50 relatos de Grey (32 de 50) – Una buena tarde

Recuerdo haber sido algo estúpido forzando salir de un bar para poder fumar en la terraza (aunque aún no nos habíamos sentado). Recuerdo también que era un día soleado, y estoy bastante seguro de que no era invierno. En un par de ocasiones le quité alguna mota alojada en el pelo; su pelo era ondulado, algo rebelde (solía recogérselo), largo y oscuro. Su pelo era como sus ojos. No premeditaba los movimientos con ella. Creo recordar que tenía novio, así que lo nuestro era un mero encuentro de amigos. Al menos sobre el papel. Se me daba bien construir barreras de cachondeo o cinismo, o fingirlas; pero para mí ella no era ninguna amiga.
Yo tenía ocho años más. Lo cual me dejaba a mí en la antesala de los treinta, y a ella en la resaca postuniversitaria. Puede que aún estuviera en su último año, no estoy seguro. No diré qué ciudad era, pero era una gran ciudad y no era la mía. Yo había cogido el tren. Fuimos a ver una película de Woody Allen, ella quería verla. Yo ya la había visto, pero la alternativa era entrar a ver otra con dos amigos con los que –en teoría– habíamos quedado allí. Ellos ya habían sacado las entradas. Yo no había ido a ver gente, había ido a verla a ella. Igual que con la terraza, conseguí salirme con la mía.
Le regalé cierto libro. No lo había comprado, era mío, de Joseph Conrad; supuse que eso tendría cierto valor.
No soy bueno para recordar algunos detalles, horas, números o demás referencias que la gente memoriza. Ni siquiera recuerdo la fecha de su cumpleaños. Me gusta pensar que es porque me importan las personas y no las puñeteras efemérides para quedar bien. En realidad sólo es dejadez de las tradiciones; no me importa cuándo se supone que hay que hacer las cosas según el calendario: intento hacerlas según las siento. En la sociedad en que vivimos eso me coloca por debajo de la sensibilidad estándar. En eso, creo, son Ellos los que están equivocados. Puede que no recuerde la puñetera sesión que era, pero recuerdo cómo ella se revolvía en la butaca, y que yo dejaba el brazo muerto en el reposabrazos. Recuerdo buscar el roce accidental y estar a la vez en la película y en ella. Recuerdo la sensación; esa rareza de intuir que es un día importante para ti, o al menos un buen día, un día que evocarás. No había necesidad de que pasasen grandes cosas. No tenían que ser necesariamente grandes, sólo auténticas. No éramos pareja, no nos íbamos a enrollar, ni tan siquiera buscaba eso. Eso probablemente lo hubiese estropeado todo. A veces hay que ir en contra de los gurús del carpe diem. Por desgracia, lanzarse siempre es igual de estúpido que negarse siempre. El fallo principal del optimismo que más abunda, es quererte vender que la vida es sencilla. La valentía no está basada en el arrojo, sino en la inteligencia emocional y tener el valor de llevarla a cabo. No creo que yo fuera muy inteligente, pero me esforzaba por serlo. Nuestra relación de amistad había sido básicamente digital, aunque ya nos hubiésemos visto un par de veces. Hablábamos y hablábamos. Cuando sé que alguien me cae bien –y aunque ese alguien no sea rollo ni pareja potencial–, lo primero que hago es recomendarle decenas de películas y discos, balbuceo gastando saliva hablando sobre libros o sobre qué concierto quiero ver. Habla más de mí mi persistencia para volver a ver El apartamento de Billy Wilder que el primer polvo cutre que eché o cuándo lo eché. Esto es algo que tampoco suelen entender los que memorizan cumpleaños.
La verdad es que me fastidiaba más la diferencia de edad que el hecho de que ella tuviese novio. Me daba la sensación de que estaba en su fase de probar cosas (y tíos), y que su novio no era más que una etapa. Además estaba el asunto del “complejo de inferioridad” (permitidme las comillas). Ella ya tenía una carrera, o la iba a tener. Ella se estaba construyendo; y yo más bien me deconstruía, sin saber bien en qué me iba a transformar después. Odiaba la espiral de lo oficial en la que ella (como muchos) estaba inmersa, aunque obviamente no la culpara. Estaba claro que su camino era sacrificado (y muchas veces, deprimente), pero también era el que te permitía esperar llamadas después de las entrevistas de trabajo. Yo no tenía carrera, oficio ni beneficio. Tenía mis castillos en el aire, o al menos esa es la versión oficial; esta retahíla de palabras deberían dar alguna pista al respecto…
Por horrible que suene, tampoco recuerdo si esa fue la última vez que nos vimos. Si lo pienso bien, quizá el día en que le regalé el libro y el que fuimos al cine, no fueran el mismo. Puede que lo de fumar y la terraza pasara vete a saber cuándo. El viaje de vuelta en tren que recuerdo fue como si lloviera dentro de mi vagón. Creo que luego fui yo quien lo enfrió todo. Quizá ni siquiera haya acabado esta historia, aunque los meses sin contacto se estén convirtiendo en años. Sé que recuerdo lo importante, sé que para mí fue todo como un buen día, o más bien como una buena tarde.

Barcelona

 

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