La hija de Cronos

Aquella mujer entró más o menos al cabo de media hora de haber entrado nosotros. Su vestimenta era llamativa y tenía unos veinte años más que nosotros. Nosotros teníamos veinte; supongo que a simple vista éramos el grupo de amigos estándar de sábado por la noche fuera de casa. Salidos, más bien atontados, perdidos fingiendo que no, rodeados de discursos sobre el futuro; el más habitual era el que decía que aprovecháramos que teníamos veinte años, porque luego la vida se convertía en un peñazo insufrible, y eso en el mejor de los casos. (No siempre te lo decían así.) La mujer era, podríamos decir, empíricamente atractiva. El efecto que causaba en nosotros era unas tres veces más demoledor que en alguien de su misma edad (aunque esto no es seguro, pero al menos es la versión oficial; así que seguramente no es así y te pones cachondo igual a cualquier edad, pero también es cierto que en aquella época –y prometo que el paréntesis se cierra pronto– en cierta forma no nos comíamos tanto la cabeza, ni disimulábamos tanto, de modo que decir que a nosotros nos afectaba más que a alguien con más años quizá es una bobada, pero vaya, que lo importante es que nos afectaba, y no es seguro que matizar tanto sea útil, pero quizá más adelante cobre sentido).
La mujer llevaba un abrigo de piel y cinturón de piel, y botas y guantes y etc. Todo en ella era piel auténtica; ella misma, hablando con el dueño del bar, se aseguró de que se supiera. Era como un Arca de Noé a la inversa, donde los animales iban a morir.
Se sentó en una mesa y pidió champán, si no recuerdo mal. Todo lo que hacía iba a juego con su atuendo de alguna manera. Reía de piel, bebía de piel, lanzaba miradas de piel auténtica. A su abrigo sólo le faltaban las patas. Si aún hubieran estado todos los ojos, aquello hubiera parecido un páramo africano, pero sobre el papel sólo era ropa. Era actitud, una desinteresada, concretamente, ajena, altiva y adinerada.
Aquello ponía cachondo a cualquiera, por supuesto; tu bragueta no tiene ideales, al menos de entrada. Era por los tacones y la figura, por sus ojos (los suyos sí presentes), por las manos y por el escote, era por cómo cruzaba las piernas, y porque parecía el personaje femenino de una peli antigua de cine negro. Más cerca de Greta Garbo que de Marilyn.
Bebíamos como está mandado, aprovechábamos, quedaba ya poco para el lunes, porque siempre quedaba poco para el lunes. Sentirse vivo no era lo habitual, y con todo, para vivir no hacía falta hacer puenting, bastaba con tus ojos, con la ausencia de ojos de animales y tu indiferencia, y todo ello, por más discursos que nos dieran al respecto, no tenía mucho que ver con la edad. ¿Con qué tenía que ver?, a saber, pero irónicamente era algo animal.
Nuestras venas trabajaban a pleno rendimiento y el alcohol hacía su papel legal. El lugar no estaba muy atestado, pero el ambiente parecía cada vez más cargado.
La mujer fumaba, se trataba de aquellos tiempos, y fuera comenzó a llover, a llover de verdad.
Había unos tragaluces en el techo, aquello debía haber sido la vivienda pija de alguien. El típico ser “cuerdo”, el “hombre corriente” que evocaba Bukowski en El genio de la multitud, el clásico mamón que aparece por todos lados con su coñazo de coherencia y sentido común, habría dicho –equivocado– que el lugar estaba cargado porque aún se podía fumar en interiores. Pero lo que nos jodió bien fue que por aquel entonces éramos más que nunca los mamíferos clase media de siempre criados en cautividad académica. Casi todos teníamos la imaginación atrofiada, éramos nulos en pensamiento lateral o capacidad para inventiva o deducción elaborada alguna, y aún no nos había dado tiempo de despegarnos esas etiquetas (de hecho algunos de nosotros aún estábamos en la universidad), aunque esas eran y son las etiquetas que mucha gente no consigue desengancharse nunca.
