50 relatos de Grey (10 de 50) – Inercia de compensación

La lectura es en un bar. Lectura de poesía en un bar, es chachi, mola, hay cerveza, etc. Se supone que tengo que escribir sobre la “velada”; es un rollo de colegas, de apoyarse mutuamente, con lo cual, cualquier atisbo de literatura o periodismo, o cualquier tipo de objetividad, ya no digamos mínimo ejercicio estilo “gonzo” de sinceridad histérica, quedan relegados a un segundísimo plano. Aunque a él le haya dicho que sí, no he leído casi nada del autor, pero tengo claro desde que entro por la puerta y veo a todos sus amigos y familiares y los saludos y demás, que los poemas serán una mierda.
Es un prejuicio, obviamente. Pero también es cierto que al tercer minuto de lectura acompañada de una guitarra española, mi prejuicio cobra vida y comienza a corretear por todos lados con sus nuevas alas de la verdad. La intención es que no fuera él quien escribiera la crónica/crítica sobre su propia lectura, la idea subyacente es que alguien le hiciera una mamada “objetiva” pasase lo que pasase, con tan solo algún pequeño “pero” para añadir un matiz engañoso de sinceridad. Esto no es más que otra banda local con la madre del cantante en primera fila. No es más que dos tíos que escriben para la misma revista digital, uno de los cuales cree que tener dinero para un ordenador te convierte en poeta.
No es que tenga nada en contra de él, es más bien en contra del escenario, la situación recurrente, la mullida cama imaginaria en la que aposentan el culo los escritores que colocan un taco hacia el final del poema con el estilo de Michael Bay para rodar explosiones. Estas lecturas, la mayoría de veces, no suelen ser más que la celebración sonriente de la vergüenza ajena. Las malas bandas de rock al menos meten ruido, pero cuando alguien sólo lee en voz alta, cuando oyes esos punteos de guitarra melancólicos, tópicos como una puñetera lata de coca-cola (e igual de artísticos), tienes ganas de meter la cabeza en el primer escote que veas; te da igual que te corran a hostias, todo tu cuerpo te pide aislarte. Pero ahí estás, te contienes con un semblante respetuoso ante esos “versos”, como en el funeral de alguien al que has asistido por acompañar a un amigo. Es ese grado concreto de compromiso. Es un entierro en el que se aplaudiese cada tres minutos. Cada poema recibe su pequeña ovación.
Mi compañero es alto y algo desgarbado, y es de esas personas que cree que la belleza es algo exclusivo de los días de sol, los bailes alegres, los bebés que ríen y los “te quiero” y derivados verbalizados en cualquier circunstancia.
Lo irritante no es que sea un mal poeta, es cómo usa la poesía. La idea de la poesía. Es, como mucho, un buen lector de poesía, y también alguien listo que sabe que escribir poesía hoy en día es un acto de reivindicación de la personalidad, de que la tienes. Intenta usar la idea de la poesía para lograr “un fin mayor”; que puede ser que le inviten a una copa, o sexo, o (sobre todo) determinado tipo de respeto. Es ese escribir para ser escritor, como quien es estudioso no por curiosidad o sed de conocimiento, sino por el puñetero título.
Es el poeta moderno, adaptado a los tiempos. Malo e inteligente. Más inteligente que malo.
Y tampoco hablo de dinero, esto no va de cómo el dinero lo empaña todo. El dinero viene y va, al dinero le da igual quién se enriquezca, o si es un genio o un gilipollas. Esto va sobre reaccionar a la mala poesía, sobre ser falso con quien quieres o te cae bien, y sobre quién o qué es lo que sale perdiendo al final de estos rituales quizá inevitables. Estas cosas, estas reuniones, para mí son lo más cercano que existe al satanismo encubierto; la ritualización de la cultura mediante la idea predominante que existe sobre socializar, hasta un nivel en que el ritual se come el factor cultural y lo relega a categoría de anécdota, hobbie, migas desprendidas de lo que se considera serio de verdad.
Es el plan más sutil y salvaje del Diablo.
Estamos encajonados en sillas de madera oyendo recitar sobre mujeres inalcanzables o la tierna sonrisa de la abuela del larguirucho, mientras las cervezas se calientan. No es fácil llegar hasta la barra otra vez. Sólo pienso en qué coño voy a decirle al final del recital. No estoy tanto escuchando como planeando la huida. Estoy mirando más de la cuenta a su novia, que parece ser la reencarnación de algo con chocolate que te comes de postre aunque ya estés inflado como una pelota de Nivea. Cuando se produce el primer contacto ocular, miro hacia el “escenario” y asiento sutilmente a la siguiente metáfora saturada de mal photoshop literario.
No engaño a nadie. Presiento que hoy no voy a saber vender la moto que tengo preparada. Me quedan dos centímetros de cerveza tibia en los que centro la vista como si evocara algo más que a Homer con el mono en su mente tocando los platillos. El tío de aspecto universitario que toca la guitarra responde a la clase de reminiscencias de comportamiento musical baboso por las que Hendrix quemaba la suya, o Kurt Cobain la destrozaba. Inercia de compensación. El poeta lleva unos tejanos y una camisa, y una barriga no poco protuberante, y una perilla y unos ojos acuclillados oscuros que buscan en el papel algo más que decirle al micrófono.
