50 relatos de Grey (4 de 50) – Huevo

La diferencia entre nuestro tiempo biológico y el que nos marca la obligatoriedad de levantarnos es conocida como jet lag social. Aunque no es que sea tan conocida. Algunos estudios han asegurado que muchas personas tardan entre dos y cuatro horas en estar totalmente despiertos (no es difícil creerlo…), y a veces eso tan solo sucede porque creen que madrugar es la repanocha. Pero normalmente este jet lag representa la mitad del motivo de que te puedas sentir como una mierda cuando estás recién levantado. La otra mitad suele tener que ver con la metáfora recurrente de ponerse las medias de rejilla y una falda demasiado corta, y empantanarse en cosmética para ir a complacer al respetado chulo de turno. A esto último se le suele llamar: Ser Responsable.
Si saltas desde un décimo piso, lo que técnicamente consigues es un traumatismo múltiple terminal. Cuando has saltado por voluntad propia, y sin cable de ningún tipo ni ánimo de impresionar a nadie ni darte un chute de adrenalina, a eso lo llaman: Rendirse. No hablan mucho de ello porque creen que es contagioso; aunque hay quien dice (más bien lo piensan) que no se hace simplemente porque puede ser bastante goloso. Uno puede empezar a bostezar por imitación, pero cuando uno se mata, debería haber más motivos de fondo, causalidad; algo más allá de la mera idea de estar desequilibrado.
El impacto contra el suelo es parecido al de cuando se te cae un huevo en la cocina. Revientas, luego comienzas a chorrear, y luego limpiarte es un coñazo. Hay quien dice que lo de “coñazo” es una expresión reminiscencia del heteropatriarcado, porque cuando algo gusta mucho es “la polla”. De alguna forma alguien llegó a decir que Huevo (le llamaremos así) había tenido problemas con una mujer. El amor es como un comodín; incluso aunque no haya una sola gota de él en la historia que sea, la gente lo evoca sin problema y lo pone como excusa o causa o justificación. Pero el chico no estaba muerto por “culpa” de ninguna tía que fuese un “coñazo”. La vida de Huevo no se puede decir que estuviese siendo la polla.
Huevo se levantaba a las seis y básicamente, como cualquier otro de su especie (lo que llaman “clase trabajadora”), intentaba no romperse. Con una idea muy católica de la existencia para venir de un ateo, se disponía a ir tirando. Huevo había quedado lejos de ser un pollito, porque la teoría que impera es que si vas con esas ideas, lo que pasa es que alguien zarandea el árbol y caes y te espachurras contra el suelo. Qué ironía. Porque la vida no va de gente volando libre, sino de gamberros que zarandean árboles. Ni hace falta que abras el libro de la formación oficial, ya lo pone en la sinopsis de la contraportada. Tus alas no son productivas, tu tarea es rodar.
Huevo rodaba inestable hasta su cubículo en la oficina, y desarrollaba unos bracitos con los que manipulaba su ordenador mientras éste le comía el alma a bocados destilando memes sobre el siguiente viernes. Todo esto lo ilumina el sol cada día. El entorno es engañoso. La masa es hostil. Huevo estaba bien “colocado” con su empleo. Huevo estaba saliendo con una huevo hembra de su misma empresa. No era una relación fogosa o muy intensa, era al romanticismo lo que el pollo a la dieta carnívora; “carne” había, pero el plato no era para volverse loco. La comodidad imperante, pensó Huevo antes de dar el salto, sólo era una versión de la comodidad real. El estancamiento se vendía con disfraz de estabilidad, y los móviles eran un sustitutivo del alma. Qué queréis, estaba a punto de saltar de un décimo piso, no se iba a poner a pensar en los orgasmos o los pequeños detalles que te endulzan la vida.
Huevo rodó por la cornisa. Podía estar equivocado, y también podía ser la primera decisión que no habían tomado por él. No puedes exigirle a alguien que jamás ha decidido por sí mismo que se le dé bien elegir. Dicen que el suicidio es una solución drástica para un problema temporal.
Pero Huevo tuvo una visión. Más bien una alucinación auditiva. Y la tuvo ya mientras caía. Aunque nunca hubiese tenido voces en su cabeza, alguien parecía haberse colado en su “frecuencia” para decir algo. Ese alguien no sonaba humano. No se regía por los mismos códigos de lo que es un coñazo o la polla. No tenía la misma idea del bien y del mal. Huevo pensó que estaba siendo el ratón de laboratorio para una investigación extraterrestre, y lo quiso corroborar por el modo en que se dirigía hacia el suelo, como a cámara lenta. La voz iba y venía, y hurgaba dentro de su cráneo. No sabía ordenar sus argumentos. Lo último que escuchó no iba dirigido a él. Más bien parecía que la criatura que fuera hablaba con un tercer ser. Las palabras sonaban artificiales y despersonalizadas, como el mensaje de un secuestrador que hubiese recortado y pegado letras de distintos formatos y tamaños. Lo último que escuchó Huevo antes de la tortilla, fue:
–Quiero que redactes el informe y lo archives antes de irte.

jove

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