huesos, se te cae la cabeza, ojeo un periódico en alguna barra mal ventilada. Jugar poco a la negación es no saber filtrar mucho la información: intentar asimilarla toda o casi toda. Ser consciente de demasiadas cosas. Hay muchas formas de no ser exactamente feliz, y tan solo una (quizá dos) de serlo. No está claro que en la opción predominante para ser feliz tenga cabida la empatía o una visión realista de la vida, del mundo, de las consecuencias. Me meto en un autobús, es barato y hay aire acondicionado. Veo las caras de autobús, la gente pasa de disimular en los autobuses y los trenes, a menudo puedes observar sus estados de ánimo sin ningún filtro. Las caras suelen ser más caretos que caras a medida que la persona tiene más edad. No me refiero a que las niñas de veinte sean felices y los ancianos vean venir la otra acera; más bien los niños son los únicos que se libran, pero por poco tiempo, porque dentro de no mucho los adultos nos encargaremos de ese asunto. Clases y lecciones y matar el brillo de sus ojos. Es una cualidad de la sociedad, y muy paternal, claro está, muy de los padres en general. Los padres son villanos recurrentes involuntarios. Se miran al espejo, perciben el diámetro de dilatación del ano que llevan ya a los treinta y pico años en la mirada, luego ven pasar al crío, y, en algún momento fugaz, puede que casi inconsciente, piensan: tú vas a pasar por lo mismo, aunque sea lo puto último que yo haga en la Tierra. ¿Por qué os creéis que insisten tanto en decir que quieren una vida mejor para sus hijos? No quieren que sospeches. Además, ellos solo querían ser respetados, querían dar una sensación de futuro responsable, de evolución, querían ser adultos. No traen una persona nueva al mundo, solo se hacen la paja más cara y quizá irresponsable de sus vidas. Vamos, que no digo yo que todos los padres sean así, pero ¿la mayoría?, digamos un 87%. Un 87% es factible. No creo que me equivoque de mucho. Me bajo del autobús cuando llego al centro. Pienso en Paul Tibbets mientras me doy la vuelta completamente para mirarle el culo a alguien. Me meto en un Zara; me golpea una ola de aire acondicionado que quizá pague cara; el aire acondicionado es como barrer la mierda bajo la alfombra; lo que tiene el verano es que no hay un equivalente a la manta que en invierno te quita el frío. Tienes que tirar de aparatejos, y estos entienden por bienestar darte un sopapo de aire artificial que fácilmente hará que te resfríes o te chisporrotee la cabeza de dolor. He entrado en el Zara por el aire acondicionado, por supuesto. Los Zaras tienen una particularidad; muchas veces están en locales que antes eran cines, teatros, puede que librerías; generalmente un Zara siempre es la tumba de algo, a menudo algo cultural. Cada vez se abren más Zaras. El que recorro era un cine, y tiene la pantalla recubierta con una tela o algo parecido, en la que un tío lleva zapatos sin calcetines (qué asco), una especie de traje de chaqueta blanco, unas gafas de sol grotescas, una mandíbula de tres días sin afeitar y un tupé. Su actitud es la de “follo niñas desnutridas y me aplauden” o la de “soy un hortera y Paul Tibbets debería matarme a puñetazos” según el día. Hoy le miro y no me transmite nada, puede que sólo una vaga vibración decadente, algo que en gran medida te puede empujar al suicidio, pero en pequeñas dosis (como te la suele inocular la vida según dicen tienes que vivirla) solo te apaga; es un proceso, se asegura de que tus ademanes denoten vida solo si te has maquillado o has bebido demasiado en la comida. Salgo y me azota la ola de calor, no muy lejos veo a alguien con quien no me apetece encontrarme. Esto me pasa con mucha gente del pasado. Digamos un 87%. No creo que me equivoque de mucho, tampoco. Es un chico, un chaval que iba conmigo al colegio. Vi algo sobre él en el periódico de la ciudad hace poco, creo que es algo así como un ciclista de reconocido éxito a pequeña escala, uno de esos fenómenos que no le importan a nadie, pero que acrecientan el ego del sujeto y funcionan como buen relleno para una publicación local. No eramos amigos, no eramos nada. «Nada» es una palabra crucial para definir multitud de historias de los años del colegio. Le observo cuando ya no me puede ver; está en buena forma. No me caía bien. Durante años tuvo fama de gay, no sé si lo era. Supongo que también hay gays estúpidos. Era amanerado, eso es cierto, una vez coincidí con él en una sala de espera para una entrevista relacionada con un trabajo horrible, terriblemente tedioso e industrial, uno de esos en los que eres una pieza y tu humanidad –no digamos nada de lo que te haga sentir vivo– no importa tres pepinos (el tipo de trabajo que la gente fue criada para valorar como un trabajo de verdad). Llevaba un pendiente y una actitud “despierta” que era de lo más triste, y que de hecho es muy habitual, una especie de semblante vívido artificioso que es lo que suele caracterizar a muchas personas en lugar de su verdad particular, años ha amputada, olvidada y convertida en uno de los hitos centrales de la inmadurez. Tú, malo. “Tú”, bueno. Me cogieron para aquel curro, por el que me arrastré durante tres meses, a él no. Tuvo suerte.
