Espiral hacia dentro

Al salir de casa el aire parece movido y la temperatura más baja de lo que es, lo que se cura rápidamente al caminar más de tres minutos, porque conducir nunca ha ido contigo y tu permiso de ídem sigue muerto de risa en tu cartera. Te encuentras con alguien de tu pasado con quien no tenías ganas de encontrarte y tomáis un café porque no sabías cómo zafarte. “Sólo” querías ir por ahí y ver las cosas desde fuera, quizá la forma de limpieza interior menos practicada o conocida. Y esa persona, que a pesar de todo no te caía mal en los tiempos de las primeras a pajas (y a la cual quizá le dedicaste alguna), parece muy interesada en desahogarse con asuntos de su vida sentimental; lo cual poco a poco vas intuyendo como esa práctica más habitual de lo aparente, que consiste en una forma menos sutil de lo que parece de fardar de currículum vital y experiencias sexuales de las que con su encanto no podría haber escapado. Asientes y procuras no parecer antipático; finalmente no estás seguro de haberlo conseguido. Consigues como mínimo preservar tu intimidad sin mentir al respecto, y en todo caso la velada se alarga de forma absurda y luego hay menos luz en la calle. Hacer tiempo no está mal, y de todas formas no siempre es fácil saber cuándo lo has perdido. Un conocido te vio de lejos y le dedicas unos insultos en silencio tras haber quedado claro según su mirada que ha pensado que la chica era tu pareja. Gilipollas… Porque sabe que nunca hablas de esas cosas y piensa que te ha pillado infraganti; y seguramente no dude en ir contando idioteces por ahí sin tener puñetera idea de lo que cuenta. No sería la primera vez que vuelve ese boomerang que no te apetece cazar al vuelo con desmentidos y justificaciones. ¿Tan difícil es que esos gilipollas se metan en sus asuntos? A pesar de la noche (o gracias a eso) decides caminar aún un rato. La noche tiene esa personalidad que los gilipollas se pasan las veinticuatro horas menospreciando, todo a base de historias sobre sensatos durmientes madrugadores, o cuentos sobre beber y hacer el capullo, reduciendo así el valor de esas horas a una oscuridad tibia sin apenas valor de la que es mejor prescindir. Incluso cuando no están obligados a levantarse temprano, esos imbéciles te están aleccionando sobre lo recomendable que es saber apreciar más un amanecer que la luna. Tienen tendencia a no decir tacos, por cierto; ¿hay una razón mejor para usarlos, al menos con el mismo criterio por el que es bueno comer de todo? Asomo la cabeza por callejones poco recomendables, así en la calle como en la vida, y recuerdo al cura de los Salesianos que quizá un día intentó meterme mano. Quién sabe. Aquella época, en todo caso, era como una violación constante. Por eso se habla tan bien de ella, porque alguien tiene que pagar cuando ya has crecido, y es más fácil quitarle los caramelos a un niño. Los niños siguen iguales y los padres igual de ignorantes, llevándolos a clase de mañana como quien lleva al perro a la cuneta para irse de vacaciones. Había que ser padres, lo ponía en la escaleta. El cielo ha sido amputado de estrellas, la noche en la ciudad es como un cocido sin legumbres. Pasas junto a discotecas y bares y los veinteañeros se congratulan de haber acabado su educación, sin saber que más bien ha sido ella la que ha acabado con ellos. Una lagartija corre por la acera. Niñas adultas por los pelos van en grupos como canto a las erecciones, orgullosas por haber votado recientemente en las últimas interesadas elecciones. Tu móvil berrea y no lo coges, arrepentido (yo, tú) de llevarlo encima. Tu aspecto parece común, al igual que tu vida. Tu presencia no presenta sospechas. Imaginas llevar una bomba, una mochila. Como si fueras lo que llaman un loco o un terrorista, como si una pluma en determinado despacho no fuese mucho más peligrosa. Las distintas formas de la muerte parecen ponerse mejor de relieve por la noche, así como pensar también requiere menos intención. Lo cual no parece un motivo de poco peso para que todos prefieran dormirla. Adictos al ruido criticando a los adictos al tabaco escriben las normas, se hacen la foto de muestra y te dictan qué es coherente y qué no. Si te fijas en sus sonrisas, podrías acabar viendo –por ejemplo– el mapa de ferrocarriles, cuando los vagones no llevaban asientos y crepitaban discursos punzantes en alemán. Cuando la brutalidad aún no había aprendido modales, o la injusticia –siempre de moda– no había encontrado un traje a medida. Meas en la calle; una vez te multaron por eso… Estabas de cara a la pared, en esa época en la que seguías buscando bienestar en lugares comunes. El coche se presentó detrás de ti, imponente como si nadie en ese momento se hubiera estado muriendo de hambre. Subía el vapor de tu pis. Los dos agentes poniendo las cosas en su sitio; haciendo su trabajo, con el mismo estilo con que se suele actuar en tantos otros oficios. La estrella polar seguía indiferente. El mensaje era: Se está haciendo justicia. Un triunfo más de nuestra democracia. Al pasear de noche te acuerdas de tu noches, tan pocas con olor a tía. Menudo follón te ahorraste a veces, piensas; menudo capullo, pensaron algunas. Saliendo de zonas transitadas, las calles, increíblemente funcionales y aburridas, te acogen con la misma indiferencia que los empleados de los