Archivos Mensuales: marzo 2016

50 relatos de Grey (30 de 50) – Albores

De cuando a los niños les ponían nombres como Juan Manuel o José María, recuerdo determinado hecho tras un día de piscina. Era el pueblo de mis padres. Sucedió volviendo ya a casa. No recuerdo nada más de ese día en concreto. Supongo que lo demás se redujo al fútbol, bañarme y ser un crío muy perdido. Cabe decir que no es que los demás estuviesen muy centrados. Simplemente algunos fingían y otros no. Eso pasaba todos los días, aunque importaba menos durante las vacaciones de verano.
Estaba todo lo relajado que sabía estar rodeado cada día de niñas de quince años en bikini. Yo tenía catorce. Todos los días tocaba piscina. Sonaba de fondo la radiofórmula. La mayoría éramos lo que llaman niños felices; todos teníamos nuestros padres, sus ingresos, y nos creíamos cien por cien protegidos. No pensábamos que pudiese pasar nada malo más allá de broncas por malas notas o desobediencia infantil. Aunque cada familia era un mundo, la sangre no solía llegar al río.
Pero lo cierto era que se cocía una crisis, y que la élite ya estaba robando; pero la previsión fue nula, el país marchaba, los malos tiempos habían pasado. Sobre el papel, éramos el perfil clásico: dictadura antaño, transición y llegada de la democracia. La oscuridad se había superado, y aunque el tiempo moderno no había llegado, el presente era una dulce espera. Muchos vivimos nuestra infancia a la vez que la de nuestro país; pero su adolescencia dada al caos (la que se toparía con la auténtica realidad) llegaría para nuestra edad adulta. No pensábamos, no sabíamos nada, y no se nos ocurría preguntar.
Nuestros padres tampoco se enteraban de un carajo, solían estar demasiado ocupados. El futuro se atisbaba como un océano de informática que vendría a mejorar aún más nuestras vidas. Muchos se jactaban de lo que estudiarían, otros callábamos y procurábamos pasar desapercibidos.
De aquella época, recuerdo una pequeña crisis de mi madre. Se sentía enclaustrada con las tareas de la casa y añoraba tener un trabajo fuera. No entendía el ser ama de casa como un trabajo, porque nadie de nuestro entorno lo hacía. Recuerdo un par de discusiones. Yo odiaba el colegio, odiaba la rutina a la que me abocaban mis labores, detestaba tener que levantarme a las ocho. La única vez que me pronuncié sobre el asunto de mi madre –y embriagado por la mezquindad involuntaria de mi padre–, alegué algo sobre las ventajas de poder quedarse en casa. Para mí eso era un chollo, sin más. Mi padre tenía la idea clásica sobre la familia, en la que el papá aportaba el dinero, la mamá se encargaba de las tareas del hogar, y el niño estudiaba para tener una vida material más rica. Era ese esquema recurrente de la familia nuclear, respetable de haber sido una elección meditada y consciente, pero terriblemente vacío siendo simple y llana inercia tradicional. No era de extrañar que mi madre, a su manera, lo sospechara.
Ahora creo que algunas mujeres se lo olían. Podían oler la resaca a gran escala que se avecinaba, debida al esfuerzo mezclado con cerrazón de muchos, que en realidad sólo interesaba a unos pocos.
No pensaba en esas cosas cuando subía la cuesta aquel día, recién salido de las instalaciones de la piscina. Iba con un par de colegas. Empezábamos a dejar atrás la zona del polideportivo del pueblo. Esto incluía dos canchas de baloncesto, una de fútbol y hasta una de tenis. Todas cruzaban sus líneas sobre la misma superficie rectangular rodeada de una alambrada. En un aparte estaba el edificio que ejercía como filtro a la piscina. Todo era al aire libre. Yo era socio. Cada verano lo era.
La oferta para el fin de semana en un pueblo de mil habitantes, era evidente. Había algunos bares en los que encontrarse con los amigos, pero también coches con los que irse a algún pueblo vecino. A veces dependía de dónde hubiese fiesta mayor. Para los chicos de veinte años, ponerse como una cuba y conducir sin ponerse el cinturón era lo lógico. Y también lo era para algunos bastante más mayores.
Recuerdo que habíamos cruzado una calle. Recuerdo el sonido, como de papel de plata resquebrajándose muy cerca del oído. Recuerdo el frontal de los dos coches, comprimidos como un acordeón. Aún veo los chorros de sangre serpenteando por la carrocería, goteando sobre los neumáticos. El humo que ascendía desde los motores. Dos muertos. Recuerdo dos dientes cerca de mis zapatillas deportivas. Uno con caries. Los gritos, las carreras, el atardecer bañando un espectáculo de viernes que no venía a cuento. Un cuerpo echado sobre el capó; el cristal del otro coche, más sólido, en tela de araña roja y viscosa. Un olor fuerte a gasolina. Una cabeza que era media cabeza, y de la que se vertía masa encefálica. Para que dos coches chocaran de frente en aquella calle a tanta velocidad, tenían que darse decenas de circunstancias. El alcohol, sí, lo había habido; pero se trataba sobre todo de la sed. De cómo esos dos tíos habían llegado así de sedientos al viernes, y a esa etapa de su vida. Tíos que ya superaban la treintena, ambos casados. Recuerdo cómo sacaban el cuerpo del otro coche, y cómo la cara había sido vuelta hacia dentro como los genitales de un hombre que se cambiara de sexo. Recuerdo poder ver los huesos, los huecos dónde había estado la nariz. Tenía mejor ángulo de visión del que hubiese querido, pero aún así no podía dejar de mirar. Eran dos amasijos de metal y carne, aliñada con aceite, sangre y gasolina; todo revuelto, refrito y humeante. Intenté mirar en otra dirección. Tuve que hacer un gran esfuerzo. Al otro lado de la calle estaba aquella niña pelirroja; una chica de mi edad (creo recordar) que me sostuvo la mirada. Oímos a un par de personas vomitar, y poco después comenzaron los lloros, más bien los gritos, el desgarro. Habían llegado los familiares.
Era la chica con quien habitualmente apartaba la mirada, pero que en ese momento usé como cobijo. Era la pequeña de dos hermanas pelirrojas; la mayor tenía fama de fiestera, pero ella parecía tranquila, siempre con su mismo bañador, azul y verde de una pieza. Iba envuelta en su toalla y con chanclas. Vivía a tiro de piedra de la piscina. Procurábamos no descentrarnos, nos mirábamos a los ojos, a través del humo, porque eso era mejor que cualquier otra cosa. Tenía el pelo aún mojado; era seria, graciosamente seria si no hubiese sido por el contexto. Tenía los ojos verdes, la cara agradablemente moteada, redonda. Se metían con ella para ligar con ella. Se sujetaba fuertemente la toalla. Debimos estar varios minutos así. Lo suficiente para que la gente comenzara a mirarnos. Más allá del accidente, había algo importante en el espacio entre nosotros, pero nunca nos preocupamos por saber si los demás lo intuyeron. Sólo supimos que no podíamos ponerle nombre.

