La paradoja del pedo

Hay una mosca explorando el despacho, son las diez de la mañana. J. mira el teléfono fijo, que sigue en silencio mientras su estómago ruge. Quizá sea mejor no entrar en detalles, dejemos que la intuición actúe. La mosca se acerca a su cabeza, merodea, parece tener un tono verdoso –o colorido, al menos–, como esas moscas a las que les chifla la mierda. J. se huele las axilas; huelen a sudor y desodorante, pero nada comparable a la mierda de perro o la basura puesta al sol. El sol, por cierto, se cuela por las rendijas de la persiana metálica a su espalda. El sombrero en el sombrerero, la gabardina colgada, facturas, papeles sin relevancia por la mesa; no muchos. Nadie llama a la puerta. Hay dos sillas acolchadas al otro lado del escritorio; antes se les daba uso. Incluso hay un sillón de cuero de tres plazas. Un sillón estiloso a la vista y notoriamente incómodo; un sillón que solo tiene una historia que contar. Una vez vino una chica, una noche rara. J. piensa en ella; no le gustaba mucho, pero era una chica, olía bien, no olía a sudor y desodorante, se desnudó. El ruido de la piel contra el sillón lo estropeó todo. Nuevamente, mejor no entrar en detalles. Hacia las once de la mañana el teléfono vuelve a no sonar (o bien: sigue sin sonar). J. se levanta, echa un vistazo a la calle a través de las rendijas soleadas. Los no clientes van de un lado a otro, pasando de largo del edificio. Coches. Una mujer le grita a un chico, no se oye nada, es un cuarto piso. Un poli de tráfico parece resoplar, se quita la gorra y se abanica con ella. J. vuelve a sentarse en su amplia silla. Se pregunta para qué ha madrugado para venir al despacho. La mosca se siente cómoda en la estancia, se posa aquí y allá, sisea, se frota las patas. Una criatura de Dios. Los bichos que se sienten cómodos entre la mierda son los que mejor viven en esta tierra, se dice J.; perciben todo tipo de mierda: estarán ahí cuando un alguien defeque y también cuando alguien se quede en la calle sin un duro o muera. A una mosca no le importa, a ella todo le está bien; es lo más parecido a un gobernante. La gente dice eso de los gatos, pero no son comparables con los insectos. Un gato tiene necesidades demasiado palpables, demasiados años por delante. Una mosca o un mosquito viven tan poco tiempo que no les daría ni para comenzar a tener miedo.
A las doce, el teléfono, ídem. Semanas atrás J. lo llegó a descolgar alguna vez para comprobar que tenía línea. Tenía línea. Ahora cuando lo miraba le parecía estar viendo su futuro: constaba de una alarmante carencia del mismo… El sol azota como si llevara una máscara de cuero puesta, dando vida y matando casi por igual; en estas fechas las personas realmente mayores mueren con más facilidad. J. se pregunta de dónde viene esa expresión: “Caen como moscas”; ¿será una venganza verbal cutre humana? ¿Las moscas caen de forma particularmente indigna?, ¿qué demonios significa eso? ¿Es de un anuncio de matamoscas? ¿Cuánto tiempo de vida cree la gente que le está quitando a una mosca cuando la matan? La expresión es incorrecta; sería mucho más correcto decir, por ejemplo: “caen como obreros”. ¿Prefieres un mes de felicidad seguramente completa, o alrededor de 80 años más bien jodidos y muertos? Imagina poder volar, poder saborear cualquier mierda gratis en lugar de pagando como lo haces, imagina poder irte por ahí, perderte, no pasar hambre en ningún sentido, no tener que vivir años y años. Imagina no tener que tratar con la gente, los supuestos amigos, los amigos impuestos, los horarios, imagina no tener que ser simpático… Las moscas no caen “como moscas”; por comparación con el 90% de los humanos, caen como reinas. Una mosca no pierde la dignidad, es nada más que mobiliario móvil, además no da asco o miedo a nadie, solo es una minúscula molestia: y obviamente hace mucho menos daño que cualquier humano.
J. se levanta, la mosca está en la pared, cerca de la puerta. Ha pensado (J., no la mosca) tener un insecticida en el despacho, pero lo cierto es que hace tiempo que no tiene ninguna buena imagen que dar; difícilmente puedes quedar bien si no hay nadie más contigo, ni mal; la elegancia (o deselegancia) comienza a ser potencial cuando hay dos personas. J. piensa en la paradoja del árbol que cae solo en el bosque; ¿si un tío se tira un sonoro y asqueroso pedo estando solo en una habitación, sigue siendo un guarro?
