50 relatos de Grey (19 de 50) – Hierro

Hay quien dice que la diferencia entre un embarazo y un cólico nefrítico, es que con el cólico al final no tienes un bebé que enseñar. Dicen que duele parecido, aunque obviamente exageran por omisión, el cólico no te ha tenido nueve meses aguantando mierda física y psicológica, o vomitando por las mañanas. Aun así, me gusta pensar que yo habría tenido al menos dos críos. Mis dos piedras, para darles una educación, lo cual, para la mayoría de padres se reduce a apuntar al niño al colegio y sonreír. Y qué vas a hacer. Mis dos piedras aprendiendo que sólo son dos piedras, que no se hagan ilusiones, que sólo les toca ir tirando; lo de vivir es para otros. Ir tirando, en el mejor de los casos. Y sin entender eso que la gente contesta a veces cuando dice “dos piedras”, queriendo decir “te aguantas”. Dos piedras estudiosas, dos piedras madrugadoras, dos piedras trabajadoras, supervivientes, humildes y en los veranos reponedoras. Yo fui reponedor varios veranos (y algunos inviernos); lo más importante que aprendes como reponedor, es que a la gente se le da de maravilla mirarte por encima del hombro. No le han encontrado la puñetera gracia a la carrera que estudiaron o van a estudiar, pero la jerarquía, ah, eso lo tienen clarísimo: les debes pleitesía; ellos sí se pasaron algunas noches en vela memorizando libros de texto por orden de quien fuera y a criterio de quien mandara. Puede que no se hicieran ninguna pregunta al respecto, y que el trabajo mental que hicieran fuera más bien mecánico y teledirigido, pero tú ni siquiera hiciste eso, no lo ibas a hacer, te pusiste a perder el tiempo, o lo que tú llamas: pensar. Está la cocaína, cruzar la autopista, quemarse a lo bonzo, y pensar. La lista de cosas que no deberías hacer es larguísima (ya que muchos de sus puntos tienen que ver con vivir), pero pensar es sin duda una de sus acciones más nocivas. Pensar te pone contra las cuerdas, ya que luego el ejercicio de resignación que habrás de llevar a cabo, es mucho más costoso. La gente se queja de no tener tiempo, pero en realidad, de una forma retorcida, no tener tiempo te permite no preguntarte por qué no tienes vida mientras vives. Y todo sabiendo que da igual lo mucho que pongas el culo, te vas a morir. El rollo católico no te va a salvar, no te van a recompensar. La muerte no es famosa por parecerse a una autoescuela a la que vas y vienes cuando quieres. Tus fotos también se pondrán de color sepia. Pero ni aun así se revela nadie, y la falta de tiempo resulta una bendición. Recuerdo llegar del turno de tarde con dieciocho años los sábados, hecho un estropajo, y, según dictan los cánones, rebosante de dignidad, y no tener apenas fuerzas para salir de fiesta con mis amigos. Me hubiera ido a dormir tan tranquilamente. No sólo era una cuestión de tiempo, sino de energía; y la tuya la usabas para acomodar la vida de otros en lugar de para disfrutar la tuya.
Tu energía y tu tiempo los compran otros, fin de la historia. Ahora vete y carcajéate de pura dignidad con tus compañeros de promoción hasta que te entre una pelota de golf por el ano sin tocar los bordes.
Una vez estaba en la sección de jardinería. Remontaba unos sacos de abono y se presentó cierto chaval ante mis narices. Yo debía tener 17 años, era mi primer curro. Estaba en una gran superficie. Era por la tarde, ya anocheciendo, no debía quedar mucho para acabar el turno.
Era un chico a quien había visto como mucho un puñado de veces. A esas edades coincides a veces con un montón de gente, y tiendes a confundirlos con amigos o personas fiables por culpa del alcohol.
El chico, un par de años mayor que yo, tenía esa mirada y esa sonrisa de quien está completamente convencido de hablar con alguien mucho menos inteligente que él. Desde aquella época, me juré intentar con todas mis fuerzas no poner nunca esa expresión, no ser nunca así con nadie. Yo me había metido en una F. P., él estaba en la universidad. Yo me sentía inferior, porque, aunque había sacado siempre muy malas notas, en realidad había sido un GRAN estudiante: me había tragado todo el cuento de cabo a rabo. Lo que pasaba en las clases daba la medida exacta de quién era yo, esa era la única lección de la que te querían convencer. De modo que, aun teniendo claro que el chaval que tenía delante era un gilipollas, no podía evitar sentirme inferior a él. Esa sensación corría por mis venas, ese estigma, inculcado año tras año en el colegio, era algo de lo que sería muy complicado librarse; mucha gente no lo conseguía jamás. Todo estaba lleno de gente estúpida por creerse superiores o inferiores en base a logros o fracasos a la hora de haber sabido encajar o no en determinadas instituciones. Era así entonces y lo sigue siendo ahora.
Tenía un compañero al que le gustaba darle al palique con los clientes. Era unos tres o cuatro años mayor que yo. Supo leer la situación enseguida. Aunque yo le caía bien, me tenía por bastante debilucho y carne de bullying para universitarios y derivados. Estábamos cerca de la entrada al almacén, y el chico con el que yo hablaba era lo que él llamaba un “saco de boxeo caro”. Mi compañero conocía los puntos muertos donde las cámaras de seguridad no podían vernos, ya fuese en tienda o en el almacén. Mi compañero era básicamente un delincuente, si por delincuente entendemos alguien que agrede a todo lo que huela a pijo y no sea una mujer o un niño. Hay que reconocer que tenía olfato, no se solía equivocar de tipo, y yo jamás le di discurso alguno sobre la violencia.
Mientras él hacía que este nuevo “buen chico” le acompañara al almacén (ni sé con qué excusa esta vez), yo no dije nada. Cuando le puso el gancho “amistosamente” con el brazo derecho y se lo llevó a cierto pasillo conformado por estanterías y palés, yo seguí bien calladito. Luego, cuando mi compañero atizaba en zonas del cuerpo estratégicas al chaval de diseño, yo hacía guardia desde un ángulo en el que sí me podían ver desde la sala de monitores. Me mostraba ocupado, hacía como que intentaba localizar algún producto en concreto. Daba una imagen de normalidad en conexión desde el almacén. No había novedades. Un día aburrido cualquiera más para casi todo el mundo: la rueda seguía girando.
Y mi colega decía:
–A este le gusta oler a hierro.
Porque decía que cuando uno recibía un buen golpe o topetazo, te venía un olor, un aroma, un regusto a hierro.
Nunca nadie se chivaba después.
Mi compañero les hacía entender que siempre hay un hijo de puta rebotado detrás de cada capullo violento a quien detienen, y él conocía a unos cuantos de esos hijos de puta. Sigo pensando que, aunque no esté bien provocar el olor a hierro, luego, a lo largo de la vida, he conocido a personas que eran mucho más dañinas, y que nunca pisaron un almacén, o a nadie, a no ser firmando con una buena pluma al pie de un elegante documento.

pija

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