casas

 

 

50 relatos de Grey (29 de 50) – Prototipo

Lo pone todo ahí: soy la mar de inteligente. Creativo o todo lo contrario, si es que para usted resulta necesario. Sé en todo momento cuándo guardar silencio, conozco bien los ingredientes del sedimento.
Tengo todos los libros que usted me dio. Me los sé de cabo a rabo, y también de rabo a cabo, puedo recitarlos al revés, y ya me estoy masturbando.
Puedo servirle y a la vez dormir, no entiendo nada sobre horarios, tengo vehículo propio y (a la primera) permiso de conducir. Mis notas flaquean sólo en los sobresalientes bajos, me relaciono con cuidado y mantengo las distancias.
Quedar segundo es no VIVIR, es quemarse eternamente. Soy el orgullo de mis padres: varón, de los mejores y sin salir del montón. No soy perfeccionista, soy su compra, soy sólo lo que Usted me Diga.
Soy frío o temperamental, pondré la cara y que me la rompan, daré las gracias por el despido, seré así de agradecido. Seré su amigo o distante, seré su socio, seré su esclavo, seré pequeño, seré grande o, si quiere, seré mediano.
Mis rodillas en carne viva, mis ojos enrojecidos.
No pienso leer jamás
ninguno de los demás libros.
Soy responsable, soy monógamo, soy hetero antifeminista, soy templado, soy lo que a usted le define (gracias a Dios) como amo.
No soy ambicioso, seré un oso, un luchador, o seré un topo. Seré su secretario, su papelera, su desguace o su container. Seré proactivo, hiperactivo, hormiga obrera o hiperlaxo.
Seré blanco, seré duro, seré el Diablo, seré su puto. De rodillas otra vez, sin miedo y sin descanso, con valor o sin valor, seré su mayordomo, su alfombra, su masaje o su soldado.
Lo puede ver ahí, cinco páginas, lo tengo todo ya bien claro. Seguro de vida, su airbag, su fórmula de la coca-cola. Significa que me amoldo, me adapto, aparezco y desparezco. Seré recado, seré café, seré hipoteca eterna para usted.
Nunca bajas, nunca enfermo, siempre activo; a todas horas: me recargo.
Seré aspirina, gelocatil, paracetamol o heroína, seré voluble hasta el desmayo, seré teléfono, seré mensaje, seré silbido, siempre raudo.
Me montará (o montaré), maltrataré, me maltrataré o abriré el cielo para usted. Seré humo, gasolina o dinero a buen recaudo. Seré petróleo, seré Futuro, seré Pasado o Apocalipsis. Seré limpieza o guarrería, boca abierta en la que usted acabe.
Seré sangre o seré piel, seré veneno o agua pura. Seré detritos, basura, desperdicios o limpieza segura. Puede verlo ahí, abra el dossier, lo que hice y me dejaré hacer. Me abrirá las puertas del Paraíso, y pondré por él el culo en pompa.
Seré creyente o seré ateo, iré a la Iglesia o administraré su secta. Lanzaré huevos a las abortistas, o las acompañaré hasta la puerta.
Me provocaré el vómito sobre quien diga qué ha de hacer usted con mi existencia. Seré domingo, alegría los martes y productividad por todas partes.
Omnipresente, seré su taxi, avión o hasta máquina del tiempo.
Seré cepillo, su esponja, seré su chacha, su amante o su cama de agua redonda. Seré cadenas y moratones, seré amor o seré furia, seré género o costumbrismo. Seré su boda o su divorcio, o acabaré con todas sus putas. Nací por eso, para esto, por usted y su exquisito tiento. Me iré a la tumba de lo más contento, sin espíritu, sin alma, sin nada, sin aliento. Serviré a su estrella, ahogaré la mía, hundiré lodo adentro esa narcisista impía. Mire aquí, no es gran cosa, puede que estrecho pero presto, es para usted, téngalo claro, porque aquí nadie más MANDA. Cague ahora sobre mi pecho, y defenestre toda mi vida; en serio, estoy ansioso, no valgo una sola de sus corridas.

