Pestillo en el pomo

En realidad era uno de esos días en que D. no estaba, digamos, muy convencido. Tampoco estaba seguro de estarlo el resto del tiempo; ni tampoco sabía bien qué significaba exactamente estarlo. Decidió no contactar a nadie e irse al cine. Quizá de lo que no estaba muy convencido es de poder soportar la idea de tener compañía esa tarde. A veces podía ser agotador; y hay distintos motivos para ello, pero seguramente la muerte de su padre, aún relativamente reciente, era uno de ellos. O al menos la opción más evidente, y en todo caso la que vestía mejor de cara a la galería, en ese momento sólo consistente en él mismo. Generalmente eres tu espectador más fiel, tu interlocutor más atento, además de, potencialmente, tu peor enemigo; pero esto último ya es de perogrullo… Es la paja a la inversa, tan practicada, joderte a ti mismo en lugar de darte placer, etc. Algo adictivo, además. Todo debido en gran parte a reminiscencias educativas, de lo que se deriva un sentimiento de culpa abrumador ante la posibilidad de una vida posible sin el sufrimiento común latente habitual.
Por aquel entonces, al menos.
Aunque no había ninguna película que le atrajese demasiado. Y siempre existía el riesgo de topar con alguien, tener que saludar a alguien, dar explicaciones, puede que hasta soportar algún pésame forzoso (y encima tener que agradecerlo…). Como sea, levantó el culo y salió a la calle. El problema de los multicines y los complejos comerciales, es más o menos como el problema del mundo. La gente. Demasiada durante el fin de semana; todos sedientos de… nada en particular, sedientos de no hacer lo que suelen hacer durante la semana, que consta de la antipaja más común y aceptada.
En aquellos tiempos, al menos.
Orgasmos a la inversa que no duran un par de segundos, sino horas y horas cada día. Imagínatelo. De modo que D. llegó y ahí estaban, todos con un hambre voraz sin saber de qué, algo perdidos al no tener que cumplir órdenes, atolondrados cuando ellos mismos tenían que decidir el siguiente paso. No es que no tuvieran ciertas nociones; es algo bastante ancestral; pero se podría reducir a que saben que les gusta follar y, en mayor o menor medida, cebarse y drogarse. El resto del tiempo suelen andar algo más que aturdidos, pasando junto a otros placeres de los que suelen huir al traerles ecos formativos engañosos, todo relacionado con horas de hastío que ahora asociaban a las jornadas de antipaja laboral. Les gusta (o gustaba) que les entretengan, que les desconecten, algo para lo que la industria del cine sabe jugar muy bien sus cartas. El cerebro ha de mantenerse siempre en una especie de estado de huelga general con servicios mínimos. Cualquier otra tendencia les asusta y provoca rechazo. Basta con echar un vistazo a la cartelera, generalmente diseñada para esos servicios mínimos mentales. Tan sólo alguna película esquirol ocasional les solía estropear el plan.
D. decidió tomar un café después de sacar su entrada. Y algo que le inquietaba de estar allí, rodeado de mesas repletas de parejas y grupos de amigos en una terraza cubierta, era el verse a sí mismo en ellos: la idea de que él era como ellos. Algo terrible, asfixiante, un concepto casi suicida. En la pantalla enorme de aquel irlandés (nada recordaba a Irlanda excepto cierto tono de verde en la decoración) estaban dando un partido de fútbol sin interés; por los altavoces salía algún tipo de música latina que se mezclaba con el ruido de conversaciones y ademanes, gestos sedientos y hambrientos de personas que de todas formas ya se estaban dando palmaditas de apoyo porque al día siguiente era lunes. Casi todos los días de la semana había una pauta para las conversaciones que generalmente seguían a pies juntillas. Los lunes el tema era que era lunes, los viernes que era viernes, los sábados que era sábado (y obligatorio ser feliz), los domingos que era domingo, los domingos por la tarde que (oh dios mío) al día siguiente era lunes; y el resto de días se hablaba básicamente del viernes y el sábado. Con el tiempo, empezaban a hablar de las vacaciones, que era lo más cercano a un objetivo vital o la autorrealización para la gran mayoría. La idea de trascendencia la aportaban los hijos, a los que pronto se atomizaría mentalmente para conseguir ejemplares iguales a los padres. Era el pez más importante de todos los que se han mordido la cola, una marca blanca de estabilidad envuelta en un halo tóxico de frágil filosofía; la cual diría que el pensamiento de D. no es (o era) nada más que pesimismo y amargura (y claro, quizá con cierta razón; pero la incómoda pregunta sería: ¿cuánta?).

