50 relatos de Grey (14 de 50) – Mi chaqueta de chandal

Estábamos en el aula laboratorio, en parejas ante aquellas mesas altas con sus taburetes de rosca, todo muy blanco, incluso había una de esas pizarras para rotulador, y unos ventanales cercanos al techo a modo de tragaluces. Finales de los 90. Perdidos en una reforma estéril del sistema educativo. Créditos variables. Nos creíamos ya muy mayores con quince y dieciséis años. El aspecto de las chicas era desconcertante; nos hacía percibir un entorno generacional con el que sentirnos adultos en comparación con los críos de catorce, porque nuestras compañeras ya no eran niñas, aunque aún no fueran mujeres. Todo era confuso de cojones, pero a ver quién era el listo que lo reconocía.
Aunque los traumas académicos de aquellos tiempos corren por mis venas, ahora casi no soy capaz de evocar imágenes negativas concretas de aquellas mañanas, de aquellas tardes, aquellos horarios delirantes con profesores mayoritariamente hastiados, madrugones contraindicados para aprender y siestas “en vela” con el estómago a pleno rendimiento mientras nos comían la cabeza. Académicamente hablando, ahora sé que aquello era un desastre, el típico desastre con apariencia de orden cuando hay niños y adultos institucionalizados de por medio. Pero en cuanto al ambiente, con los compañeros y el lugar en sí, y con la perspectiva que da el tiempo, no lo recuerdo tan malo. Valga lo que contaré aquí como una excepción, pero no era un ambiente hostil realmente, sólo profundamente equivocado en la excusa por la que estábamos allí.
Los amigos podían ser reales, y también el bullying, y las chicas ERAN reales. Las chicas eran lo más real con diferencia. Hacían juego con la luz no artificial o la climatología en general, con las salidas de tono y los días extraños; hacían juego con todo aquello que fuese natural y estuviese vivo, en contraste con lo impostado, frío y errado que resultaba casi cualquier procedimiento que nos endilgaran.
Aquello era una asignatura opcional en que algunos acabamos de rebote. Nuestra elección siempre tenía que ver con intentar elegir las asignaturas más llevaderas, pero luego había algún sistema por el cual quizá sí o quizá no acabarías en el crédito elegido. Sí que teníamos ya cierta edad, pero era cierto también que apenas nadie tenía intereses o anhelos o curiosidad por nada; sólo resistía intacto el reciente impulso biológico para con el sexo y el ansia de desconectar de un lugar que para nosotros sólo era trabajo no remunerado con exámenes al final. (En realidad –en una triple pirueta de lo paradójico– ahora sé que aquello era exactamente así. No sólo el colegio era como nuestra percepción a priori simple nos decía, también el contexto político era como los aparentemente menos reflexivos aseguraban. El colegio no servía realmente para nada, no era relevante más allá de alimentar determinado orden jerárquico; y los políticos eran unos ladrones. Lo segundo ya se sabe, y lo primero parece estar empezando a levantar sospechas, aunque hay demasiados galones en juego…)
Teníamos que pincharnos el dedo. Por suerte, al ir en parejas, bastaba con que uno de los dos lo hiciera, y mi compañero se ofreció; me ahorró un ritual que me hacía pensar en odiadas vacunas y eternos análisis de sangre. Contábamos con un microscopio para ambos, teníamos que capturar una gota de sangre y observarla. Sobre el dedo picado, cada chaval sostenía una pequeña gasa para asegurarse de no ponerlo todo perdido. Unas mesas más adelante, la luz de la hora de la siesta daba en la espalda de cierta chica. No era la chica que me gustaba a mí, sino la que gustaba a todos. La clase de chica que, por fisonomía, caderas y pura energía concentrada, en otra época hubiese estado en el momento ideal para gestar un par de gemelos pelirrojos y fluorescentes. Era una suerte de flor porno no apta para adultos, y demasiado aterradora para los que aún éramos menores. Los chicos éramos delgaduchos y, en el mejor de los casos, falsamente confiados. Era como si ella fuera unos diez años mayor. Tenía 25 a los 16. No era algo que nos pasara a los chicos, que más bien continuábamos con 12 de forma indefinida. Pero sólo es una forma de hablar, un intento vano de dar una explicación a falta de una una descripción mejor que lo de pelirroja y curvas y ojos claros y poesía barata y bla blá… Había una chica así en cada curso, la cual no necesariamente copaba todo el espectro de belleza femenino, y quizá con los años otras resultarían más guapas, pero aun así solía haber niñas que provocaban un claro consenso en presente. Con los chavales era distinto, no parecía tan fácil que destacara uno, y si lo hacía, no era necesariamente por especialmente guapo, sino más bien por gilipollas. No era raro ver a una chica guapa e inteligente liada con un gilipollas. La diferencia entre el gilipollas y el resto de chicos, es que el gilipollas no era tímido; pero como seguía siendo tan tonto como los otros, a todo el mundo le parecía un imbécil excepto a la chica sobre la que posaba la mirada, simplemente por sentirse esta halagada de ser “el centro” para alguien que además se atrevía a insinuarlo.
Ella estaba emparejada con este perfil de muchacho. Ambos se pincharon el dedo, lo cual no era obligatorio, pero sí supuestamente enriquecedor para el experimento. Ella lo hizo porque era estudiosa y él por gilipollas, y ambas gasas se quedaron luego impregnadas de esa mota rojo oscuro que proliferó ese día.