J. mira con atención la mosca, que de hecho lleva tres días yendo y viniendo; está convencido de que es la misma. Ha pensado en ponerle nombre, la gente lo hace (lo de ponerles nombre) con sus peluches, a veces incluso con sus casas, sus coches. Es bastante probable que haya muchos que solo tengan hijos por el placer de ponerles nombre. Hay mucha gente inconscientemente malvada y estúpida por igual. J. nota que le vuelve a enviar correos no deseados el estómago. Últimamente navega entre el ayuno y la mala comida. El sistema digestivo no sabe muy bien qué hacer, y cuando le cae algo, parece recibirlo con ansia desmedida, lo machaca y ahoga en un exceso de jugos gástricos y fluidos y vete a saber. La clásica vomitona anal. Retortijones. Era peor cuando aún estaba la secretaria, piensa J. Georgette aguantó durante meses sin cobrar, porque tenía el peor defecto posible imaginable en este mundo: era buena persona. En términos de salir adelante, ser auténticamente buena persona es el equivalente vital de intentar aterrizar un avión comercial con todos los motores apagados y una azafata practicándote una felación; durante un rato te sientes genial, pero después el suelo enseguida viene a por ti decidido a dejarte triturado, avión, azafata y bondad personal tuya incluidos. No por nada la gente practica ensayos mentales distintos cada vez para creer que son realmente buenos; hay artículos y libros a patadas sobre el asunto: si te lo quieres creer, para cuando cierras la contraportada de turno te ves a ti mismo como el puñetero Jesucristo en un sábado por la tarde constante. Putos sábados…
Antes, para J., ir al baño del pasillo era más embarazoso durante esos procesos bélicos intestinales. La imaginaba a ella, a Georgette, imaginándole sin querer a él cagando totalmente fuera de control, poniendo caras como si le hubiesen pegado un tiro en el estómago. Pero ahora la pequeña sala de recepción está vacía.
No es que no continúen pasando cosas, la gente se sigue poniendo los cuernos, sigue habiendo mamoneos de negocios, traiciones, mentiras institucionales, bebés secretos, campañas para elecciones, huidas, desapariciones de adolescentes, parejitas que mandan a sus padres a tomar viento, violentas discusiones en la cocina, sospechas justificadas, noches sin dormir, camareras embarazadas, abortos clandestinos, polis corruptos, políticos sonrientes… Todo eso existe aún; pero la gente ya no tiene dinero para financiarse investigación alguna. La cámara de fotos de J. está desconcertada desde hace meses, y el coche aguanta semanas con el mismo depósito de gasolina. Todos siguen puteando y siendo víctimas de puteos, pero ahora las víctimas no pueden pagar a nadie para que les confirme que sus vidas son un estercolero, y que ya no son unos muchachos o mujeres jóvenes y lozanas con mucho futuro aún por delante.
Los retortijones empiezan a, cómo decirlo, a decir palabrotas. J. suele esperar hasta el último momento. Odia sentir la diarrea saliendo como lava de su ya maltrecho culo.
Pero esta vez se le va el asunto de las manos. El último retortijón se convierte en una auténtica amenaza final. Mierda, comienza a murmurar, mierda santa… Sabe que ya no le da tiempo ni en broma de llegar al lavabo cutre del pasillo que tiene toda la planta asignado. Además, cabe la posibilidad de que esté ocupado. Vale, se dice a sí mismo, qué coño importa, nadie va a venir aquí, nadie va a llamar a la puerta. Coge el sombrero, que tiene un revestimiento interior en el que tendrá que confiar, y decide solucionar el asunto. Antes esto no era así, se dice a sí mismo, antes entraba una chica impresionante por la puerta y traía un caso cojonudo entre manos, el mismo quizá implicaba a todo el departamento de policía, a la mafia de la ciudad, a decenas de concejales de todas partes, y puede que hasta al puñetero alcalde. Te ganabas la vida jugándotela, eras un Hombre. Estabas en el ajo, recorrías las calles, llevabas tu cámara, tus prismáticos, tu buen traje, te colocabas el sombrero según te diese el sol, practicabas el lenguaje de los sombreros, te lo quitabas con estilo al entrar en los sitios, te lo alzabas al cruzarte con una mujer, te lo calabas hasta que casi no se te veían los ojos al pasar por un callejón oscuro. Estabas vivo. Te sentías vivo en una ciudad llena a rebosar de cuerpos sufrientes, mayoritariamente confusos y amargados, con vidas “ejemplares” que lo único que tenían de ejemplar era la fachada de las casas.
