Garabatos

Aún dura. El resto son efectos secundarios. Pero el caso es que soy una especie de microbio. Cuando se oye la frase “estar dentro de ella”, casi todos piensan en lo mismo. No piensan en los microorganismos o los virus, ni en el hecho de que aún pueda durar. No piensan en alguien del pasado dentro de sus conductos, así de dentro de ella, un espía, puede que durante un sueño, pero sobre todo empapado de anhelos frustrantes. Quizá suena algo críptico, pero basta con no olvidar –insisto– la idea central: aún dura. En el sentido de que eso aún dura dentro de mí cuando me veo dentro de ella (y fuera). Que sí, puede que luego despierte o puede que no (yo, quiero decir), pero es algo secundario; a veces lo importante sí es el camino (aunque la generalización con eso no sea más que otro engaño universal).
Si casi todos piensan lo mismo cuando oyen la frase “estar dentro de ella”, es porque con casi todos tienes que andarte con ojo para que no hagan una lectura sexual de cada sílaba, frase o idea que consigue atravesar los escudos que les fabricaron a base de obligarles a memorizar libros de texto. Es con esa gente con la que te ves obligado a tratar; y también contigo, el espíritu corrompido del que quieres librarte a toda costa, porque obviamente tú también pasaste por el tubo.
Y mientras estoy dentro de ella, obviamente el objetivo son los ojos, poder ver lo que esté mirando ella; incluso aun tanto tiempo después de haberos visto por última vez, y cuando ella seguramente ya te ha olvidado.
Supones que es un viernes o un sábado por la noche, te aferras a sus tripas, escalas en su interior, evolucionas. Algunos otros microorganismos te guían vagamente. Preguntas para saber qué conducto es el más directo, cuál es el mejor atajo. Preguntas si han estado ahí arriba recientemente; ¿está saliendo con alguien?, ¿sólo con amigas? Nadie te sabe decir, a nadie le importa, todos andan ajetreados con la digestión o la circulación, o enviando sangre a algún pequeño moratón, cicatrizando alguna micro-herida. En lo referente a ella, eres un turista. No es una sensación nueva.
Se podría pensar que el cerebro o el corazón serían lugares interesantes que visitar, pero al final – dicen– acabas chapoteando improductivamente en ellos igual que en muchos otros lugares. Quizá simplemente yo no sea muy listo tampoco como microorganismo. Los ojos son más pornográficos, es cierto, pero también más directos, información de primera mano; no tienes que ponerte a desencriptar patrones observando movimientos musculares o el devenir de los líquidos intracraneales.
Algunos podrían creer que uno está muy cerca de alguien estando dentro de ese alguien. Nada más lejos; nadie piensa en sus intestinos ni en sus tendones, nadie medita cuál es el tono de blanco de sus huesos (ni existiendo el “blanco hueso”). En realidad estoy más lejos de ella que nunca. Ningún billete de avión consigue esto; sólo el cóctel ya profesional de anhelo (miedo) y sobredosis de reflexión, o ser lo suficientemente idiota.
Todo el mundo está ocupado aquí, y todos son útiles para ella, menos yo. Todo es blando y pringoso. Nunca has querido ir a sus genitales, no te apetece competir con su ginecólogo. No es lo mismo que las glándulas mamarias. Sí que tienes la sensación de haber hecho esto más veces, y a la vez que es la primera vez que lo haces. Parece tu historial sexual.
Cuando estás cerca de los globos oculares, todo se vuelve aséptico y nadie sonríe. Los ojos son cosa seria. Ves a todo el mundo de un lado a otro, cumpliendo su función, redactando informes, tachando, acotando; los ojos grandes y castaños no funcionan solos. Ves un tránsito constante de mensajeros que llevan paquetes; supones que es la información que debe ir al cerebro. Esos tíos te interesan. Tampoco es que sientas la necesidad de jugar limpio.
Se me ocurre intentar sobornar a alguna célula bastón para conseguir información, algo de contexto para lo que sea que vaya a ver. Luego recuerdo que no tengo un duro para este viaje tampoco. Tampoco creo que a las células les importe el dinero. Me siento muy lejos de poder encajar aquí, espero que no sea una señal. No tengo las herramientas ni el lenguaje apropiados, aunque no es que los tuviera cuando estaba delante de ella en lugar de en ella.
Voy resbalando y confiando en la ruta aconsejada, es como estar en un tren en el extranjero, todo lleno de rótulos en ningún idioma que chapurrees, contando estaciones hasta llegar a la que te dijeron era la más cercana a tu cita. Mi cita no es con nadie, pero nunca me he sentido muy incómodo con eso. Puede que esa sea la base del problema; si es que se puede llamar problema. Aún no confío en los mecanismos de mi capacidad de análisis, al estar aún demasiado influenciados por la corriente habitual de opinión.