Era la mierda perniciosa de siempre, y nosotros estábamos currándonoslo de lo lindo entre semana para seguir manteniéndola.
Lo que pasó aquel día, fuera lo que fuese, ha ido mutando de tema tabú a anécdota que hemos llegado a contar a trozos (e incompleta) entre risas nerviosas, aclarando a cada momento que no íbamos drogados (ni entonces ni en el momento de contarlo). Tampoco es que haya forma de contarlo de tal manera que nadie pueda hacer un ejercicio de asociación para dotar de lógica a los hechos. El problema es que la vida real es muy suya, al menos en principio, no supura metáforas, no envía señales, no da pistas importantes; de modo que intentar interpretar lo que pasó, pasaría por un error de base en el análisis de la existencia. Como todo el mundo cree, una cosa es una película y otra muy distinta la vida; y esto ni tan siquiera parecía dar para una película exitosa. Si hay que generalizar, la vida en sí, de hecho, no es precisamente comercial, pero cuando le da por desvariar además es veneno para la percepción. Cuanto menos “comercial” (o alegre) es la vida, más productivos (y mejores) nos volvemos; ése es el principio que rige cada respiración desde que la mayoría de gente se levanta y hasta que se mete otra vez en la cama. Dentro de la analogía, el suicidio a cámara lenta es todo un clásico. Un slow motion de décadas. Cosas del 1% de la población mundial: Si en esencia estás jodido es que lo estás haciendo bien.
La mujer no dejaba de pedir, su vaso nunca estaba vacío, cuando te dabas cuenta ya no era el mismo vaso. Ni que decir tiene que no la habíamos visto nunca, algo que no es raro en una ciudad con cierta densidad de población. Hay maneras de saber si estás en una ciudad lo suficientemente grande. La idiotez más extendida en las ciudades, suele ser la de sacar el coche para ir al centro: cientos de idiotas dando vueltas buscando aparcamiento, para acabar (con suerte) a diez minutos de donde iban. Nosotros también éramos idiotas en ese sentido, por supuesto, es esa forma de ser idiota (o tonto, o cruel, o etc.) que pasa perfectamente desapercibida al ser tendencia. Es como una versión subrepticia de la moda, el más perfeccionado “mal de todos consuelo de bobos”; tanto es así, que simplemente no parece que nadie esté meando fuera del tiesto. Entre tanta gente, entre tanto idiota, aquella mujer podía ser ella misma, signifique lo que signifique eso.
Uno de nosotros la confundió con una sexóloga o alguien mediático que solía hablar de sexo; esa clase de personas que se envuelven en un manto de modernidad para dejar claro todo lo que han follado, de la misma estúpida forma que años ha se negaba. Ser discreto sin más, para la mayoría es sinónimo de exceso o carencia ocultos. Lo curioso es que ni nos dimos cuenta cuando la mujer acercó su silla, se unió a nosotros, y dijo:
–Es exactamente así.
–El qué –dijo alguno de nosotros.
–Como es la gente.
Nuestra edad era esa edad propia del enfado, de montar un grupo de rock o huir o hacerse tatuajes, o simplemente hacer cosas tan sólo para llevar la contraria; porque te empezabas a dar cuenta de que la obra para la que te habían forzado a ensayar, apestaba.
–Lo que os quiero decir, es que tenéis razón –dijo la mujer –, más de la que jamás se os reconocerá.
Ninguno de nosotros sacó a colación lo de vestirse con pieles bonitas de animales muertos. A nadie le disgusta que le regalen los oídos. Su aliento, o quizá su olor corporal o la colonia, era el equivalente de un jardín de rosas recién regado: húmedo, fresco y suave, como un chute de aire libre limpio en un interior.
