50 relatos de Grey (12 de 50) – La pelota que bota

–Qué pasó el otro día en matemáticas…
El director del centro parece hablar desde otra realidad. Los dos niños sentados frente al escritorio no parecen hacerse preguntas. En el patio, por la ventana tras la escena, se puede ver a algún curso en la clase de gimnasia. Es martes por la mañana. El sol se derrama sobre las instalaciones. El viernes anterior un tercer crío no presente acabó en urgencias.
De la clase de cuarto al hospital.
–Fue por la pelota que bota– dice el crío pecoso.
–¿La pelota que bota?
–Sí, fue por la pelota que bota –murmura el otro niño, cuyos padres son dueños de todos los plátanos de sudamérica, o algo por el estilo.
Lo que no cuenta el director que es el otro chaval ha perdido el ojo. Tampoco habla de las posibles consecuencias legales.
–¿Y dónde está esa pelota que bota?
–Es de esas pelotas pequeñas que botan mucho –dice el pecoso.
–Sí, de esas pelotas –dice el otro.
–Quién de vosotros trajo la pelota.
–Él.
–Él.
–Así que la trajisteis los dos.
–No –dice el pecoso–, la trajo él, me lo dijo.
–¡No la traje yo!
–Muy bien. Tendré que hablar con vuestros padres –dijo el director, consultando algo en su ordenador.
–Fue la pelota que bota.
–Quién de vosotros ha hablado.
–No hablará con nuestros padres –dijo el pecoso, con gesto de resignación.
–¿Cómo?
–Que no llamará a nuestros padres.
–¿Y se puede saber por qué?
–Porque tenemos la pelota que bota.
Se la sacó del bolsillo y la dejó en el escritorio.
–Ajá… Razón de más para hablar con ellos ¿no crees? –apuntó vehementemente el profesor.
–No –dijo el otro crío–, no hablará con ellos por eso, porque tenemos la pelota que bota.
El profesor no había dormido demasiadas horas, pero estaba bastante seguro de haber atisbado un resplandor en la pelota. Una pelota pequeña de goma colorida al uso. De las que votan del suelo al techo y del techo a tu ojo. El profesor no sabía qué decir.
–A ver, de qué va esto –se arrancó por fin.
–Esto va de que usted ya no sabe nada, y nosotros aún sí.
–Voy a llamar a vuestros padres ahora mismo. –El hombre, ya visiblemente irritado, buscaba en alguna lista, algún excel, números de teléfono.
–No sabe lo que pasará si lo hace.
–¡Quién de vosotros ha hablado!
Los niños no reaccionaron, miraron al director, aburridos, como si ya hubieran visto todo eso cientos de veces.
–No sabemos lo que hará la pelota que bota –dijeron, perfectamente al unísono.
–No habléis a la vez, por favor.
–¿Oiga? Disculpe.
El profesor miró a los niños, pero la voz que acababa de escuchar no venía de ellos. En la pelota se había formado una ranura, y se movía.
–Verá –dijo, contra todo pronóstico, la pelota–, entiendo el estrés del ambiente docente, pero no es justo que usted lo dé todo por sentado, ¿no cree? De todas formas, yo siempre abogo por el diálogo.
–Ya le dijimos que había sido la pelota que bota… –dijo el pecoso.
El director no reaccionaba, se veía incapaz de moverse o abrir la boca.
–Sé que esto dinamita sus esquemas –dijo la pelota–, pero como también sé que ya hace mucho que está institucionalizado, me gustaría enumerarle ahora mismo una lista de motivos por los que sacarse un ojo no sólo no es malo, sino que le aportará toda un serie de ventajas.
El pecoso sacó un cuchara de su mochila, la colocó sobre el escritorio delante del director.

pelot

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