XXI

Es casi un eufemismo decir que era todo demasiado profesional (si es que supone algún alivio hablar en pasado). Todo demasiado tangible. Todo rectilíneo, impersonal como esperar amor de un robot. Y nos conformábamos con que el robot tuviera forma de ser humano; imaginando que tenía alma; desperdiciando la imaginación. Era importante también, por algún motivo, que nuestros hijos heredaran eso, fueran eso, se sacrificaran para eso. Dábamos valor positivo al sacrificio independientemente de hacia dónde estuviera encauzado. Una “huida hacia delante” no era suficiente para describirlo. A las palabras cada vez les costaba más encontrar hatajos para definir esta situación; y a los números cada vez menos carcajearse, un sonido de reminiscencias metálicas. Era la risa de la máquina a quien le importabas todo lo que la máquina daba. Éramos importantes porque nos creíamos responsables. Y nos creíamos responsables porque sabíamos desperdiciar la imaginación. Por el bien común, decíamos, (…), por nuestro supuesto bien personal. Por nuestro (risas enlatadas de muertos aquí) Futuro. Nos llenábamos la boca con esa palabra. El futuro era menguar manteniendo el tamaño original; era ser feo manteniéndose por fuera brillante y en forma; era ser escalofriantemente limitado pareciendo listo. Y parecías listo cuando conseguías vender que eras práctico, o cualquier otra cosa (siempre que la vendieras, siempre que te vendieras). La palabra Vender resumía veinte años o más de crecimiento. Lo paradójico es que era luego cuando venía la venta. Y ni tan siquiera solías vender tú, sólo te vendías a ti mismo para que otros vendieran. El producto era lo de menos. La creación agonizaba. El arte solía nacer cadáver, no era útil porque no era práctico, y no era práctico porque nuestra percepción amarilleaba enfocada en otra dirección, a punto de desprenderse de (más risas enlatadas aquí) un hipotético árbol de la sabiduría. Mientras no dudábamos en menospreciar a quien decidía vender su cuerpo, vendíamos nuestro espíritu, haciendo pasar eso por tesón y valentía. Padres de familia y mujeres multitarea, cuya emprendedora intención acababa suponiendo venderse aún más baratas que el hombre (en algunos casos imitando sólo lo más inmundo de ellos), “decidían” que esta rueda debía seguir girando. Comprábamos coches y pisos nuevos mientras seguíamos usando pensamientos de segunda y tercera mano. Filosofías de desguace. Idiotas de manual haciendo basura, diciendo mierda que ya era una falta de respeto a la propia mierda. Mucho más allá de la hipocresía estándar, se seguía discutiendo sobre la carta bajo la manga, sin abordar el porqué de los tramposos. Niños ruidosos corriendo libres sólo en su tiempo ídem, jugando mientras los adultos seguían pensando que eso no era lo importante; otra generación de bola y cadena, y luego, preguntas: ¿por qué las cosas nunca remontan? ¿Por qué la gente está esencialmente amargada? ¿Por qué en lugar de vivir su única oportunidad de vivir, se limitan a ir tirando? ¿Qué respeto esperan de la lógica cósmica, qué recompensa cuando hayan muerto? Qué estúpidos, y qué crueles procreando, transmitiendo su savia al estilo Chernóbil, intoxicando con buenos olores y pésimos consejos y lecciones. Los genios sobreviven en medio de la inmundicia, mientras los de siempre les persiguen para colgares etiquetas; loco, tarado, friki. Los genios no son extraordinarios, sólo son seres humanos que consiguieron hacer oídos sordos a tus discursos prefabricados. Ellos sólo se libraron de preñar a tu mujer y emponzoñar la educación de tus hijos; y sea o no increíble, tomaron una decisión: iban a tomar decisiones de verdad. Decisiones sobre su única oportunidad sobre la tierra; y procurarían desaprovecharla lo menos posible; tendrían hijos sólo en el caso de quererlos de verdad, se relacionarían sin creer poder controlar las