50 relatos de Grey (20 de 50) – XXI

Cuando llegamos,
por fin,
vemos varadas
a las sirenas.
Funcionan las fabricas,
eso sí,
productivas a su manera.
Se retuercen
como serpientes
venenosas
las oficinas.
Ahogan hábilmente
y con cuidado
la vibración positiva.
Sepultan sin fisura
los motivos
de la sonrisa.
También vemos
enterradas
las luces y los reflejos.
Nos dicen
los lugareños:
¿hubo tiempos aún peores?
Compramos a sus hijas,
y luego
las vendemos.
Los mejores postores
cargan el móvil
todas las noches.
Los árboles,
inertes,
desprenden su resina.
Es dulce,
dicen los niños,
la extraemos
de la mina.
Es amarga,
susurran las niñas,
nosotras aún limpiamos
la cocina.
Alguien apunta
en un papel
toda
tu rutina.
Te acercas
al “sembrado”,
ya no colean las sirenas.
Acaricias
la tez azul,
el cuento real,
la fantasía muerta.
Puedes ver
las chimeneas,
grafitis,
allí meas.
Ya pocos
ven
pudriéndose aún
a las mujeres
allá varadas.
Tienes tu labor,
tu hervor,
tu ardor
o tu hernia.
Al fin y al cabo,
tuviste hijos
para algo.
No maduraste
para que nadie
te comiera la rebanada.
Lo hiciste, ¿por qué?
Era sagrada tu ensalada.
No controlas
si tu hija
pueda ser ya
nuevo pescado.
No hay como tu hijo,
nadie tan espabilado.
Todos colocados,
envejeces,
sin haberte enterado;
esa era la peor droga:
primero currantes
a secas,
y luego jubilados.
Los cuentos
y las epopeyas,
saben de tu cultura.
En el fondo,
qué quieres que te digan,
si sólo eres basura.

xxi

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