Diez semillas (10 de 10) – El Día de las viudas vitalistas Euforia

En el ensayo Somos todos gilipollas o qué, el escritor Jonathan S. Cuthbert asegura que el Día de las viudas vitalistas Euforia entra descaradamente en la categoría CPG (Celebraciones Populares Gratuitas): Una lista creada a cuentagotas por el propio autor para la revista bimensual GGT (Guía de la Guía Tab), en la que también incluye otras celebraciones ya claramente aceptadas, como el Día de los Homicidas Involuntarios Inculpados Glock, o el Día de los Maduritos Atractivos Dior.
Cuthbert asegura que la importancia del Día de las viudas vitalistas Euforia, reside sobre todo en que —por impacto social— fue la primera fiesta-oficial-porque-sí; la que realmente abrió la veda en cuanto a las celebraciones populares ya plenamente cimentadas en el chantaje emocional.
La marca “Euforia”, conocida por su amplia gama de servicios relacionados siempre con la satisfacción sexual femenina (una oferta que va desde el clásico consolador hasta la organización de ciertos eventos), comenzó a promover dicha celebración pillando a todos a contrapié, y quizá por eso triunfó con su apuesta: las viudas. En la revista Euforia: la revista, se publicó el editorial que sirvió como chispa para el posterior y salvaje incendio comercial (otro más):

Esta vez, desde esta publicación dedicada a informar con vehemencia y humor sobre todas las novedades y chismes sobre Euforia, queremos concentrar nuestras fuerzas en pos del bienestar de cierto colectivo a menudo en la sombra, y muchas veces en el invierno de la vida.
Las viudas.
Esas mujeres a menudo ya mayores (aunque no tiene por qué) que siguen llevando todo el equipamiento de serie que Dios nos ha dado para disfrutar de la existencia de vez en cuando, aunque sólo sea a base de roce y fricción.
Así que te hablo a ti, a ti que aún le miras de vez en cuando el culo a esos mamoncetes de treinta años; a ti que un día soñaste que algo turgente y venoso te penetraba y despertaste descubriendo que habías mojado la cama. No debes obviar esos momentos; tu cuerpo te llama, y aunque puedes pasar de él y seguir con la vagina de luto, desde Euforia te animamos a dar un giro a tu vida, te animamos a enterrar a tu marido de verdad y volver a tocar tus partes íntimas con algo más que papel higiénico.
Si estás leyendo esto en la peluquería, atiende, tu entrepierna es más importante que tu pelo, aunque para la mayoría de mujeres parezca todo lo contrario. Euforia te quiere convertir en el centro de atención al menos una vez al año. Y no para promover otra especie de fiesta coñazo, no nos interesa que celebres tu cumpleaños dos veces; no queremos que te entierren otra vez en regalos bienintencionados e insulsos. Queremos alimentar tu vida privada. Por eso, desde esta publicación te hablamos directamente y sin cortapisas, porque sabemos que además de ser ya adulta y haberlas pasado de todos los colores y texturas, sigues siendo mujer, y has sido tan joven y curiosa como cualquiera.
Este número de Euforia va dedicado a ti. Queremos convertirte en lo que hemos decidido llamar: La viuda rosa. Rosa porque la muerte no solo te envuelve a ti; nos envuelve a todos, todos toparemos con ella directa e indirectamente. No te pedimos que sonrías ni que te levantes con el pie derecho; no te vamos a espolear a ser feliz antes de que algo pueda hacerte feliz. No te vamos a forzar a nada. Solo te pedimos una cosa: pasa esta página y sigue leyendo este número.

No fue de golpe. Pero al poco tiempo la fiesta oficial se instauró, «Se enraizó con la facilidad con la que un cadáver se descompone al sol», (Jonathan S. Cuthbert). Fue «La mayor prueba de que el consumidor es mucho más consumidor que cualquier otra cosa» (Diario Cisma). O lo que las páginas sepia de la revista Pretecnotimes definieron como «El paso antes de convertirnos en zombis». Pero estas voces disonantes, como siempre, no podían competir con la mirada vacía de la viuda rosa. Cada año la celebración era más evidente. “Euforia” se convirtió en una de las empresas más prósperas, lo que la revista Capital definió como «La idea absurda más rentable del ser humano», o lo que el dominical ¡Verano! Llamó: «Convertir el agua del mar en petróleo». “Euforia” se sacó de la manga otro día del padre, otro día de la madre, otro día de los enamorados, o lo que Cuthbert definió como: «Día del tonto del culo masivo».