Al llegar (aliviado) veo una esfera enorme y blanca, con otra más oscura y achatada en su interior, que a su vez tiene otra más pequeña dentro. No hay que ser un genio. Entrar no resulta muy difícil, aunque en cierto momento me parece tener que aguantar la respiración. No es exactamente así, pero no soy un puñetero cirujano, he venido a otra cosa. A nada práctico, creo, pero aquí estoy. Lo que suele hacer la gente es quedar para tomar un café. Aunque yo también lo he hecho, no tengo nada que decir al respecto, y es mejor que no siga por ahí. Uno ha de saber cuál es el tipo de monólogo en el que va a salir perdiendo. Un soliloquio, la paja elegante; ni siquiera una conversación: hablar solo y aun así perder. No es fácil ser tan gilipollas; pero me suele aliviar la idea de que el gilipollas medio lo es casi seguro aún más que yo. Coño, yo al menos divago en terreno desconocido. No me asusta la oscuridad, el que haya charcos profundos de agua sucia o ruidos poco alentadores de animales. Me empapo los pies por otra ruta y me desgarro la piel con las zarzas. Ya estamos otra vez. Pero no parece que a nadie aquí le importe. Las labores de administración en el iris son el equivalente a una sala de controladores aéreos. Las imágenes se suceden como en un viscoso pixelado. Creo que estoy en el ojo derecho. Todos me miran y les da demasiada pereza preguntar. Ella, en la tortuosa vida real, entra en lo que parece un restaurante. Puedo verla reflejada en elementos decorativos, esferas y apliques. ¿Navidad? No el día de navidad, pero uno de esos días. Veo que la atienden, elige una mesa. No tengo “audio”, y no tengo ni idea de cómo poder ver y oír a la vez lo que pasa. La pereza que me circunda parece estar contagiándoseme. Me pregunto si sólo se trata del ambiente aquí dentro o si es el reflejo de cómo ella se siente. Me gusta más la segunda opción. Si a ella no le apetecía estar ahí, lo que venga después será menos duro de asimilar. Nunca he dicho que yo fuera lo que se dice exactamente una buena persona. Simplemente hago lo que puedo. Ella mira hacia la puerta del local, hacia la que está encarada, a unas cuatro mesas de distancia. Lo que confirma que es navidad, es el aparatoso árbol de ídem que hay junto a una especie de pequeño escenario. Parece un sitio bastante pijo; la clase de restaurantes que yo asocio al típico buen chico baboso que cree saber sí o sí cómo quedar bien con una mujer. El primer paso para que se abra de piernas. Todo ese rollo de revistucha de consejos para ser un capullo profesional (o una pija prefabricada sin remedio).
Ella pide algo para beber. El camarero la mira de una forma que no me gusta; en realidad no podía mirarla de una forma que me gustara o dejara indiferente. Hay guerras que nacen perdidas.
Aunque esto pueda parecer la epopeya de un celoso sin remedio, debo decir “a mi favor” que aquí van a faltar datos, y que no os importan. Si cuando alguien te habla de una relación o potencial relación suya, crees que vas a tener todos los datos de una forma objetiva, es hora de que te compres una planta con la que hablar: te hará menos daño. No hay que olvidar el eje de todo esto: aún dura. Es justo especificar ya, en todo caso, cuánto tiempo hace que no la veo; pero a decir verdad, no lo recuerdo. ¿Dos años? Los pormenores son más complicados, pero supongo que un buen resumen podría ser: fue culpa mía, y es bastante probable que sea mejor que ella siga su camino. Con todo, uno no puede dejar de sentirse como se siente. Y ella no es de las que lo raja todo para todos en redes sociales.
Ser un microbio no es el camino más fácil, pero cuando tampoco sabes cómo has acabado así, no puedes decir que sea el más difícil. Lo más preciso sería aclarar que si yo lo soy, no ha de haber exámenes para ello. Conociéndome, debo estar inconsciente en el suelo del baño mientras pasa todo esto; podría haberme quedado así en medio del proceso de una vomitona, debida a una indigestión de las jodidas. Ni siquiera por beber.
Como siempre, al final llega el chico. Indefectiblemente, es el perfil de chaval a varios años de la treintena, con estudios, quizá embarcado en un máster, ya muy viajado, tres o cuatro idiomas, tres o cuatro ex de larga duración, y un físico nunca rechoncho ni escuchimizado. Alguien especializado en moverse y sobrevivir en el mundo que a la vez raramente ha tenido jamás un pensamiento propio. Ganado de lujo. Alguien que nunca ha hecho nada si no era “productivo” o de cara a la galería. Un futuro yerno ideal, equidistante de todo y políticamente correcto (incluso cuando intentaba parecer políticamente incorrecto). Una de esas personas que pide perdón a menudo después de decir un taco, que parece un montón de cosas pero sólo es unas pocas (y poco originales). En resumen, la clase de ente secular por el que no me gustaría que me tomaran.
