El autoestopista

Decidí hacerlo al revés. La mayoría de gente conduce todo el tiempo y jamás recoge a un autoestopista. Yo no cogía nunca el coche, así que cuando aquel día vi al autoestopista, me pareció coherente echar una mano.
O eso me dije a mí mismo…
Me vi forzado a conducir, lo cual te convierte quizá en el coche más cauto de la carretera, o quizá en el más peligroso; no lo sé bien.
El chaval era joven y no parecía amenazador. Llevaba una mochila, una botella de agua en la mano. Iba a la ciudad. Dijo que se tenía que encontrar allí con amigos. El verano, un festival de música, poco dinero, etc. Todas esas cosas que la mayoría de gente entiende de los jóvenes. Un punto de sana locura, por así decirlo. Aunque en realidad, el chico, como la mayoría, estaba cualquier cosa menos loco; o estaba aún mucho peor que eso, según se mire.
La conversación fue creciendo. Yo no era nada de hablar con desconocidos, pero parecía absurdo recoger a alguien del arcén y luego negarle todo tipo de atención.
Era todo lo que yo no había sido. Le quedaba un año para acabar la carrera, hacía prácticas en algún edificio de cristal, su novia le esperaba siempre abierta de piernas, sus padres eran jóvenes y tenían curros de los llamados de alto perfil, asomaba la cabeza en presentaciones de libros y toda clase de saraos culturales (por supuesto, le gustaba escribir), era delgado, fibrado, “aventurero”, comía sano estricto. Me estuvo hablando de todo eso, directa o indirectamente. Dijo que intentaba hacerse vegano, pero que no es fácil hacer la compra. Yo le escuchaba y fingía que le respetaba. Es decir, eso creo; aunque no tengo ni idea de por qué necesitaba fingir. El chico era completamente respetable, ¿no?
Como sea, cuanto más hablaba él, más enfermo me sentía yo.
Primero fue un mareo, uno de los jodidos, cuando se te revuelve todo y sabes que vas a tener que que echar casi las tripas para recuperarte. Puse el aire acondicionado.
Cinco minutos después tuve que detener el coche e imitar a una de esas mangueras enormes de los bomberos. Una soga gruesa amarilla líquida. Cuando volví al coche el chaval me preguntó si estaba bien. Tuve que volver a salir.
Era ese tono, como cuando a un niño pequeño le obligan a pedir perdón o saludar; la única diferencia era que sus padres ya no estaban delante. Era pura oratoria para la vida; cero interés real.
Cuando conseguí continuar el trayecto sin paradas, él sabía que nuestra conversación se había deteriorado. Fue entonces cuando me preguntó por el cinturón de seguridad. El asiento del copiloto no tenía.
Ese chaval, pensé, se sacaría su máster y yo aún no habría solucionado lo del cinturón. Aunque la verdad era que raramente iba con copiloto. Normalmente, como ya he dicho, el coche estaba abandonado en la calle.
Me daba pereza inventar explicaciones, de modo que no lo hice. El chico tampoco insistió. Ya no se sentía tan cómodo, y sólo quería llegar lo antes posible.
Unos kilómetros más adelante, intenté relajar el ambiente. El muchacho dijo que iba a desempeñar labores administrativas para Petromar (o que ese era el plan), empresa en la que ya estaba su padre. Su madre era… no lo recuerdo, algo como una empresaria cuya idea de la maternidad (al igual que la del padre) era que otra persona criara a su hijo. El chaval habló de sus niñeras y de cómo echaba de menos a una de ellas.
Agradecí haber vomitado ya.

Cuando quedaban dos horas más de viaje, decidí que necesitaba hacer una parada. Necesitaba líquido y quizá consumir algo sólido. El chaval no entendía nada. Creo que decidió que yo aún me encontraba mal. Tenía razón; me encontraba mal, y no era porque hubiese consumido nada en mal estado, ni una gripe intestinal. Creo que hacía tiempo que no trataba en persona con alguien como él; lo cual era raro, porque casi todo el mundo era como él; y si no lo eran, querían serlo. Yo conocía a ese chaval. Ese chaval era un cromo repetido. Yo aún era joven, pero le había tenido como jefe, me había contratado, me había despedido, me había atendido en el banco y había ideado las facturas que pagaba cada mes. Ese chaval estaba en todos los anuncios y carteles publicitarios, estaba en todas las torres eléctricas y colas del paro. Vaya que sí, conocía de sobras ese perfil. Le conocía ya mucho mejor que él a sí mismo.
Podía ver su futuro, en HD, un “streaming” perfecto.
Me extrañó que tuviese ese aspecto tirando a desastrado, aun siendo ese día. Lo que te tranquilizaba –momentáneamente– era su cara de cumplir órdenes. Sabías que era la clase de persona incapaz de hacer daño a nadie, al menos de una forma directa con sus propias manos… Él era el superviviente moderno. Yo era el naufrago del siglo XXI, solo en una isla delirantemente grande y abarrotada de gente y máquinas.
Intenté mostrarme más abierto. Tomamos algo en un antro de carretera. Le pregunté qué quería hacer y no me lo supo decir; currar, tener hijos algún día, currar, viajar… Era todo un elemento. Currar y gastar. Pero ¿no le gustaba nada? ¿alguna afición, al menos?, ¿coleccionar sellos?, ¿pegar mocos bajo las mesas? Reía, no decía nada, cabeceaba. Un inminente licenciado.