relaciones. Evitarían aburrirse. Deformarían la frase de John Lennon (porque esto sí podrían hacerlo); porque la vida no sólo es eso que pasa mientras haces planes, también es lo que se te va mientras curras en algo que odias, imitas a los demás, te “dejas llevar” y vives de forma responsablemente irresponsable. Y todo para qué, para que los demás asientan, para que la vecina del cuarto –ociosa, comedora de basura, inculta y asquerosa– tenga un buena opinión sobre ti. Para qué, para que los tontos te den la razón. Para sentirte unido a qué, para contribuir a qué, para parecer qué. Como si hubiera una posibilidad de ser el gran hijo de puta, otro más de los pocos que se benefician mínimamente de la carencia de espíritu generalizada; como si al mantenerte apagado, tuvieras más oportunidad de iluminar una siguiente vida. Sin pensar que la muerte es relativa, que se mueve entre lo considerado vivo o muerto, y se aloja donde la llaman. Hacer cosas –te dijeron– es hacerlas para mí, no para ti. Buenos chicos y chicas invadiendo centros comerciales, clones de sus padres. Obedientes, pero no como la abejas en el oficio de la miel, sino más bien como mosquitos quemándose contra la bombilla equivocada. Las cosas buenas suceden no gracias a estos tránsitos, sino a pesar de ellos. La productividad es como estudiar, nos hemos pensado que sólo hay una forma de ser productivo, igual que creemos que sólo hay una forma de estudiar. Sólo una forma de aprender. ¿Estaremos al final del trayecto como dicen algunos? No es cuestión de ser negativo o positivo, sino sencillamente de no ser un completo egoísta disfrazado de payaso bueno. Nos alegramos de que te vaya bien, seas quien seas, pero no nos vengas con gilipolleces, es el principio de cualquier actitud versada en el respeto. Por favor, no nos vengas con discursos polarizados, porque la magia no existe gracias a ti, sino a pesar de los que son como tú, que siguen danzando, haciendo cabriolas y creyendo que el ombligo propio es el termómetro para el estado general de las cosas. El bien y el mal están a tu alrededor, y el bien no es moneda fácil. Te pitarán los oídos, te dirán que es el lado oscuro. Te dirán: “No pienses, actúa.” Saben cómo ganarte, saben que la estabilidad se suele conseguir a cambio de lo único importante que tienes. Saben que el respeto es ya casi totalmente una cuestión material: qué tienes, dónde te quedas, qué puedes ofrecerme. Saben que el amor se puede comprar; y no se trata de la prostitución; lo que saben es que ellos ya lo compraron en cierta manera, creyendo que no se habían vendido al mejor postor, o que ellas eran esas buenas chicas soñadas, cultas (porque habían ido a la universidad) y guapas (porque eran delgadas). Te dirán que es sano sentirte siempre agotado y mentalmente exhausto. Te hablarán de trabajo duro, sin añadir nada más. Te hablarán de todo lo que vas a aprender olvidándote de ti mismo. Arrancará otra vez el vagón de la Historia, con todos los empleados dentro. Y a través de fisuras podrás ver el exterior. El XXI. Estamos un poco apretados, te dirá alguien, ¿pero no es estupendo? Serán quizá las seis de la mañana; estarás muerto de sueño, camino a algún lugar irrelevante para ti. Te aferrarás: soy responsable, es lo que hacen todos, es lo que toca, viernes, vacaciones, viernes, por favor… Por favor… Y a través de esas brechas, quizá verás un día el cielo rojo y tapado, nubes grotescas de tormenta. Un rayo iluminará tornados. Luego, quizá sí o quizá no, despertarás en la cama, aliviado.

niña

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2 comentarios en “XXI

  1. Tal vez muchos eviten hacerlo por miedo a nunca encontrarla, pero “dónde está nuestra mente” es algo que deberíamos cuestionarnos muy a menudo. Brillante texto y genial deconstrucción de realidades. ¡Abrazote!! 😉

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