50 relatos de Grey (8 de 50) – Sedientos

Turno de noche en un gran almacén. Uno de los centros logísticos de cierta célebre empresa. Unos dos años y medio. Generalmente la gente “de bien” tiene mucho que decir sobre quien trasnocha habitualmente, y no suele ser nada bueno. Excepto si estás currando en el turno de noche. Entonces no dicen nada. No te dan discursos sobre tu supuesto biorritmo errático o las ventajas de acostarse y levantarse con el horario de un jubilado. No te dan la turra con las maravillas del madrugar y hacer lo que ellos llaman “aprovechar el día”, algo que sólo asocian a las horas de sol. Se podría decir que cuando se trata de trabajo, no te juzgan por una mera cuestión de respeto; pero mi opinión es que no lo hacen porque lo único que respetan la mayoría en el fondo, es el dinero. El dinero que ganes da la medida de tu responsabilidad, dicta tu grado de equilibrio y hasta qué punto eres lo que ellos llaman “un buen chico”. Esto, claro está, si no ganas mucho, y Sobre Todo si lo ganas haciendo algo que odies, o que al menos te aburra mortalmente.
El turno de noche estaba poblado por numerosos latinoamericanos, inmigrantes carentes de las puñetas y pijadas del ciudadano estándar local. Se dedicaban a arrimar el hombro, acumulaban horas y días festivos para poder irse a su país un mes entero en verano. Normalmente estaban separados de sus familias, mujeres e hijos residentes a diez horas de avión, a los que les enviaban el sustento necesario según los gastos calculados. Eran el trabajador ideal: disciplinado, complaciente y a menudo sin vida social. Me llegué a llevar muy bien con algunos de ellos. Un grupito se iba de putas en ocasiones la única noche libre de la semana. No se engañaban a sí mismos, sabían que no eran parte del núcleo social a tener en cuenta, y se sentían más libres para hacer según qué cosas. Sabían, entre otras cosas, que estaban en un país esencialmente racista. Los currantes locales no compartíamos tiempo con ellos fuera del curro, pero cierto es que trabábamos amistad laboral sin problema con cualquiera de esos tíos. No había una sola mujer extranjera; las pocas mujeres que había eran locales, y a menudo de otra comunidad. Te pagaban un poco más (+ dietas y alojamiento) si aceptabas ir a mil kilómetros de tu casa y encerrarte en una habitación cutre alejado de amigos y familia, para currar seis días a la semana en algún otro almacén del país que necesitara refuerzos.
Había una chica en concreto. Una de las que hace que me quede con la mandíbula desencajada. No porque fuera lo que todo el mundo entiende por una tía buena, sino simplemente porque me sentía con ácido en la garganta al verla. Para mí era guapísima, obviamente, pero el asunto desbordaba lo que llaman parámetros racionales, se meaba en los estándares de belleza o las psicopatologías occidentales aceptadas. Paradójicamente, cuando estás así de colgado, tomas conciencia como nunca de lo gilipollas, superficial y patética que es la gente respecto a ciertos asuntos. Tomas conciencia de que lo que llaman “normalidad”, es ilusión de control, sin más. No quiero decir que no pierdas la perspectiva en cierta forma, pero lo cierto es que también te preguntas si había alguna perspectiva que perder. Tus esquemas se difuminan, y es posible que estés más cerca de ver el mundo tal y como es: Un lugar fruto de la casualidad, poblado por una especie desesperada por parecer lo que no es, perdida en normas y un mar de negación respecto a las emociones y su carencia de fronteras. Así, lo que llaman “perder el juicio” por alguien, podría no ser más que un chute de raciocinio real.
Había un largo pasillo desde la salida de los vestuarios hasta la zona del almacén, gris, deprimente, como una campaña arquitectónica a favor del suicidio. Imagináos el efecto contraste para mí al ver a aquella chica, al cruzármela por allí. De madrugada, sin música, sin alcohol, sin –por qué no decirlo– esperanza. Un día me la quedé mirando de forma inconsciente, y fui incapaz de apartar la vista. Primero quedó desconcertada, luego entendió.