El cielo se estaba encapotando en serio. Pronto el coche hizo un pequeño extraño por el fuerte viento que había empezado a soplar. Un fogonazo de luz; un estruendo. Yo sabía que para ese día habían advertido mal tiempo. Mal tiempo…; no suelen acertar. Yo me preguntaba si acertaría con el chico que llevaba al lado. Estaba bastante seguro de que sí. Lo curioso de algunos de estos estudiantes es su militancia contra los ejércitos o sus arengas pacifistas. Cuando al final ellos son más soldados que nadie, y forman parte del mayor y más maligno ejercito que existe.
Los libros también pueden servir para matar; basta con que alguien los convierta en un examen.

No sé cuánto debía quedar para… Ahora tengo un pequeño defecto en el habla, por cierto. No puedo doblar el codo derecho en un ángulo menor a 90 grados. Una cicatriz en la sien izquierda (creo que no me queda mal)… Las piernas sí las salvé, por suerte. No es que mi imagen actual sea la más tranquilizadora posible. Si me da por ir al desfile de algún Benito California, es casi seguro que no me acabaré beneficiando a ninguna modelo.
La mayoría de las mujeres piensan que soy la mar de simpático, y luego procuran cambiar de tema.
Ahora sigo siendo el naufrago; y hay material de sobras para construirme una barca y largarme, pero es todo la hostia de caro. Y en esta “isla” no hay cocoteros.
Sé que puede ser fácil echar la culpa al “autoestopista”, pero vamos a ser sinceros: inocentes lo que se dice inocentes, no son.
Quedaba, creo, una media hora para llegar a la ciudad. Pagarías por ver la cara que me puso el mecánico cuando le pedí días antes que me desinstalara el airbag de acompañante. Ya de paso –le dije– ¿y el cinturón, qué tal?
Ni siquiera pensé mucho en ello, fue como ir a mear; simplemente notas la necesidad, vas al lavabo y te la sacas.
Se nos puso delante un camión tipo El Diablo sobre Ruedas. Aunque yo no tenía los tics del conductor habitual, enseguida aparecieron todos. Me entró un ansia fuera de lo común por adelantarle. Probablemente si ese trasto no hubiera estado delante, yo hubiera ido a la misma velocidad y totalmente tranquilo. Pero Estaba Delante.
Hice un par de intentos, pero enseguida un coche venía de frente por el otro carril. Juro que no planee nada concreto. Lo único que hice fue pasar por allí. Lo demás fue casi pura improvisación.
A la tercera intentona, decidí aventurarme definitivamente. Y otra vez un coche venía de frente…
Pegué un volantazo hacia el bosque que quedaba hacia la izquierda. Íbamos directos hacia la madre de todos los árboles. Fue en ese momento cuando lo vi claro; y no puedo negar que pisé aún más el acelerador. El árbol venía hacia nosotros a toda leche y con cara de muy malas pulgas; la maricona a mi lado gritó.
El airbag –cual madre gigante– me pegó un guantazo en el momento en que el cuerpo de ese buen chico salió volando. Atravesó el parabrisas e hizo el Superman con traumatismo múltiple hasta caer a unos diez metros en medio de hierbajos.
PLOF.
Volví en mí y vi el morro de la carrocería con el golpe absorbido. Yo estaba magullado, y a pesar del airbarg tenía una brecha en la cabeza, goteaba la sangre por mi barbilla. No es que pudiera moverme, pero mi mente era un remolino de recuerdos e intenciones. Siempre era en ese momento cuando sabía que no había actuado exactamente de forma arbitraria. Era verdad que mis acciones de días anteriores eran naturales, más bien espontáneas. Pero aun sin grandes planificaciones, averiguas una ruta y pruebas suerte. Fisgas en Facebook a ese mamón, mucho más joven que Ella. Por experiencia propia, puedo decir que cuando piensas demasiado qué vas a hacer, es cuando menos haces. Me caían goterones de sangre en la entrepierna de los tejanos. Pensé que la coartada era bastante eficaz. Aunque lo peor fue que el chico no murió; no en el sentido estricto. Y también pensé que al menos él ya no seguiría con Ella. El oficinista, el voluntario, el profesor… el autoestopista, el siguiente en la lista. Voy a reconocer que quizá tenía la esperanza de que Ella volviera conmigo, pero con mi nuevo aspecto de después del accidente (y sobre todo mi nuevo acento), estaba perdiendo la fe. Seguramente sólo me tocaba esperar a que conociera a otro buen samaritano, otro buen chico con buenas intenciones envenenadas para el mundo. Entonces, yo, tendría que volver a decidir si quedarme quieto o poner nuevamente mi granito de arena.

buen

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