A saber. Se reúne toda la familia de la viuda. A pesar de lo que dijera ese editorial de Euforia, la cosa no es tan distinta a un cumpleaños. Todos se juntan para comer, y al final también hay un pastel, un pastel rosa. Es un pastel de fresa que encima suele llevar dibujos en los que en lugar de un felicidades barroco, hay un par de tetas, un pene, o hasta imágenes más obscenas. En el ensayo Somos todos gilipollas o qué, Cuthbert dice que en realidad todo el rollo no es muy distinto a la clase de gracietas que se perpetran en una despedida de soltera. Además, dado que la mayoría de viudas suelen ser ancianas anhedónicas, todo se acaba quedando en una especie de broma anual poco apropiada a la abuela de la familia.
La hora de los regalos es la que marca la diferencia entre el Día de las viudas vitalistas Euforia y los cumpleaños al uso, o incluso las despedidas de soltera. Cuando se trata de una viuda muy anciana, estos suelen ser más bien simbólicos: un dildo no demasiado grotesco, o hasta una novela erótica. Pero cuando la viuda no se ha quedado viuda por mera enfermedad y vejez del marido —es decir, cuando aún es joven, o relativamente joven— , el tema regalos supera cotas de delirio que a menudo han acabado en los telediarios y los programas de sucesos.
Ejemplo: La que acabó siendo conocida como Señora Luisa. Una mujer de cincuenta y dos años. El marido murió de un infarto teniendo sexo con una prostituta; lo que se cuenta es que la Señora Luisa siempre se creía la historia de que el hombre sólo iba a comprar tabaco. Luego, cuando el tipo regresaba a casa más bien desliñado y sudoroso, elaboraba excusas sobre máquinas expendedoras rotas o bares inexplicablemente cerrados. La Señora Luisa realmente creía que su marido había pasado dos horas fuera caminando en busca de su paquete de cigarrillos. Ese maldito vicio… Así era la Señora Luisa, ella no sospechaba sobre una posible infidelidad, lo único que le preocupaba era que su marido pudiera acabar realmente enfermo por culpa de una adicción.
Entonces, tras saber no solo que su marido había muerto, sino que llevaba probablemente años como putero profesional, la Señora decidió que merecía tener un buen Día de las viudas vitalistas Euforia.
Para saber en qué jardín se metió la mujer, hay que conocer mínimamente el producto “Euforia” que la familia le compró espoleada por la misma Señora Luisa. Era el modelo Rebro X-Peneal. Algo como un consolador de cuarenta centímetros y considerable grosor. Dicho mamotreto formaba parte de un brazo mecánico funcional gracias a un mecanismo sujeto por un trípode que era manejado por control remoto. Todo enchufado a la luz, obviamente. En resumen, era básicamente un robot que se follaba a la Señora Luisa a cuatro patas con tal fuerza que la mujer acababa convulsionando y temblorosa, babeando y viendo las estrellas. La primera vez que usó el chisme, se dice, decidió que había sido el mejor día de su vida; en el documental La Señora Luisa y los trucos de Occidente, una de sus hermanas asegura que fácilmente esa frase que la mujer le gritó por teléfono podía ser muy bien cierta. Ese había sido el día más feliz de su vida. Por tanto, claramente iba a querer repetir.
La obsesión fue creciendo y creciendo. Sólo que el trasto tenía cierto límite en la velocidad y la rotación, medidas de seguridad lógicas para evitar posibles lesiones graves. “Euforia” ya coleccionaba, de hecho, demandas de algunas usuarias por desgarro y sangrado interno debido a la peligrosidad potencial de ciertos “juguetes”. Pero lo que “Euforia” no podía controlar era que esos juguetes no fueran trucados…
Con el paso de los días la Señora Luisa lo pasaba teta con su Rebro; se bebía ella sola una botella de vino y se pasaba cada noche hasta las tantas con el control remoto y el consolador rotando y fornicando sin parar.
Pero llega un punto en que quieres ver si puedes ir más allá. La mujer decidió que quería saber qué podía pasar si aumentaba la potencia del trasto, si conseguía que las embestidas fueran más fuertes y más rápidas. La sola idea la tuvo durante semanas mojada. Se obsesionó tanto con ese posible cambio, que la potencia estándar del Rebro comenzó a parecerle poca cosa.
La Señora Luisa estaba en un momento de su vida en que no se andaba con chiquitas. Así que un día se presentó en un centro estudiantil y se puso a hablar con ciertos alumnos de electrónica. En el documental La Señora Luisa y los trucos de Occidente, se insinúa que muy probablemente la mujer pagara con sexo al chico que le trucó la maquina. Aun así, en cierta entrevista a una de sus hermanas, se la definió como «incapaz de prostituirse».
Sea como sea, en una semana la mujer tuvo su maquina con la potencia estándar prácticamente triplicada. Tanto era así, que debido a los temblores y las sacudidas que daba al ponerla al máximo, tuvo que sujetarla al suelo con algo así como dos rollos enteros de cinta aislante.
Una vez sujeta, ella se desnudó y se puso a cuatro patas en un colchón como siempre hacía. Colocó el consolador en la entrada de su vagina, y cogió el control remoto.
En las fotos que se acabaron distribuyendo, y que las hermanas de la Señora Luisa aún intentan sacar de circulación, el brazo mecánico despegado del suelo atraviesa entera a la mujer dispuesta a cuatro patas; la articulación de metal entra por su vagina, y la cabeza del enorme consolador le sale por la boca, abierta en un terrible rictus.

