50 relatos de Grey (33 de 50) – Bien común

Estamos en la cola. Seguimos en ella y espero mi turno. No tendría miga intentar contar para qué hacemos cola; se supone que, si no solucionamos ya este trámite, la bola de nieve se hará cada vez más grande. Los asuntos burocráticos te mantienen en la legalidad; y, no nos engañemos, también en el redil.
Juraría que en determinado momento oí a alguien balar.
Hay una chica embarazada, y no tengo claro si cuando llegué, tiempos ha, tenía ya esa panza. Hay un hombre que se queja en voz alta por tener que esperar tanto; pero da la sensación de que en realidad no querría estar en ningún otro sitio. O aún peor: no sabría. Hay algunos culos que mirar, y la gente trastea en sus teléfonos. El mío está sin batería, me ha dado pereza mover hilos para poder cargarlo. Aún está demasiado lejos la empleada del gobierno cambiante que atiende, pero parece proyectar alguna clase de energía oscura. Se comenta que su expresión te hace pensar en un perro en una perrera no muy bien administrada.
Nacen vínculos tenues entre algunas personas. Algunas le guardan el turno a otras para que puedan ir al baño o alimentarse o hidratarse. Así sobrevivimos.
Hace calor. Pero no sé si es calor o una leve pero punzante sensación de claustrofobia. En realidad no sé qué día es, me digo siempre. Estoy bastante seguro de que no es viernes, murmuro, pero no sé qué mes es. Siempre me estoy haciendo esas preguntas estúpidas. Alguien vuelve a la cola de un recado, y aspira fuerte y sospechosamente por la nariz. Una chica rompe a llorar sin motivo aparente. Puede que por algún mensaje de su móvil.
Aún no he hecho ninguna amistad de circunstancias aquí. Hace no tanto, comiéndonos las uvas, hubo algún conato de magreo pasajero, pero puede que ya atendieran a aquella chica, porque no la he vuelto a ver.
No consigo recordar qué hacía antes. No recuerdo si me dieron algún permiso para poder solucionar este trámite, o si me lo tenían que dar. No recuerdo tener ninguna vocación. Hace poco vino un grupo de manifestantes; nos gritaban que nos largáramos, que esto no era un trámite sin más, sino nuestra vida, y que no podíamos dejar que nos obligaran a desperdiciarla. Alguna clase de responsabilidad concreta inoculada con los años, hizo que ninguno de nosotros se moviera. Mirábamos al suelo, sujetábamos fuertemente bolsos y documentos.
Hace poco tuve que revisar mis papeles para recordar mi apellido. Algunos se avergüenzan de olvidar sus datos personales. Aun así, a nadie de los presentes le cuesta admitir que hace ya tiempo que olvidaron su infancia. Yo tengo recuerdos vagos, balones de cuero demasiado inflados, pizarras, una niña en concreto, o que un día lloré por no saber hacer un problema de mates delante de toda la clase. Pero todo se va difuminando. Queda una presencia extraña de lo que fuera que fui. Aquí hay un montón de miradas que ya no dicen nada. Esperan su turno; bien ha de valer la pena. Es decir, luego, por narices, ha de llegar la recompensa.
Nos aferramos a esa esperanza. Esto no puede caer en saco roto, ha de tener algún sentido. Aun siendo la mayoría ateos, confiamos en una gran gratificación divina. Algo importante al final del trayecto.
Recuerdo con detalle el día en que vinieron esos manifestantes. Pienso mucho en ello. Aunque no se puede decir que no fuera desagradable, hubo algo de lo más sugestivo en aquella acción. Hubo bandos. Y aunque hubiese sido una jornada de naturaleza estéril para todos, nos sentimos protegidos cuando la policía llegó y desplegó su aparatoso dispositivo. Con sus porras y gadgets eléctricos, despejaron la zona con la diligencia de unos mamíferos que actuaran por instinto. Había algo puro en todo aquello: la aceptación de que no podíamos salvarnos de nosotros mismos. Recuerdo haberme acuclillado para ver de cerca una gota de sangre. El dedo meñique de mi mano derecha se movió de forma automática para tocarla. Lo succioné, y luego un regusto metálico me acompañó todo el día.
Hemos notado cómo se diluía nuestro pensamiento; o más bien cómo perdíamos –con el placer de quien se rasca una erupción– nuestra capacidad de razonamiento. Empezamos a no recordar ni cómo llegamos hasta aquí. Ni mucho menos por qué. Al paso de los días, el propio entorno parece volverse esquivo a nuestra percepción.
Por increíble que parezca, un día, finalmente, llego hasta el mostrador de atención al cliente. Entrego mi carpeta con los documentos que, imagino, se me exigieron en su día. Me tiembla todo de pura tensión, no es emoción, es tensión, y algo como desazón que se va diluyendo. En contra de los mitos, la mujer que me habla y aprueba mis credenciales, es de fácil trato. Después de unos minutos, me ofrece unos papeles, y me señala con un dedo primoroso –uña pintada de algún tono rosáceo brillante–, dónde tengo que firmar al pie de cada documento. Apenas echo un vistazo al texto. Estoy tan orgulloso, puede que agotado, pero tan orgulloso de haber llegado hasta ahí, que plasmo mi garabato mecánicamente. Improviso mi posible firma de una vida ya anterior.
La mujer me sonríe con satisfacción moderada y profesional. Me dice que –(sea lo que sea)– está todo en orden. Me señala un segundo puesto de atención al cliente, y me informa de que ahora debo acudir a que me den un papel que me permitirá seguir con el proceso. Miro el nuevo mostrador y luego la cola.
Otra cola.
Soy incapaz de sentir nada. Desde donde estoy, no puedo ver el final. Es un gusano de gente que se retuerce y se pierde tras algo más inquietante que una imagen: una idea ajena, un concepto, la directriz adecuada para el orden actual de las cosas.
Veo que un hombre ya cercano a ser atendido, se agarra el brazo izquierdo y abre la boca en un rictus horrible. Se derrumba en el suelo. Los demás, con una naturalidad extremadamente ensayada, centran la mirada en un punto muerto de localización arbitraria.

coc

 

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