entre

50 relatos de Grey (28 de 50) – Tiempo

Despiertas y no es original, pero estás condenado a ello. Sin saber que ibas a ver el fin, despiertas, y luego vuelves a despertar. A menudo, también a desesperar. Tu móvil te mira, inerte, luminoso, desde un futuro ya presente sin coches voladores. Ya has superado varios años de las películas futuristas. Y vuelves a despertar. Te revuelves en tus migrañas. Tu cuerpo vuelve a no entenderte, tu biorritmo como en silla de ruedas, tu percepción con una venda en los ojos. Tu erección matinal involuntaria. Tienes que cambiar el cepillo de dientes. La pasta está en las últimas, también la de tu cuenta corriente. Algún día a finales de mes, despiertas y te disfrazas de lo que los demás ven. Lo que tú quieres creer. Un periódico te dice la fecha y el resto finges que te importa. Vuelves a ver esa cara, vuelves a ver aquella otra. Una te habla durante el desayuno, le contestas con frases cortas. El sol te escupe el buen día en la frente. Todo refleja en todo, pero nada te salva. No estás de humor, pero no es que los demás lo estén. Las primeras horas son mecánicas, movimientos automáticos. Peor es que esperas que todo el día sea así, porque si no seguramente signifique problemas. Se te cae algo al suelo, miras alrededor y lo recuperas. Tocas un botón, teclas, entras, sales, subes y bajas. Alguien te cuenta algo de la tele de ayer. Se te forman cercos de sudor en las axilas. Ves un avión comercial por una ventana, te concentras para que explote y fracasas. Las horas pasan lentas, la Tierra rota despacio, el cielo permanece. Alguien te dice que dentro de dos semanas hay barbacoa de empresa. Vas y le dices que no sabes dónde vas a estar ese día. Hay gente que cree que no tienes suficiente con verles obligado cinco de cada siete días. Hay una reunión en la llamada «sala grande»; un gurú de la motivación empresarial. El bolo del tipo es bastante temprano, y suele ser la clase de cosas que alargan aún más la jornada. Dos horas de soliloquio, ideas de los de arriba para (supongo) evitar suicidios. Economía de movimientos, consejos para reactivar la predisposición, aliento para el día a día, algún chiste de vez en cuando, un dossier con todo por escrito. Lavada conciencia directiva. La empresa se preocupa por ti; al menos hasta que te dé la patada. El tío es una calva andante de mediana edad con un anillo de casado, se pone muy rojo y sonríe con dientes piano. Se nota su esfuerzo por ser original, lo cual mata toda posibilidad de serlo. El monólogo motivacional resulta lo que alguien terminalmente optimista llama: ameno. El hombre hace grandes esfuerzos dialécticos. Normalmente pasa que primero escuchas, aceptas el juego, y luego todo sigue igual. Es muy raro que alguien llegue a tu corazón, que alguien te agite el estómago, que alguien consiga tu admiración. Es extremadamente poco común que alguien consiga tocarte. Probablemente la mayoría de gente pasa toda la vida sin experimentar eso; ninguna persona, ninguna obra de arte, ninguna experiencia, llega a tocarles. Hasta para sentir, son responsables. Sentir es, por definición, peligroso. Durante la charla, nadie se abre, nadie se ríe desde dentro, y obviamente nadie llora de emoción. Con suerte, puedes conseguir sentir en tu tiempo libre, pero tu inercia natural no lo pone en absoluto fácil. El tío en ningún momento dice que haya que mandar a tomar por culo ese trabajo que odian, y buscar aprovechar la vida de verdad; no es que luego nadie fuese a hacerlo, pero probablemente llegara a impresionar a algunos, quizá hubiese hecho que el día mereciese la pena. Quizá hubiese cambiado alguna circunstancia a largo plazo.
Comes. Y tampoco es original, aunque sí placentero. El opio del ciudadano moderno son los «pequeños detalles», como que otros no pueden comer. Es la cafetería de la empresa. Sientes algo de alivio, queda un poco menos.
Y Dios, cómo te aburres a ti mismo. Sabes que eres un cliché andante, sabes que tu drama es dolorosamente recurrente. Sabes que, aunque el mundo es un lugar esencialmente maquiavélico e injusto, tú eres un cagado, no tienes los arrestos para enfrentarlo. Y ni siquiera tienes hijos o una hipoteca, no tienes las excusas ideales, no puedes fardar de estar del todo atado, de lo bonito que es estarlo. No puedes hablar de haber dormido dos horas escasas por culpa de tu bebé. No puedes contar anécdotas paternales soporíferas. No puedes presumir de jaula colores pastel.
Te metes en el lavabo después de comer. Alguien te dijo que el culo es como un reloj. Haces lo que tienes que hacer. Te has acostumbrado a los lavabos públicos, tu estómago no es el que era. Piensas que quizá deberías hacerlo; deberías buscar a alguien que se conformara y procrear. No quieres tener hijos, pero los hijos son una ocupación en sí. La gente que tiene hijos, no está para chorradas; se vuelven caseros, sedentarios a todos los niveles, se encierran en sí mismos con sus familias. La preocupación de cuidar sólo el entorno inmediato se convierte en el motivo ideal para despreocuparte por TODO lo demás. Cuando estás soltero, al menos tienes que fingir que te preocupas (y quizá hasta lo hagas). Pero con críos… no tendrás tiempo, la vida pasará, el trabajo se volverá el doble de importante, y tú pondrás el doble de veces el culo. Querrás a tu hijo y todo lo demás se difuminará; habrás traído una vida al mundo, pero, sobre todo, habrás salvado sobre el papel la tuya. La paternidad moderna podría ser la forma de egoísmo más limpia, aceptada e irreprochable. Nadie te puede soplar, eres intocable, hueles a nenuco y aceptas la mierda.
Al final, la mayor motivación para no tener hijos, es no traer a una criatura a este mundo lleno de esa clase de padres. El peligro no es la lotería de los terroristas; es una madre enseñándote la habitación de un bebé aún inexistente. Fíjate en lo mona que es. Me encantan los niños. Voy a ser madre. Mira mi panza. Vomito por las mañanas. Tengo caprichos. Voy a tener un montón de fotos. Mi marido cocina. Aún hacemos cosas con nuestros amigos. Adaptamos nuestro horario. Crece rápido nuestro niño.
Cuánto cinismo. ¿Cinismo de quién?
Cuando vas a abrir la puerta del lavabo, te das cuenta de que estás encerrado. Es uno de esos pomos con pestillo invisible; tan fiable como una familia nuclear. Giras y giras el pequeño pestillo, pero el pomo no obedece.
Ni de coña.
Estás sentado frente a ella en una de las mesas de madera. Aire libre. Antes no teníais trato. Escuchó tus golpes desde el pasillo. El sol te quema con normalidad la nuca. Se derrumban algunos mitos. Lo ha dejado con su novio. Os atiborráis de carne. Dejaste atrás tus migrañas. Procuras no bromear o intimar demasiado con el grupo. Sospechas lagunas en tu memoria. No sabes si trascendió lo de tu encierro, o si lo sabe alguien más que ella y el manitas. Ya no te reflejas en los espejos. Si no es por ella, no sabes bien para qué has venido.

desp

50 relatos de Grey (27 de 50) – Mentecatos

No les des el placer,
es lo que quieren,
porque es lo único
que tienen.
Tu traspiés,
tu revés, tu destiempo,
tu fracaso, todo eso
es el opio
de los mentecatos.
Nada de fechas,
no los alientes,
no des referencias,
no los alimentes.
Nutren la jerarquía.
Y la aman.
Tus notas,
tu oficio,
tu beneficio,
tu constancia.
Se comparan,
porque no viven,
más bien:
se disparan.
No dejes
que te acribillen,
relativiza a los “abiertos”,
desconfía de los “liberales”,
apura tu colilla,
evita, por favor,
siempre
las comillas.
No disfraces
tu felicidad,
no te ampares
en sus debilidades.
No hables mierda
sobre la imperfección.
Tu diferencia
es lo sagrado,
no seas como ellos:
como un simple cabrón.
Que no te engañen
sus fotos,
no calcules
el triunfo,
no puntúes
la belleza.
No juzgues en los créditos.
No importunes
con la portada.
Deja en paz
las ajenas camas.
Aparta siempre
el “yo nunca nunca”.
No expliques lo que comes,
y tampoco lo que te comes.
No eches en cara
tus viajes,
no justifiques
tu movimiento.
No presumas
de la inercia,
no fardes de comercio.
No seas tan previsible;
hazte más invisible.
Enumera cien películas,
doscientos libros y mil discos.
Dime con qué lloras,
qué creas,
o por qué aún sigues vivo.
No quiero tus secretos,
prefiero tu sentido,
quiero tu poema,
tu corto,
tu relato más pervertido.
Quiero saber
qué ves,
en los árboles, la gravedad
y el movimiento.
Quiero ver
con nitidez
qué es capaz
de freírte el sentimiento.
Quiero ver
en pantalla grande
(bien grande)
tu lamento.
Quiero saber,
qué escalda
sinceramente
toda tu mente.
Quiero tu criterio
sin ambages
sobre la muerte.

