50 relatos de Grey (24 de 50) – Los asuntos de la araña

Era vieja pero sabia, decía el inconsciente colectivo; se seguía diciendo al paso de los años, las décadas y los rebaños. No era hombre ni mujer con quien se pudiera hablar; los pocos que tenían tratos con ella, sólo la conocían como la araña. Era, quizá, un nombre simbólico, una forma de referirse a ella, a ello, a eso; o quizá más bien, a ellos.
Las decisiones de la araña calaban profundo en la sociedad. Hay quien llegó a decir (no sin pagarlo quizá con su vida) que uno de sus mayores logros había sido la idea de la adolescencia. Un concepto completo, soberbio como plan, en el que cabían toda clase de proyecciones. Un nicho perfecto para las frustraciones adultas. Era quizá el logro de las fases de la vida más efectivo de la araña. La excusa perfecta para la orgía de fuego de la recta final. El probable fin de la humanidad (a quien le tocara) basado en la idea de superar como individuos una supuesta fase de estúpida intensidad y llana torpeza.
Esto dotaba a la araña de algún tipo de rasgo mesiánico, seguramente bien meditado.
El mayor poder de la araña era la vieja treta de mantenerte convencido de que pasarlo mal era algo responsable, y pasarlo bien algo de lo que sentirse culpable. El problema era que, con el tiempo, la araña tenía que abrillantar los métodos. La religión seguía vigente, pero la idea de un paraíso a cambio de sacrificarse en vida, ya sólo arrastraba a unos pocos, y para el resto sólo funcionaba por inercia. Ahora la araña necesitaba nuevos motivos, nueva propaganda, apelar al intelecto al menos tanto como a la ignorancia. Era cierto que, aun así, tenía bastante bien sujetos los cabos. Predominaba la inteligencia basada en la producción y no en la creatividad y el progreso; pero había que seguir alimentando viejos monstruos. La adolescencia era una vieja amiga de la araña, algo así como colegas de Antiguo Testamento. Antaño no había sido tan efectiva como la religión, pero era sin duda la etiqueta vital favorita de la araña, desde que tuviera la idea de dividir la vida en fases, alimentando un precepto del estrés y los deberes que sin duda daría jugosos beneficios. Mientras se seguían amontonando las hipotecas como culmen moderno de la edad adulta, la araña se seguía fascinando de cómo había bastado con acuñar en otro contexto la palabra «madurez» –algo antes sólo asociado a las frutas y similares–, para que millones de seres humanos se abandonaran a sí mismos.
La adolescencia era algo parecido al fin de la niñez. En la adolescencia, cambios físicos aparte, el ser humano comenzaba a percibir el mundo como un lugar injusto y amenazante. En la adolescencia, el amor florecía brutal, precioso y doloroso, justo antes de que se lo encajara con calzador en una idea venenosa sobre el terror a la soledad y un principio práctico relacionado con ahorros y planes de pensiones. La araña cultiva aún una percepción interesada sobre la adolescencia, convirtiéndola en una etapa de amargura gratuita y exageración sentimental. Dejando de lado la posibilidad de que al crecer mirando por encima del hombro al pasado, uno no “madure”, sino más bien se pudra, la niñez se convierte en el premio de consolación, en forma de recuerdos, tonterías, chiquillerías y talentos supuestamente inútiles guardados en un cajón. La ventaja con que cuenta la edad adulta, basada en una experiencia diseñada en la tela de la araña, hace que el poco recorrido vital del llamado adolescente –y por tanto su probable carencia de herramientas para expresarse– decante la balanza hacia la banca, haciendo del ser humano el centro del universo aun sabiendo que no lo es, y relegando cualquier clase de magia creativa o evolutiva a efectismos tecnológicos o retóricas de lucha estéril.
Hay que alejarse de ella para poder verla, o al menos intuirla, su inmensidad, sus ojos, las toxinas. Buena amiga de extremistas y aficionada a ofrecer talleres también a grupos activistas, la araña es lista: la araña es lo que todo padre considerado responsable quiere que sea su hijo. Tu hijo o hija, tu madre en el papel de madre, los tránsitos recurrentes, las mañanas apresuradas… La araña no verá el fin del mundo. Cual ser de su propia creación en presente, se reirá desde su “más allá” del niño que llore, los padres que exijan justicia y los líderes que aseguren haber sido engañados. Para verla, sólo tienes que abrir tu mano; hazla caminar con en La familia Addams. Piensa negación. Piensa que son sólo asuntos de la araña.

ara

 

 

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