En el capítulo cinco del ensayo Somos todos gilipollas o qué, titulado “Mis impresiones más detalladas sobre la Señora Luisa”, Cuthbert sólo escribió una frase: «Una tonta del culo menos». Lo cual le reportó más controversia y fama, y según varias revistas del corazón —en medio de la polémica— hasta un rollete con una de las hermanas de la mujer. Cuando una reportera le preguntó sobre el posible romance en medio de un aeropuerto, Cuthbert soltó un gancho de izquierda y le rompió la nariz a la chica. Por tanto, más controversia y fama. El capítulo cinco del posterior ensayo Somos gilipollas y punto, titulado “Todo lo que creo que aporta la prensa rosa al periodismo profesional”, también se compone de un sola frase: «Vencedor por KO».
En la actualidad, ya años después del caso de la señora Luisa —y con cierto modelo de consolador robótico retirado del mercado— el Día de las Viudas Vitalistas Euforia es otro día más en que la gente abarrota las tiendas. La doble moral habitual respecto al sexo y la sexualidad de las personas, se ha convertido en triple y cuádruple moral. Algunos practican tal salto mortal por encima de sus supuestos principios comprándole un vibrador a la abuela, que «Posiblemente ya hayamos cruzado el umbral de la hipocresía y haya que inventar otro término para definir al ciudadano occidental» (cortesía de la revista EA: Electrodomésticos Adultos).
Ahora —durante cierta época del año— se pueden ver juguetes eróticos en las tiendas de ropa, en las perfumerías, en casi cualquier sitio. En las jugueterías de toda la vida, ya hay sección para adultos igual que la hubo en tiempos en los videoclubs. El vídeo de moda, el que está recibiendo cientos de miles de visitas en YouTube, es el de una niña rubia de unos seis años blandiendo un consolador rosa de látex; golpea con él a un crío de unos tres años en la cabeza; el niño llora y mira con expresión desesperada a cámara. De fondo, se oyen unas risas adultas.

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Un comentario en “Diez semillas (10 de 10) – El Día de las viudas vitalistas Euforia

  1. Uso mucho la frase “nos estamos volviendo gilipollas a un ritmo alarmante”.. Me alegra saber que era algo más que una sospecha 🙂

    Verás dentro de miles de años cuando se pongan a escarbar en la basura de nuestra civilización y se topen con tu blog y se lo tomen como algo serio 🙂

    Bueno, ahora que lo pienso, sí es serio…

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