50 relatos de Grey (39 de 50) – Bucle

Mi móvil está muerto. Supongo que son algo así como las dos de la tarde, quizá la una. El sol achicharra mi gorra vieja de coca-cola, creo que me voy a pelar por el cuello y la nariz. Atravieso el desierto como un spot andante; quizá no debería haber dejado de seguir la cuneta de la carretera, pero me pareció que podía atajar. Llevo una lata de gasolina vacía, que, al igual que la gorra, por algún motivo estaba en el maletero. Puede que haya caminado unas tres horas, y también puede que esté perdido. Como sea, en teoría tengo que hacer lo mismo de vuelta.
Me siento extraño, estoy empezando a sentirme parte del desierto. No es desagradable, y cada vez lo es menos. Puede que esté perdiendo el juicio por el sol. A veces es difícil discernir cuándo alguien está despertando a la lucidez o se está volviendo loco. Y más cuando los cambios los nota uno mismo.
La voz interior me dice algo como: ¡Recuerda que la vida es exterior, no interior, y aunque exista la vida interior, a nadie la importa un pijo, así que es como si no existiera!
En algo tiene razón; agua, comida, intemperie… Pero no me siento sediento, no echo de menos la comida, y el sol… el sol se nota, pero cada vez parece más amigable, o más bien más: apropiado. Creo que había oído algo semejante sobre el budismo: el objetivo de la gasolinera se diluye; comienzo a contemplar la carencia de objetivos como una posibilidad viable. Esa opción empieza a adquirir propiedades de gran alivio.
En determinado momento tiro la lata de gasolina. La suelto sin más y me separo de ella. Pienso en qué le diría a alguien que me llamara ahora si mi teléfono continuara operativo. Luego se me ocurre que tampoco siento en absoluto la necesidad de dar explicaciones. Continúo caminando.
Avanzo y el cansancio comienza a ser un recuerdo, una de las desventajas de mi anterior yo. El cuerpo no me pide camas ni hamacas ni ajustar mi biorritmo supuestamente atrofiado. Empiezo a lucir una sonrisa posorgasmo. No es que me parezca que puedo arrancar a volar, más bien me extraña el haber tenido jamás fantasía alguna al respecto. Llegado cierto punto, no tengo ni idea de hacia dónde iba con el coche. La sola idea de que necesitara ir a algún sitio a esa velocidad concreta, me parece cada vez más estúpida. El tiempo en horas, minutos y segundos, empieza a perder poder para mí. Pocos pasos más adelante, pasa a importarme un carajo qué hora sea o que hayamos inventado el reloj.
Miro hacia el sol y compruebo que no necesito apartar enseguida la mirada. Se podría decir que, de repente, tengo ojos nuevos, ojos al margen de lo interior y lo exterior, que pueden ver sin afectación ni juicio de valor. Es lo que creo, aunque no sepa cómo ordenar las ideas con el lenguaje conocido. El cielo parece mutar en algo más suave y pictórico de lo que yo entiendo por cielo; el desierto es árido, pero algo me dice que eso es la belleza, lo que es como tiene que ser, o simplemente como siempre fue. Meto las manos en los bolsillos, me desprendo del móvil y la cartera. Tiro las llaves y el tabaco. Ni tan siquiera soy muy consciente ya de los objetos y su utilidad, simplemente suelto lastre. Me comienzo a sentir camino del otro extremo del cinismo. De los chistes de mierda. De la mezquindad y la ruindad de clase media al servicio de la alta. No me elevo, no me crecen alas ni me convierto en Pegaso, no me transformo de golpe en un lagarto. No me quedo plantado como un cactus. Puede que, de alguna forma, vuelva al origen, signifique lo que eso signifique. Me quito la gorra, la observo extrañado, no hay logo ni marca, es opaca, ya no hay rojo ni letras retorcidas. No es blanca ni negra. Su textura es la misma, pero ahora no es, pienso, y la dejo caer.
Camino llevado por una inercia inexplicable. Estoy bastante seguro de no encontrarme ya en medio de un mapa real de carreteras, desiertos, peajes y bares de putas. No creo que nadie me esté poniendo a prueba, ni mucho menos Dios, pero tengo claro que lo dejado atrás tan sólo eran caprichos y formas. Ni siquiera recuerdo haberme quitado la ropa. El suelo no se me antoja especialmente duro o pedregoso.
No me siento amenazado, incluso sin tener ni idea de lo que está pasando. Veo una figura a lo lejos. Tampoco lleva ropa y parece una mujer. No acelero el ritmo. Juraría que el paisaje de fondo ha sufrido agrestes variaciones. Algo más allá de la figura hay un árbol. La luz del día parece invariable desde hace rato. Deduzco que la mujer camina algo más lenta que yo, ya que cada vez la veo más cerca. Se aproxima al árbol. Arranca algo de él y se lo lleva a la boca. Se vuelve hacia mí, estoy a unos cincuenta metros. Mastica, y de una de las ramas parece colgar una serpiente.
“Mierda”, me dice la voz. Y la manzana mordida está en mi mano.

manzana-711

 

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3 comentarios en “50 relatos de Grey (39 de 50) – Bucle

  1. Excelente relato, esa poesia y vida que entregas al lector en tus frases es unico. Me gusto eso del cielo “suave y pictorico”…felicitaciones!
    Feliz fin de semana!

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