50 relatos de Grey (18 de 50) – Limpiar las gafas

Tenía que limpiar las gafas. Así que las cogí por la patilla izquierda y usé una gamuza roja con la derecha. Es uno de esos pequeños procesos potencialmente irritantes. Hay gente que puede ir por ahí con los cristales moteados y polvorientos sin problema. Yo no soporto detectar una mota o tener la sensación de ver borroso. A veces, con la gamuza sólo expandes la suciedad. Y todo por no ir al lavabo y usar agua y jabón. Cuando usas jabón y luego aclaras, también puede ser algo pesado el secado, pero se acorta; en cualquier caso, no siempre estás en casa para usar agua y jabón. Todo esto es, como se puede comprobar, un proceso aburrido. Pero si quieres ver una película y te gusta estar a oscuras, si es por la tarde y tus gafas parecen más sucias que nunca; si por tus cojones no piensas ir al lavabo, y agitas con energía la gamuza como si estuvieras masturbando a tus gafas. Pues bueno, puedes cargarte la montura.
Salí a solucionar el imprevisto. Salir de casa comporta riesgos en los que, lógicamente, procuramos no pensar, aunque los tengamos presentes. Y no me refiero a los accidentes de tráfico, los atracos o la posibilidad de ser agredido o asesinado. Hablo de toparte con una de esas personas con quien no quieres toparte. Y no me refiero sólo a alguien que no te caiga bien o hasta odies; también hablo de todo lo contrario. Hablo de esa situación con la que no quieres lidiar; al menos aún. Esa situación que quizá estás postergando, y que, seamos realistas, es probable que jamás afrontes por voluntad propia.
Fui a mi óptica de confianza, por decir algo. Ya pasaba cada día por delante de camino a cierta cafetería, y últimamente me había fijado en una dependienta nueva. Una de esas chicas que no encajarían en el póster de un taller mecánico, pero que a mí me encantan. Lucía siempre unas gafas de montura roja impecables y su cara. Con eso bastaba. Yo, como buen paranoico de grado medio, y como las ópticas ahora son como peceras y su personal como peces de colores, pensé en si la chica se habría percatado de que al pasar solía buscarla con la mirada. Yo mismo tardé muchos días en darme cuenta de que lo hacía.
Pero no era esa chica una de esas personas con quien no quería toparme, tampoco la conocía.
Entré en la óptica, que parecía una clínica dental o una perfumería o una pastelería o cualquier otra cosa, porque ahora todo se parece, y le expliqué a la primera muchacha desinfectada como material quirúrgico lo que me había pasado. (No era la chica de la montura roja, que en ese momento atendía a una pareja que tenía pinta de visitar la óptica una vez al mes.) La luz allí es tan blanca que más que gafas parece que en alguna otra habitación adyacente alguien tuviese que estar inventando la máquina del tiempo. Lo único que ha llegado del futuro que nos mostraban las pelis de ciencia ficción de antaño es la decoración; paradoja que no voy a desarrollar.
Me dicen que mis gafas se han roto porque son de mala calidad, la montura es de una pasta frágil y fácil de quebrar. No le digo a la chica que las compré en esta misma óptica de Kubrick. Me dicen que si me espero un rato me cambiarán la montura por una metálica, y me ofrecen una carta de monturas; un pequeño expositor lleno de gafas para que vaya pensándomelo. Enseguida veo que en el sitio no existe lo que se dice un precio económico; hay precios irritantes y luego puñaladas; luego llegan las tomaduras de pelo, y luego la clase de cosas que hacen los ricos porque aún no saben cómo invertir en inmortalidad literal.
Me estuvieron operando las gafas. Tenían que recortar el cristal y adaptarlo a la montura que había elegido. Estaba allí sentado esperando; un nuevo día es un nuevo sitio potencial en el que esperar. Lo mejor es no desarrollar qué esperamos exactamente.