Lo que nos decía no era un aporte a conversación alguna que estuviéramos teniendo, era una reacción a los pensamientos que a nosotros nos carcomían en ese momento de nuestra vida. Nos leyó la mente a medida que bebía sin ofrecer señal alguna de embriaguez. “Conducía” sobria a pesar del excesivo consumo. Alguien de nosotros le preguntó quién era;
–Me vas a disculpar, no es la pregunta más fácil para mí.
Críptico… Nosotros sí íbamos un poco borrachos, así que no estábamos en plenas facultades para meternos –nunca mejor dicho– en ese jardín.
–¿Qué edad me echáis? –preguntó.
No sé, cuarenta, dijo alguien.
–Por ahí –dijo ella–, pensad algo así, que os doblo la edad. Y lo que quería deciros es que… insisto, tenéis razón. Lo hago hoy porque necesitaba hacerlo, desahogarme, aunque sepa que en pocas horas para vosotros no seré más que una anécdota, y pensaréis que esto no es serio, y que lo serio es lo que empieza cada lunes por la mañana.
Creo que fue luego cuando se enfadó. O no es que se enfadara, no exactamente con nosotros. Se levantó y miró a su alrededor. Rápidamente, la gente fue pagando y yéndose. En ese momento no pensamos que ella lo provocara, pero hoy en día estamos bastante seguros de que sí. Ella reía y supongo que en parte coqueteaba, no estaba dispuesta a volverse a su mesa.
Se levantaba, se contoneaba, se sentaba. Con nosotros. La tormenta rugía cada vez más sobre aquella construcción. El edificio no daba gran seguridad, con ese aspecto a arquitectura moderna; tan cuca por fuera y poco fiable por dentro como la generación más preparada. La única verdad posible es que Ella nos miraba por momentos como si fuéramos poco más que sacos de pienso; porque aunque aún respetara nuestra enrabietada línea de pensamiento, sabía que estábamos dispuestos a cambiar, a unirnos a los demás. Era un impulso generacional. En ese momento el discurso racional decía que éramos dispersos y que nuestra única razón de ser tenía que ver con la preparación de escenarios futuros. Nuestro “problema” era que aún teníamos demasiado tiempo para pensar, para, digamos, sentirnos dentro de nuestra propia piel. Ya era más una sensación que un hecho, porque las instituciones hacían todo lo posible por despegarnos de nosotros mismos; pero había algo que aún latía dentro nuestro, y no sólo era la dichosa patata sangrante; algunos lo hubieran llamado alma, aunque poco importa la etiqueta. Ella lo sabía de sobras, y Nosostros “aún” lo sabíamos. El mundo se moría; pensamos que ése era el “mensaje”, aunque eso fue más tarde.
No podíamos movernos, así como los camareros y el dueño se quedaron estáticos tras la barra, sin intervenir, sin hacer juicios, vivos a la vista más en la teoría que en la práctica. No es que tuviéramos la intención de irnos de allí, no pensábamos en eso. No sentíamos inquietud ni miedo, estábamos atentos, abiertos, despiertos, algo cachondos, receptivos. Era lo contrario a estar en clase.

Más de uno diría que los relojes se habían detenido, o el tiempo, pero lo cierto es que la lluvia seguía repiqueteando aún cuando apareció el oso.
Sobre nosotros, la gran rama de un árbol (¿había árboles tan enormes fuera?), como medio desprendida por el viento y la lluvia, o quizá por un rayo, reventó el grueso cristal de un tragaluces. Invadió nuestro espacio, atravesada, aunque no necesitamos movernos, cosa que tampoco nos planteamos pese al contacto ya directo con el cielo, pese a los cortes que nos provocaron algunos filos.
–Igual habéis oído que mi padre me comió junto a mis hermanos cuando éramos bebés, y que luego nos vomitó. No os creáis todo lo que se escribe; o más bien: cómo se escribe. Pero estáis tan fuera de contexto ahora que será difícil explicaros quién soy, qué soy y de dónde vengo. Mi mundo corre paralelo al vuestro, si es que eso os dice algo, y sólo algunas veces nos cruzamos. Enhorabuena, habéis sido parcialmente afortunados.
