Diez semillas (6 de 10) – Coño

J. no dejaba de acosar mentalmente a la escritora atractiva. Qué podía hacer él, no era un acosador real, ni siquiera aspiraba a ello, aunque sin duda fantaseaba con ello.
Mientras tanto la veía en entrevistas y la leía en periódicos y dominicales. Miraba fijamente su rostro joven y saludable encabezando sus columnas diarias. Se quedaba embobado mirando fotografías de las portadas de sus ya tres novelas escritas antes de los treinta; aunque estas no le interesaran en absoluto, todas con esa estética de tipo floral o de habitaciones vacías a mediodía, esas temáticas y sinopsis que te hacían sospechar una literatura vagamente personal, aunque sobre todo blanca y educada. Esa escritura diurna que era más comercio y lugar común que escritura; acción fácil para periodistas encorsetados preparados para recibir a la chica mona en plena promoción.
Pero ella… Siempre esa idea de ensuciarla
J. estaba planteándose seriamente ir a alguna presentación. Quizá comprar los libros para que la muchacha los firmara. Hacer como que los había leído y preparar un par de frases que parecieran espontáneas; algo que decir delante de ella. Nada como para intentar ligar, pero sí para intentar destacar sin que pareciera que lo intentas (difícil). Afeitarse y salir de casa directo a una librería. Sabía dónde encontrar sus libros, aunque de normal jamás los hubiese comprado. No es que J. creyera que los libros eran necesariamente malos (que también), sino más bien violentamente ajenos a sus gustos.
Tenerlos en la estantería tampoco haría daño, y hasta podría darles una oportunidad; podría ser excitante, aunque no tuviese apenas esperanzas de encontrar sexo o similares asociados a ese puño y prosa.
Un día se enteró de que la escritora atractiva presentaba su cuarta novela, Jersey de lana blanca. Iba a estar en la ciudad a poco menos de media hora de donde él vivía; era sin duda una oportunidad. Al parecer el libro iba sobre algo relacionado con una niña y su abuela y unos jerseys, y sobre la relación entre ellas y las tardes que pasaban en… zzzzzzzzz…
De modo que se decidió; se afeitó y se dio una ducha, y preparó el dinero necesario para comprar cuatro libros que casi seguro no leería. A medida que se acercaba a la macro-librería de la presentación, se preguntaba qué demonios le diría. Ella hacía claramente una literatura adulta, pero él, a priori, y sobre todo yendo solo, no daba el perfil del lector de sus libros. Probablemente parecería un tipo raro, y no raro en plan bien. Parecería, por fin, un acosador. Pero J. no quería parecerle a ella un acosador. ¿Un mentiroso?, quizá, ¿un salido?, quién no lo es en el fondo. Pero no quería que, de encontrarse con ella en un futuro próximo, ella cambiara de acera. Pensó que no hacía falta comprar todos los libros; tan solo compraría el último. Improvisaría el resto, lo que iba a decir y cómo lo diría. Sería tan solo un “lector” más. Entrar, ver la presentación, hacer cola, conocerla, la firma y salir.
Sencillo, humano, nada sospechoso.
Además, estaba seguro de que él no sería el único presente en la presentación por razones ajenas a la literatura. Y, qué coño, ¿quién iba a las presentaciones por la literatura? Todo eran o familiares o amigos o interesados. La literatura importaba un pijo. Cuando llegó al lugar, se dio cuenta de que allí casi nadie debía haber leído de verdad a la autora. Quizá su madre. El lector potencial de verdad no va a los saraos tan fácilmente. Allí había, sobre todo, distintos tipos de cheerleaders de compromiso.
Eligió una silla para sentarse. Cuando la vio a ella, tuvo esa sensación inicial de descubrimiento con las personas que antes sólo hemos visto a través de los medios: era humana. Era de estatura media, tenía su propio timbre de voz, sus ademanes y sus tensiones y distensiones. Intentaba estar en el lugar adecuado, alguien mandaba sobre ella. Se iba a pasar la tarde firmando y seguramente dando entrevistas. Lucía una sencillez en este caso no estudiada; se ruborizaba con facilidad e intentaba ser amable, sonreír. No le gustaba ser el centro de atención, pero sabía que la mayoría de los demás estaban allí debido a distintos grados de compromiso, de modo que intentaba transmitir gratitud con la mirada.
De repente, en realidad todo era bastante coherente. Extrañamente apropiado. Todo en ella era, digamos, razonable; incluso desprendía, paradójicamente, un halo de misterio. Se sentía eso, y ni tan siquiera había hablado con ella. J. se preguntó qué era lo que estaba llegando de ella a través de su escritura periodística, los reportajes y las portadas y entrevistas que le hacían… Algo no cuadraba. Algo enorme y dentado.
Luego recordó que no había leído sus novelas. Ni una sola línea.
Coño.
La cola le iba a dar unos minutos. Había comprado Jersey de lana blanca viniendo de camino. Lo abrió sin pudor. Le dio tiempo a leer unas diez páginas. Todo el mundo delante derramó baba sobre la escritora, aunque todos reconocían no haber leído la última novela.
Para cuando estuvo enfrente, con el libro en la mano y la mirada perdida sobre ella, se topó con los ojos castaños de la chica, como un “Ballardiano” choque frontal. Mierda.
Cuando cuatro días después el teléfono sonó en casa de J., tuvo que armarse de valor como nunca antes en su puñetera vida para cogerlo.

escr

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