moderno

50 relatos de Grey (26 de 50) – kamikaze

En la edad de los exámenes, un paseo por un parque acuático abandonado. Tenían que ser al menos cuatro, pero al final sólo fueron dos. Ella, estudiante ejemplar con permiso de conducir reciente; él con terrores preuniversitarios. La naturaleza se comía el parque, resultaba relajante y tétrico; bonito y espeluznante. Él pensaba en las películas americanas, en las que en ese momento podría haberle preguntado a ella si iría al baile, si querría ir con él. Pero no había baile a la vista. El futuro se reducía a la universidad, y no sabía qué coño iba a hacer en la universidad. Ella parecía haberse decidido, aunque él sospechaba que era una pose. Ella lucía ese carácter de predisposición incontestable (¿qué iban a hacer, hacer una F. P. o dejar los estudios?, ¿pensárselo?, ¿pensar, qué?). Ella portaba esa mirada forzosamente confiada con una luz de inquietud o hasta desesperación al fondo. La vida podía estar llena de posibilidades, pero ella era demasiado responsable. Eso pensaba él de ella: estaba perdida sabiendo perfectamente dónde se encontraba y hacia dónde iba. Él lo disimulaba menos. Si le preguntaban, resoplaba o intentaba cambiar de tema. La gente hablaba de ello con una sonrisa vehemente; iba a ir a la universidad: eso era emocionante y positivo de por sí. Todos los indicadores decían que su situación vital era óptima, y que su miedo era justificado, pero también un rasgo esencial de lo que todos llaman inmadurez. En la versión oficial era la época más feliz de sus vidas y punto. Pero también la que definiría qué clase respeto y recompensa merecerían hasta que se muriesen. Y punto. Tras haber pasado la selectividad, la cual parecía ser una cuestión de vida o muerte, él sentía algo parecido a la decepción. Lo único que pasó luego fue que la vida continuaba, y también las advertencias sobre un futuro infernal si se les ocurría poner en tela de juicio los estudios o la universidad. La ruta ya estaba marcada. Si no sabías qué demonios querías hacer, al menos tenías claro que tenías que estudiar. Lo que fuera. Algo. Estudiar. La vida se estaba reduciendo a alguna clase de telegrama económico escrito por las instituciones. La preparación sólo contemplaba un camino ideal, y los que no lo tomaban o lo abandonaban, se descartaban como seres pensantes. De la lección principal, habían salido empapados. El parque tenía algunas zonas peligrosas, antes valladas, pero ahora con caídas de quince y veinte metros. Quizá más. Él pensó que una de esas caídas podía ayudarle a postergar las cosas. Una pierna rota, quizá las dos; varios meses fuera de circulación. Si no lo contemplaba de verdad era sólo por la posibilidad de que, en ese paréntesis de postración, ella conociera a algún chico universitario. Las chicas preuniversitarias parecían ser carne fresca para los pedantes de primero; y también carne relativamente fácil. Él había conocido a alguno de esos chicos; esos que, cargados de confianza (falsa o no), tenían labia y algunas teorías vitales con las que bajar bragas. Se alejaban cada vez más del coche. Aunque en calidad de letanía mental, la tentación de la autolesión era cada vez más intensa. Él lo había visto en algunas películas. Chavales a los que habían reclutado para el ejército, para intervenir en algún conflicto en marcha, se armaban de valor para planear cómo partirse una pierna o un brazo. Al final no hacían nada. La idea de fondo tenía que ver con tener tiempo para pensar. Normalmente hay tiempo para tomar decisiones, pero no tiempo para pensar. No hay tiempo para trascender el aburrimiento inculcado; la mayoría de gente no pasa del aburrimiento. Parecía haber varias capas. Primero la actividad obligatoria (estudios o trabajo), luego la actividad para desconectar (vacaciones repletas de ruido y planes), luego el aburrimiento (que es esa fase provocada por la inercia formativa de no saber hacer nada sin que alguien te lo mande), y luego, tras esa capa enorme de hastío, encuentras la fruta prohibida de nuestro tiempo: el pensamiento. Él lo sabía, los años habían pasado frenéticos, su cuerpo había sido portador de órdenes que cumplir; pero ese proceso raramente tenía que ver con él. Sabía que en el fondo no tenía voz ni voto, porque el mundo ya era como era, funcionaba como funcionaba, ¿y quién coño se había creído él que era?
No había ningún baile, ni tampoco tiempo, sólo puntos en una lista. Tenía que sacarse el permiso de conducir. Todo el mundo se lo decía, era primordial, te lo pedían en todos los trabajos. Movilidad, vehículo propio. Al menos no podía quedarse embarazado. Pero eso sí, ¿tendría que tener hijos algún día, no? Conformar algo estable. Estable. Estable. Al menos todo lo estable que pueda ser una hipoteca. Y los hijos… la verdad es que plantearse traer hijos para hacerlos encajar en todo esto, le hacía imaginarse como un padre recurrente y detestable; egoísta por el capricho de haber querido ser padre por mera inercia de agenda, y horrible por tener que hacerle entender a su hijo que él, en todo esto, era lo de menos. Que tendría que tragar, poner el culo, pringar y poco más. Le horrorizaba tener que educar a su hijo en la cultura de los viernes, la ceguera personal, las vacaciones y las tradiciones. Se imaginaba como el clásico padre frustrado que, ante los sufrimientos (injustos o no) de su hijo, se reía complacido, dando lecciones y contando cómo él ya había pasado por todo eso, falseando seguridad, vendiendo motos que ni gratis habría que aceptar.
Llegaron hasta lo que era como el borde de un barranco. Al lado tenían la estructura azul desteñido de lo que había sido el kamikaze, una suerte de tobogán muy largo que te dejaba casi en caída libre durante varios segundos. Él había bajado por ahí de crío. Le daba pereza explicar historias, estaba que no se aguantaba. Empezaba a colapsar.
Ella le contaba cosas sobre su cumpleaños, sobre lo que quería, sobre la facultad, sobre comer, sobre dejar de comer carne, sobre un restaurante nuevo, sobre sus padres, su padre, luego su madre, sobre un coche al que le había echado el ojo, sobre su perrita, le pasaba algo en una pata, sobre una canción que no se le iba de la cabeza, sobre la nota media y a qué le daba acceso, sobre si quizá prefería una moto a un coche. Sobre prácticas, sobre becas, sobre un posible erasmus. Sobre las playas nudistas y que ella nunca había estado en ninguna. Sobre el azúcar, la sal, la leche, los lácteos, las ensaladas, su hermano, el capullo de su hermano. Sobre viajar, quería viajar. Sobre una moto otra vez, sobre su nota media nuevamente, sobre las ganas que tenía de ir a la universidad, sobre dar clases algún día a niños. Sobre una fiesta que una amiga suya había organizado en casa de sus ausentes padres, sobre un chico que le había pedido ir con ella…
Él la escuchaba, una pierna y un brazo enyesados. Ella había venido de visita. Ahora él era el amigo confidente. Asentía. Asentía… Ahora sería el rey del asentimiento, y descubrió que no le importaba lo que ella se follara.