–¿Parcialmente? –dijo alguien.
–Aún está por ver qué hago con vosotros; pero debéis saber que hay un montón de cosas que se pueden disfrazar de incendio para la prensa… Incluso en un día de lluvia.
No te ibas a poner a interpretar lo que decía, y además en ese momento vimos entrar, encaramado a la rama, un oso pardo de tamaño ridículamente grande. Todavía éramos lo suficientemente estúpidos como para ponernos a calcular a qué distancia estaba el zoo de la ciudad; como si nos aferrásemos a la supuesta seguridad de lo secular, lo tangible o lo meramente razonable. ¿Por otro lado, podía un oso de ese tamaño hacer eso? ¿Importaba?
–Mi padre no aprobaría en absoluto este comportamiento, que sin duda no está a la altura de las circunstancias. Pero pensad que habéis tenido suerte; él os habría usado como cebo para cazar Furias.
Podías pensar en el Infierno, ¿no?
–No vengo de ahí, chicos, no existe ese ahí, no os estrujéis el cerebro o sólo empeoraréis las cosas. Quedaos con el siguiente concepto: Lo habéis mezclado todo, mitos y religión y ateísmo, y lo peor es que lo que creéis es vuestra versión más avanzada en cuanto a inteligencia, no sirve para nada más que para anularos elegantemente a vosotros mismos a cuarenta niveles distintos. ¿Os pensáis que éste es mi aspecto de verdad? ¿Creéis que tengo algún aspecto concreto? ¿O edad?… Miraos, sois tan tiernos cuando tenéis delante de vuestras narices la única versión de la realidad que existe…
–¿Cuál…? –empezó a murmurar uno de nosotros.
–La única versión de la realidad es la que hace que vosotros penséis que estáis enfermos cuando llegáis a verla o a reconocer que existe. Vais a terapia, os drogáis, abandonáis a vuestro hijos en clase… Laméis los barrotes con orgullo… y sólo de vez en cuando os decís a vosotros mismos: Igual no hay blanco ni negro, no hay Bien ni Mal, no hay Control, sólo…
–Disculpe, pero…
En ese momento, el oso, ya junto a nosotros, gruñó.
–Él sólo tiene instintos, ¿lo veis? Sólo con eso ya sabe ver lo que tiene a su alrededor mejor que vosotros; pero sobre todo mejor que vuestros padres. Y no digo que cuando pensáis de verdad las cosas y os deprimís, sea porque habéis observado todas… las capas de realidad que existen. (No sabéis lo que me cuesta explicarlo para que vosotros me entendáis mínimamente….). Lo que quiero decir es que sólo veis vuestra realidad, porque es evidente que no estáis preparados como especie para ver otras, ni para entender que hay otras.
Alguien dijo algo sobre extraterrestres.
–La pregunta no es si hay más vida en el Universo, chico, la pregunta es cuántos Universos hay.
La mujer (o lo que fuere) se levantó y se contoneó hacia la puerta del lavabo. Sólo entonces pudimos movernos y seguirla. No es que fuera intencionado.
–Sólo os voy a enseñar un poco de mi…
–¿Un portal?
–Llámalo como quieras… Me hace gracia hasta cierto punto esa manía vuestra de ponerle nombre a todo; es como si creyerais que un día habréis acabado el inventario de todo lo que existe, resulta bastante mono…
–¿Por qué a través del lavabo?
–Funciona mejor con un lavabo privado, pero no creo que queráis invadir ahora la casa de nadie, y dudo que vayáis a invitarme a la vuestra, ya no veo bultos en vuestros pantalones… No es que sólo funcione en los lavabos, pero es uno de los pocos habitáculos que usáis aquí para pensar, reflexionar, tener alguna visión, eso que vosotros asociáis estúpidamente sólo a estar fumados. Ese nivel de pensamiento lateral, ese grado de creatividad, en este mundo se desarrolla prácticamente sólo en los lavabos. Si intentáramos hacer esto cruzando a cualquier habitación de una empresa o aula de un colegio, al abrir la puerta sólo encontraríamos retretes, pupitres o mesas de despacho; sin embargo con los lavabos, y con la compañía adecuada… –se señaló teatralmente a sí misma.