Lo peor que podría haber pasado, es que me evitara, apartara la cara, y procurara no habitar muy cerca de mí en adelante. El almacén era lo suficientemente grande para evitar sin demasiados problemas a quien uno quisiera. Ella vivía a quinientos kilómetros de allí, y se largaba en dos meses. No daba explicaciones, era hermética y parca en lo que a su vida personal se refiere, lo cual a mí no me molestaba en absoluto. Quizá tenía novio, pero hasta Barbie tiene uno, y la fabrican en el mismo lugar que los condones. Me atraía demasiado para plantearme dilemas morales. Debía tener unos veinticinco años, como yo. En aquella nave había mil sitios en los que enrollarse con alguien si uno quería, y no pocos tiempos muertos. En cierto pasillo, o fuera bajo las escaleras metálicas que daban a los muelles donde cargaban los camiones, podías desaparecer. Aunque follar era más complicado. Lo cual no quiere decir que no lo hiciéramos.
Para mí, casi lo mejor de todo el asunto, era no contarlo. Era un as bajo la manga; algunos días hasta iba contento a trabajar.
No hubo despedida de ningún tipo. La noche que ella ya no estaba, yo no tenía claro si aún podía encontrármela. Durante una conversación, supe que tanto ella como otros compañeros, ya se habían largado. Resulta aburrido describir que anduve triste algunos días. Aunque lo cierto es que con el tiempo creo que aquello no fue comparable con cuelgues posteriores. Tenía un par de condones en el bolsillo interior de la chaqueta, los tiré sin pensarlo, luego supe que en realidad lo hice porque sólo eran para ella, y de todas formas iban a llegar nuevos tiempos de sequía sexual. No me molestaba.
La tercera noche sin ella, salía de un pasillo, vagabundeando de un lado a otro sobre la transpaleta automática (nadie la llamaba así, lo más cercano era: “traspalé”). Era uno de esos lapsos sin faena, en los que el ordenador no escupía pedidos para montar palets o remontarlos con la carretilla. Topé con un compañero y nos detuvimos a charlar y maldecir. Entonces él me contó lo que había hecho el anterior fin de semana. El tipo tenía mujer y dos hijos lejos, y un carácter educado y amable; aunque más adelante esto sonará extraño, estoy seguro de que era alguien de quien te podías fiar. El caso es que el tipo llevaba un tiempo chateando con cierta mujer. Era también extranjera, pero vivía cerca del barrio en el que él tenía un piso de alquiler con otros compañeros. El fin de semana habían quedado para verse por primera vez. Cenaron, y sin el menor asomo de duda, se fueron a una habitación de hotel a hacer lo que ambos querían realmente hacer. Le brillaban los ojos cuando me lo narraba, estaba de buen humor, como habiéndose quitado toneladas de estrés encima. Normalmente me hubiera callado, pero en aquel momento me salió del alma preguntar (aunque ya lo sabía), ¿no estaba él casado, no tenía familia? No se ofuscó ni me miró mal, no me acusó de juzgarle (que fue justo lo que hice…). Sólo levantó los brazos y, con toda la naturalidad del mundo y una amplia y franca sonrisa, dijo:
–Venga hombre… ¡Estábamos sedientos!
Ella era también inmigrante, y con una historia similar si no recuerdo mal. Fue algo en lo que no dejé de pensar durante un tiempo. Era algo que no cabría en la cabeza de la mayoría de la gente de mi entorno. Un comportamiento que no justificarían mis amigos de la ciudad, se erigió ante mí con la vehemencia y la lógica inexorable de una tormenta o una ola de calor. Con el tiempo, mis supuestos dignos principios sobre la monogamia y el comportamiento social idóneo, continuaron siendo los mismos de siempre. Pero aun así, luego jamás dudé de la necesidad de aquel tío y su amante; cuando recuerdo la conversación, sigo pensando que no hicieron nada malo; como mucho, sobrevivir. Los blanquitos urbanitas no sabíamos nada de la vida, debió pensar él. Ni tan siquiera sabíamos qué significaba estar sediento.

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4 comentarios en “50 relatos de Grey (8 de 50) – Sedientos

  1. Genial, no decae ni un momento. Me ha encantado el ritmo que le has dado, realmente lo haces en todos tus relatos, es como escuchar una buena canción, que tiene su cadencia y una melodía constante que no desaparece hasta el último acorde.
    El tema y la forma de abordarlo también de diez y la construcción de tu protagonista muy buena, un tipo que reconoce y se reconoce en las miserias de lo cotidiano, en los prejuicios y en la simpleza de una vida (la de todos) que nunca es para tanto (mal que le pese a nuestros delirios de grandeza).
    Muy chulo lo tuyo escribiendo.
    Besos.

  2. No sabemos qué es estar sediento. Probablemente hemos olvidado todo lo que es básico, como lo es sentir que estás vivo más allá de convencionalismos y contratos.
    Me gustó el relato, me angustió el espacio

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