aquuu

50 relatos de Grey (25 de 50) – La mesa de los amigos

Era la habitación que nunca se utilizaba. Al final de un pasillo estrecho, la puerta entreabierta, una luz tenue asomaba, tres de la mañana. Añorabas un laberinto verde al sol; niñas persiguiéndose hasta la fácil salida, un mediodía luminoso, o incluso cualquier día lluvioso. Querías que fuese ya el día siguiente. No querías tener que recorrer ese pasillo. La luz no era coherente con la potencia de la bombilla solitaria que recordabas. No se percibía la apresuración propia de un robo, ni aunque hubiese sido un robo sumamente sigiloso. Te oías latir el corazón, de esa forma en que te late cuando te enamoras. No sabías a qué tendrías que enfrentarte. Habías cogido el cuchillo más peligroso posible. Habías oído ruidos en la planta de arriba. Estabas solo en la casa. No te gustaba esa casa, ni lo que estabas pagando por ella. Una mala decisión más para echar al montón. Además, el barrio era el ideal para que un caco te confundiera con alguien millonario; con vivienda cercana a cierta zona pija, de día todo relucía, pero de noche te sentías vendido; aún más de lo habitual. Añorabas un paseo por la playa, una barbacoa. Preferías un bonito funeral de compromiso. Querías que fuesen las once de la mañana. Cada paso te parecía hacer más ruido. Había gente que estaba currando, sobando, follando en ese momento por todo el globo; había gente muriendo y otra que moriría pronto. Un sollozo te subía por a tráquea. Joder. Uno oye historias, personas que te cuentan su experiencia con ladrones o atracadores, pero son cosas que les pasan a los demás. Te tiembla el cuchillo jamonero, una hoja alargada, afilada como la mirada de una empleada del Inem. Un cuchillo cabrón como la sonrisa del tío de Personal que te entrevista. Nada con lo que creas que vas a poder combatir lo que sea que está pasando. Dudas sobre si levantar la voz y dar un grito. Incluso aunque fueran uno o dos tíos que salieran huyendo, tendrían que pasar por tu lado. Notas gotas de sudor bajándote por la espalda y los muslos. Hacía tan solo cinco minutos te estabas masturbando. Un paja de la vieja escuela, a oscuras en tu cama, pensando en algo tangible, una conocida, alguna amiga, la madre de alguien, la novia de alguien, o alguien a quien odias y a quien sólo podrías valorar como trozo de carne. Estabas solo con tus pensamientos, el rollo “enfermizo” estándar, o eso esperabas. La luz saliente de la habitación parecía temblar un poco, como si hubiese una vela encendida. Pero nada era seguro. De hecho, no parecía que estuviese pasando nada en la habitación. No había nada en ella; una base de enchufe, quizá alguna caja de cartón, y no recordabas si una silla. Estabas pensando en una silla, una antigua, rígida, pesada, tan elegante como incómoda. Una silla que chirriaba por poco que te movieras, y en la que no debiera haber nadie sentado. Si es que aún existía esa silla. Si es que había alguien. Lo que recordabas seguro era no haber subido recientemente a la habitación. Como si no fuera suficiente con los miedos propios, ahora había que enfrentar también los de las películas de terror. Ya estabas muy cerca. Sujetabas el cuchillo con fuerza, temblaba. Con la mano izquierda, empujaste la puerta para abrirla del todo.
Tu talón de aquiles estaba en pie frente a ti.
Notaste tu pecho empapado y te echaste un buen vistazo. Estabas desangrándote. Ella te miraba y ahora el cuchillo ya no lo sujetabas tú. Estaba en su mano derecha. En su izquierda: un buen pedazo de tu vida. Tu corazón asqueroso aún latía.
Descolgaste. La cama estaba empapada de sudor, era de día. Eran las nueve de la mañana. Sabías que ese día llegaría. Su voz te preguntó que cómo estabas. Se interesó, insistió, ¿estabas durmiendo?
Te dijo que se casaba. Le diste la enhorabuena mientras tus entrañas se secaban, mientras notabas cómo algo parecido a una pelota de ping pong te subía por la garganta. Te dijo que confiaba en que fueras a la boda. Estabas oficialmente invitado, incluso más que otros. Pronto te llegaría el sobre de letras retorcidas y recargadas. Al final obtendrías tu bonito funeral de compromiso.

