50 relatos de Grey (40 de 50) – Un café en la ciudad

Quien te habla podría estar muerto, esas cosas pasan. El caso es que me enrolé con quien no debía. Si eres un crío y haces eso, puede que tontees con el tabaco o te saltes algunas clases; pero siendo adulto, quizá acabes fiambre.
La gente cree que los que se meten en el tráfico de drogas, lo hacen para dar el gran golpe e irse a alguna isla paradisíaca en la que poder vivir al margen de lo que llaman “vida real”. Pero lo cierto es que la mayoría sólo sobreviven, acaban enfangándose por pura desesperación personal o para evitar la mendicidad. La visión del mundo que tiene un traficante no siempre dista tanto de la del ciudadano al uso con un curro tedioso. La ilegalidad funciona más o menos igual que la “vida real”, unos pocos viven como reyes exprimiendo a una mayoría.
Yo sólo quería saldar algunas deudas. No iba a hacerme rico, sólo necesitaba un respiro.
Tenía que transportar determinada cantidad de material. Lo tenía a buen recaudo en casa. Sólo iba a ser una noche, pero fue justo la noche en que me entraron a robar. Perdí un montón de dinero en coca, y el capo de turno (nunca le vi la cara) dio la orden.
De un día para otro, me vi caminando por la orilla de cierta playa. Tres y pico de la mañana. A unos cinco metros por detrás, mi matón sujetaba una pistola con silenciador (creo). Mi carrera delictiva había sido tan corta que ni me dio para aprender algunas cosas sobre armas. Yo siempre me había tenido por alguien cuerdo. Pero ahí estaba, en esa situación que ves en las películas, donde sabes que nunca te verás envuelto, porque no eres tan tonto.
He de suponer que me llevaba a alguna zona en la que dejar tirado un cadáver resulta apropiado según el código gángster.
Al llegar al final de la cala, me dijo que me sentara en la arena. Decidí que no hablaría en tono de súplica. Por suerte, cuando me habían cogido y metido en un maletero, llevaba el móvil encima. Siempre había pensado que si tenía claro que iba a morir en poco tiempo, hablaría al menos con ciertas personas para despedirme, para decirles las cosas que no me había atrevido a decirles antes. Con tono monocorde, le dije al tipo que sólo le pediría un último favor. Necesitaba hacer dos llamadas.
El tipo debía estar de humor. Se sentó en la arena a cierta distancia, quizá unos cuatro metros; no se iba a arriesgar a que me abalanzara sobre él. No dijo nada, sólo me apuntaba e hizo un gesto para hacerse entender. Tampoco tenía yo intención de buscar el enfrentamiento. Me sentía con el suspenso definitivo de la vida adulta, después de haberme comido muchos de niño. Simplemente se me había dado fatal vivir, y estaba en edad de merecer.
Puse el manos libres. No quería que al matón (que no parecía muy listo) se le ocurriera luego que tenía algún plan retorcido. Primero llamé a mis padres. Era ese tipo de llamada irritante, cuando se nota que sólo sirve a tu desahogo, todo información sin contexto que tu interlocutor sólo podrá entender días más tarde. No puedes llamar a nadie y decirle que vas a morir en unos minutos, es una putada.
Mis padres reaccionaron con un cabreo monumental. Eran así con todo; desde que yo era crío, cada pequeño o gran revés de la vida, cada situación desconcertante o descontrolada, daba pie a un buen enfado en familia. El amor se vende como algo complicado pero potencialmente fácil de demostrar con palabras. Pero algunas personas necesitan armarse de valor para decirle a alguien que le quieren, porque sentimientos tan abstractos o intensos suelen sonar ridículos o forzados si tienes poco tiempo o espacio para expresarte. Es algo que puede incluso violentar a la persona receptora, aunque más tarde lo valore. Millones han intentado hacer justicia a dichos sentimientos con libros de cientos de páginas, y también han fracasado estrepitosamente. Lo