Camino hacia la periferia. Llega un punto en que crees que te vas a salir de la ciudad, suele ser cuando acabas llegando al barrio rico de turno, adonde está la gente de pasta, herederos o nuevos ricos, niños pijos y viejas nazis. Vistas abiertas, parques monísssimos, urbanizaciones, calles de lo más cucas. Solo veo a gente paseando al perro. Un par de chavales hacen ejercicios en un espacio que parece un gimnasio improvisado del ayuntamiento al aire libre. Mucho césped muy bien cortado. Coches aparcados que salta a la vista que son muy caros incluso aunque sepas de coches lo mismo que de teoría cuántica. Me cruzo con una señora mayor que me echa un buen vistazo, de arriba abajo, todo muy desaprobador. Llevo casi una hora caminando y mi camiseta denota marcas de sudor; cuanto más consciente eres del sudor menos quieres sudar, y más sudas. No es como a esa gente a la que le sudan las manos ni nada de eso, mi sudor es el clásico de toda la vida, axilas y básicamente torso, cuello… Es el motivo por el que nunca he follado con nadie sin ir al baño antes; nunca he dejado que se produzca esa escena pasional en la que la ropa comienza a salir disparada sólo con entrar por la puerta. Una vez hice esperar a un chica porque su compañera de piso tenía ocupado el lavabo. Al llegar al portal y entrar al ascensor con ella, de repente quiero mi espacio. Conozco pocas actividades tan estresantes como liarse con una tía. Casi llego a entender a la gente que se empareja (o casa) más o menos con quien pilla; sólo la idea de no tener que pensar en esos rollos te ha de quitar un peso de encima de tres pares de narices. Mientras intercambio una larga mirada con la señora, recuerdo por algún motivo el crepitar de la electricidad cuando venía de camino y mientras pasaba por debajo de una gran torre eléctrica. Una de esas torres eléctricas enormes que atraviesan todo tipo de colinas y van en paralelo con carreteras; esas zonas de periferia por las que nadie que crea que sabe vivir pasará jamás si no es en coche.
Ellos se lo pierden.
Las zonas de nadie son los lugares más interesantes el día adecuado. ¿Cuándo es el día adecuado? A poder ser entre semana. El peligro de toparte con gilipollas disminuye, y todo el mundo se remueve y chapotea a tu alrededor como palomitas de maíz. Todos crepitan mientras tú simplemente fluyes. Sin ningún plan, sin ninguna prisa. Rodea la ciudad, vete a donde nadie vaya andando. Es parecido a caminar por una vía pero mejor, luego te metes por una calle u otra, indagas un poco, te cruzas con muy poca gente, jamás los volverás a ver, y será casi íntimo, porque no estarás en un puñetero concierto ni una sala abarrotada. Pillarás a la gente desprevenida, con su cara real, algo aún mejor que las caras del autobús y del tren. No caras, sino vidas de circunstancias. No hace falta que te pongas a imaginar historias, ni qué pasará por sus cabezas; sólo observa con tranquilidad. Si lo haces con la suficiente calma, sin apabullar, sin correr ni ralentizar ni precipitar nada, casi podrás comprobar in situ que algunos de ellos aún podrían albergar vida. Podrías salir sorpredentemente renovado; es sencillo de una forma imposible de catalogar; podrías no llevarte el cañón a la boca gracias a esto. Es todo lo contrario al turismo.

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