No hace falta desarrollar estadísticas potenciales relacionadas con la masturbación masculina en aquella época entre chavales de esa edad. Y apenas basta una mención de la carencia de porno en comparación con tiempos posteriores, en los que Internet tal y como la conocemos fue algo con lo que en los noventa sólo nos atrevíamos a soñar. A cambio, aparte de traficar con algunas cintas, usábamos la imaginación; si los padres de la chica pelirroja hubiesen podido hojear un hipotético informe sobre la cantidad de pajas que se debieron llevar a cabo en nombre de su hija, fácilmente habrían denunciado a alguien o se la habrían llevado a otro centro educativo (y de ahí quizá a un monasterio…).
Todos sabíamos cuál era la gasa con su sangre; hasta la había rayado sin darse cuenta con el bolígrafo. Era asqueroso, era una gasa, era sangre, restos, nada higiénico, ni cercano a lo que veíamos a veces en revistas porno abandonadas. Pero era su gasa y su sangre. Era una idea. Un concepto. Era más fácil que acercarse y hablarle. Era algo que ella había manoseado. Era una historia y a la vez una erección. Era la mejor paja imaginable para nosotros. Y fácil de esconder para la siguiente.
Hacia el final de la clase, varios habíamos centrado nuestro interés en esa gasa, aunque obviamente no nos lo hubiésemos comunicado entre nosotros. Era poco probable que el gilipollas se la quedase, ni aun a espaldas de la chica. Se suponía que él ya se enrollaba con ella; aunque en realidad nadie les había visto así aún, y lo que dijese ese soplagaitas tenía tanta credibilidad como la vocación docente de cualquiera de los adultos del centro.
No podíamos descartar ninguna opción. Para nosotros era una mujer, para el gilipollas quizá aún un objetivo, y para el profesor una Lolita.
Precisamente el profesor dio unos pasos aparentemente naturales hacia esa mesa, mientras explicaba qué ejercicio tendríamos que presentarle después de la práctica. Hablaba sobre los deberes. A su vez, cogió una papelera ya preparada con una pequeña bolsa de basura y fue señalando con el mentón a todos que tirasen sus gasas. Como en tantas otras situaciones de potencial diversión en clase, ya fuese inocente o retorcida, constructiva o sencillamente relajante, en un minuto todo se vino abajo; todo se convirtió en tareas para casa, amenazas solapadas, el recordatorio de una fecha de examen y un resoplido colectivo apenas disimulado.
Preparamos nuestras mochilas y comenzó el tránsito de salida. Era finales de enero. Yo entonces llevaba una chaqueta de chandal abierta (en aquel momento eso podía ser molón) sobre una camiseta, y encima un abrigo para el camino. Cuando me había alejado unos cinco minutos, me di cuenta de que no tenía la chaqueta del chandal. Iba con el abrigo sobre la camiseta. La penúltima hora había habido eucaristía. Recordaba perfectamente no haberme dejado nada en el laboratorio. En un colegio de curas había muchos sitios en los que podías olvidarte cosas. Allí, además de las aulas, había un amplio gimnasio con sus vestuarios, una zona de despachos para profesores, una sala también para ellos, un teatro nada pequeño, y, entre otros lugares, una capilla de lo más elegante. Cuando volví, quedaba poco para que cerraran los portones de la entrada principal. Caminé por los amplios pórticos interiores, viendo a través de las cristaleras las canchas de baloncesto y futbito al aire libre ya vacías. La luz del sol comenzaba a debilitarse. Parecía que algunas nubes sangraran, y un viento agresivo comenzó a percibirse. De repente tenía muchas ganas de darme la vuelta y volver camino a casa, me daba pavor quedarme encerrado en las instalaciones fuera de horas. Salí de mi aturdimiento y me llegué hasta la puerta metálica que daba a la capilla. Abrí sin dudar, ya que nunca se cerraba con llave, y además no pensé en absoluto que pudiera haber algún profesor. Aun así, procuré no hacer ruido; no quería tener que dar explicaciones a nadie: sólo coger mi chaqueta de chandal e irme a mi casa.
Había un pasillo enmoquetado de unos diez metros hasta llegar a la zona de las banquetas, y hacia la izquierda se situaba el altar y demás zarandajas. Oí varias voces en medio de alguna especie de canto; pero de entrada eso no me alteró. No es que tuviese ninguna explicación para ello, pero era un colegio de curas, quizá tenían su misa a puerta cerrada, ¿qué sabía yo?
No me habían oído, así que les espié. Nada de lo que hacía o pensaba era premeditado.
Había unas siete personas. Todas alrededor del altar, sujetaban varias copas a modo de griales. Lo que me puso alerta, fue que atisbé en el suelo la papelera de las gasas. La ignoraban, hasta que me fijé que en realidad se estaban pasando una, que la mojaban en lo que yo quise pensar que era vino. No recuerdo si fue al día siguiente o dos días más tarde cuando ella murió junto a sus padres en la autopista. Un de los presentes, un cura que también daba matemáticas, percibió alguna presencia y desvió la vista de su trance. Inmediatamente, di unos pasos y dije con todo el aplomo que pude que me había dejado mi chaqueta de chandal. No hice preguntas, no me dijeron nada más, no me fijé en si había cruces invertidas, no medité más adelante si la edad de ella era un problema junto a su aspecto. No llegué a ver si estaba el profesor de biología. Recuperé mi chaqueta de chandal. No quise asociar la lluvia torrencial que presencié después y que duró unas 24 horas, ni la posibilidad de los ojos amarillos.

sales

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2 comentarios en “50 relatos de Grey (14 de 50) – Mi chaqueta de chandal

  1. Me pasa con todos tus relatos, desde la primera palabra no puedo dejar de leer hasta llegar al final.
    Buenísimo. Me gusta muchísimo como escribes, creo que ya te lo he dicho, pero por si acaso no…
    Un saludo.

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