Tenía que ir al lavabo. Aún quedaba una media hora. Tenía que ir al lavabo al menos dos veces antes de entrar en la sala, y aun así en ocasiones en mitad de la peli también. Lo achacaba a un problema pasado de piedras en el riñón y alguna especie de efecto secundario de agilización de los procesos gástricos. O algo así. Aunque obviamente también era algo psicológico cuando iba al cine.
Pasó por la barra a pagar, y acto seguido buscó la puerta adecuada. La zona de la pila y el espejo era unisex. Había una chica, la novia de alguien, que se repasaba el maquillaje y parecía nerviosa. D. pasó por su lado, el dibujito del lavabo para hombres era una silueta del David de Miguel Ángel. Dentro, el habitáculo olía a la última deposición, seguramente producto de alguna bacanal dominguera en familia con demasiada comida, gente, charla y pose. Ahora lo llamaban “cuñadismo”; cuando la familia se reúne y algún miembro sólo dice gilipolleces, lo cual se supone que pasa porque el resto no las dicen… D. se tapa como puede la nariz y se dispone a orinar. Hay pestillo. A pesar de todo, dentro del lavabo sentías la imitación más fidedigna de la paz que ha logrado el ser humano. Lo más cerca de la reflexión o el pensamiento que lograba estar el ciudadano medio. No le quedaba más remedio; es algo que no podía solucionarle el móvil ni el dinero ni un papel con la firma adecuada; simplemente te sientas y tienes que cagar, o mear, lavarte las manos, los dientes, ducharte. De repente se cuela un pensamiento en tu cabeza. Mierda. Luego eso ya no hay quien lo pare. En cualquier caso, dicen que el yoga es complicado porque la mayoría de gente no es capaz de dejar su mente en blanco, pero eso no quiere decir que de normal la tuviesen (la cabeza) llena de sabios giros del análisis que hacían de su entorno… Dentro del lavabo es lo más cercano al yoga que conocía D. Lo más cercano a la iluminación. Sea lo que demonios sea eso.
El pestillo, sin embargo, era uno de esos que va con el pomo, un saliente que uno gira hacia un lado o hacia otro para cerrar o abrir. También conocidos como “trampa mortal”, ya que gracias a esta clase de sistemas, de vez en cuando alguien se quedaba encerrado en un lavabo público (o incluso en casa), con el mal rato y la sorna que eso conlleva. Giras el pestillo hacia el lado equivocado y no puedes abrir, intentas corregir el movimiento, y no puedes abrir, estás seguro de haberlo hecho bien, pero no puedes abrir. Giras hacia un lado, hacia el otro, pierdes la noción de hacia dónde se abría o cerraba… No puedes abrir. Giras, giras, les das una vuelta completa al pestillo. Comienzas a maldecir. Pronto, aunque sigues dándole vueltas a la pieza, sabes que no vas a salir hasta que te saquen. ¿No podían poner un pestillo normal?, ¿uno visible con el que uno ve el mecanismo y puede hacer algo al respecto? ¿Quién inventó esta lotería del pestillo? ¿De qué iba esta ruleta rusa del lavabo público?
De modo que ahí se quedó D., dentro del servicio de un pseudo-irlandés, con la música fuera demasiado alta y un pasillo lo suficientemente largo para ahogar sus voceos.
Cuando ya llevaba veinte minutos, comenzó a mosquearse. El problema, supuso, era que la puerta del lavabo estaba al final de un corredor. La única forma de que alguien le socorriera era que otra persona fuera al lavabo. Se suponía que tenía que ser fácil. Era un lugar concurrido, muchas vejigas previsoras antes de ir al cine, etc. Pero uno no podía prever el comportamiento de esa gente, la espeluznante gente llamada normal. Quizá nadie fuera al lavabo ya más ese día, aun siendo aún las seis y media de la tarde. Era sabido que muchas personas evitaban ir a lavabos públicos; que la suciedad y la inmundicia potenciales las preferían mucho antes en el cerebro, en los gustos, el criterio y los ideales.
Pensó en llamar a alguien con el móvil, pero no quería quedar como un torpe estúpido ante algún conocido que luego contaría la historia cada dos por tres. Por aquel entonces, esa gentuza común raramente tiene algo que decir; es decir, tienen muchas cosas que contar, cotilleos o historias vacías y recurrentes sobre mascotas, bebés o días horribles en el trabajo, pero eso es todo. De modo que tienen que volver una y otra vez a explicar las mismas anécdotas, que a menudo dejan en mal lugar a alguien, esté o no presente. Era conocida su propensión a disfrazar de broma inofensiva la humillación. De modo que D. intentó gritar, que alguien le oyera, alguna camarera, alguien, alguien. Pero no había manera, era absurdo. Se sentó sobre la tapa del váter.