peajes, aun dejándote el paso gratis. Alguna ventana iluminada lanza destellos televisivos, programas eternos escritos en el lenguaje del suicidio no consciente del espectador. Las afueras se cierran a tu alrededor, balbuceando las tablas de multiplicar de la oscuridad y recordando los cerros de tu infancia, los llanos y la hierba descuidada, las primeras revistas porno con regalo. Recuerdas el olor a semen reseco de otros, las jeringuillas abandonadas de nuevos adultos recientes. Qué buen rollo, piensas, hoy estoy que me salgo, me dan ganas de celebrar mi pasado cumpleaños, sería la primera vez en unos diez años. No sabes venderte, de modo que te regalas como incomprendido, y la vida te tritura con dientes formados de triunfadores aún más formados. Vuelves a intentarlo, pero ves que no hay forma de despegarte la etiqueta de Pesimista, y la de Optimista se te antoja demasiado cara, no podrías enfrentar con tu presupuesto todas esas sesiones de electroshock, y si ya fallaron en los Salesianos, parece mejor apartar estas nuevas ramas atravesadas, y ver qué ofrece al final este otro camino. Es evidente que rechazar las etiquetas sólo complica las cosas. Si no puedes presentar lo que eres con una carpeta, estás metido en un buen lío. Tú grita, te dicen, ya puedes quedarte sin voz si es eso lo quieres; y lo haces, aun oyendo a otros como tú y no pareciendo todos demasiado originales, guardados y archivados en la perrera humana. La perrera de los adultos funciona con clientela empresarial. Empresarios ocupadísimos se pasean entre jaulas. Tú sabes que eres un perro feo y demasiado grande.
El camino ya no te permite verte los pies, y es entonces cuando empiezas a alucinar.
De crío oíste historias sobre distintos tipos de hadas. La que te encuentras no encaja con ninguna descripción infantil, y se presenta con la forma de Alexandra Daddario. Se diría que, al ser una alucinación, ella debería haber hablado perfectamente en tu idioma. Es de tu tamaño, pero aun emitiendo una luz sobrenatural y dejando entrever perfectamente las alas, la tía va y habla en inglés. Tu inglés es el de aquella época en que las clases de inglés tenían la misma utilidad para aprender inglés que las de electrónica para aprender a cocinar. Además no fuiste a ninguna academia. De hecho el ochenta por ciento de tu débil dominio del inglés tiene como origen la lectura de subtítulos, y, seguramente, el visionado de cantidades ingentes de porno americano. Te sabes casi todo lo sucio, y luego, con suerte, formar algunas frases.
No estás asustado. Ella consulta su Iphone. En un primer momento no te ha extrañado que tenga uno, pero luego te das cuenta de que o bien te está ignorando o bien no se ha dado cuenta de tu presencia. Cuando lo hace, su mirada deja patente que 1) Le aburres, y 2) Le das pereza. Se supone que tiene que soltarte alguna diatriba trascendente y es obvio que no le apetece nada, quizá porque ha tenido una noche dura. Le preguntas, tropezando con cada sílaba, si es Alexandra Daddario. Cuando te contesta –no sin resoplar antes dejando claro lo poco que, en general, le apeteces–, crees entender que no es ella, sino simplemente la forma que la entidad ha elegido tras una búsqueda corta en Google. Hay mundos, dice, que están corriendo en paralelo con éste. A veces se mezclan, y es evidente que los humanos estamos a la cola. Le digo que no entiendo nada; es decir, no del discurso, sino de su inglés perfecto. Es en ese momento cuando comienza a hablar un español fluido. Bufas de alivio.
Te lo vuelve a decir todo.
–Pero no te hagas ilusiones –dice–, esto no suele funcionar.
–El qué no suele funcionar.
–Nunca escucháis.
–Quiénes.
–Todos los de aquí.
–No sé qué hacer, no entiendo nada.
–No es por las drogas, ¿no te drogas, verdad? No quiero pasarme media hora convenciéndote de que esto no es por las drogas. Aquí siempre tenéis una forma de sacar una conclusión equivocada para todo. Lo que llamáis racionalidad es poco más que excusas elaboradas.
–…
–El Iphone no es mío –levanta la vista.
–Y de quién…
–Escucha.
–…
–Espiral Hacia Dentro.
–…
–Espiral Hacia DENTRO.
–No entiendo.
–Espiral HACIA DENTRO.
–Lo siento, no sé qué quieres decir…
–…
Ella vuelve a trastear en su Iphone prestado o robado, y resopla. Repite con desinterés:
–Espiral hacia dentro, tío.
–Si no lo desarrollas…
–No es una solución, es un principio.
–Principio de qué.
–Una actitud. ¿Para qué usáis esto? –señala el Iphone.
–Eh…
–Ya sé lo que me vas a decir. Más bien quiero decir: por qué los usáis como lo usáis. ¿Podrías dejar de mirarme las tetas?
–Oye, yo…
–Espiral Hacia Dentro… –repite ella, con muy poco énfasis.

Despierto con un espasmo muscular. Miro a mi alrededor y no reconozco la estancia. No sé en qué momento la noche se interrumpió para llegar hasta aquí, y jamás me ha pasado semejante cosa con la memoria. Junto a mí un cuerpo respira pesadamente en posición fetal y tapado hasta los ojos. No hay mucha iluminación. Pienso en las dos únicas opciones sobre su identidad. El corazón quiere salir de mi pecho cuando me fijo. Ella despierta de golpe.
Agitando las alas.
–¿Qué coño está pasando? –grito, con claro tono de ignorancia.
Se levanta y se contonea desnuda de camino a, supongo, la ducha. Repite, con voz cansada:
–Espiral hacia dentro…

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