50 relatos de Grey (35 de 50) – Fábrica madre

Nunca sabía cuánta gente había. Una vez todo el grupo fuera del restaurante, me iba a un aparte a fumar. Alguien solía cumplir años. Veintipico. Era un día recurrente. Era ese margen de edad en que gente muy joven, con estudios y a menudo también ya muy estúpida, se esfuerza por parecer mayor y más responsable. Algo que siempre se me ha antojado absurdo de por sí, ya que la llamada madurez no me parece más que una auto-violación, el olvido supuestamente necesario de los impulsos creativos de la infancia. Una gilipollez entre muchas de las que cometemos, y también una de las más graves.
Si en días así había una buena muestra de este efecto, era porque había sobre todo parejas. Algunas recientes, obviamente. De modo que casi todo se basaba en mantener la compostura. Una representación de naturalidad. Lo que se nos da bien no es la espontaneidad, sino hablar de la espontaneidad. Aspectos de la naturaleza humana como la curiosidad son sinónimo oficial de descontrol, y por tanto contrarios a la idea de “crecer”, así como improductivos. Sobre todo son eso, improductivos, peligrosos, porque la abstracción personal lleva a los sueños íntimos, los anhelos, el enriquecimiento del alma, y todas esas cosas que te hacen observar y analizar el entorno, en lugar de limitarte a obedecer.
Las conversaciones durante la cena, giraban todas en torno a las cosas que ya estábamos haciendo todos en lugar de intentar vivir nuestra propia vida. Conversaciones que, obviamente, dignificaban este comportamiento, y que obviaban la evidencia de que, si estábamos embarcados en curros y estudios tediosos, era porque o bien no sabíamos lo que queríamos, o bien nos aterrorizaba fracasar intentando otras cosas. Una cosa era fracasar haciendo lo que todos, y otra muy distinta escogiendo un camino menos transitado. Era una rutina de la compensación: entre semana íbamos tirando (en el mejor de los casos), y los fines de semana dignificábamos nuestra conducta.
Estaban también las fiestas, alguna borrachera puntual; había unas cuantas acciones que podías añadir a la receta para fingir una vida de elección propia. En teoría, estaba bien que fuera así porque en otros lugares apenas si podían comer o vestirse. A nivel “local” se producía el famoso “Mal de muchos, consuelo de tontos”.
En realidad no era una mala vida; era más bien una vida… ¿hueca? No era mala en el sentido básico de supervivencia, pero sí lo era por lo que alimentaba nuestra actitud, la rueda que hacía girar, y las consecuencias globales que nos gustaba ignorar. Puede que tuviéramos una buena vida en términos de necesidades básicas, pero mucha gente de nuestra edad, con una formación hasta el punto de la “inflación académica”, estaba vacía. No solían tener inquietudes ni gustos marcados, e incluso se burlaban de quien los tuviese. Tenían un objetivo económico, y puede que otro sexual. Pero pasar de ahí era arriesgado. Las inseguridades, lógicas después de tantos años de aulas y pruebas estandarizadas en pos del rebaño, no podían hacerse evidentes. Interpretar un personaje formaba parte de la rutina. Hacerlo para los demás y también para uno mismo. Toda la energía que usábamos en esos autoconvencimientos, raramente llegaba a transformarse en reflexión. Habías hecho lo que tenías que hacer, porque eso era lo que te habían dicho. Te habías fiado siempre de adultos e instituciones, y estabas dispuesto a ser algún día uno de esos estandartes del sentido común. No querías pensar que lo quisieras ser por nada más que amor al prójimo (y no porque al menos tendrías el placer de ver a la siguiente generación comiéndose la mierda que tú ya digeriste).