Era alguien interesante, valiente y oscuro entre gente que le consideraba solitario y amargado mientras barrían la excreción propia bajo alfombras demasiado caras. Y les ayudaba, e incluso a veces conseguía sentirse bien con ello. Trataba con gente que protagonizaba la paradoja del pedo, cosa que hacían a varios niveles. Brillantes por fuera y cerdos de todo tipo en solitario, por dentro, sin sentirse como tales. Forzando lo paradójico. Hombres de familia y mujeres desesperadas; hijos sin futuro y un cielo indiferente y burlón. ¡Ah!, los buenos tiempos. Las cloacas se tragaban casi sin problema la mierda; y ahora, observa J., hay un sombrero llenito casi hasta el borde de ella. Ha sido largo, explosivo y doloroso; acuclillado, con la ropa por los tobillos, se ha asegurado de sacarlo todo de su organismo.
Sin estar en el lavabo, sin el entorno preparado e higiénico que te ofrece, aunque la mierda sea tuya el olor se va volviendo cada vez más y más presente y repulsivo. En una habitación al uso, la peste se multiplica por diez. J. levanta el sombrero con ambas manos; ahora se trata de caminar con mucho cuidado, cruzar la recepción, abrir la puerta y salir. La clave de todo es que no haya nadie en el corredor, y después que el lavabo no esté ocupado. Mierda, murmura, joder, mierda… Ahora se le antoja todo de lo más complicado. El puré marrón se está comenzando a filtrar por el revestimiento interior del sombrero. Se está comenzando a empapar la capa exterior. J. lo deja un momento en el suelo y camina hasta la puerta que da al corredor. Pega la oreja en ella. Normalmente no hay mucho jaleo en el vecindario. Hay algunas familias que van a lo suyo; pero siempre son peligrosas, aunque sea sólo por llevar a cabo un ejercicio constante e inquebrantable de omisión. Las familias suelen ser reductos de convivencia brutalmente egoístas; se cierran sobre sí mismas y año a año van construyendo un caparazón emocional casi indestructible para el mundo exterior. En el mejor de los casos, es una especie de amor a circuito cerrado rodeado de un vallado eléctrico mortal de necesidad. No es tanto quererse entre ellos como tener la coartada perfecta para olvidarse de todo y todos los demás: si dentro del núcleo familiar todo va bien, al resto del mundo lo pueden coser a bombas mil ejércitos de harriers hambrientos de actividad. No siempre es así, se podría decir sin faltar a la verdad, pero las pruebas históricas dictaminan más bien lo contrario. Todo Lo Puto Contrario…
J. abre un poco la puerta, para ver por una rendija. La cuestión es que una costumbre familiar residual es relacionarse con otras familias. Es algo que se podría achacar a la amistad, pero a una familia esto le sirve más bien para tener otra familia con quien compararse, sobre la que poder hablar y a la que poder destripar. Un vecindario con los suficientes pisos ocupados, es seguramente el lugar adonde va a morir cualquier esperanza de un buen futuro a largo plazo para la Humanidad.
Bien, se dice J, vale, no parece haber nadie. Cabría esperar a dos madres poniéndose al día en plena escalera o en mitad del pasillo, pero todo parece en calma. Es mediodía, las familias deben estar alimentándose, cogiendo energías para poder seguir construyendo escudos y excusas y ganándose sin embargo el respeto de todas las esferas. J. abre del todo la puerta y se dispone a coger el sombrero. Pero entonces…
Comienza a oír pasos subiendo por las escaleras.
Coño, coño, coño…
Algún marido atribulado, piensa. Cierra la puerta, maldiciendo. Al menos no son niños. Sabe perfectamente que una madre subiendo con dos niños puede tardar media vuelta de liga en meterse en su piso y cerrar la puerta. Cada paso es una agonía. Mira el sombrero en el suelo; probablemente dejará mancha. Por suerte no será difícil de quitar: sí asqueroso.