Ya no iba a poder ver la peli, estaba empezada de sobras. Cuando vio que la puerta no abría, pensó que estaría ahí dentro unos diez minutos, veinte como mucho, hasta que alguien le sacara, hasta que el personal del local inventara algo para liberarle; quizá ya supiesen que esa puerta daba problemas y conociesen algún truco; o quizá tuviesen que llamar a algún tío, algún qué, ¿cerrajero?; ante lo cual, pensó D., ¿quién pagaría la factura?
Echó otra meadita. Un lavabo no era el peor sitio en el que quedar encerrado.
Después de hora y media, no podía creer que nadie más –ni hombre ni mujer– hubiese tenido aún necesidades. Fuera, el párking, inmenso, estaba tan lleno que había aproximadamente la misma cantidad de coches dando vueltas, intentando cazar un aparcamiento. Había colas, tráfico casi parado entre los coches aparcados. La idea del rebaño en su máximo esplendor. Y a ninguno de esos capullos, incapaces de dar un paso si no era sobre la cinta de correr, le venían ganas de cagar. En un momento de desesperación, D. intentó forzar la puerta; si se rompía, pensó, así se iba a quedar, no les debía nada a esos mamones, haber tenido un lavabo como es debido…
Pero lo único que pasó fue que se quedó con el pomo en la mano, y la puerta continuó cerrada a cal y canto, estática, blanca y fija, cortando el paso, absurda, real y cruel como la vida. Estúpida. D. tenía tendencia a atraer los percances de naturaleza estúpida, irritante; los hubiese cambiado todos por un buen accidente de tráfico del que muy al final saliera indemne, de eso no se reía nadie. Ni aun con los golpes y tirones que había dado, no se percataron de que estaba allí, incapacitado. D. sabía que cuanto más tiempo pasara más ridículo era lo que estaba pasando. Pensaba en si alguien se había fijado lo suficiente en él para hacer cálculos; la camarera que le había cobrado, obviamente, pero, ¿alguien más?
Se volvió a sentar sobre la tapa del retrete.
Sabía que su primera oportunidad de salir de allí si nadie iba al baño, se presentaría cuando el local estuviese casi vacío, y su voz pudiese llegar a la zona de la barra.
Recordaba cosas, pensaba cosas, era la reclusión forzada. Su móvil aún tenía batería al entrar, pero ya habían pasado casi tres horas, hacía un rato que había fenecido. No se atrevió a llamar a ningún colega y hacerle venir en coche a rescatarle, no se atrevió a movilizar a nadie de su tarde de domingo, y quizá sillón y manta. Con un poco de suerte podría salvar un poco de dignidad. Obviamente no volvería al local en un tiempo; las camareras y camareros solían durar poco, así que con un poco más de suerte, para cuando volviera no tendría que preocuparse por detalles molestos como las miradas irónicas o los cuchicheos.
Recordó, o quizá imaginó, o puede que lo hubiera leído, que en una escena hipotética, un personaje parecido a él era acorralado por su familia. Lo que en las películas llaman: “intervención”. Algo que siempre se hace cuando, en teoría, una persona está mal o lleva mal camino. De modo que alguien, quizá el padre o la madre, le decía –en representación de todos los presentes– algo como: Hijo, nos preocupas.
Esto venía seguido de toda esa serie de frases hechas típicas de cuando alguien sin imaginación y con apenas vocabulario está preocupado por un igual que ya no lo es. Este tipo de escenas no se producen necesariamente en torno alguien que ya tenga cicatrices de cortes en las muñecas; a veces basta con que te haya dejado la novia, lleves un mes sin afeitarte mucho, estés algo pensativo y no muy hablador.
En dicha escena, este personaje parecido a D., en lugar de desmoronarse como inicio de una supuesta curación psicológica previa a volver a tomar las riendas de su vida (que en teoría había perdido), en lugar de eso, lo que hace es contestar:
–Pero vamos a ver, ¿de qué vais? ¿Por qué hacéis esto? ¿Y por qué estáis todos aquí? ¿Tenía que ser algo público? ¿No era suficientemente incómoda esta conversación entre dos o tres personas? ¿Qué se supone que va mal? ¿Qué es lo que pretendéis corregir? ¿Queréis que sea como antes? ¿Creéis que la gente no cambia nunca, o que no puede intentar cambiar? ¿O simplemente queréis, insisto, que sea como antes? ¿Pero por qué queréis que sea como antes? ¿Y si resulta que siendo como soy ahora me va mejor y logro más cosas relacionadas conmigo en lugar de con vosotros y todos los demás? ¿Por qué vosotros, por qué todo el mundo, puñeteras ovejas todas iguales, necesitáis que nadie parezca distinto? “¡Me encantan los minions!, ¡por fin es viernes!, ¡vamos a comprar!”… ¿Por qué tengo que ser igual que vosotros?, ¿por qué ser como vosotros es lo mejor y lo más inteligente?, ¿en qué periódico, si se puede saber, sale publicada semejante cosa cada día?, porque yo más bien veo lo contrario… ¿Y quién os dice que si esta intervención no funciona, no seré un colaborador vital en unos años para curar una grave enfermedad, escribir un gran libro, crear una buena ONG o simplemente ser un buen maestro de primaria? ¿Quién os dice que estáis siempre En Lo Cierto? ¿Por qué creéis que la razón es sólo lo que respiráis vosotros?… Si no tenéis auténticas buenas respuestas para todas estas preguntas, hacedme el favor de salir de esta habitación, volver a vuestras salas de estar y pensar quizá por primera vez qué coño estáis haciendo con vuestras vidas.

