50 relatos de Grey (23 de 50) – SED

Pasaba más o menos su decimoquinta hora solo en el bote; o eso calculaba. Mar en todas direcciones. Tenía hambre, pero sobre todo tenía sed. Empezaba a envidiar a todos los demás por haberse ahogado. Esto le pasaba por ser tan espabilado. Si lo pensaba, no echaba de menos gran cosa en tierra. No era muy listo, no conocía a casi nadie, sus padres ya no estaban, no tenía familia. Esto de a lo mejor morirse era de largo lo más emocionante que le había pasado; quizá empatado con alguna mujer. Echaba de menos el agua potable, mucho más que a cualquiera. Se sentía como un soldado en una peli con las tripas desparramándosele, muriéndose y aun así pidiendo agua. Los remos no le llevaban a ninguna parte, de todas formas no sabía hacia dónde tenía que remar. Cuando lo intentaba se sentía remando en puré en la oscuridad. Sentía añoranza por el agua que se podía beber, los grifos, los ríos, las garrafas, las tuberías. La última vez que había meado al mar había sentido mucha más sed que ganas de mear cuando abría un grifo en casa. Ni se le había ocurrido beberse la orina, tampoco tenía con qué embotellara. La sed ganaba por goleada a cualquier otro input. Tenía más sed que miedo; era la primera vez que tenía más de algo que miedo. Tenía más sed que pensamientos sobre tiburones o tormentas que hundieran su bote. Tampoco sabía si donde estaba había tiburones. Estaba bastante seguro de que si bebía agua salada enfermaría. ¿Habría ballenas? Tenía sed. Había leído en alguna parte que las orcas podían ser peligrosas. Agua dulce cayendo entre las rocas. Su móvil se había ahogado, sólo hacía dos meses que lo había comprado. Botellas de dos litros. El mar a veces parecía verde y a veces azul. No sabía cuánto tiempo pasaba hasta empezar a tener visiones por inanición. Se le repetían sintonías de dibujos animados de su infancia. Recordaba a una novia que había tenido y cuando bebía con ella. Si seguía aún en un bote, ¿era técnicamente un náufrago? Envidiaba a la gente que estaba en tierra, sus neveras. Se sentía cada vez más débil. Se abandonaba. Quería un Aquarius, la gente lo bebe cuando vomita, la gente bebe todo el tiempo, se amorran como a las tetas. Estaba tirado boca arriba en el bote. A tomar por culo hacia arriba surcaba el cielo un avión comercial. Lleno de bebidas. Con su agua y sus crías de coca-cola, coca-colas recién nacidas y frías y regordetas. Sudorosas. Sacacuartos potables. El día estaba declinando y luego declinó del todo. Su ropa seguía algo húmeda, pero sobre todo áspera, salada, acartonada. Tenía frío. No sabía si aún producía saliva. Estaba empezando a pensar que si acababa viendo una película de su vida, todo serían momentos en los que bebía de una forma u otra. Un best of de la hidratación. No sería una mala película, quizá mejor que el montaje previsto. ¿Quién había muerto? Su hermano, su cuñada, un feto. Quizá. Pero su memoria empezaba a hacerle aguas, aunque tampoco esas se pudieran beber. Qué puta sed, en serio. Una cosa es morirse, pero todo este rollo, pensaba, todo esto es innecesario. No es que tuviera un apego desesperado por la vida, pero obligarle a contemplar el suicidio tampoco era plan. Moriría bebiendo agua salada. En realidad morir ahogado llevaba varios minutos, eso había oído. No se trataba del agua sin más, el cuerpo pasaba por todo un proceso, hasta quedar infartado. Era una de las muertes lentas estrella, por conocida, siempre muy arriba en la lista de éxitos, quizá un poco mejor que morir quemado. Entre las muerte recurrentes, de todos modos, no gozaba de un gran prestigio; era, digamos, una muerte familiar y comercial, tópica. La música de ascensor de las muertes. Mucha gente la toleraba, pero muy poca la elegía para quitarse la vida. Aquello estaba muy por detrás de un décimo piso o ingerir veneno. Ya no sabía ni lo que estaba pensando, estaba empezando a murmurar en voz alta. El atardecer en medio del mar es un coñazo cuando no te da para beber. Empezaba a no tener claro cómo había llegado hasta allí. Empezó a fijarse en la luna llena. Pero la luna era todo tierra. Quizá ni siquiera estaba llena del todo. No se despertaría en su cama, lo empezaba a asimilar. No estaba seguro de preferirlo. Si la lógica no le fallaba, despertaría en lunes. Había sido una huida de fin de semana. Algo distinto que hacer. Sales un viernes con tu hermano buscando encontrar algo original, y te acabas topando con el cliché de la existencia. Lo peor de la muerte, más que la muerte en sí, es que es una perogrullada. Por ello la religión sigue existiendo; los creyentes en el fondo sólo exigen un argumento más original.