Observa por la mirilla…, y se le viene el mundo encima. No se trata de ningún vecino de paso. Es T., un colega de profesión con la costumbre de hacerle visitas por sorpresa. T. tampoco tiene mucho que hacer últimamente, y abandona su despacho con asiduidad. Es lo más parecido a un amigo dentro del oficio para J. Y también es un pelmazo, un tarado y un salido enfermo; y esto último no se limita a un ritmo frenético de pajas o ametrallar con comentarios obscenos a todo el mundo en todo momento. Ojalá sólo fuese eso, piensa, J.
J. mira el sombrero y, de algún modo, tira la toalla. Mientras T. ya aporrea la puerta, coge el “paquete” y camina raudo hasta el despacho. Por suerte aún no deja mancha visible. Se limita a esconderlo tras una planta muerta desde hace sabe dios cuánto, pero provista de una maceta que abulta y pesa más que la culpabilidad con la que cargan muchos adultos sólo con estar vivos. Favorece el que esté situada en una esquina del cuarto. Durante un instante piensa en volcar las heces en la tierra de la maceta, pero no solucionaría nada; seguiría habiendo la misma cantidad de excrementos en la habitación, solo que en un lugar distinto (y más visible). Se pregunta cómo de mal olerá ya, si se habrá acostumbrado un poco a la peste. Se dirige hacia la puerta.
–¡Ya va, joder!
J. abre y sonríe con desgana. T. llega todo sudado y suelta su sonrisa de perturbado que colecciona bragas usadas y tarros con uñas propias. Se dan la mano y J. le invita a pasar. Es inútil decirle que tiene trabajo que hacer o intentar acelerar las cosas. El cielo parece haberse nublado un tanto, y corre algo de aire desde el despacho hasta la puerta de salida, que J. deja totalmente abierta sin dar explicaciones. Ambos entran al cuchitril de J. T. se deja caer en el sillón de cuero.
–¿Aquí es donde no te follaste a aquella conejita, no? –Ríe a mandíbula batiente–. Joder, J., tienes que limpiar un poco más esta choza, ya hasta huele raro aquí. Hasta hay una mosca. No es propio de ti, te estás abandonado, tío.
J. se arrellana en su silla y decide dejar de preocuparse por el sombrero y la mierda y la vida en general. T. es la prueba palpable de la inmundicia que le rodea; él es mucho más representativo de la especie que cualquier académico canoso, profesor, madre, chico listo o afiliado a una ONG. Él al menos es transparente. Sucio por fuera, sucio por dentro y sucio en espíritu. Dinamita la paradoja del pedo. Asqueroso a la vista, de verbo, de acción, y también en cuanto a méritos de uso común viciado, los cuales están todos copados para él. Carrera, mujer, hijos (dos), casa chula, y ahora tonteando con el negocio inmobiliario mientras no salen casos. Cuanto más supura una crisis económica en la calle, más se mueven las altas esferas, empresarios, políticos, abogados de élite, etc.; para los ricos es la oportunidad de ser aún más ricos, y T. está intentando ir sacando tajada poco a poco. Su frase más predilecta últimamente es: “Si fuera una tía ya sería rica, no lo dudes un segundo, colega”. Alude sin manías a la cantidad de favores sexuales que iba a prestar a cambio de cada vez más ascensos y pasta. Su vida familiar es igual que él, lamentable pero sin disimulo; su mujer niega, pero sabe perfectamente que él folla cada vez que puede con quien se deje. Una vez T. “insinuó” a J. que había intervenido en un trío chico-chica-chico, y que intercambió fluidos también con el otro tío.; lo remató murmurando que disfrutó más con aquella polla de lo que hoy día disfruta con el coño de su mujer. ¡Y eso que no soy un puto marica!, gritó. Estaban en medio de una cafetería, había tres mesas más plagadas de ancianas y todas les oyeron. La vida sin filtros. A J. le quedaba siempre preguntarse si T. era peor o mejor que el resto. Prefería no responderse al respecto.
–¿Ya no te ves con aquella niña, aquel bomboncito de chocolate que vivía por aquí cerca? –dice T., lascivamente. Para T. las mujeres son más comida que personas. De hecho, generalmente, si nos sinceramos, casi todos, tanto hombres como mujeres, somos más cualquier otra cosa que personas: es la naturaleza auténtica de nuestra crianza. Pero T. cree que no hay diferencia entre una chica y una pata de pollo. Le trae sin cuidado que se trate de alguien que te gusta o te gustó o fue especial para ti de algún modo; ella y un menú de McDonald’s vienen a ser lo mismo para T. Ahora se refiere a una mujer que J. conoció hace ya un par de años a raíz de cierto caso, y con la que se estuvo relacionado de forma cada vez menos esporádica y más insistente.