Muchas chicas intentan iniciar relaciones con tíos así. Algunas de ellas se acaban cansando de tanta “corrección y previsibilidad”, entre otras cosas, pero otras deciden cimentar algo a partir de ahí. No niego las ventajas potenciales de acabar con alguien así; alguien que tiene poco más que una perspectiva económica de las cosas, apenas camuflada con discursos que tienen la profundidad de un charco en un campo de fútbol. Pero a la vez no puedo evitar odiarles en cierta manera. Lo cual es equívoco por mi parte; casi como odiar a una batidora o un neumático.
El tipo va impecable, calculadamente casual. Como cuando alguien se hace cien fotos para enseñar sólo una. No es que todos no intentemos más o menos falsearnos para parecer algo distinto (mejor) a lo que somos, pero el nivel de profesionalidad que ha alcanzado mi generación en eso me hace pensar en niños muertos.
No puedo oír lo que dicen, e intentar llenar los espacios en blanco sólo me irritaría más. No parece un novio con el que lleve ya un tiempo, más bien un pretendiente.
Alguien (o más bien algo) me pregunta por qué lloro.
Le digo que se me ha metido algo en el ojo…¿Qué ojo?, me dicen. Esto desata la alarma dentro del ojo.
–No vemos perturbaciones físicas en las pantallas –dice alguien.
Casualmente (o no), ella se restriega justo el párpado dentro del cual estamos. Esto no puede estar pasando, esta estupidez; la clase de cosas que no dejan de pasar en mi vida. Todo el mundo va de un lado a otro, agitados y hastiados. No sé cómo explicarles que soy un intruso, que no estoy “en nómina”.
El chico sonríe, le pasa un dedo por la mejilla a ella. De repente necesito salir de allí, salir del ojo, volver a… donde sea que estuviera antes, despertar, lo que sea. Para estar deprimido no hace falta moverse del sitio. No hace falta mutar. A veces basta con estar vivo.
Cuando la cosa empieza a calmarse, oigo el ruido, un ruido que no había oído antes así. Alguien menciona el corazón, el corazón de ella. Está tensa, nerviosa, o algo peor… Al parecer, cuando el corazón se agita más de lo normal, se oye por todas partes. Puede ser arritmia, o un infarto, o algo peor… Le pregunto a alguien la ruta. No veo qué más necesito ver desde el ojo.
(Quiero aclarar que no estaba llorando. O al menos eso creo. No soy consciente de haber estado llorando, diría qué sé muy bien cuándo lloro y cuándo no. No soy de llorar, es lo que quiero decir. A no ser que llore, que entonces sí lloro, no me importa llorar, no es que cierre el dique. Creo que lo que quiero decir, es que si llorara no sería como cuando llore el capullo que está cenando con ella. Sería un lloro distinto. Distinto.)
Es cuando estoy cerca de la patata sangrante cuando, lejos de calmarme, me pongo aún más intenso. Nadie que me vea lo entiende. Allí parecen más ocupados incluso que en el ojo, aunque la luz mortecina vuelve a ser igual que en el resto del cuerpo. No estoy seguro de poder saltar sobre el corazón como si nada. En cierto momento, estoy tan cerca del latido que pequeñas gotas de sangre (o eso creo) me salpican la cara.
Es entonces cuando veo el libro, el diario, un diario que sé que ella tenía. Un diario con la palabra «garabatos» garabateada en la cubierta. Reacciono como si eso estuviera fuera de lugar, como si todo lo demás fuese de lo más lógico; mi mutación, mi “excursión”, mi situación, o hasta mi vida. El libro, diminuto, parece pegado al músculo principal, reducido, ilegible. No es posible que yo pueda saber que es ese diario, pero lo sé.
Es entonces cuando caigo, resbalo. Grito. Estoy seguro de que le voy a provocar un infarto; o algo peor, hacerle pensar que ese tipejo de diseño le conviene. Luego siento que me hundo en un túmulo de sangre espesa. Como arenas movedizas.
Poco a poco, el cuerpo me abandona, o abandono mi cuerpo, no estoy seguro. Hasta que me noto en posición horizontal.
La luz se filtra en mis párpados, demasiado intensa. Noto mi extremidades al uso otra vez. Tamaño estándar humano. Estoy boca abajo sobre hierba alta, lo cual me altera un poco: en teoría debo evitar yacer boca abajo por asuntos relacionados con la espalda. Huele a campo abierto, o a bosque, no está claro. Mi visión se recupera lentamente, pero el sol me da de cara. Además, dibuja la silueta de alguien, un vestido, sentada a unos dos metros de mí, con un libro en la mano. El corazón me comienza a latir con fuerza. Casi puedo oír los engranajes, a todos ocupados ahí dentro. Todos opinando, sin duda, mierda sobre mí.

nub

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