50 relatos de Grey (22 de 50) – 4’9

Hora del patio. Nos encerrábamos en lo que llamaban la jaula del patio, que era el hueco que quedaba tras un portón de reja mientras estaba abierto en ángulo de noventa grados. Era el acceso a una “pista de futbito” al aire libre. Fumábamos apoyados en el edificio. Éramos los chicos de la F.P., los mayores del centro. Las chicas mayores eran las de Administrativo. Nosotros éramos Electrónica o Mecánica. Éramos los chavales que supuestamente no querían nada especial para sí, sino ponerse ya a trabajar. Estábamos allí por nuestra mala cabeza. No habíamos puesto interés en los estudios, y ni de broma íbamos a ir a la universidad. Éramos como los críos desubicados en la gran Boda de la vida. Los críos deseosos de volver a casa mientras los adultos se hacían fotos, se cebaban, se regalaban ramos y se prometían eternidad. Los chicos de la F. P. éramos los estudiantes de segunda, perfectamente mortales; daba igual si estábamos allí porque teníamos que estar en algún sitio o por vocación con la materia. Estábamos clasificados y etiquetados, nos ibas a encontrar siempre en la misma carpeta.
Mientras tanto, los adultos de verdad, los estudiantes, los responsables y realmente inteligentes, seguían la autopista vital sin desvíos; el orgullo de los padres, los profesionales de la sociedad, la gente realmente fiable; aquellos a los que los de la F. P. atenderíamos –cuando se les interrumpiese la arrolladora y brillante carrera adulta–, para arreglarles el coche o hacerles alguna chapuza. Ellos no se mancharían, tenían los codos pelados, hasta se estrenaban en el sexo con lo más recatado. Hablaban fluido y se conservaban suaves de manos. Algunos hasta antes de los veinte querían haberse independizado. Eran imparables, y nosotros, unos vagos. Como un amigo mío decía:
–Da igual cómo sea. Es como es.
Lo cual era su forma de decir que la percepción de la gente no iba a cambiar. A la gente le encantaba el “orden de las cosas”, porque habían luchado por encajar en ese orden. Así que no podías esperar de ellos más que una idea sobre el respeto, una representación del mismo, pero no respeto en sí. Podías esperar su teoría sobre el pensamiento, pero no que lo ejercieran.
Lo acordado era el Pensamiento Productivo. Lo demás era ser un gamberro.
No éramos muchos en clase, unos catorce; nos llevábamos bien. En el taller poníamos la radio, hacíamos bastante el payaso. Teníamos casi carta blanca. Era, por suerte, un ambiente distinto al de los anteriores años de aulas. Nosotros no podríamos fardar en el futuro de haber vagado por un instituto al uso, o por el campus universitario, ni del descontrol controlado de fumar hierba y montar saraos. Nosotros éramos más bien la parte descontrolada de verdad de la sociedad; esa moto que pasa haciendo demasiado ruido por la calle. Éramos la clave de por qué muchos chicos y chicas sentían orgullo de selectividad. En contraste con nosotros, ellos remaban en el auténtico lago romántico de la prosperidad.
Nuestros profesores eran tipos relajados y un punto más vocacionales que en anteriores etapas. Fumaban con nosotros y se electrocutaban con nosotros. Uno incluso nos llevaba a un bar cercano en su hora de clase.
Las chicas de Administrativo solían ser distantes (irónicamente, nos veían demasiado frikis), y solían tener novios mayores. Fueron meros satélites durante los dos años, y apenas una o dos realizaron un acercamiento amistoso.
Pasábamos el tiempo, no estábamos en la calle, permanecíamos dentro de los parámetros del sistema, era mejor que nada. Las sobras aprovechables del día siguiente.
Uno de nuestros profesores entendía a la perfección la situación. Sabía que apenas un par de nosotros se interesaba de verdad por las clases, y que el resto era mera inercia, piloto automático académico. Y también sabía que no gozábamos de un respeto real por parte de la Otra Casta de estudiantes (además, él había sido uno de ellos). Se martirizaba menos que otros profesores, haciendo un intento quizá casi involuntario por Conectar. Y era el único que realmente lo conseguía. Dando un tercio de las órdenes que daban los otros, gritando sólo ocasionalmente, vacilando igual que podíamos vacilar nosotros, y hasta renegando de algunos tics oficiales del entorno. Fue la única vez que vi a un maestro tirar un libro de texto a la basura. Se podría decir que fue un truco, pero lo cierto es que no fue planeado, y que no volvió a usar más dicho libro para dar las clases.
A veces parecía hablar solo. Claramente se mordía la lengua cuando había otros profesores cerca. Obviamente, tenía cierta fama de loco. Había sido ingeniero para el ejército, había reparado aviones y tuneado las tripas de toda clase de vehículos. Tenía vastos conocimientos de informática, y le tiraba “sutilmente” los trastos a la profesora de FOL (Formación y Orientación Laboral). Renegaba de los exámenes y los trampeaba, no ponía notas como un 4’8 o un 5’2. Suspendías sobre todo si demostrabas ser un gilipollas tanto dentro como fuera de las clases. Tenía un hijo de unos once años; a veces lo teníamos curioseando en el taller/laboratorio por las tardes.
Estaba divorciado.
No es que por aquel entonces yo pensara en todas estas cosas, pero el día que supe que ese tío era el único adulto al que podía consultar sin que me saliera con algo supuestamente práctico o simplemente prefabricado, él estaba solo destrozando con un martillo una torre de ordenador. Era viernes. Había caos por doquier, plástico y placas troceadas de varios terminales. Tenía una cerveza cerca a medio beber. Yo había vuelto a por mi caja olvidada de herramientas. Al verme, no paró de hacer lo que hacía; sólo me dijo Entra y cierra la puerta. Era segundo año; íbamos por las tardes y el “turno” ya había acabado, eran casi las nueve de la noche. Las persianas estaban cerradas; los fluorescentes lo llenaban todo de blanco. Los ordenadores de aquella sala llevaban fritos mucho tiempo, estaban desfasados, y desde dirección el dinero se empleaba en otros asuntos, generalmente relacionados con el equipo de fútbol del centro.
Se escribió la historia sobre unos maleantes y una semana después había ordenadores nuevos. Ese lunes la luz de la tarde entraba con fuerza por el amplio ventanal. Dicho profesor revisaba (y explicaba) las novedades tecnológicas ante nosotros y un par de superiores. Sabía que yo no iba a chivarme. Ese fin de semana el equipo había perdido 0-3 en casa contra el penúltimo. Tuvimos Internet en la sala a partir de ese día. Suspendí el siguiente examen (4’9). El maestro me dio la hoja con una franca sonrisa.

ken

 

Anuncios

2 comentarios en “50 relatos de Grey (22 de 50) – 4’9

  1. Voy a utilizar una expresión que me revienta, pero creo que asi entenderás mejor lo que quiero decirte; eres un crack.
    Decirte que me ha gustado este relato es quedarme muy corta, casi podía oler los pasillos de mi instituto mientras te leía, oir las risas absurdas de mis compañeros de universidad sintiéndose mejores personas y realmente superiores porque algún día llegarían a ser veterinarios. Médicos de perros, si, eso es lo que muchos son hoy en día.
    Leo todas tus entradas aunque solo comente algunas, pero quiero que lo sepas, quiero que sepas que hay alguien al otro lado. Aunque te de igual. Aunque a mi, en el fondo, también me de igual que eso te importe o no.
    Besos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s