50 relatos de Grey (38 de 50) – La versión del narrador

P. era tan joven y dinámico que se machacaba con un entrenador personal y en casa se duchaba y echaba cierta colonia casi a la vez que se vestía y salía a la calle resoplando con una sonrisa por puro placer de agenda llena. Fíjate, en sábado y dando grandes y confiadas zancadas, no para llegar a ningún lado sino a su coche, que le llevará, placer de la conducción mediante, a cierta cita con una chica que se pirra por los chicos atléticos que huelen bien y tienen coche propio y resoplan satisfechos cuando saben que tienen mil cosas que hacer mientras el sol les aumenta el moreno chic de la cara. Sentados en el colmo de la sofisticación de las cafeterías, el chaval no para de hablar a poco de cumplir los 26 de todo lo que le gusta hacer y que es incapaz de decidirse por algo y su mirada está llena de vitalidad y la chica se pregunta de qué tamaño será su pene. El chico pide permiso y se va al lavabo y no tiene más motivo para ir que revisar su peinado, lo hace y sonríe al tío guapo del espejo y decide que es la primera cita pero ella parece un poco palurda así que intentará follársela y darle un número de teléfono falso. Ella se muestra algo cohibida cuando le ve volver, señal de que quizá él le guste de verdad, y él concluye definitivamente que obviamente hay que follar y cortar por lo sano y no dar esperanzas y seguir avanzando. Luego van a cenar a uno de esos sitios en que te recibe una relaciones públicas que te da las buenas noches y te sonríe y dice “¿dos?” mientras su evidente follabilidad añade algo como “espero que llevéis al menos sesenta euros si queréis cenar los dos aquí”. Y vaya si los llevan, y la velada se alarga y el chico comienza a sentirse desconcertado, porque la chica empieza a resultar ser algo más que tetas y tres agujeros y el chaval, aun con el discurso feminista que le encanta escupirse en el glande para tirarse a las tías, jamás se había planteando que en realidad fuesen algo más que bonitas protuberancias en las que encajar la polla. De modo que, aunque esa noche follan sin falta, el muchacho se siente obligado a quedar otra vez con ella, y le da su número de teléfono auténtico y se la agrega a Facebook e incluso se la pela con el álbum de fotos “verano 2015” y siente cosas que nunca había sentido y también un profundo terror.
Pasan las semanas y sigue viéndola y hacen todo juntos y hacen un ruido tremendo follando y se hacen la cena el uno al otro y hacen planes y bromean con bodas y aún evitan hablar de hijos y apenas paran para respirar…, y hasta un día él conoce a los padres de ella. Se cuenta que la madre mojó la bragas y al padre se le infló su puta cabeza calva de padre y le reventó contra las paredes porque era el primer novio (que él supiera) de su hija. Pero con el tiempo el chaval y su suegro potencial fueron juntos a jugar a golf y el padre se tranquilizó porque el chico tenía un trabajo de despacho indeterminado y un sueldo que daba para poder charlar con sicarios. Obviamente la chica conoció un día a los padres del muchacho y tan sólo les falto atarla y abusar cuidadosamente de ella y hacer que salpicara. Todos en ambas familias sonreían; estatus similar, caracteres parecidos, edades correctas (ella tenía 19 años)… Se preveía un futuro tan arrollador como para construir autopistas. Un largo etcétera de congruencias comenzaron a pintar las paredes del piso al que se fueron juntos de colores pastel, y comenzaron ya a reservar una habitación usada como trastero que tendría que servir para el resultado de procrear, fabricar abuelos y acostumbrarse a los pañales cagados. Todo en el espacio de algo como dos años… o eso creo. Puede que seis meses, el tiempo para mí es como el amigo de un amigo.
Ya instalados y arrullados por una felicidad tan evidente que resultaba sospechosa, lo que hicieron básicamente fue seguir pasándoselo teta a base de dinero y sexo. No recuerdo cuándo vino el rollo del avión. Pero recuerdo haber pensado que la elección de aquella chica al irse a vivir con aquel tipo, siempre me pareció como esa gente que elige una prenda de determinado color sólo porque combina con todo. En lugar de con él, que era el perfil de tío práctico y guapo que tiene dinero y un pene, podría haber elegido a alguien quizá con menos dinero, puede que sin coche propio, pero sin duda con pene, y sin tanta prisa por llegar a los sitios. Alguien a quien quizá no le hiciera falta picotear en mil actividades, porque ya sabía lo que le gustaba. Alguien más tranquilo e inseguro, pero quizá también más reflexivo y consciente del mundo que le rodeaba.
Como a todo flipado de la vida que necesita “sentirse vivo” y sólo asocia eso a cosas como correr mucho, ir muy lejos, saltar muy alto o caer desde muy arriba, el chaval tiró de talonario y se fue un día a hacer paracaidismo. Siendo un turista, te ataban a un tío que supiera saltar y tú te limitabas a disfrutar del viaje. La cantidad de gente que muere haciendo paracaidismo es ridícula. Pero aquel día, nuestro amigo enamorado de la vida se tiró con el tandem equivocado. El paracaídas no se abrió, y el hecho de que no se abriera tampoco el de repuesto dio para un tiempo de investigación. Así que el tipo y el chaval cayeron a plomo y dejaron su pequeño cráter en homenaje al carpe diem y todo eso de “aprovechar la vida al máximo”. No llegó ni a los treinta, aunque tal y como habla de los treinta la gente como él, quizá fuese lo mejor… Pero por otro lado tampoco había hecho nada relevante o inspirador, simplemente mover dinero de un lado a otro y proyectar una supuesta vida anónima ejemplar, que de todas formas ya iba encarrilada en una familia de pasta… Y eso, nada más, que tanto querer aprovechar la vida y ahora el tío está muerto. El muy capullo.

sonreir

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