solte

50 relatos de Grey (24 de 50) – Los asuntos de la araña

Era vieja pero sabia, decía el inconsciente colectivo; se seguía diciendo al paso de los años, las décadas y los rebaños. No era hombre ni mujer con quien se pudiera hablar; los pocos que tenían tratos con ella, sólo la conocían como la araña. Era, quizá, un nombre simbólico, una forma de referirse a ella, a ello, a eso; o quizá más bien, a ellos.
Las decisiones de la araña calaban profundo en la sociedad. Hay quien llegó a decir (no sin pagarlo quizá con su vida) que uno de sus mayores logros había sido la idea de la adolescencia. Un concepto completo, soberbio como plan, en el que cabían toda clase de proyecciones. Un nicho perfecto para las frustraciones adultas. Era quizá el logro de las fases de la vida más efectivo de la araña. La excusa perfecta para la orgía de fuego de la recta final. El probable fin de la humanidad (a quien le tocara) basado en la idea de superar como individuos una supuesta fase de estúpida intensidad y llana torpeza.
Esto dotaba a la araña de algún tipo de rasgo mesiánico, seguramente bien meditado.
El mayor poder de la araña era la vieja treta de mantenerte convencido de que pasarlo mal era algo responsable, y pasarlo bien algo de lo que sentirse culpable. El problema era que, con el tiempo, la araña tenía que abrillantar los métodos. La religión seguía vigente, pero la idea de un paraíso a cambio de sacrificarse en vida, ya sólo arrastraba a unos pocos, y para el resto sólo funcionaba por inercia. Ahora la araña necesitaba nuevos motivos, nueva propaganda, apelar al intelecto al menos tanto como a la ignorancia. Era cierto que, aun así, tenía bastante bien sujetos los cabos. Predominaba la inteligencia basada en la producción y no en la creatividad y el progreso; pero había que seguir alimentando viejos monstruos. La adolescencia era una vieja amiga de la araña, algo así como colegas de Antiguo Testamento. Antaño no había sido tan efectiva como la religión, pero era sin duda la etiqueta vital favorita de la araña, desde que tuviera la idea de dividir la vida en fases, alimentando un precepto del estrés y los deberes que sin duda daría jugosos beneficios. Mientras se seguían amontonando las hipotecas como culmen moderno de la edad adulta, la araña se seguía fascinando de cómo había bastado con acuñar en otro contexto la palabra «madurez» –algo antes sólo asociado a las frutas y similares–, para que millones de seres humanos se abandonaran a sí mismos.
La adolescencia era algo parecido al fin de la niñez. En la adolescencia, cambios físicos aparte, el ser humano comenzaba a percibir el mundo como un lugar injusto y amenazante. En la adolescencia, el amor florecía brutal, precioso y doloroso, justo antes de que se lo encajara con calzador en una idea venenosa sobre el terror a la soledad y un principio práctico relacionado con ahorros y planes de pensiones. La araña cultiva aún una percepción interesada sobre la adolescencia, convirtiéndola en una etapa de amargura gratuita y exageración sentimental. Dejando de lado la posibilidad de que al crecer mirando por encima del hombro al pasado, uno no “madure”, sino más bien se pudra, la niñez se convierte en el premio de consolación, en forma de recuerdos, tonterías, chiquillerías y talentos supuestamente inútiles guardados en un cajón. La ventaja con que cuenta la edad adulta, basada en una experiencia diseñada en la tela de la araña, hace que el poco recorrido vital del llamado adolescente –y por tanto su probable carencia de herramientas para expresarse– decante la balanza hacia la banca, haciendo del ser humano el centro del universo aun sabiendo que no lo es, y relegando cualquier clase de magia creativa o evolutiva a efectismos tecnológicos o retóricas de lucha estéril.
Hay que alejarse de ella para poder verla, o al menos intuirla, su inmensidad, sus ojos, las toxinas. Buena amiga de extremistas y aficionada a ofrecer talleres también a grupos activistas, la araña es lista: la araña es lo que todo padre considerado responsable quiere que sea su hijo. Tu hijo o hija, tu madre en el papel de madre, los tránsitos recurrentes, las mañanas apresuradas… La araña no verá el fin del mundo. Cual ser de su propia creación en presente, se reirá desde su “más allá” del niño que llore, los padres que exijan justicia y los líderes que aseguren haber sido engañados. Para verla, sólo tienes que abrir tu mano; hazla caminar con en La familia Addams. Piensa negación. Piensa que son sólo asuntos de la araña.

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50 relatos de Grey (23 de 50) – SED