»Se requiere el campo energético ideal, y encontrarlo en vuestro Universo se hace harto difícil. Esto son lo que vosotros llamaríais siglos de estudio. Nadie quería acabar atrapado en tontolandia, no os ofendáis…
El oso nos seguía con parsimonia a cuatro patas, tan peligroso aún en comportamiento como el perrito que se compra una pareja joven recién instalada.
Al abrir la puerta, al otro lado no había baldosas ni olía a orín. Un túnel hecho de arbustos y árboles: La noche de los tiempos, pensamos mucho después. Aquello evocaba de alguna manera la obra de René Barjavel. Era de noche o lo parecía, y azotaba un frío seco. Si había estrellas no las podíamos observar, y cuanto más caminábamos, más lejos oíamos el ruido de la lluvia, de nuestra “casa”, de la “realidad real”, por ser la única que conocíamos.
–Mi primer plan era quemaros vivos, pero ahora tengo lo que vosotros llamaríais dudas. En realidad esto está prohibido, no podemos cruzar hacia otras realidades, ni mucho menos traernos a sus criaturas, pero a veces te entran ganas de provocar una pequeña brecha cósmica (¿vosotros lo diríais así?) y ver cómo evoluciona. Sé que no os gusta la idea del azar, pero lo cierto es que el azar es lo único que tenéis.
¿Se supone que teníamos que tener miedo? La sensación era distinta, más bien como si estuvieras teniendo sexo con alguien cuyo marido duerme en la habitación de al lado con una escopeta bajo la cama.
La vegetación mutó (o se fue convirtiendo) en lo que nosotros llamamos cueva. Y la cueva daba a lo que se podría llamar una galería, amplia, extrañamente iluminada, como si hubiese habido cien velas rodeándonos. Pero no había nada.
–Lo irónico de esto es que tengo entendido que vosotros a veces encendéis velas para tener sexo…
–Oiga…
–No, es que ahora no es tiempo para preguntas. Ni siquiera podrías formular una que fuera ni remotamente acertada.
Había unos postes clavados al suelo. Cinco. Nosotros éramos cinco. Sonará tonto, pero yo recordé la primera vez que vi la portada de Holocausto caníbal en la sección porno del videoclub cuando tenía unos siete años. Entonces me pareció gracioso (lo de la cueva, no lo del videoclub). Al menos podíamos sentir la tierra bajo nuestros pies. Pero mentiría si dijera que un grupo de salvajes o marcianos nos forzó a atarnos a esos postes.
–¿Cómo os podría poner en contexto…? Debería decir, antes que nada, que os he mentido en algunas cosas, al menos por omisión. No os he elegido a vosotros de forma arbitraria. Bueno, puede que a algunos así. Digamos que algunos estáis aquí de rebote.
»No sé si os importará, pero en vuestro siglo XVIII, existió un tipo llamado William Rowan Hamilton… Intentaré no enrollarme mucho, porque aunque tengo que reconocer que las matemáticas son una habilidad respetable –aunque no exclusiva– de vuestro mundo, yo no soy muy ducha en este sentido; preguntadme lo que queráis sobre la moral estelar, pero no me acribilléis en lo relacionado a cuaterniones o el espacio tetra-dimensional… Soy de letras, como vosotros diríais, expresión que por cierto a veces me da ganas de abrir uno de vuestros lavabos para usarlo de verdad.
»El caso es que este tipo un vez escribió una ecuación en un puente –creo que mientras paseaba con su novia o algo así– que sentó las bases científicas para la posibilidad de la existencia de cuatro dimensiones, y no solo tres, ¿me seguís?
