Diez semillas (1 de 10) – Abuelita

T. era una niña de ocho años de pesado sueño que vivía con sus abuelos tras la muerte de sus padres, y una madrugada ruidos extraños la despertaron.
Sus padres habían muerto porque un verano hicieron un viaje tipo “reavivar la llama” y esto exigía cruzar el océano y las cuatro turbinas fallaron.
T. tenía cinco años cuando sucedió. Su abuelita le dijo que los papás de T. ya apenas follaban, y que por eso habían muerto.
De verdad dijo «follaban». El abuelo de T. guardaba silencio ante esas salidas de tono, y luego en privado discutía a gritos con la abuelita mientras T. hacía como que no lo escuchaba todo desde una habitación pared con pared.
Lo que el abuelo decía en público es que su pobre mujer ya estaba mayor y muy cansada y a veces un poco ida. Que no se lo tuvieran en cuenta. La primera vez que dijo algo así, la abuelita había preparado un arroz delicioso al que añadió una excreción propia como ingrediente especial.
«Porque había visto “algo” en la tele.»
Luego el abuelo se arrepintió de reconocerlo, aunque era evidente si te limitabas a degustar.
Eran familia numerosa y alguien cumplía años.
La segunda reacción alarmante de la abuelita fue colarse en la consulta de la asistente matrimonial para culparla a viva voz del accidente de avión. Alegó que no hacía falta tener la pared estucada con títulos académicos para aconsejar a un matrimonio que follara en otra franja horaria. «Señorita». Usted tiene la culpa de la muerte de mi hijo y su mujer. «Señorita».
Espabilada con falda oficinista.
Un erasmus para adultos de mediana edad con ambos miembros de la pareja, a quién se le ocurre. Era buscarle las cosquillas a la lógica cósmica.
Tras lo cual llegó la policía e invitó amablemente a la anciana a abandonar la consulta.
Era comprensible, dijo el abuelo. Estaba conmocionada. Había dejado de tomar las pastillas azules, quizá también las amarillas. Era mayor. A veces hasta llevaba pañales. No tenía mala intención. En ocasiones ni tan siquiera tenía intenciones más allá de mirar algún objeto fijamente durante una o dos horas. Cuando ese objeto era la televisión, podían ser doce y hasta quince horas.
Cuando un reportero cualquiera le puso un día el micro delante, ella escuchó, guardó silencio y luego escupió al reportero en la cara. Era un medio nacional. Después le preguntó repetidamente al reportero dónde vivía, que dónde vivía, cuál era su dirección, que no era por nada, sólo curiosidad. Por la noche todos los telediarios abrieron con las mismas imágenes del escupitajo volando y el tipo limpiándose los ojos con los pedazos del avión y la tragedia en boca de alguna voz en off.
El abuelo alegó en la única entrevista que concedió para una emisora local que su mujer estaba sometida a una gran presión, pero que sólo era «una abuela estándar».
Internet se derramó sobre esa frase como queso fundido, algo que copó secciones televisivas y radiofónicas. La gente se comenzó a volver moralista al estilo siglo XXI, y todos empezaron a debatir sobre la niña que ahora estaban cuidando esos dos abuelos.
¿Qué iba a ser de esa niña? ¿Se encontraría algún día la dentadura de la abuelita en el zumo del desayuno? ¿Acabaría abandonada en una gasolinera? ¿La llevarían a una perrera confundiéndola con una cría de yorkshire demasiado ruidosa?

De modo que, recuerdo, una noche T. se despierta debido a un ruido. Cuando mueve el brazo derecho para encender la lamparita de la mesilla, su mano topa con una superficie de madera. Al mover la mano hacia arriba también hay madera arriba, luego madera a la izquierda y madera como colchón. Lo que se oye parecen ser paladas de tierra cayendo sobre algo en lo que ella está metida, a oscuras, sin apenas movilidad, sin haber tenido casi ni tiempo vital para haber leído alguna vez ‘El entierro prematuro’ de Poe.
Lo que oyó también T. fueron dos voces jóvenes masculinas. La única frase completa:
–No sé para que has traído ahora la cámara.

torm

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