El aburrimiento del terrorista

Las cosas iban bastante bien. Quién lo iba a decir. Había un equilibrio entre lo místico y lo material, espiritualidad en consonancia con el materialismo. El lenguaje se había ampliado y los eternos rivales se habían difuminado. Ya nadie reclamaba en favor del diálogo porque el diálogo ya se había instalado. Las balas ya no servían para cargar nada, los -ismos sufrían su mayor crisis de credibilidad de la Historia. Dios era tan sólo esperanza y agradable inexactitud. El colegio ya no era un bache, el trabajo dejó de ser un mal necesario. Llamarlo relativa calma era exagerar para mal. La gente no te señalaba ni juzgaba, usaba y respetaba siempre tu nombre (identidad) y no intentaba hacer daño ni con la verdad ni en la mentira. El pueblo gobernaba y cada vez primaba más el reparto justo. Una pelea puntual se solucionaba con una posterior “fiesta” constructiva. Se respetaba el silencio y se producía ruido mayormente en consonancia con los latidos del alma. Ya casi nada era cuadriculado, y las generaciones nocivas habían muerto.
Aun así, expuesto de esta manera, suena peor de lo que parece.
Todo lo cual nos traía una nueva crisis potencial, a la que no solo se bautizó (esto era el inicio de lo alarmante), sino que comenzó a filtrarse en la individualidad de las personas. Era el aburrimiento del terrorista.
El fundador del movimiento se sentó un día frente a un escritorio, y tomó una decisión. La única opción para atraer una nueva crisis, parecía tener que ver con la filtración de un nuevo un virus en el lenguaje. Y ni siquiera era nuevo; pero había que confiar en una falsa novedosa piedra con la que el ser humano tuviese la oportunidad de tropezar una y mil veces.
El ilusionado terrorista, en acuerdo con otros en su misma situación –que ya hacía un tiempo no podían desarrollar su vocación–, comenzó a apuntar palabras en una libreta:
Extremouncionistas.
Infrateóricos.
Acarecionidos.
Neocarecionidos.
Interacionistas.
Peralenacionistas.
Lo tenía que revisar después. Tenía que procurar que las marcas, pensadas para el reconocimiento de futuros colectivos, no existieran ya.
Palapecionistas.
Neopalapecionistas.
Y así hasta tener unas cincuenta.
No parecía un plan fácil, pero el terrorista aburrido sabía que las redes sociales y los medios echarían un cable. Sólo había que concretar las causas y los efectos, y pronto irían surgiendo los bandos. Las personas se irían olvidando de nuevo de sí mismas y el respeto por defecto hacia los demás, y el mundo se volvería de nuevo belicoso. Resurgiría de sus cenizas la Etiqueta como Dios moderno, y más pronto que tarde se paliaría el aburrimiento del terrorista.

elec

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2 comentarios en “El aburrimiento del terrorista

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