Pasaba más o menos su decimoquinta hora solo en el bote; o eso calculaba. Mar en todas direcciones. Tenía hambre, pero sobre todo tenía sed. Empezaba a envidiar a todos los demás por haberse ahogado. Esto le pasaba por ser tan espabilado. Si lo pensaba, no echaba de menos gran cosa en tierra. No era muy listo, no conocía a casi nadie, sus padres ya no estaban, no tenía familia. Esto de a lo mejor morirse era de largo lo más emocionante que le había pasado; quizá empatado con alguna mujer. Echaba de menos el agua potable, mucho más que a cualquiera. Se sentía como un soldado en una peli con las tripas desparramándosele, muriéndose y aun así pidiendo agua. Los remos no le llevaban a ninguna parte, de todas formas no sabía hacia dónde tenía que remar. Cuando lo intentaba se sentía remando en puré en la oscuridad. Sentía añoranza por el agua que se podía beber, los grifos, los ríos, las garrafas, las tuberías. La última vez que había meado al mar había sentido mucha más sed que ganas de mear cuando abría un grifo en casa. Ni se le había ocurrido beberse la orina, tampoco tenía con qué embotellara. La sed ganaba por goleada a cualquier otro input. Tenía más sed que miedo; era la primera vez que tenía más de algo que miedo. Tenía más sed que pensamientos sobre tiburones o tormentas que hundieran su bote. Tampoco sabía si donde estaba había tiburones. Estaba bastante seguro de que si bebía agua salada enfermaría. ¿Habría ballenas? Tenía sed. Había leído en alguna parte que las orcas podían ser peligrosas. Agua dulce cayendo entre las rocas. Su móvil se había ahogado, sólo hacía dos meses que lo había comprado. Botellas de dos litros. El mar a veces parecía verde y a veces azul. No sabía cuánto tiempo pasaba hasta empezar a tener visiones por inanición. Se le repetían sintonías de dibujos animados de su infancia. Recordaba a una novia que había tenido y cuando bebía con ella. Si seguía aún en un bote, ¿era técnicamente un náufrago? Envidiaba a la gente que estaba en tierra, sus neveras. Se sentía cada vez más débil. Se abandonaba. Quería un Aquarius, la gente lo bebe cuando vomita, la gente bebe todo el tiempo, se amorran como a las tetas. Estaba tirado boca arriba en el bote. A tomar por culo hacia arriba surcaba el cielo un avión comercial. Lleno de bebidas. Con su agua y sus crías de coca-cola, coca-colas recién nacidas y frías y regordetas. Sudorosas. Sacacuartos potables. El día estaba declinando y luego declinó del todo. Su ropa seguía algo húmeda, pero sobre todo áspera, salada, acartonada. Tenía frío. No sabía si aún producía saliva. Estaba empezando a pensar que si acababa viendo una película de su vida, todo serían momentos en los que bebía de una forma u otra. Un best of de la hidratación. No sería una mala película, quizá mejor que el montaje previsto. ¿Quién había muerto? Su hermano, su cuñada, un feto. Quizá. Pero su memoria empezaba a hacerle aguas, aunque tampoco esas se pudieran beber. Qué puta sed, en serio. Una cosa es morirse, pero todo este rollo, pensaba, todo esto es innecesario. No es que tuviera un apego desesperado por la vida, pero obligarle a contemplar el suicidio tampoco era plan. Moriría bebiendo agua salada. En realidad morir ahogado llevaba varios minutos, eso había oído. No se trataba del agua sin más, el cuerpo pasaba por todo un proceso, hasta quedar infartado. Era una de las muertes lentas estrella, por conocida, siempre muy arriba en la lista de éxitos, quizá un poco mejor que morir quemado. Entre las muerte recurrentes, de todos modos, no gozaba de un gran prestigio; era, digamos, una muerte familiar y comercial, tópica. La música de ascensor de las muertes. Mucha gente la toleraba, pero muy poca la elegía para quitarse la vida. Aquello estaba muy por detrás de un décimo piso o ingerir veneno. Ya no sabía ni lo que estaba pensando, estaba empezando a murmurar en voz alta. El atardecer en medio del mar es un coñazo cuando no te da para beber. Empezaba a no tener claro cómo había llegado hasta allí. Empezó a fijarse en la luna llena. Pero la luna era todo tierra. Quizá ni siquiera estaba llena del todo. No se despertaría en su cama, lo empezaba a asimilar. No estaba seguro de preferirlo. Si la lógica no le fallaba, despertaría en lunes. Había sido una huida de fin de semana. Algo distinto que hacer. Sales un viernes con tu hermano buscando encontrar algo original, y te acabas topando con el cliché de la existencia. Lo peor de la muerte, más que la muerte en sí, es que es una perogrullada. Por ello la religión sigue existiendo; los creyentes en el fondo sólo exigen un argumento más original.
Cuando es de noche de verdad, es muy de noche. Cuando no te están bombardeando con electricidad ni te alumbra una pantalla, es como si la naturaleza te dijera: así soy sin maquillaje. El estómago rugía. Una nube se puso por delante de la luna. Estaba claro que las sirenas tenían piernas. Aquí tenía todos esos peces en el mar de los que la gente hablaba cuando le dejó la novia. Cuando la metáfora se hace realidad, normalmente es para intentar matarte. En tierra todo son risas. Todo son refrigeradores, todo te recorre el cuerpo para que tengas que volver a ducharte o cortarte el pelo. Todos son la mar de ingeniosos.
Iban todos (o parte de ellos), en ese transatlántico de viaje nocturno que apareció de repente. Vaya… Si hubiera remado más de lo que lo hizo, seguramente se habría apartado de su ruta. Pero lo cierto es que ahora se encontraba demasiado en su ruta. Se le venía encima peor que una ola o una mandíbula. Tendría que levantarse y agitar los brazos. Estadísticamente, le había tocado la lotería, o eso suponía. La lotería no debería atropellarte, en teoría te facilitaba las cosas, o al menos no te mataba. La lotería era la navidad era el dinero era la vida. Eran copos clones llenando de nieve alegre tu calle anodina. Aquello era un puñetero rascacielos tumbado surcando el mar. Se preguntó si pasaría igual que en las salas de cine, donde no hay nadie realmente atento junto al proyector.
De verdad se lo preguntó.
La butaca vip chirriaba. La chica a su lado decía que el actor no se parecía; llevaba dos meses con ella. La escena del atropello y milagrosa supervivencia era bastante más espectacular. El cheque por derechos de imagen y demás tribulaciones legales, le había dado un margen de beneficios del tropecientos por cien, al menos respecto a los sueldos que había tenido. Ella le gustaba, pero no estaba seguro de si se la habría ligado de no tener una historia que contar. El ochenta por ciento de la peli era falso. El protagonista no viajaba con su hermano y su vida ejemplar, sino con una veinteañera emergente de Hollywood. El periodista que había escrito el libro que contaba la “hazaña” estaba sentado dos filas más adelante. En la película el protagonista hacía aspavientos solo en el bote, era despierto e inteligente, buscaba formas de cambiar su situación. Había dos escenas con ataques de animales marinos, y un plano picado de vete a saber qué medusas luminosas que hacían que el personaje recordara no sé qué rollo onírico de una excursión falsa con su novia muerta. A la salida del cine, nadie le conocía, pero un coche de la productora le llevaría adonde quisiera. Ahora tenía más sexo del que había tenido jamás, aunque no necesariamente las cosas funcionan así. En realidad, pensó, él se había empezado a comportar peor de lo que se había comportado jamás. Hacía tres años del bote, y las ganas de vivir que la película vendía que él había aprendido a valorar, en realidad se reducían a cierto tipo de sed voraz. Una sed mucho más allá de la hidratación. Ahora conocía a la perfección la verdadera clave de la vida (o al menos una que funcionaba): esta residía en la futilidad de la muerte, la tergiversación de los hechos, y el criterio para elegir los disfraces.

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50 relatos de Grey (22 de 50) – 4’9