Sólo de llevar cinco días sin afeitarme me sentía sucio en medio de aquel mobiliario opaco y a la vez brillante. Daban ganas de romper aguas; seguro que allí podías traer tu hijo al mundo en condiciones óptimas. Mi dependienta secretamente favorita se dedicaba a sus labores de atención al cliente. Yo actuaba como si nunca la hubiese imaginado desnuda, que es básicamente el ABC del comportamiento hetero masculino.
Las gente entraba y salía con bolsitas monas; o más bien entraba con bolsas de otras compras y salía con otra bolsa más, porque era sábado y estaban todos en lo que llaman “edad de merecer”. Yo iba algo desarreglado, y sin ninguna bolsa, y sin ningún bolso masculino, y sin dar casi señales visuales de no ser un mendigo. Excepto que no olía mal. Llevaba mi chaquetón rojo. Pero si en lugar de ir con mis gafas hubiese pedido un bocadillo, probablemente nadie se hubiese extrañado. Me faltaba una pareja de la que adquirir todos los hábitos consumistas y estéticos y ningún rasgo de sensibilidad positivo. La gente casi siempre se retroalimenta la actitud conformando una coraza conyugal repipi que luego se disfraza de ideal de madurez. Es de las pocas (¿o muchas?) ventajas de estar soltero: tienes una oportunidad más sólida no sólo de ser tú mismo, sino de, con suerte, aprender a ser menos hipócrita. Pero qué querías que pensara mientras esperaba que le dieran el alta a mis gafas, mientras a mi lado esa pareja pulcra a la que no se le había roto nada (llevaban ya gafas ambos al entrar), y que simplemente iba a renovar la fachada, discutía frente a un espejo sobre qué monturas favorecían más a la chica… Todos dejaban claro que manejaban la misma graduación. Daban ganas de darle un guantazo al tipo y gritarle a ella “¡¡huyeee, yo lo retengo!!, o viceversa.
La dependienta de la montura roja les atendía, toda paciencia y amabilidad. Cuando le oyes la voz a alguien a quien antes sólo habías visto, o de cuya voz no te habías fijado, suena chocantemente orgánica, algo brusca, como si te sorprendiera que ese ser puede comunicarse enlazando frases.
Cuando entró en la óptica quien tenía que entrar (porque yo soy un tío con esa clase de suerte), yo ni me di cuenta. Ni siquiera voy a desarrollar quién era (quede a la deducción), pero obviamente era una chica, y obviamente iba acompañada de un novio flamante, afeitado, delgado, perfumado y con cara de haber follado al menos un par de veces en las últimas veinte horas. Un tipo a quien le tuve que dar la mano como si no le hubiese cogido manía desde el primer segundo. Ella estaba genial, claro, fresca como la metáfora que quieras y amable, considerada y muy educada; una de esas personas tan cálidas cuando estás delante que casi se ganan el derecho a destriparte a tus espaldas.
No sé si lo que pasó luego tiene que ver con eso que dicen de “cuidado con lo que deseas”, pero no puedes evitar preguntarte ciertas cosas. En cualquier caso, yo no deseaba literalmente lo que pasó, pero tampoco había tenido tiempo para pensar.
Mientras yo seguía esperando, la anterior pareja se fue, y ocupó su puesto esta conocida (no me vais a sacar nada…) y su novio de Mattel. La chica de la montura roja les atendió; el chaval (de graduación estable y con gafas en perfecto estado al entrar) necesitaba también calcetines con que rellenarse el paquete, así que pusieron a su disposición uno de los catálogos “gafiles” según sus instrucciones (el tío había estudiado antes de presentarse…). Yo alimentaba mi mirada aviesa involuntaria. El camión de bomberos debía estar aún aparcado en la cochera. Pero quiero que quede claro que luego no fue un alivio poder dar conversación a la chica de la montura roja gracias al atropello, y que tampoco fui con intenciones deshonestas a consolar a esa conocida al funeral. Quiero que quede claro que yo sólo quería limpiar mis gafas de montura negra.

tacor

 

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