50 relatos de Grey (5 de 50) – Modelos de

R. llevaba dos años con determinado chico monosilábico carne de Fnac y con barba poblada y lados rapados y sonrisa igualita a la de su joven y aún tersa, dinámica y empachosa madre. No se trataba de nadie que fuese a morir ahogado en sus propios vómitos o crease nada más elaborado y artístico que su firma al pie de los documentos. Era una niña empollona en el cuerpo de un adicto a los términos anglosajones que vienen a sustituir palabras de repente aburridas si eres lo suficientemente monosilábico, barbudo de lados rapados y crecido en un ambiente diseñado por una MILF. Veinticinco años. La clase de tipo estéticamente sobrecargado que ceba tus prejuicios y hace que te den ganas golpear algo con todas tus fuerzas. El prototipo de capullo que no puedes creer que esté con R., y que te hace pensar que ha de tener un pene fuera de lo normal o al menos una habilidad para usarlo que haga ruborizarse a un cirujano. Un imbécil.
R. lo llevaba de aquí para allá y el tío era de lo más prefabricadamente amable. Si al día siguiente se ponía de moda llevar un piercing en el escroto, ahí estaba él poniendo los huevos sobre la mesa. Un tatuaje se había convertido en cinco, y cada vez que se reía de algo una lechuga se ponía a temblar. Vegetariano hasta el tuétano, compraba en lugares en los que seguramente igual te podían vender un pepino ecológico que una pistola. Obviamente todos estábamos celosos de él (a falta de una palabra mejor). Daba igual que nos gustara más o menos R. (que era como la rubia de Frozen y Silvia Saint y un poco de Ana de la Tejas Verdes), lo más importante era repudiar a ese tío, por el que nos habíamos zampado ya unas diez clases distintas de ensalada y platos verdes. Llevábamos meses en el piso compartido casi sin comer nada que hubiese tenido ojos. Casi nada de lo que digeríamos había tenido cara o había follado alguna vez. Lo más carnoso eran los contados ligues que desfilaban por las habitaciones. Era un milagro que ese tío se lo trabajara a R. sin pintárselo antes de verde.
En el fondo no era por su aspecto ni por su risa, ni por estar con R., ni tampoco por lo de abrazar árboles o ser un yerno ideal al estilo moderno. Era sencillamente que odiábamos a ese tío. Era algo visceral. Buscábamos mil justificaciones y todas nos parecían razonables. Fuimos a por él, sabíamos averiguar sus contraseñas. No conseguimos encontrar nada en su ordenador, ni en su móvil. Estábamos ilusionados (en secreto) con la idea de dar con algo de porno infantil, o al menos porno gay…, pero no tenía ni tan siquiera porno del más evidente. Aun así, la idea de que no hubiese el más mínimo rastro de porno almacenado en su vida, ya nos pareció otra razón más para seguir formando nuestro discurso sobre lo podrido que tenía que estar el tío en realidad. ¿Qué mente masculina equilibrada no guarda ni un gramo de porno? ¿Es que llevaba un USB escondido en la barba?
Éramos tres en discordia, tres tíos, cinco personas en total en el piso, y llegó el día en que la pareja nos anunció que se iban casar. Y también que se iban a hipotecar. Los dos, con sus tatuajes y sus rollos modernos, se iban a una iglesia en la que un tío atrofiado sexualmente y pederasta potencial, les uniría en la eternidad, o alguna memez parecida. Otro rasgo de irritante perfección, de complacencia tramposa; ninguno de los dos era católico, eran ateos, y sobre todo él, que lo era casi tanto como vegetariano. Era el típico detalle mono (y muy caro) para con los padres y los abuelos que aún quedaran vivos. El rollo de la iglesia y el sermón y las zarandajas y la perpetuación de una secta tradicional por parte de gente supuestamente avanzada y mentalmente abierta que… Que el tío era un gilipollas, vamos.
El día de la boda todo se alargó y se hizo pegajoso y ficticio como las hamburguesas que se comía el barbudo. Tenía un grupo de amigos numeroso, varios también barbudos y muchas amigas tatuadas y gritonas. Eran tan modernos y abiertos en el fondo como una viuda de setenta años que viviera en un pueblo de cien habitantes.
Detrás de la iglesia había un prado, era una zona de montaña. Era ideal para documentarlo todo. Los hipsters falsamente pastoriles se hicieron un millón de fotos, y allí mismo había preparadas decenas de mesas en las que se celebraría una especie de convite de diseño. Era el rollo pensadíssssssimo y cool que tenía que compensar el tostón de la ceremonia y el ritual “bienqueda” para los yayos carnívoros. La empresa de catering contratada sirvió un amplio recetario que incluía tanto carnes como todos los tonos de verde posibles.
La comilona indie gozó de un ambiente distendido, y el alcohol ayudó a canalizar odios y exponer las peores ideas, que a menudo son las mejores.
Hacia el atardecer, llegó un coche escarabajo de algún tono color pastel, algo como azulado, rosáceo, como si el coche lo hubiera cagado Dumbo y le hubiese meado encima Blancanieves. Todo monísimo e ideal para la marcha de los novios. Lo que llaman un día perfecto.
Luego, la verdad sea dicha, no sabemos por qué pasó lo que pasó, y no lo digo simplemente para exculparnos, que también. Pero entre el grupo de amigos de ella, a los cuales sólo conocíamos en parte, había algunos disidentes parecidos a nosotros. Y no lo digo para culparles a ellos. Simplemente digo que los identificamos claramente, aunque después ninguno pareciera estar manchado de grasa. El novio decidió hacerse unos trompos o algo así con el escarabajo, y ellos retuvieron a la novia con bromas. Déjale que disfrute un rato, que se dé una vuelta por el prado. Podría no haber pasado, pero lo cierto es que el barbudo, tal que si hubiera habido un personaje autodeclarado gay y coches en El Señor de los anillos, se dirigió dando gritos agudos hacia la zona del acantilado, aceleró muchos metros lejos de las mesas y la zona del convite.
Intentó frenar, y no pudo; giró, pero volcó.
Al volcar, cayó con el coche barranco abajo.
Hubo gritos y drama, mucho desconcierto. Nos acercamos a echar un vistazo. No se veía nada, lo cual era aún peor: imaginabas la ensalada de carne. Alguien se había llevado a los padres y abuelos de ambos antes de que les diera un infarto, o para atenderles por el infarto que ya les debía estar dando. Hacía un sol estupendo, por cierto, una tarde de ensueño. La novia se tapaba la boca sin saber cómo reaccionar, abría mucho los ojos y balbuceaba incoherencias.
Sus compañeros de piso decidimos llevárnosla a un aparte.
Lo que me encantaba de aquel sitio es que no había bichos; a veces vas al campo y es muy bonito, pero estás todo el tiempo palmeándote los brazos y las piernas, incluso los vegetarianos. Nos sentamos en un saliente de la iglesia. Empezaba a atardecer. La vista era genial, la temperatura, ideal. Fumamos unos cigarrillos. R. no sacó el tema. Respiraba con normalidad y parecía sentarle bien fumar. Puede que estuviera en estado de shock (pero también puede que no). Al rato nos preguntó si aún quedaba beicon en el piso.

bodap

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