La puesta en escena del crimen

Ahí estaba, tenía aspecto de quedarse calvo en unos años. No es que tuviera muchas entradas, pero se parecía a esas fotos de cuando eran jóvenes los que se quedan calvos. No es bueno decir cosas así en voz alta, y no porque puedas equivocarte. En este caso el tipo ya estaba muerto, su cabeza sobre un charco de sangre en forma de grotesca aureola. Su madre (no había forma de echarla de allí) se estaba poniendo perdida llorando sobre él. No debía llegar a los treinta años (él, no la madre), e iba vestido de tener un alto cargo o de buscar trabajo mientras das demasiada importancia a tu aspecto para las entrevistas. En la pared había unas gotitas de sangre minúsculas, propias de golpes contundentes con un bate o algo tan contundente como un bate. Un bate o similar blandido por alguien con una fuerza desmedida.
Alguien (un poli o alguien del equipo científico) se fue a vomitar.
Entraba un agradable sol de media mañana por la ventana de la estancia. Cosas pequeñas, algunas orgánicas, acababan en bolsitas de plástico o tubos como pruebas. Se hacían fotografías. Un chiste susurrado quedó flotando en el vacío y luego se desvaneció; no está claro si la madre lo escuchó. Se interrogaba a una mujer que vivía dos pisos más abajo; decía que no había visto nada, pero no dejaba de hablar. Las motas de polvo flotaban a contraluz natural y se posaban sobre el cadáver; era un día más a cierto nivel. Para cuando consiguieron despegar a la madre de su cría muerta, se rumoreó que el muchacho había ido a visitarla, y se había topado con alguien indeterminado, ya huido, poseedor de una fuerza desmedida. Algunos vecinos se agolpaban a la entrada del piso. Estaban vivos, ellos sí, y por fin algo había quebrado sus rutinas. Aún mejor: algo terrible, una tragedia; cercana pero que no les afectaba a ellos. La era moderna en el propio bloque de pisos. Aleluya.

Una de las mesas de la cafetería de abajo, en el mismo bloque, la ocuparon luego un par de tíos que se suponía debían investigar el caso, o que al menos habían estado presentes arriba en la escena del crimen. Uno de los dos incluso llevaba una gabardina.
Tres mesas más allá había un hombre corpulento, se zampaba un bocadillo grasiento, ya era mediodía. El único camarero estaba tras la barra. Su cara parecía haber perdido todo atisbo de color, sus ojos miraban al frente como platos, cegados, sin ver nada, a la espera, ahítos en cierto modo. El tío del bocadillo comía como si alimentarse consistiera en intentar que los demás a tu alrededor dejaran de hacerlo. Los dedos grasientos, el aceite goteando, un deglutir viscoso, ruidoso, pegajoso, repugnante. Se lamía y sorbía las yemas de los dedos, un sonido de succión. Era como si más que comerse el bocadillo le estuviera haciendo sexo oral. No era tanto alimentarse como excretar hacia dentro.
Se suponía que había que interrogar a toda la gente del bloque, incluido el camarero, de modo que los dos tipos se levantaron después de apurar sus cafés, y le enseñaron alguna clase de documentación y le hicieron varias preguntas de protocolo. A lo que el hombre intentaba señalarles con los ojos al devorador tóxico de bocadillos. Uno de los dos investigadores se volvió un momento hacia él. En el suelo, bajo la mesa junto al tío, y aunque pegado a la pared, había un palo de madera, irregular, vagamente rectangular, grueso, como arrancado de una estructura mayor. Estaba manchado de rojo en un extremo, al estilo Pollock; se estaba secando, y que era evidente que desprendía cierta clase de olor.
Vaya.
Cuando este detective lo vio, no le dio un codazo a su compañero. Pagaron los cafés y salieron con brío del local.
No se lo dijo a su compañero por temor a que quisiera hacer algo al respecto. Lo cual alargaría la jornada, un infierno de papeleos y procedimiento policial, lidiar con la burocracia y aguantar algún espectáculo melodramático de barrio paseando al tarado esposado. Y eso en el mejor de los casos. El tío era corpulento y grande, una mole; podía resistirse, no sería tan raro que ellos acabaran como el cadáver que se había levantado hacia pocos minutos. ¿Llamar refuerzos?, era una opción, pero seguía estropeando el día. Nuestro detective, con su secreto, miró hacia el cielo y respiró hondo, la luz del sol en la cara resultaba agradable, había casos más tranquilos en los que trabajar, pero sobre todo casos más emocionantes, relevantes. Ambos fumaron sendos cigarrillos, fueron adonde habían aparcado el coche, arrancaron. Se dirigieron al ayuntamiento.

agua

Anuncios

Un comentario en “La puesta en escena del crimen

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s