50 relatos de Grey (28 de 50) – Tiempo

Despiertas y no es original, pero estás condenado a ello. Sin saber que ibas a ver el fin, despiertas, y luego vuelves a despertar. A menudo, también a desesperar. Tu móvil te mira, inerte, luminoso, desde un futuro ya presente sin coches voladores. Ya has superado varios años de las películas futuristas. Y vuelves a despertar. Te revuelves en tus migrañas. Tu cuerpo vuelve a no entenderte, tu biorritmo como en silla de ruedas, tu percepción con una venda en los ojos. Tu erección matinal involuntaria. Tienes que cambiar el cepillo de dientes. La pasta está en las últimas, también la de tu cuenta corriente. Algún día a finales de mes, despiertas y te disfrazas de lo que los demás ven. Lo que tú quieres creer. Un periódico te dice la fecha y el resto finges que te importa. Vuelves a ver esa cara, vuelves a ver aquella otra. Una te habla durante el desayuno, le contestas con frases cortas. El sol te escupe el buen día en la frente. Todo refleja en todo, pero nada te salva. No estás de humor, pero no es que los demás lo estén. Las primeras horas son mecánicas, movimientos automáticos. Peor es que esperas que todo el día sea así, porque si no seguramente signifique problemas. Se te cae algo al suelo, miras alrededor y lo recuperas. Tocas un botón, teclas, entras, sales, subes y bajas. Alguien te cuenta algo de la tele de ayer. Se te forman cercos de sudor en las axilas. Ves un avión comercial por una ventana, te concentras para que explote y fracasas. Las horas pasan lentas, la Tierra rota despacio, el cielo permanece. Alguien te dice que dentro de dos semanas hay barbacoa de empresa. Vas y le dices que no sabes dónde vas a estar ese día. Hay gente que cree que no tienes suficiente con verles obligado cinco de cada siete días. Hay una reunión en la llamada «sala grande»; un gurú de la motivación empresarial. El bolo del tipo es bastante temprano, y suele ser la clase de cosas que alargan aún más la jornada. Dos horas de soliloquio, ideas de los de arriba para (supongo) evitar suicidios. Economía de movimientos, consejos para reactivar la predisposición, aliento para el día a día, algún chiste de vez en cuando, un dossier con todo por escrito. Lavada conciencia directiva. La empresa se preocupa por ti; al menos hasta que te dé la patada. El tío es una calva andante de mediana edad con un anillo de casado, se pone muy rojo y sonríe con dientes piano. Se nota su esfuerzo por ser original, lo cual mata toda posibilidad de serlo. El monólogo motivacional resulta lo que alguien terminalmente optimista llama: ameno. El hombre hace grandes esfuerzos dialécticos. Normalmente pasa que primero escuchas, aceptas el juego, y luego todo sigue igual. Es muy raro que alguien llegue a tu corazón, que alguien te agite el estómago, que alguien consiga tu admiración. Es extremadamente poco común que alguien consiga tocarte. Probablemente la mayoría de gente pasa toda la vida sin experimentar eso; ninguna persona, ninguna obra de arte, ninguna experiencia, llega a tocarles. Hasta para sentir, son responsables. Sentir es, por definición, peligroso. Durante la charla, nadie se abre, nadie se ríe desde dentro, y obviamente nadie llora de emoción. Con suerte, puedes conseguir sentir en tu tiempo libre, pero tu inercia natural no lo pone en absoluto fácil. El tío en ningún momento dice que haya que mandar a tomar por culo ese trabajo que odian, y buscar aprovechar la vida de verdad; no es que luego nadie fuese a hacerlo, pero probablemente llegara a impresionar a algunos, quizá hubiese hecho que el día mereciese la pena. Quizá hubiese cambiado alguna circunstancia a largo plazo.
Comes. Y tampoco es original, aunque sí placentero. El opio del ciudadano moderno son los «pequeños detalles», como que otros no pueden comer. Es la cafetería de la empresa. Sientes algo de alivio, queda un poco menos.
