50 relatos de Grey (6 de 50) – El día de la mujer

T. se levanta pensando en la película coñazo que había visto el día anterior, sobre una mujer con hijos y trabajo y casada, que iba al día y no podía darse caprichos, y se da cuenta de que esa película es su vida; mala, aburrida, para la tele, coñazo, con contados momentos de alivio (pausas, la idea de que acabará, alguna buena interpretación puntual…). T. se siente culpable cuando piensa en esas mujeres de antaño a las que no se les exigía todo, sino sólo una parte, se siente culpable como si estuviera pensando que prefería la represión. Pero tiene clara una cosa: lo que tiene tampoco le gusta. Su marido no hace las tareas de la casa; en cualquier caso, da a entender que Ayuda a hacerlas. Es como si ahora la mujer estuviera apaleada por un exceso de derechos, donde antes lo estaba por carencia. Y sí, a veces lo piensa y envidia a aquellas mujeres que no se hacían preguntas. Se dejaban la espalda en casa, sí, pero no se la dejaban fuera de ella. Tenían a los críos, sí, pero podían estar cerca de ellos. La vida moderna ha sido una trampa. Y no es que ella no quisiera tener hijos, sí los quería, pero los avances para la máquina del tiempo parecen aún muy verdes… Además, odia su bendito trabajo. Es verdad, la mujer tenía que poder votar, tenía que poder trabajar; pero ahora se está comiendo dos marrones en libertad donde antes oprimida sólo se comía uno, aunque fuera tratada de tonta incapaz, y se infravaloraran las labores de la casa y la crianza de los hijos. Vale que aquello era mezquino y machista, pero al menos sonaba más fácil si no le dabas vueltas. Ahora, piensa T., lo pensamos todo, y pensar parece una maldición, porque el hombre se ha quedado más o menos como estaba, pero el cambio “a mejor” de la mujer se va a acabar convirtiendo un anuncio de ansiolíticos. La mujer ahora es hombre y mujer a la vez. Libres para morir antes de tiempo, libres para la muerte en vida. La mujer es el zombi más moderno, la muerta viviente de la marca Apple.
El día de T. es el cuento recurrente de siempre, de correr de un lado a otro y tratar de no perder el juicio. Gracias a Dios que ya nadie la miraría mal por trabajar fuera de casa. Y no sólo eso; aun teniendo un sueldo inferior al de los hombres, cuando llegaran las seis de la tarde, además de verse con muy buenos ojos que estuviera en la oficina, muy probablemente le pedirían que hiciera un par de horas extra no pagadas. Las horas extra se pagan sólo con la sensación de “esperanza” de que, si las hacen, quizá así a lo mejor la empresa no se irá al garete. Todo el mundo sospecha, de todas formas, que a la empresa no le pasa nada grave, sino que, crisis mediante, se ha aficionado a que le trabajen gratis.
Así que la cosa es que T. lleva muchos días a los críos (dos) al colegio, y luego corre todo lo que se puede correr en medio de un atasco, y luego se merienda unas nueve o diez horas en un empleo adecuado para la carrera que había estudiado simplemente porque podía estudiarla. Una carrera que le aburrió soberanamente, pero que le hacía imaginarse a sí misma con un traje de chaqueta elegantísimo, y con un empleo de alto perfil gracias al cual nadie podría acusarla de mujer antigua o conformista. Eso está bien cuando puede, algún viernes, cenar con amigos; resopla elegantemente, con un deje de ironía (y fingiendo cierto agradecimiento), al evocar su jornada laboral de madre y mujer moderna, pero, sí se es sincera, concluye que el resto del tiempo es una puñetera mierda. Es un estrés extremo constante; es rezar para que llegue el viernes. Aunque ese rezo es pura inercia, porque sus dos críos son aún pequeños, y no entienden que su mamá, aún siendo una mujer orgullosa de hoy en día, en realidad sí necesitaría que la dejaran todos y todas en paz…
Así es como es el día de la mujer. Es lo que se llamaría una estafa. Bukowski lo dijo en su día, aunque no hablara de las mujeres, sino de los negros. La esclavitud no se ha abolido, sino que se ha extendido a todas las razas. Todos libres y produciendo, y votando, y hasta pringando el día libre en la mesa electoral si a uno/a le toca. T. tuvo el placer de ser una buena demócrata ya dos veces… Aunque se supone que ahora en realidad tiene el placer de serlo todos los días.

mumu

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2 comentarios en “50 relatos de Grey (6 de 50) – El día de la mujer

  1. ¡Que cosas! la igualdad de las mujeres consiste en estar pluriempleadas. Fuera, por un sueldo de porquería y dentro esclava con la excusa del amor.
    Un abrazo amigo

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