Cuando es de noche de verdad, es muy de noche. Cuando no te están bombardeando con electricidad ni te alumbra una pantalla, es como si la naturaleza te dijera: así soy sin maquillaje. El estómago rugía. Una nube se puso por delante de la luna. Estaba claro que las sirenas tenían piernas. Aquí tenía todos esos peces en el mar de los que la gente hablaba cuando le dejó la novia. Cuando la metáfora se hace realidad, normalmente es para intentar matarte. En tierra todo son risas. Todo son refrigeradores, todo te recorre el cuerpo para que tengas que volver a ducharte o cortarte el pelo. Todos son la mar de ingeniosos.
Iban todos (o parte de ellos), en ese transatlántico de viaje nocturno que apareció de repente. Vaya… Si hubiera remado más de lo que lo hizo, seguramente se habría apartado de su ruta. Pero lo cierto es que ahora se encontraba demasiado en su ruta. Se le venía encima peor que una ola o una mandíbula. Tendría que levantarse y agitar los brazos. Estadísticamente, le había tocado la lotería, o eso suponía. La lotería no debería atropellarte, en teoría te facilitaba las cosas, o al menos no te mataba. La lotería era la navidad era el dinero era la vida. Eran copos clones llenando de nieve alegre tu calle anodina. Aquello era un puñetero rascacielos tumbado surcando el mar. Se preguntó si pasaría igual que en las salas de cine, donde no hay nadie realmente atento junto al proyector.
De verdad se lo preguntó.
La butaca vip chirriaba. La chica a su lado decía que el actor no se parecía; llevaba dos meses con ella. La escena del atropello y milagrosa supervivencia era bastante más espectacular. El cheque por derechos de imagen y demás tribulaciones legales, le había dado un margen de beneficios del tropecientos por cien, al menos respecto a los sueldos que había tenido. Ella le gustaba, pero no estaba seguro de si se la habría ligado de no tener una historia que contar. El ochenta por ciento de la peli era falso. El protagonista no viajaba con su hermano y su vida ejemplar, sino con una veinteañera emergente de Hollywood. El periodista que había escrito el libro que contaba la “hazaña” estaba sentado dos filas más adelante. En la película el protagonista hacía aspavientos solo en el bote, era despierto e inteligente, buscaba formas de cambiar su situación. Había dos escenas con ataques de animales marinos, y un plano picado de vete a saber qué medusas luminosas que hacían que el personaje recordara no sé qué rollo onírico de una excursión falsa con su novia muerta. A la salida del cine, nadie le conocía, pero un coche de la productora le llevaría adonde quisiera. Ahora tenía más sexo del que había tenido jamás, aunque no necesariamente las cosas funcionan así. En realidad, pensó, él se había empezado a comportar peor de lo que se había comportado jamás. Hacía tres años del bote, y las ganas de vivir que la película vendía que él había aprendido a valorar, en realidad se reducían a cierto tipo de sed voraz. Una sed mucho más allá de la hidratación. Ahora conocía a la perfección la verdadera clave de la vida (o al menos una que funcionaba): esta residía en la futilidad de la muerte, la tergiversación de los hechos, y el criterio para elegir los disfraces.

ssssed

 

 

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2 comentarios en “50 relatos de Grey (23 de 50) – SED

  1. Uno de tus mejores relatos, antes de escribirte algo uff! tuve que ir a la cocina a beber, la necesidad que me contagió el náufrago hizo que el agua me supiera a verano, a baño refrescante bajo una cascada.

    Con relación al final creo que todos nos disfrazamos en algún momento,de lo contrario, al menos yo, no tendría ganas de sobrevivir otro día…

    Un abrazo afectuoso

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