bueno de estar a punto de morir –para esto en concreto–, es que la muerte es el vestuario perfecto. Es muy difícil que tu declaración de amor caiga en saco roto a largo plazo. Es a la vez palabras y acción. Si las demostraciones verbales de amor tienen una fama sospechosa, es porque el amor en realidad no se habla, se demuestra; y porque probablemente la mayoría de los que lo cacarean sin parar, mienten o lo hacen para manipular. Aun así, mi llamada era la primera demostración de amor hablada para con mis padres, y su naturaleza de despedida le otorgaba todo el sentido.
Ellos pedían explicaciones y yo les decía que les quería, pero que no podía dárselas. Sabían claramente que algo grave pasaba. Estando mi madre al teléfono, cuando lo que yo esperaba era más bronca, intentó dialogar, un intento de autocontrol, y luego se puso a llorar. Por primera vez se derrumbó la tendencia. Entonces, no lo pude soportar más, y colgué.
El matón me miraba, se impacientaba, no estaba seguro de que él entendiera el porqué de tener activado el manos libres. Quizá pensó que lo hice para intentar ablandarle. La pistola parecía decidir por los dos, a él le decía que estaba en su mano para ser usada, y a mí me espoleaba a hacer la segunda llamada.
La segunda llamada era a una chica, y era aún más compleja, porque no se limitaba a una declaración. Era alguien con quien hacía un par de años que no hablaba, pero que jamás se me había ido de la cabeza. La parte buena era que ella no gritaría, y aunque mi discurso la desconcertara, probablemente no se alarmaría hasta después de haber colgado.
No sabía si aún tendría pareja o (horror) incluso algún crío…
No sé qué me pasó, pero justo mientras buscaba su número, decidí hacer otra cosa. La primera intención era llevar a cabo el mismo ejercicio que con mis padres. Pero de repente odié esa idea. Me bastaría con oír su voz y con que ella oyera la mía. No me mostraría ambiguo y terminalmente emocional; me limitaría a hacer aquello que había hecho tantas veces. Fingiría. Haría como si no pasase nada. Cómo ella interpretara la llamada en sí, quedaría al cien por cien para su perspicacia. Oiría las olas de fondo, mi tono de voz, el viento… Si ella se informaba y apostaba lo suficiente por la paranoia (y yo sabía que era muy posible), podría encajar las piezas.
¿Hola?, me dijo.
–Hola…
–Cuánto tiempo…
–Mucho… ¿Cómo estás…?
–Bien, bien…, ¿cómo estás tú?
–Eh… bueno, bien…
-…
–Oye, es que te llamaba porque la semana que viene estaré por la ciudad.
–¿Ah sí?
–Sí. Sí. Y como hace tiempo que no te veo, he pensado en llamarte. Estaré allí por la tarde, el miércoles, quiero pasarme por…
–¿Por la tarde? Por la tarde el miércoles…
–Era por tomar un café o algo así. No sé si…
–Mmm, creo que sí, puedo quedar. ¿A qué hora vendrías?
Algo me decía en su tono que estaba predispuesta. No esperaba tanta predisposición en su tono.
–Pues no lo sé, a eso de la seis de la tarde. Si quieres quedar, te enviaré un mensaje.
–Vale…
Sonaba dolida. Como si alguien la hubiese hecho daño. Como si quedar conmigo fuese… pertinente.
–Bueno, sí, pues…
La conversación se alargó un poco más, todo titubeos hasta encontrar el giro adecuado para colgar. Un café. Por un momento, por raro que parezca, me olvidé de mi situación. Cuando al fin ella colgó (quería que lo hiciera antes que yo), fingí que la conversación seguía un poco más. Fingir. Un café. La ciudad. Miércoles. La pistola reposaba inerte, sujeta entre su mano derecha y el interior de su muslo derecho. El tipo no tenía la mirada fija en mí. Sin pensar más, tiré el móvil y rodé por la arena lo más rápido que supe. Él reaccionó, salió de su estupor y alzó el arma no muy hábilmente. Abrió fuego.

caf

Anuncios

5 comentarios en “50 relatos de Grey (40 de 50) – Un café en la ciudad

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s