50 relatos de Grey (26 de 50) – kamikaze

En la edad de los exámenes, un paseo por un parque acuático abandonado. Tenían que ser al menos cuatro, pero al final sólo fueron dos. Ella, estudiante ejemplar con permiso de conducir reciente; él con terrores preuniversitarios. La naturaleza se comía el parque, resultaba relajante y tétrico; bonito y espeluznante. Él pensaba en las películas americanas, en las que en ese momento podría haberle preguntado a ella si iría al baile, si querría ir con él. Pero no había baile a la vista. El futuro se reducía a la universidad, y no sabía qué coño iba a hacer en la universidad. Ella parecía haberse decidido, aunque él sospechaba que era una pose. Ella lucía ese carácter de predisposición incontestable (¿qué iban a hacer, hacer una F. P. o dejar los estudios?, ¿pensárselo?, ¿pensar, qué?). Ella portaba esa mirada forzosamente confiada con una luz de inquietud o hasta desesperación al fondo. La vida podía estar llena de posibilidades, pero ella era demasiado responsable. Eso pensaba él de ella: estaba perdida sabiendo perfectamente dónde se encontraba y hacia dónde iba. Él lo disimulaba menos. Si le preguntaban, resoplaba o intentaba cambiar de tema. La gente hablaba de ello con una sonrisa vehemente; iba a ir a la universidad: eso era emocionante y positivo de por sí. Todos los indicadores decían que su situación vital era óptima, y que su miedo era justificado, pero también un rasgo esencial de lo que todos llaman inmadurez. En la versión oficial era la época más feliz de sus vidas y punto. Pero también la que definiría qué clase respeto y recompensa merecerían hasta que se muriesen. Y punto. Tras haber pasado la selectividad, la cual parecía ser una cuestión de vida o muerte, él sentía algo parecido a la decepción. Lo único que pasó luego fue que la vida continuaba, y también las advertencias sobre un futuro infernal si se les ocurría poner en tela de juicio los estudios o la universidad. La ruta ya estaba marcada. Si no sabías qué demonios querías hacer, al menos tenías claro que tenías que estudiar. Lo que fuera. Algo. Estudiar. La vida se estaba reduciendo a alguna clase de telegrama económico escrito por las instituciones. La preparación sólo contemplaba un camino ideal, y los que no lo tomaban o lo abandonaban, se descartaban como seres pensantes. De la lección principal, habían salido empapados. El parque tenía algunas zonas peligrosas, antes valladas, pero ahora con caídas de quince y veinte metros. Quizá más. Él pensó que una de esas caídas podía ayudarle a postergar las cosas. Una pierna rota, quizá las dos; varios meses fuera de circulación. Si no lo contemplaba de verdad era sólo por la posibilidad de que, en ese paréntesis de postración, ella conociera a algún chico universitario. Las chicas preuniversitarias parecían ser carne fresca para los pedantes de primero; y también carne relativamente fácil. Él había conocido a alguno de esos chicos; esos que, cargados de confianza (falsa o no), tenían labia y algunas teorías vitales con las que bajar bragas. Se alejaban cada vez más del coche. Aunque en calidad de letanía mental, la tentación de la autolesión era cada vez más intensa. Él lo había visto en algunas películas. Chavales a los que habían reclutado para el ejército, para intervenir en algún conflicto en marcha, se armaban de valor para planear cómo partirse una pierna o un brazo. Al final no hacían nada. La idea de fondo tenía que ver con tener tiempo para pensar. Normalmente hay tiempo para tomar decisiones, pero no tiempo para pensar. No hay tiempo para trascender el aburrimiento inculcado; la mayoría de gente no pasa del aburrimiento. Parecía haber varias capas. Primero la actividad obligatoria (estudios o trabajo), luego la actividad para desconectar (vacaciones repletas de ruido y planes), luego el aburrimiento (que es esa fase provocada por la inercia formativa de no saber hacer nada sin que alguien te lo mande), y luego, tras esa capa enorme de hastío, encuentras la fruta prohibida de nuestro tiempo: el pensamiento. Él lo sabía, los años habían pasado frenéticos, su cuerpo había sido portador de órdenes que cumplir; pero ese proceso raramente tenía que ver con él. Sabía que en el fondo no tenía voz ni voto, porque el mundo ya era como era, funcionaba como funcionaba, ¿y quién coño se había creído él que era?
No había ningún baile, ni tampoco tiempo, sólo puntos en una lista. Tenía que sacarse el permiso de conducir. Todo el mundo se lo decía, era primordial, te lo pedían en todos los trabajos. Movilidad, vehículo propio. Al menos no podía quedarse embarazado. Pero eso sí, ¿tendría que tener hijos algún día, no? Conformar algo estable. Estable. Estable. Al menos todo lo estable que pueda ser una hipoteca. Y los hijos… la verdad es que plantearse traer hijos para hacerlos encajar en todo esto, le hacía imaginarse como un padre recurrente y detestable; egoísta por el capricho de haber querido ser padre por mera inercia de agenda, y horrible por tener que hacerle entender a su hijo que él, en todo esto, era lo de menos. Que tendría que tragar, poner el culo, pringar y poco más. Le horrorizaba tener que educar a su hijo en la cultura de los viernes, la ceguera personal, las vacaciones y las tradiciones. Se imaginaba como el clásico padre frustrado que, ante los sufrimientos (injustos o no) de su hijo, se reía complacido, dando lecciones y contando cómo él ya había pasado por todo eso, falseando seguridad, vendiendo motos que ni gratis habría que aceptar.
Llegaron hasta lo que era como el borde de un barranco. Al lado tenían la estructura azul desteñido de lo que había sido el kamikaze, una suerte de tobogán muy largo que te dejaba casi en caída libre durante varios segundos. Él había bajado por ahí de crío. Le daba pereza explicar historias, estaba que no se aguantaba. Empezaba a colapsar.
Ella le contaba cosas sobre su cumpleaños, sobre lo que quería, sobre la facultad, sobre comer, sobre dejar de comer carne, sobre un restaurante nuevo, sobre sus padres, su padre, luego su madre, sobre un coche al que le había echado el ojo, sobre su perrita, le pasaba algo en una pata, sobre una canción que no se le iba de la cabeza, sobre la nota media y a qué le daba acceso, sobre si quizá prefería una moto a un coche. Sobre prácticas, sobre becas, sobre un posible erasmus. Sobre las playas nudistas y que ella nunca había estado en ninguna. Sobre el azúcar, la sal, la leche, los lácteos, las ensaladas, su hermano, el capullo de su hermano. Sobre viajar, quería viajar. Sobre una moto otra vez, sobre su nota media nuevamente, sobre las ganas que tenía de ir a la universidad, sobre dar clases algún día a niños. Sobre una fiesta que una amiga suya había organizado en casa de sus ausentes padres, sobre un chico que le había pedido ir con ella…
Él la escuchaba, una pierna y un brazo enyesados. Ella había venido de visita. Ahora él era el amigo confidente. Asentía. Asentía… Ahora sería el rey del asentimiento, y descubrió que no le importaba lo que ella se follara.

aquuu

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