Hora del patio. Nos encerrábamos en lo que llamaban la jaula del patio, que era el hueco que quedaba tras un portón de reja mientras estaba abierto en ángulo de noventa grados. Era el acceso a una “pista de futbito” al aire libre. Fumábamos apoyados en el edificio. Éramos los chicos de la F.P., los mayores del centro. Las chicas mayores eran las de Administrativo. Nosotros éramos Electrónica o Mecánica. Éramos los chavales que supuestamente no querían nada especial para sí, sino ponerse ya a trabajar. Estábamos allí por nuestra mala cabeza. No habíamos puesto interés en los estudios, y ni de broma íbamos a ir a la universidad. Éramos como los críos desubicados en la gran Boda de la vida. Los críos deseosos de volver a casa mientras los adultos se hacían fotos, se cebaban, se regalaban ramos y se prometían eternidad. Los chicos de la F. P. éramos los estudiantes de segunda, perfectamente mortales; daba igual si estábamos allí porque teníamos que estar en algún sitio o por vocación con la materia. Estábamos clasificados y etiquetados, nos ibas a encontrar siempre en la misma carpeta.
Mientras tanto, los adultos de verdad, los estudiantes, los responsables y realmente inteligentes, seguían la autopista vital sin desvíos; el orgullo de los padres, los profesionales de la sociedad, la gente realmente fiable; aquellos a los que los de la F. P. atenderíamos –cuando se les interrumpiese la arrolladora y brillante carrera adulta–, para arreglarles el coche o hacerles alguna chapuza. Ellos no se mancharían, tenían los codos pelados, hasta se estrenaban en el sexo con lo más recatado. Hablaban fluido y se conservaban suaves de manos. Algunos hasta antes de los veinte querían haberse independizado. Eran imparables, y nosotros, unos vagos. Como un amigo mío decía:
–Da igual cómo sea. Es como es.
Lo cual era su forma de decir que la percepción de la gente no iba a cambiar. A la gente le encantaba el “orden de las cosas”, porque habían luchado por encajar en ese orden. Así que no podías esperar de ellos más que una idea sobre el respeto, una representación del mismo, pero no respeto en sí. Podías esperar su teoría sobre el pensamiento, pero no que lo ejercieran.
Lo acordado era el Pensamiento Productivo. Lo demás era ser un gamberro.
No éramos muchos en clase, unos catorce; nos llevábamos bien. En el taller poníamos la radio, hacíamos bastante el payaso. Teníamos casi carta blanca. Era, por suerte, un ambiente distinto al de los anteriores años de aulas. Nosotros no podríamos fardar en el futuro de haber vagado por un instituto al uso, o por el campus universitario, ni del descontrol controlado de fumar hierba y montar saraos. Nosotros éramos más bien la parte descontrolada de verdad de la sociedad; esa moto que pasa haciendo demasiado ruido por la calle. Éramos la clave de por qué muchos chicos y chicas sentían orgullo de selectividad. En contraste con nosotros, ellos remaban en el auténtico lago romántico de la prosperidad.
Nuestros profesores eran tipos relajados y un punto más vocacionales que en anteriores etapas. Fumaban con nosotros y se electrocutaban con nosotros. Uno incluso nos llevaba a un bar cercano en su hora de clase.
Las chicas de Administrativo solían ser distantes (irónicamente, nos veían demasiado frikis), y solían tener novios mayores. Fueron meros satélites durante los dos años, y apenas una o dos realizaron un acercamiento amistoso.
Pasábamos el tiempo, no estábamos en la calle, permanecíamos dentro de los parámetros del sistema, era mejor que nada. Las sobras aprovechables del día siguiente.
Uno de nuestros profesores entendía a la perfección la situación. Sabía que apenas un par de nosotros se interesaba de verdad por las clases, y que el resto era mera inercia, piloto automático académico. Y también sabía que no gozábamos de un respeto real por parte de la Otra Casta de estudiantes (además, él había sido uno de ellos). Se martirizaba menos que otros profesores, haciendo un intento quizá casi involuntario por Conectar. Y era el único que realmente lo conseguía. Dando un tercio de las órdenes que daban los otros, gritando sólo ocasionalmente, vacilando igual que podíamos vacilar nosotros, y hasta renegando de algunos tics oficiales del entorno. Fue la única vez que vi a un maestro tirar un libro de texto a la basura. Se podría decir que fue un truco, pero lo cierto es que no fue planeado, y que no volvió a usar más dicho libro para dar las clases.
A veces parecía hablar solo. Claramente se mordía la lengua cuando había otros profesores cerca. Obviamente, tenía cierta fama de loco. Había sido ingeniero para el ejército, había reparado aviones y tuneado las tripas de toda clase de vehículos. Tenía vastos conocimientos de informática, y le tiraba “sutilmente” los trastos a la profesora de FOL (Formación y Orientación Laboral). Renegaba de los exámenes y los trampeaba, no ponía notas como un 4’8 o un 5’2. Suspendías sobre todo si demostrabas ser un gilipollas tanto dentro como fuera de las clases. Tenía un hijo de unos once años; a veces lo teníamos curioseando en el taller/laboratorio por las tardes.
Estaba divorciado.
No es que por aquel entonces yo pensara en todas estas cosas, pero el día que supe que ese tío era el único adulto al que podía consultar sin que me saliera con algo supuestamente práctico o simplemente prefabricado, él estaba solo destrozando con un martillo una torre de ordenador. Era viernes. Había caos por doquier, plástico y placas troceadas de varios terminales. Tenía una cerveza cerca a medio beber. Yo había vuelto a por mi caja olvidada de herramientas. Al verme, no paró de hacer lo que hacía; sólo me dijo Entra y cierra la puerta. Era segundo año; íbamos por las tardes y el “turno” ya había acabado, eran casi las nueve de la noche. Las persianas estaban cerradas; los fluorescentes lo llenaban todo de blanco. Los ordenadores de aquella sala llevaban fritos mucho tiempo, estaban desfasados, y desde dirección el dinero se empleaba en otros asuntos, generalmente relacionados con el equipo de fútbol del centro.
Se escribió la historia sobre unos maleantes y una semana después había ordenadores nuevos. Ese lunes la luz de la tarde entraba con fuerza por el amplio ventanal. Dicho profesor revisaba (y explicaba) las novedades tecnológicas ante nosotros y un par de superiores. Sabía que yo no iba a chivarme. Ese fin de semana el equipo había perdido 0-3 en casa contra el penúltimo. Tuvimos Internet en la sala a partir de ese día. Suspendí el siguiente examen (4’9). El maestro me dio la hoja con una franca sonrisa.

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50 relatos de Grey (21 de 50) – Hilary Duff

Beauty & The Briefcase, película de 2010 diseñada para TV al (relativo) servicio de Hilary Duff, era un pozo sin fondo de motivos para ponerse a destripar como un condenado sobre lo estúpido y misógino que era todo su metraje. Duff se paseaba con vestidos ajustados, y la única “idea de fondo” que caracterizaba a su personaje giraba en torno a conseguir un novio. Uno que fuese de traje (lo especificaba), que fuese guapo al modo de las revistas “femeninas”, y, supongo, la salvase a ella de la desgracia de haber nacido mujer. El contexto tenía que ver con su obsesión por trabajar en una revista de moda, para lo cual, como prueba, tenía que conseguir un empleo en una “empresa de finanzas”, comenzar a salir con un (¡casualidad!) tío de traje, vivir esa experiencia, y luego escribir sobre la dura tarea de conciliar la vida laboral con una relación plena de pareja. Hilary Duff era como estar todo el tiempo frente a un escaparate lleno de pasteles; pero los tíos en torno a ella parecían fabricados más que paridos. Las amigas de su personaje eran divertidas, si la diversión consiste en una leve pero machacona sensación de vergüenza ajena. Con menos curvas que ella, revoloteaban y hablaban sin parar de hombres y le hacían la cama a Hilary y en realidad todo habría sido mucho más feminista de haber sido una peli porno.
Caigo en la cuenta cuando el técnico me pregunta qué clase de líquido se ha podido filtrar en el monitor de mi pc, que había pasado de su estado natural a tener una grotesca mancha negra digital en la base, molesta y claramente culpa de Hilary Duff.

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