»Como sois muy listos, habréis deducido que la cuarta dimensión es el tiempo…
»Debo decir que mi mundo no es ni mucho menos perfecto. De hecho el resto de los mundos conocidos tampoco lo son. Pero en comparación con el vuestro son como una orgía constante. Imaginad que os hacen una felación y que podéis eyacular sin parar y sin acabar agotados. Mi mundo es más o menos así. Insisto, en comparación con el vuestro.
»El caso es que Hamilton, junto a otros coetáneos –con la influencia de algunos escritores de ciencia-ficción, por qué no decirlo–, produjeron un material, tanto matemático como abstracto, que uno de vosotros ha retomado hace unos años.
Fue el momento en que ese uno de nosotros comenzó a llorar, mientras el oso iniciaba su olisqueo cerca de él. El resto le miramos, no entendíamos nada; más bien estábamos extasiados. No se ha inventado droga para semejante cosa. Y no hay nada que supere el cinismo humano; quizá tan solo los prejuicios humanos.
Ya no quedaba tanto para despertar en nuestra cama como si no hubiera pasado nada, excepto la desaparición grotesca de ese uno de nosotros.
–Y parece ser que este chico amigo vuestro está a un tris de dar un paso importante en sus noches en vela. Os voy a desilusionar: él no es quien inventa la máquina del tiempo. Pero sus avances son demasiado relevantes como para que el resto de Universos obviáramos la situación.
»Yo soy lo que vosotros llamaríais, quizá, un agente de paz. Sigue siendo prohibido que esté aquí, pero sólo de cara a la galería. Seguro que no tengo que desarrollar este punto…
»De modo que, como ya sabéis, el hecho de que la Humanidad se acerque a esa fase de su existencia (véase: la posibilidad de viajar en el tiempo), supone una amenaza de valor incalculable para básicamente TODO y todos los demás…
»A estas horas la casa de vuestro colega ya habrá ardido con sus padres dentro, pero sobre todo con toda su investigación. Las mates… Menudo hobby, ¿verdad?, ¿es así como llamáis aquí a las cosas importantes? En fin, ya sabéis, un buen incendio controlado no solo sirve para quemar rastrojos…
»Seguro que veis aquí una paradoja: ¿Éste es el diálogo que ofrece una civilización avanzada?… Sólo imaginad intentar jugar una partida de ajedrez con este oso y entenderéis sólo una pizca cómo nos sentimos los demás cuando pensamos en vosotros. Incluso a eso le habéis puesto nombre: nihilismo. Lo que no parecéis plantearos, incluso cuando os extermináis entre vosotros, es que el nihilismo es un movimiento creado por la Humanidad para saciar su interminable sed de sangre.
»Ahora os aconsejo que no miréis…
Ese uno de los nuestros se había zampado a mediodía algo así como una barbacoa entera para cuatro. Por la noche el proceso digestivo estaba en el peor momento para estar uno cerca de él e inmovilizado. El oso mordió de tal manera –y en tal zona– después de tener luz verde, que chorros de heces nos salpicaron a los demás mezclados con sangre y bilis.
»Seguís empeñados en ser el trastero lleno de monstruos de la existencia…
Ella, o lo que fuere, acarició al oso, y tironeó de su piel. Esta parecía desgajarse de él, pero el animal no se enteraba mientras devoraba a nuestro por aquel entonces colega. A medida que le arrancaba la piel, él mudaba otro pelaje, uno nuevo.
Uno de mis amigos allí presentes, luego se pasó como un año sin hablar. Con el tiempo escribió un libro, una novela. Contaba lo que pasó de verdad, pero en nuestro Universo sólo era eso, una novela. Una muy buena, cabe decir. Otra más para echar al no tan gran montón de las que alimentaron relevantemente la literatura aún llamada de género, aún clasificada siempre, irremediablemente, como ficción.

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Un comentario en “La hija de Cronos

  1. Los griegos lo tenían claro, no había que fiarse de los dioses y, por lo que veo, mucho menos de sus hijas. Si esos pobres hubiesen leído a los clásicos hubiesen salido corriendo nada más ver al oso

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