50 relatos de Grey (16 de 50) – Vientre

No recuerdo qué atracción era. Quizá algo en lo que te mojas o una montaña rusa. Estábamos haciendo cola, dando rodeos estáticos por debajo de una estructura parcialmente de madera. Dos cintas de tela nos delimitaban y guiaban el paso. Oíamos sonidos de grabaciones de pájaros exóticos, y de vez en cuando una sintonía recurrente, como si la atracción fuese una emisora de radio. Era un día soleado, objetivamente agradable si lo hubiese tenido que valorar un tribunal: era sábado. Yo había ido al parque con un grupo bastante numeroso, chicos y chicas de veintitantos; quizá éramos ocho o nueve, con las desventajas de actitud y organizativas que se producen cuando se juntan más de tres personas. Las desventajas organizativas eran evidentes: cada paso se hacía más lento, cada mínimo acuerdo necesitaba su tiempo, y, aunque no era el caso, en un grupo así también solía haber fácilmente algún gilipollas (quizá esta vez era yo…). Las desventajas de actitud eran las recurrentes: alguna pareja “líder” que se creía la sal de la tierra, memeces que se dicen sólo cuando se va en grupo, el convertir a alguien en una mascota ridícula bajo el amparo de lo sano que es bromear o tener sentido de humor (olvidando la inteligencia que el sentido del humor exige). Etcétera. No es difícil de entender que: a más gente, más tóxico.
Aun así, me gusta el ambiente en los parques temáticos enormes, masificación incluida y aun yendo con el “lastre” del grupo. Las atracciones están bien, pero me refiero más bien a la energía concentrada; es como si en esos parques pudieras sentir las ventajas de sentirte en familia sin el estrés inherente, e incluso sin nadie de tu familia. No es que no acabe hasta las narices después de un día entero en escenarios baratos de películas e imitaciones de decorados de verdad, pero las primeras cuatro o cinco horas, ese lapso previo a la hora de comer, me resulta de lo más refrescante. Da igual hacia dónde mires, nada forma parte de tu rutina; nada tiene que ver con la batalla constante que libras contigo mismo.
De días así, cabe decir, por muy relajados que puedan ser, o por mucha adrenalina que puedas descargar, no necesariamente vas a recordar lo que quieras. Como siempre, recordarás… lo que recuerdes. En mi caso, la mayoría de lo que hago en parques temáticos se me emborrona; recuerdo sobre todo un pegote de calor, risa, mareo y comida. Es decir, recuerdo que he ido, y luego una o dos escenas más. Me refiero, obviamente, a cuando ha pasado ya el suficiente tiempo, algo como años. Y con los años ¿qué recuerdas? Probablemente, a alguien que te gustó o algún hecho extraño o revelador o que te fascinó. A veces, cosas que prefieres no contar, ni aunque seas el perfil prototípico de persona que cree que si no lo cuenta es como si no hubiera pasado. Pero en ocasiones hay cosas importantes que no son haberse acostado con alguien; cosas personales hasta tal punto que tampoco es que sepas explicarlas. Van contigo, te proporcionan ciertas conexiones con las que interpretas el mundo y le das sentido, o el sinsentido que más te plazca.
Lo que yo recuerdo de ese día es algo relacionado con la cola, ese preludio en teoría de simple espera. Lo que recuerdo es una chica con la que nos cruzábamos cinta de por medio de vez en cuando, alguien que iba con otro grupo. Alguien joven pero claramente adulta ya físicamente, aunque no necesariamente mayor de edad. Alguien con la edad en que supongo los primeros sapiens sapiens procreaban como conejos antes de morir a los treinta. Pura carnalidad con un Chupa Chups a quien a priori se podía considerar una chica mona más; otro pozo sin fondo de erecciones. También habrá quien considere, al final, que lo que recuerdo es un simple calentón. Pero yo recuerdo algo en sus ojos. Hubo contacto ocular. Primero, obviamente, por mi parte; pero luego, insistentemente, por la suya. Yo en aquellos tiempos gozaba de una complexión fibrada involuntaria. Movía cajas como un animal en cierto almacén por las noches, y tenía todo el físico y las manos que no esperas de un oficinista o alguien a quien se considere realmente responsable o esforzado (alguien que «ha estudiado», «ha hecho los deberes » o «se ha forjado un futuro»). Eso y una cara del montón; pero con determinado cuerpo la cara adquiere otro sentido.
No era su color de ojos, aunque fuese bonito; ni siquiera recuerdo de qué color eran: algo como azulados, oscuros, quizá verdes. Pero eran grandes, y eran brillantes, y poseían algo de esa neblina de la mirada joven, acompañada de un matiz en absoluto infantil o inocente. Tampoco era que sus ojos desprendiesen lo que llaman inteligencia. Si me hubiesen apuntado con una pistola, hubiese dicho que lo que yo veía en ellos era: sabiduría genética. Como si el ser humano tuviese memoria histórica de verdad, a nivel de especie, y no la memoria limitada más bien individual que nos lleva a cometer los mismos errores generación tras generación. Lo más que hemos sacado de la “memoria de especie” son cosas como el miedo a las arañas. Miedo era lo que no había en aquella mirada. Pero, sin haber sabido luego jamás quién era aquella chica, casi pude ver en sus ojos espejo la llegada del meteorito que acabó con los dinosaurios. Tras esto, el adulto que venía detrás, buscó mi atención. Juro que al principio me pareció que su volumen de melanina ocular era mayor de lo normal, y que la misma era de color rojo. Tragué saliva, porque enseguida supe que tenía que ser el Padre. Él miró a la chica y luego me miró a mí, y dijo en voz alta y clara:
–Ni de broma…

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Un comentario en “50 relatos de Grey (16 de 50) – Vientre

  1. Me has recordado una visita al parque de atracciones de mi ciudad… posiblemente la última vez que fui. Yo también estaba en grupo y ocurrieron cosas, ya sabes, cosas de esas pequeñas que una recuerda con el paso de los años porque pequeño y banal no son sinónimos.
    Besos.

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