El ruido. No era nada que pudieras asociar a una experiencia propia o ajena. No sonaba a nada real o posible. Era imposible, irreal. Era un ruido que se repetía y no llegaba desde una sola dirección, sino desde varias. Era algo que hacía temblar la tierra. Todo el edificio y el aparcamiento, con las tiendas, las terrazas, las salas de cine, todo, incluido el lavabo en que estaba D. Todo lo que estaba a la vista y todo lo subterráneo.
No era, insisto, nada entonces previsible. No sonaba a bombas, ni mucho menos a tiroteos, no sonaba a una gran y aparatosa tormenta. No te hacía pensar en un terremoto, ni aunque jamás hubieses vivido uno leve o importante.
La palabra que pasó –más rápido de lo que hubiese querido– por la mente de D., era:
Pisadas.
¿Pisadas de qué? ¿Godzilla? ¿Dinosaurios otra vez? ¿A qué empresa, por loca por el dinero que estuviese, se le podía haber descontrolado tanto el negocio? No es que matar por dinero fuese algo novedoso; los sicarios lo hacían, los gobiernos también lo hacían, todo dios lo hacía. Vale. ¿Pero qué coño estaba pasando? ¿Era algo fortuito o alguna irresponsabilidad? Como si D. fuese a saberlo…
El caso es que el edificio se estaba cayendo a trozos, y esto D. sí lo sabía. Comenzó a patear la puerta, pero no tenía el suficiente espacio para coger impulso. Sólo reservas de miedo y rabia. ¿Si se acababa el mundo, él iba a ser el único cretino que se lo perdiera? Podía oír gruñidos, algo animal, como si algo enorme como un rascacielos no necesitara de arquitectos para seguir en pie y tuviese mucha hambre. Algo en el otoño de la humanidad. D. imaginaba a todas las personas que fuesen como él encerradas en ese mismo momento en otros lavabos del mundo. Aterradas igual que las demás, pero también el único “target” que por carácter tenía el espectáculo de un Apocalipsis. Vale, pensó D., nos vamos a la mierda, ¡pero yo también quiero tener una oportunidad! Sabía que las salas se estaban vaciando, que la gente corría y gritaba, que había accidentes de tráfico y cosas que se aplastaban, chocaban, trituraban… Lo podía oír, ya fuese más lejos o más cerca.
En cierto momento pensó que iba a morir, al oír derruirse casi toda la estructura que tenía encima. Algo se estaba moviendo sobre él y su lavabo. Su última casa, no mucho más pequeña que otras que incluían alquileres abusivos.
El techo fue arrancado. D. gritó hasta que su voz dejó, literalmente, de responder. Su garganta dijo basta. Ahora en lugar de techo podía ver el movimiento de algo en la noche. Una cabeza, de forma indefinida, se acercó lo suficiente para mirar.
Más que una cabeza, un ojo.
Un ojo de reptil, enorme, amarillo paella con azafrán, con una pupila oscura de forma cambiante.
D. tardó un poco en ver que esa pupila estaba diciendo algo. No es que hablara, era cuestión de fijarse. Imaginaos qué impresión le pudo causar aquello a alguien por aquel entonces. D. vio un 9, y luego un 8. Le sorprendió la inmovilidad repentina del animal, o lo que fuera aquello, el hijo de alguna prueba nuclear, algún extraterrestre, lo que fuera que se pudiese haber visto en películas o leído en libros. Todo objetivamente incorrecto, ridículo, equivocado. Y la pupila tomó forma de número seis. Quizá fue el momento en que D. gritó algo absurdo como:
–¡¡¡Qué coño quieres!!!
La pupila, del tamaño del habitáculo en que él estaba metido: un cinco…
Un tres…
Dos.
Uno…
Y fue entonces cuando D. finalmente logró salir del lavabo, junto a aproximadamente el ochenta por ciento de la humanidad.

lav

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