Y Dios, cómo te aburres a ti mismo. Sabes que eres un cliché andante, sabes que tu drama es dolorosamente recurrente. Sabes que, aunque el mundo es un lugar esencialmente maquiavélico e injusto, tú eres un cagado, no tienes los arrestos para enfrentarlo. Y ni siquiera tienes hijos o una hipoteca, no tienes las excusas ideales, no puedes fardar de estar del todo atado, de lo bonito que es estarlo. No puedes hablar de haber dormido dos horas escasas por culpa de tu bebé. No puedes contar anécdotas paternales soporíferas. No puedes presumir de jaula colores pastel.
Te metes en el lavabo después de comer. Alguien te dijo que el culo es como un reloj. Haces lo que tienes que hacer. Te has acostumbrado a los lavabos públicos, tu estómago no es el que era. Piensas que quizá deberías hacerlo; deberías buscar a alguien que se conformara y procrear. No quieres tener hijos, pero los hijos son una ocupación en sí. La gente que tiene hijos, no está para chorradas; se vuelven caseros, sedentarios a todos los niveles, se encierran en sí mismos con sus familias. La preocupación de cuidar sólo el entorno inmediato se convierte en el motivo ideal para despreocuparte por TODO lo demás. Cuando estás soltero, al menos tienes que fingir que te preocupas (y quizá hasta lo hagas). Pero con críos… no tendrás tiempo, la vida pasará, el trabajo se volverá el doble de importante, y tú pondrás el doble de veces el culo. Querrás a tu hijo y todo lo demás se difuminará; habrás traído una vida al mundo, pero, sobre todo, habrás salvado sobre el papel la tuya. La paternidad moderna podría ser la forma de egoísmo más limpia, aceptada e irreprochable. Nadie te puede soplar, eres intocable, hueles a nenuco y aceptas la mierda.
Al final, la mayor motivación para no tener hijos, es no traer a una criatura a este mundo lleno de esa clase de padres. El peligro no es la lotería de los terroristas; es una madre enseñándote la habitación de un bebé aún inexistente. Fíjate en lo mona que es. Me encantan los niños. Voy a ser madre. Mira mi panza. Vomito por las mañanas. Tengo caprichos. Voy a tener un montón de fotos. Mi marido cocina. Aún hacemos cosas con nuestros amigos. Adaptamos nuestro horario. Crece rápido nuestro niño.
Cuánto cinismo. ¿Cinismo de quién?
Cuando vas a abrir la puerta del lavabo, te das cuenta de que estás encerrado. Es uno de esos pomos con pestillo invisible; tan fiable como una familia nuclear. Giras y giras el pequeño pestillo, pero el pomo no obedece.
Ni de coña.
Estás sentado frente a ella en una de las mesas de madera. Aire libre. Antes no teníais trato. Escuchó tus golpes desde el pasillo. El sol te quema con normalidad la nuca. Se derrumban algunos mitos. Lo ha dejado con su novio. Os atiborráis de carne. Dejaste atrás tus migrañas. Procuras no bromear o intimar demasiado con el grupo. Sospechas lagunas en tu memoria. No sabes si trascendió lo de tu encierro, o si lo sabe alguien más que ella y el manitas. Ya no te reflejas en los espejos. Si no es por ella, no sabes bien para qué has venido.

desp

4 comentarios en “50 relatos de Grey (28 de 50) – Tiempo

  1. Siempre pensamos que la vida de los demás es mejor que la nuestra, con la experiencia de los años te digo que has hecho un resumen de la vida real. Puedes tener una familia, un montón de amigos pero, para enfrentar la soledad, el dolor, lo que de verdad sientes y necesitas, sólo cuentas contigo mismo. La vida es como una película pero la realidad personal empieza cuando llega la palabra “the end” Lástima que en algunas ocasiones falta fortaleza y gracias que quedan las palabras para poder entender nuestros propios demonios.
    Escribes muy bien, sólo echo de menos algún punto y aparte 🙂
    Un abrazo afectuoso

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s