La novia está sentada en la fila de delante, escorada hacia la derecha. A veces otea el local intentando detectar qué reacciones suscita el recital, o quién ha venido. He llegado cuando el asunto ya estaba empezando, de modo que nadie me ha presentado a nadie. He saludado con la vista al poeta digital y me ha señalado la única silla vacía. Mi plan era quedarme haciendo posturas en la barra, intentando que mi comportamiento gestual no diera del todo a entender si había ido al recital o sólo me había topado con él. Me siento mal cuando me noto tan incómodo en entornos básicamente inofensivos, en los que nadie te va a tratar con nada que no sea una –como mínimo– esforzada amabilidad. Pero no puedo evitarlo. Me gusta pensar que la gente como yo compensa ese grueso de la población que no hace más que ver vasos medio llenos por todas partes.
Si conozco a su novia es porque ayer hurgué en el facebook de mi colega, y todo era como un gran homenaje a la monogamia vociferada a los cuatro vientos. Tenía una buena galería de fotos, no podías dejar de ver la siguiente, aunque él también saliera en todas. Por poco que buscaras, había tanta información personal que si te empeñabas podías esperarle una noche debajo de su cama con una cuerda de piano.
A mi izquierda tengo a alguien mayor de sesenta años que respira como si estuviese a punto de fenecer, y a mi derecha una mujer de unos cincuenta que debe ser algo como la tía de mi colega. No para de demostrar entrega. Cualquier pausa es una buena oportunidad para un piropo o arrancar un aplauso. El tío huele a ese resto de comida que se seca en el plato cuando tienes diecinueve años y tus padres te han dejado un fin de semana solo.
Termina el recital.
Aplaudo aliviado y a la vez incómodo ante el epílogo social que me sobreviene. Tengo el estómago algo revuelto. La gente se pone de pie a modo de ovación local familiar.
Mientras consigo pedir otra cerveza, se producen todos esos tránsitos que me parece tedioso tener que presenciar, en los que el artista de turno tiene que saludar a todo el mundo y escuchar halagos previsibles y comentarios tan ingeniosos como un seis y un cuatro.
Ensayo posturas de ambivalencia en la barra mientras el poeta consigue llegar hasta su novia (última parada oficial), y me localiza con la vista y sonríe, quizá en el fondo sabiendo que he venido más bien a desgana, o quizá incluso pensando que a mí realmente no me gusta cómo escribe. Recordemos que tras cada mal poema, libro o canción, puede haber alguien muy inteligente, aunque sólo sea en cierta manera. Porque esa es siempre la cualidad potenciada, inteligencia, sí, pero controlada. Para la sociedad, el resto son juegos, tiempo libre.
Tengo claro ya que lo que más me gusta de él es su novia. Y más cuando por fin me la presenta y puedo conocerla un poco. Cuando ya estoy, digamos, metido en harina urbanita, intercambiando pareceres, el momento me resulta mucho menos violento de lo esperado. Quizá el problema hoy es que me acabo confiando. Y no suelo beber. Y llega un momento en que voy por la quinta cerveza.
No es que diga gran cosa. Empiezo a hablar más con su novia que con él. No por nada, sino simplemente porque las mujeres suelen lograr que me sienta más cómodo hablando una vez ya me las han presentado, y sobre todo cuando tienen novio, ya que la presión se reduce a cero.
Tardo poco en darme cuenta de que ella me cae mejor. No me percato de hasta qué punto él se siente incómodo con mi verborrea o las risas de ella o mi risas a lo que ella dice. No creo que haya química ni nada parecido, simplemente la conversación es fluida y el alcohol actúa. Juro que nunca se me han cruzado los cables así, pero en determinado momento él me pregunta qué me ha parecido de verdad el recital; aclara que sobre todo quiere mi opinión sobre los textos, que quizá han quedado empañados por sus nervios al leer con gente delante y su novia y su tía y el tío avinagrado y demás.
Me sobreviene una risa espontánea horriblemente esclarecedora. Empieza a salir de mí como el gusano de una montaña rusa, y no puedo evitar que se convierta en carcajada. Su novia no se posiciona del todo y acaba contagiándose de la risa. El tipo pone mala cara y se va en lo que creo que es dirección al lavabo. Se me ocurre que, para rematar la compensación del ambiente de peloteo general que acaba de llegar a su fin, podría esperar a que volviera otra vez, y tras conseguir que se calmara un poco, explicarle qué había estado viendo para acabar masturbándome el día anterior.

lililili

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2 comentarios en “50 relatos de Grey (10 de 50) – Inercia de compensación

  1. Mira que le has sacado punta a una presentación y no te quejes, al menos fue en un bar, imagínate que es en una librería.
    A estas presentaciones por lo general vas por obligación de trabajo o bien, conoces al-la protagonista y no has podido elaborar a tiempo una excusa convincente.
    Sólo una vez sentí tanta lástima que mentí y hablé como si me hubiera aprendido un libreto de una mala obra de teatro. El acto era a las ocho, a las nueve estábamos tres personas y el autor. A las nueve y media lo animamos a que leyera su poema preferido, (seguíamos los mismos) le compré un libro y después de la pertinente dedicatoria me despedí.
    De regreso a casa apuré el paso para soltar adrenalina e intenté pensar que había hecho mi buena acción del día.
    Saludos afectuosos

    1. Al final hay muy poca gente que escriba realmente bien o se atreva a decir lo que querría decir (y más con la poesía), por eso cuando se ritualiza todo puede ser muy violento si detectas la falsedad, aunque casi nadie piense en ello…

      Saludos! 🙂

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