Tomates de ciudad

Alguien estaba preocupado por los exámenes de fin de curso. La máquina de la cafetería de alguna esquina en algún lugar, sonaba como una especie de animal extinto. Una biblioteca en tarde de viernes cobijaba a los alumnos más engañados (sólo unos pocos, con el tiempo, se desengañarían). La habitación de alguna chica de quince años estaba vacía, y una mosca se posaba sobre un libro de texto exasperante. Un bosque ardía, pero aún quedaba una hora para la primera llamada a los bomberos. Las farolas en la calle repartían la luz en la niebla propia de un atardecer tranquilo, y a la vez hostil. Los padres de alguien decían en voz alta que su hijo tendría cierta consola sólo con «todo notables o excelentes»; el hijo estaba delante, sus tíos presentes. Un hombre de mediana edad asentía en una terraza ante una chica que consideraba guapa, y mentía aun diciendo toda la verdad. Un móvil sonaba, un móvil sonaba, un móvil sonaba; por todos lados. Ruidos de distinta índole montaban su orgía en la ciudad, y aun así pasaban la mayoría inadvertidos. Un cadáver caminaba por la calle, y se cruzaba con muchos otros de su especie, y todos estaban muy atareados; cabezas desconocidas aprobaban con vehemencia ese comportamiento. Un poquito bastaba; un poquito más y ya eras inmortal. Lo ponía en el papel. Entregabas tu corazón a cambio de los considerados sentimientos reales. Un asesino en serie descansaba sobre su catre de soltero a tres años de cometer su primer homicidio; seis años más tarde un compañero de celda le preguntaría: «¿puedo probar tu catre?». Un chico le decía a su novia que no importaba que se fuera de erasmus; no quedaba claro si se iba él o ella; y eso tampoco importaba. Alguien olía muy bien mientras hacía los preparativos de su boda; por la noche decidió no borrar ciertas fotos de su ordenador. Un tipo de unos cincuenta años (era difícil verle en la oscuridad) cavaba un agujero junto a un fardo. Un idiota, un estúpido redomado, gilipollas, un mamonazo, alguien realmente cruel, ignorante y dañino con quien jamás querrías intercambiar el saludo, depositó su voto en la urna. Un butanero pilló a su mujer follando con un oficinista amargado de currículum impecable. Se formó un pequeño tornado en un descampado a medio camino entre ciudades, nadie lo vio o pronosticó. Un pupitre era receptor de su vigésimo chicle enganchado durante una clase. Una familia se sentaba a comer, la tele puesta con el volumen bajo; el más pequeño preguntó por qué estaban todos tan serios. Alguien se aguantaba la risa mientras “argumentaba” por qué hacía lo que hacía. Alguien muy seguro de saber, él sí, por qué hacía lo que hacía, procuraba evitar el tema. Alguien hacía la pregunta equivocada, un niño la respondía correctamente y era felicitado. Una mujer mezquina se quedaba embarazada adrede. Un portero de discoteca miraba el reloj, la chica que le gustaba entraba con compañía masculina (un abogado) media hora después. El sol salía, el sol salía, el sol salía; todos se quejaban sonrientes. Y el sol volvía a salir. Alguien con poder firmaba un ambiguo documento. Alguien dejaba de leer la letra pequeña. Un día ni tan siquiera había letra pequeña. Un chico se avergonzaba de tener el mismo móvil desde hacía tres años. Una pareja de turismo se iba a hacer una foto cerca de un acantilado; dos días después alguien le preguntó a ella después del entierro: «¿quieres que te llevemos a casa?». Un perro muerto cruzó la calle –dijo una chica– justo cuando pasaba un coche; ¿perdona?, murmuró alguien. La casa se nos queda pequeña, le dijo una embarazada a su marido con las luces apagadas, ya los dos en la cama; en el jardín ladraba el perro aún vivo. Un semáforo no funcionó durante dos días; un chico le dijo a su novia: «no quiero que sigas conmigo, así no». Tembló un poco la tierra en el centro, las señoras salían escopeteadas de las tiendas de ropa. Un señor de edad indeterminada fumaba esperando a su mujer junto a la puerta de una (peluquería) discoteca. Un escritor redactaba; un poeta escribía; uno de los dos vendía. Un hombre de unos treinta y dos años le recitaba sus logros oficiales a otro en un despacho, reafirmando virtudes propias e intentando ganárselo; ninguno de los dos era gay. Un modelo de conducta de veintipocos años seguía haciendo la maleta en algún sitio. Algún otro muriendo, claro. Algún otro practicando la muerte junto a hordas, los paseantes de Romero en la vida real; redundantes, insistentes, pobres incluso cuando tenían mucho dinero. Una chica con el tío equivocado a sabiendas que está con el tío equivocado; esperan un tren. Más muertos. El sol otra vez, siempre engañoso. Y gente comprando lotería. Una manifestación puntual, ¿la ves?, que habitualmente iba hacia la luz como Caroline. Una habitación de hospital con una cama de hospital y un cuerpo de hospital, casado pero enamorado de la enfermera. Un follón por el fútbol. Otra vez otra mosca se posa en otra mierda. Un chica llega a casa y entra en su habitación y maldice al ver el libro de mates. Un fragmento de meteorito cae en zona deshabitada. Un astronauta en una estación espacial concluye que sólo ha huido. Un carrito de bebé con doble fondo para ocultar cocaína; una pizarra para domesticar (fabricar) a futuros drogatas y camellos. Un principio de venta y consumo; un principio como final. Un yonqui de cara afilada babeando sobre una prostituta. Alguien contaba billetes en el despacho de un concejal. Otro vomitaba en la parte trasera de un restaurante. Alguien reía con restos de comida entre los dientes. La madre de un tal Alfredo sacaba un álbum de fotos delante de la novia del tal Alfredo. Un universitario volvía a contestar correctamente a otra pregunta equivocada. Un bebé era un como una mascota para alguien. Un piso era como un museo. Otro bebé era como un peluche. Otro peluche animaba a alguien a comprar un perro. Un tipo confuso comenzó contestar con lo memorizado el día anterior. Un accidente de tráfico. Un suicida que sólo había hecho que trabajar. Una ama de casa que no quería ser ama y prácticamente tampoco casa. Otro capullo forrado haciendo daño sólo por inercia. Desubicados acabando de rebote en la enseñanza. Otro diciendo que en realidad todo mejora en el mundo, y a quien casualmente le va de fábula. Otro dentro de un contenedor sin decir nada. Un tío que se autodeclara feminista cuando hay mujeres delante. El siguiente chico listo de malas notas oyendo a Thom Yorke cantar: When I am king, you will be first against the wall, y mirando luego a su padre por “inercia”. Un cuenco de frutas y verduras con muy buena pinta en medio de la gran ciudad; y alguien parte un tomate, y tiene que pegar la nariz, se amorra casi literalmente en una de las dos mitades para lograr detectar un mínimo aroma.

tomat

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