Todas estas idiosincrasias retorcidas, ya plenamente instaladas en el comportamiento colectivo, convertían momentos de transición como el “ya nos veremos”, en despedidas alargadas hasta la extenuación. Todas esas parejas… ¿no querían irse a casa a follar? Pero no voy a entrar en los motivos de fondo potenciales de algunas relaciones. Sólo habíamos ido por nuestra cuenta (y sin pareja) tres tíos, por ser amigos de otros que sí iban emparejados. Esperábamos a que el grupo terminara de resoplar, monólogos mediante, sobre volver al día siguiente a sus trabajos y la suerte y la desgracia que eso suponía a la vez. Esto era muy habitual. Esa especie de desahogo, esa brecha que se abre en la impostura, en la que un tercero podría decir “¿Y por qué seguís haciendo lo mismo?”. Esa pregunta, de estar formulada con el tono adecuado, no dejaría fácilmente en bandeja la respuesta sobre que la vida no es fácil y a veces hay que tragar y todo el rollo macabeo que es a la vez cierto y a la vez la excusa perfecta.
Era un momento también de potencial “mascotización”, en que las parejas se dirigían a nosotros, los auténticos solteros, con bromas y comentarios sutilmente condescendientes: sentaban jerarquía, hablando desde su posición de Vida Ordenada. Muchas veces, con ellos, me daba la sensación de ver a un niño pintándose un bigote o una niña probándose los zapatos de su madre; como si estuvieran ahí en la calle alargando el ritual porque disfrutaban, gozaban de esos «momentos adultos», en los que nosotros, los solteros, hacíamos el papel de críos impacientes. Nosotros éramos los niños a los que aún no les había nacido el bigote, ni se podían poner unos zapatos de tacón. Les imaginaba volviendo a casa por separado, interpretando ya variaciones de sus papeles, algunos de ellos rajando en pareja sobre la compañía en la cena.
Mientras les veía aún despidiéndose, podía leer la mierda que venía luego en sus sonrisas. Me aterrorizaba ser como ellos. Me daba pavor tener que encajar ahí. Un laberinto que se había pactado que no lo era. Un mundo fascinante al que se acordó que sólo tendrían derecho unos pocos. Una tarta casera inyectada de veneno que actuaba matando sólo lo importante. Cena tras cena, cumpleaños tras cumpleaños. Paja tras paja, a veces pensando en esas gilipollas que estaban liadas con mis amigos, y en las que era incapaz de atisbar una persona, sólo carne limpia enfundada en las compras de cada puto viernes.
No es que me sintiera superior, ni siquiera tenía más herramientas que ellos para enfrentar el mundo. Puede que las mismas, o incluso menos. Y tampoco es que tuviera más capacidad que ellos para ver cómo eran la cosas. Es simplemente que se me daba mucho peor la negación.
Había tenido relaciones fugaces y sexo puntual. No había mucha más gente que fuera como yo, pero la había. Nunca había llegado a ese punto en que “institucionalizas” eso de tener novia. Nunca había llegado a una fiesta de nochevieja acompañado de una buena chica, dando un mensaje de evolución personal.
Después de una media hora de despedida, cuando ya caminaba solo, imaginaba lo que había habido antes donde estaba la ciudad. Un paisaje agreste e irregular. Era un pensamiento sobre al arrogancia del ser humano. Sobre mi arrogancia, también, mientras, en ocasiones, ya libre de las inercias de la amistad reconocible, enviaba un mensaje a alguna chica. Daba rodeos calculando cómo no toparme con nadie de la cena, y, si tenía suerte, esa noche la podía pasar con alguien que había decidido que vernos puntualmente podía ser sano. Cuando se quedaba sola, cuando el novio estaba de viaje, o incluso (una vez) mientras sus padres dormían en la habitación contigua. Era el margen. Ni siquiera eran exactamente encuentros secretos para mí; simplemente no sentía la necesidad de contarlo todo, y además sabía que empezar a hacerlo abriría esa puerta que convierte las vidas en escaparates. Eran esos paréntesis en que sientes que, durante un rato o unas horas, te has salido de la fábrica a comer o echar un pitillo. Burlas los controles de la fábrica madre de todas las fábricas y oficinas, en que sólo cabe la personalidad jerárquica del obrero que no se mancha las manos.

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