–Hace unas semanas que no la veo –dice J., obviando el tono sudoroso de su colega.
–¿Y eso? ¿Ya no folláis? Oye, ¿soy yo o aquí huele a mierda? –murmura T. oliéndose una axila.
Creo que ambas, piensa J. Y dice:
–Y tú qué, ¿sigues haciendo contactos?
–Estoy cada vez más cerca de afianzarme en algo, tío, pasta de verdad, ingresos que salen casi de la nada.
–…
–El negocio de la especulación, colega, es el curro más moderno posible, el coñito del capitalismo, tío, ahí es donde hay que lamer, llamadas telefónicas, reuniones en restaurantes, negocios cerrados en reservados de clubs en la playa…
–¿Y se puede saber cómo te has enrolado en todo eso?
–… el dinero no se gana currando como un burro, tío, cuando ganas dinero de verdad, es cuando te dejas llevar, cuando te olvidas de la falsa moral que se filtra por todas partes. Es una selva, tío, una selva; la gente se engaña con que es un organizado y pulcro parque limpito y lleno de atracciones controladas para los críos. ¡Pero es una selva! La gente se hernia currando, nada más, no saca beneficios, los sacan los que van con el machete, se protegen del sol y cortan y destripan y se beben la sangre ajena. Solo esos viven, ¿tan difícil es verlo?
–Ya…

Cuando J. observa luego a T. levantando el sombrero, al principio no puede apartar la mirada. T. ya tiene la polla dura bajo su pantalón, algo visible y notorio, real y repulsivo.
–¿Sabes que ayer traje a otra chica al sillón de cuero? –le había dicho.
–¡No jodas, colega!, ¿has vuelto a sacar al pajarito de excursión?, ¿le has llevado a exóticos prados de carne rosa de niña mujer?
–Algo así…
–¿De verdad no hueles a mierda aquí? En serio…
Ahora T. inclina poco a poco el sombrero de heces, y comienza a boquear…
–Era una tía impresionante –le dijo–. Y otra cosa, además… Me uní al club.
–¿Estás de coña? ¿Número uno…?
–Número uno y número dos.
Cuando la mierda líquida comienza a gotear con grumos sobre sus labios, J. aparta la mirada.
–¡Estás de coña! –gritó, con una sonrisa de crío cuarentón, ojerosa y putera.
–No estoy de coña. Me puse tan a tono que…
J. oye el boqueo y hasta la nuez de T. subir y bajar mientras traga; salpican algunos restos en el suelo. J. intenta disimular sus arcadas.
–Y es más, dijo J., hice que se lo hiciera en mi sombrero. La tía no paraba, era como un aspersor del número dos…
–Qué cabrón…
–¿Lo quieres ver…?
–¿¿Cómo??
J. se vuelve por un momento, la planta muerta ha quedado salpicada. Aparta la mirada y se queda embobado en su máquina de escribir. Ahora T. ya está por los suelos, con la cara metida en el sombrero y la mano derecha sacudiendo su sardina. La máquina parece comenzar a llenarse de mierda, o bien es la imaginación de J., las ruidosas teclas, heces, grumos, manchas crecientes, no hay forma aparente de obviarlo. J. toma conciencia de que luego habrá que limpiar restos de mierda y también de semen. El semen de T. Intenta centrarse en la ventana. Oye los zurriagazos que su “colega” le da a su micropene. Al mirar su propia mano, cree delirar, cree ver sus propios tendones, los huesos, se convence de que en el cajón tiene una navaja orgánica con la que podría acabar con T., con su –espera– sufrimiento. Lo que más teme es que no sea sufrimiento, que solo sea T. y que T. disfrute comiendo mierda, o que T. diferencie mentalmente entre la mierda de una chica y la de J. J. está aterrorizado con la idea de que T. no marque la diferencia, sino la pauta. Una navaja hecha con tendones de alguna otra chica imaginaria, invitada al sillón de cuero.
–Queda aún para ti, si la quieres… –le había dicho a T.
–Tío, en serio…
–Por eso huele así.
T. le había dado las gracias, como si su estómago se quejara y J. le hubiese comprado un bocadillo. T. tenía un gran futuro por delante, sin duda. Un glotón tóxico con carrera en el mundo de los comemierdas profesionales. Una mosca humana. Dos ya en el despacho; solo una con excusa. J. abre el cajón, quiere cerciorarse de que la navaja no existe…

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