50 relatos de Grey (9 de 50) – Explosión

Había quien decía que era un sueño, lo cual es curioso, porque no había nadie más que nosotros. Pero yo seguía subiendo las escaleras. Subía detrás de ella. Para mí era la última fase del día, fuese el día que fuese. Era un edificio más bien oscuro, pisábamos moqueta. Quizá un hotel. Yo, curiosamente, no estaba nervioso. Ella no tenía cara, estaba en las sombras. Sólo veía su culo bambolearse delante de mí, subiendo, su falda, medias, zapatos de medio tacón. Tenía hechura de mujer que hubiese sido madre; pero no como esas famosas que lucían cánones establecidos incluso con el bebé en brazos. Era como luce una madre de verdad, unas de las que sí ponen, de las que no necesitan salir en las revistas para que sueñes con ellas. Curvas auténticas y piel del mundo real. Mientras subía tras ella, ya ni sabía cuántos pisos llevábamos. Mi erección comenzaba a perpetuarse, un bulto al que no se le podía dar una educación. Había quien decía que era una prostituta; aun sin estar presentes, todos nos juzgaban. Sin tan siquiera saber si aquello estaba pasando, querían decir «puta», pronunciar «putero». Nuestro público invisible. No había risas enlatadas, más bien existencias en escabeche. Imagina respirar vinagre. Yo quería respirar los fluidos de ella, pero siempre había otro tramo de escaleras. Sólo se oían mis resoplidos, me sujetaba las rodillas en los descansillos. Las paredes me susurraban: “capullo…”. Ella no necesitaba descansar, sus pasos eran firmes y yo no recordaba de dónde había salido. ¿Dónde la había conocido? Cuando tienes que pensar de dónde has venido para llegar adonde estás, no es buena señal; y no me refiero a esos rollos de vivir solo a los cincuenta y hacerte preguntas; me refiero a no saber dónde estabas hace media hora. Llega un punto en que la erección moja; tu polla se pregunta por qué aún no le han dado su madriguera de carne, ya sea un orificio o el hueco de tu mano. Da igual que ya no seas un adolescente, tu pene no es nadie con quien vayas a poder razonar. La oscuridad va en aumento y comienzas a sospechar que la vas a perder. No es una metáfora, es que no ves un carajo, y de todas formas tampoco sabes si habitas un contexto metafórico, literal o arbitrario. Es probable que no importe. Lo cual no significa que no vayas a tener que solucionar lo del calentón. A tu pene le da igual si estás despierto, soñando, en una realidad paralela, confuso o flipando en una habitación acolchada: él es como un camionero de horario ajustado, tiene que soltar la carga. Tiene mucha carretera por delante y no le importan tus circunstancias. Parece que la luz aumenta, con un tono más rojizo. No hace que te sientas mejor. Decides hablar. Preguntas como si supieras lo que pasa;
–¿Qué piso es?
Obtienes lo más parecido que has experimentado a un silencio del espacio exterior. Pero luego algo rompe ese silencio. Cuando estás en el enésimo descansillo, viendo cómo ella da el primer paso sobre el siguiente escalón, comienzas a oír los lloros de un bebé. De entrada procuras ignorarlo. Los bebés lloran, y no es raro que a veces haya uno cerca. Yo conozco a uno muy bien. La gente sigue teniendo hijos; no es que tú entiendas esa filosofía ya, pero intentas respetarla. Calma, llora un crío, está bien, lo hacen todo el tiempo, no pasa nada, se le debe haber caído la cabeza al suelo, les pasa a menudo; están en la alfombra con los juguetes de colores, y bum. Y mamá o algún papá moderno (a veces no el biológico) les coge en brazos y les enseña… qué sé yo, la siguiente lección de inglés, aunque ni sepan hablar aún. A veces procuro no hacer un gran esfuerzo por entender el mundo. Me parece sano. Lo cual no quiere decir que los lloros me parezcan normales cuatro tramos de escaleras más tarde. Y además ¿qué coño estamos subiendo, el Empire State? ¿Va a ser esto el típico sueño cutre con fiebre? ¿Es ella la madre del ruido? ¿Nunca se va a hacer de día? Hay algunos tragaluces que sólo están de adorno y me crispa el sonido de un mosquito al que soy incapaz de ver. No he visto ni tan siquiera nada parecido a un pasillo que indique que hayamos llegado a un primer piso. Me da por preguntarme si no habrá ascensor, podría estar averiado, o mi cabeza. Esa mujer no contestaba a nada, era casi como si no fuera asunto mío. Al fin y al cabo es así con todas las cosas; pasa desde crío y también luego, cuando se supone que haces lo que tienes que hacer (colegio, curro, alquileres, hipotecas, abogados, médicos…) todo el mundo te trata como si fueras un estorbo. Eres molestia que completa el proceso molesto con el que los demás se ganan la vida molestos por tener que hacerlo. No se preguntan por qué tienen que hacerlo así, o si hay alguna otra posibilidad; simplemente te miran como el papeleo extra que eres, y te señalan dónde has de firmar para que ellos puedan seguir amargados en solitario, hasta que llegue el siguiente cliente o alumno o empleado con el que mostrarse molestos. O incluso sus hijos. Es un bucle. ¿Sería también un bucle sin fin el asunto de la escalera?
No. De repente estábamos ante una puerta. ¿Cuánto habíamos subido en pisos? ¿Cuánto en horas? Ni siquiera la tenía dura ya. Ella saca una de esa tarjetas de hotel y la pasa por una ranura. Entro a una habitación pequeña con una cama de matrimonio y un tocador y qué sé yo qué más, porque está claro que las cosas no pasan así en la vida real. Me doy la vuelta, echando un vistazo al picadero. No se ha oído ningún sonido de abrir o cerrar la puerta, y cuando miro hacia donde la MILF estaba, no hay nadie. Noto un escalofrío y veo que la única ventana de la estancia está abierta. Son todos unos hijos de puta, ¿verdad? Miro hacia abajo y no sé leer el panorama. Puede ser un noveno piso. Hay desplegada una de esas cosas inflables para suicidas indecisos. Policía y bomberos. Cuando me quiero dar cuenta, estoy de pie sobre la cornisa, y alguien habla conmigo por un altavoz desde abajo. Dentro, en la cama, hay boca abajo una mujer a quien una vez le compré un anillo, cuyo rojo excesivo no parece cosa de su vestido; junto a ella, una cuna en la que ya no llora ningún bebé, y en el suelo, lo que podría ser o no, una cabecita desmembrada. Tú nunca has tenido una de mis migrañas. Hay personal cerca de la ventana. Tanto desde abajo como desde el cuarto, me dicen que me entregue. Técnicamente, supongo que ya no me puedo suicidar. La explosión nunca acaba de llegar, me decía siempre a mí mismo. Aunque es improbable, estas cosas pasan, basta con estar vivo. Miro mis manos empapadas y viscosas. Ni tan siquiera recuerdo cuándo comenzó tu crisis.

explo

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